Herbert Burrows fue uno de los alumnos de Blavatsky, y cuando ella falleció en 1891 él escribió el siguiente texto como un homenaje póstumo hacia ella; añadí subtítulos en verde.
LO QUE ELLA ES PARA MÍ
Hace dos años, Annie Besant y yo vimos a H.P.B. por primera vez; y hace apenas unos días, estuve junto a su ataúd —cubierto de lirios— contemplando por última vez la personalidad de aquella mujer maravillosa que había revolucionado la vida de mi colega y la mía propia. Dos años es poco tiempo, según la medida humana, pero estos dos años han estado tan colmados de vida interior que el pasado parece haber quedado a una distancia de siglos.
Si es cierto que la vida debe medirse por etapas del espíritu, entonces mi existencia —desde el día en que estreché por primera vez la mano de H.P.B. hasta el momento en que, majestuosa en su sueño de muerte, ayudé a rodear su cuerpo con palmas traídas de aquel lejano Oriente que ella tanto amaba— resultó ser, para mí, más rica, más plena y más extensa que toda una generación de agitación externa, la cual tiene su breve instante y luego desaparece.
Su primer encuentro con Blavatsky
Acudí a ella siendo materialista y me marché convertido en teósofo; entre ambos estados existe un abismo insondable, pero ella tendió un puente sobre él. Fue mi madre espiritual; jamás un hijo tuvo una guía más cariñosa, paciente y tierna.
Ocurrió en los viejos tiempos de Lansdowne Road. Yo estaba acosado por problemas vitales y mentales que nuestro materialismo no lograba resolver —habitando, en el plano intelectual, lo que hoy consideramos las costas inhóspitas del agnosticismo—.
Annie Besant y yo anhelábamos, más que nunca, algo de luz. Habíamos leído el libro "El Mundo Oculto" de Alfred Sinnett, y tiempo atrás habíamos oído hablar —¡quién no lo había hecho!— de aquella mujer singular cuya vida parecía contradecir nuestras teorías más preciadas.
Sin embargo, por aquel entonces, la filosofía expuesta en el libro no era para nosotros más que una serie de afirmaciones, y la vida de aquella mujer, una trayectoria que no teníamos forma de examinar.
Escépticos, críticos y acostumbrados —tras largos años de controversia pública— a exigir pruebas científicas rigurosas para todo aquello que escapaba a nuestra experiencia, la Teosofía se nos antojaba un territorio desconocido, y a decir verdad, imposible.
Y sin embargo resultaba fascinante, pues prometía mucho, y a medida que hablábamos y leíamos, la fascinación iba en aumento. Con ella crecía también el deseo de saber; así pues, en una velada que jamás olvidaré —llevando como salvoconducto una carta de presentación del Sr. W.T. Stead, por aquel entonces editor del periódico "Pall Mall Gazette"—, nos encontramos cara a cara, en el salón del número 17 de Lansdowne Road, con la mujer a quien más tarde llegaríamos a conocer y a amar como la persona más extraordinaria de su época.
No era yo tan insensato como para buscar milagros; no esperaba ver a Madame Blavatsky levitando, ni ansiaba que aparecieran tazas de té materializadas de la nada. Lo que sí deseaba era oír hablar de la Teosofía, aunque a decir verdad, no escuché gran cosa al respecto.
La mujer a quien habíamos ido a visitar era una señora corpulenta y de movimientos pesados que mientras jugaba al solitario —un juego de cartas ruso—, mantenía una conversación ininterrumpida sobre casi cualquier tema, salvo aquel que en ese preciso instante ocupaba nuestra mente.
No hubo intento alguno de proselitismo, ni de manipularnos (¡nadie nos hipnotizó!), pero durante todo el encuentro, sus maravillosos ojos destellaban luz. A pesar de una debilidad física que ya entonces resultaba dolorosamente evidente, se percibía en ella una reserva de poder que daba la impresión de que no estábamos ante la verdadera mujer, sino solo ante la faceta externa de alguien que había sufrido mucho y que poseía un profundo conocimiento.
Me esforcé por mantener una mente abierta e imparcial, y creo que lo logré. Tenía un deseo sincero de aprender, pero también me mantuve crítico, atento a cualquier mínimo intento de engaño.
Cuando más adelante descubrí la extraordinaria perspicacia de H.P.B., no me sorprendió saber que había evaluado con total precisión y acierto mi actitud mental durante aquella primera visita; una actitud que por cierto, ella nunca llegó a desalentar.
¡Si tan solo supieran, aquellos que hablan con tanta ligereza sobre su supuesta capacidad para «hipnotizar» a la gente, con qué insistencia nos recordaba ella el deber ineludible de someterlo todo a examen y de conservar únicamente aquello que es bueno!
Herbert se vuelve alumno de Blavatsky y describe a su maestra
Ir una vez significaba volver, y así fue como tras unas cuantas visitas, empecé a ver la luz. Pude vislumbrar una moral elevada, un celo abnegado, una filosofía de vida coherente y una ciencia clara y definida sobre el ser humano y su relación con un universo espiritual. Fueron estos aspectos los que me atrajeron —no los fenómenos, pues no presencié ninguno—.
Por primera vez en mi trayectoria intelectual, había encontrado a una maestra capaz de recoger los hilos sueltos de mi pensamiento y entrelazarlos de manera satisfactoria; su destreza infalible, su vasto conocimiento y su paciente cariño fueron ganándose mi admiración a cada hora que pasaba.
Pronto comprendí que aquella persona, a quien algunos tachaban de charlatana y embaucadora, era en realidad un alma noble que dedicaba cada día a una labor desinteresada; su vida entera era tan pura y sencilla como la de un niño, y jamás reparaba en el dolor o el esfuerzo si estos servían para promover la gran causa a la que había consagrado todas sus energías.
Si bien era transparente como la luz del día en muchos aspectos —la encarnación misma de la bondad—, también sabía guardar un silencio absoluto cuando la situación lo requería, y se volvía el rigor personificado ante el menor indicio de deslealtad hacia la obra que constituía su propia vida.
Profundamente agradecida por cada gesto de afecto, pero totalmente indiferente a todo lo que a ella misma concernía, logró estrechar nuestros vínculos con ella; no solo como una sabia maestra, sino también como una amiga cariñosa.
En una ocasión, me encontraba agotado tras un largo periodo de tensión física y mental; los engranajes de mi vida giraban con tanta pesadez que estuvieron a punto de detenerse por completo. Y durante todo ese tiempo, su solicitud fue incansable; incluso tuvo un gesto —demasiado personal para mencionarlo aquí— que probablemente solo a una persona entre un millón se le habría ocurrido tener.
¿Era perfecta? No. ¿Tenía defectos? Sí. De hecho, lo que más habría detestado sería que se elogiara su personalidad de manera indiscriminada. Pero si digo que a veces era impetuosa como un torbellino —un auténtico ciclón cuando realmente se enfurecía— entonces ya lo he dicho casi todo. A menudo he pensado que, muy posiblemente, algunos de estos arrebatos eran fingidos, con un propósito concreto. Últimamente, habían desaparecido casi por completo.
Sus detractores decían a veces que era brusca y maleducada. Pero quienes la conocíamos, sabíamos que jamás ha existido una mujer más alejada de las convenciones —en el sentido más profundo de la palabra—. Su absoluta indiferencia hacia las formas externas era genuina, pues nacía de su conocimiento espiritual interno sobre las verdades del universo.
Cuando yo estaba a su lado y llegaban desconocidos —que venían de todos los rincones del planeta— observaba con gran regocijo su asombro al encontrarse con una mujer que siempre decía lo que pensaba.
Si se encontraba ante un príncipe, probablemente lo escandalizaría; si se encontraba ante un hombre pobre, este recibiría su último chelín y sus palabras más amables.
Soy plenamente consciente de lo insuficiente que resulta todo esto. De la verdadera H.P.B. solo lográbamos vislumbres ocasionales; por tanto, inevitablemente nos vemos remitidos a esa faceta humana de su vida, que es la que más resuena con nuestra propia humanidad. No es este el momento de hablar de su vasto y profundo conocimiento; y, aunque lo fuera, ¿cómo podría alguien llegar a expresarlo?
Solo nos llegaban sus ondas, pero bastarían para formar un océano entero. Probablemente nunca lleguemos a conocer todas las razones y los motivos de su reciente encarnación.
En 1889, Annie Besant y yo estuvimos con ella en Francia, en el bosque de Fontainebleau; allí, revisó con nosotros parte del manuscrito de "La Voz del Silencio". Al recordar aquel tiempo, evoco que los pasajes en los que ella resultaba más impresionante eran aquellos que describen el arduo ascenso del alma peregrina.
En el ejemplar del libro que me regaló —y que nunca se apartará de mi lado—, escribió: « Para Herbert Burrows, mi viejo amigo de otra encarnación —una mejor—, de parte de su siempre cariñosa H.P.B. ».
Quizás en esas palabras resida parte de la clave de la vida que conocimos.
Sea como fuere, la verdadera clave para nosotros se halla en el ejemplo de su abnegada devoción a su labor. Esta es la nota que resonó en los corazones de la multitud, sumida en el silencio, que hace apenas un día se reunió por última vez en torno al cuerpo de su querida maestra.
Ese cuerpo ha desaparecido de nuestra vista, pero la obra permanece. Ningún gran pensamiento puede morir jamás; ningún gran esfuerzo en favor de la humanidad puede cesar; mas tanto el pensamiento como el esfuerzo pueden verse impulsados mediante un servicio fiel a la humanidad.
Hoy, más que nunca, ese servicio resulta necesario; y quienes sepan interpretar correctamente la lección que nos brinda la vida de H.P.B. se entregarán a tal labor sin reservas ni reticencias, incluso, de ser preciso, hasta el amargo final.
(Lucifer, junio de 1891, págs. 299-302; En Memoria de HPB, págs. 35-38)
