Sandy McIntosh es un escritor estadounidense que fue seguidor de Carlos Castaneda, y en el siguiente texto él relata la interacción que él tuvo con la médica que atendió a Castaneda durante sus últimos meses de vida.
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"No lo estás haciendo bien", dijo Angélica.
Estábamos en un gimnasio alquilado de una escuela secundaria en Los Ángeles, practicando una serie de «pases mágicos» enseñados por las Brujas y los Chacmools, discípulas de Don Juan y Castaneda.
"Levanta el brazo derecho así, y luego el izquierdo", me demostró Angélica.
A pesar de mi buena condición física tras años de jugar al tenis de forma obsesiva, los pases me resultaban difíciles e incómodos.
"Es cuestión de memoria muscular", me dijo Angélica, quien, según supe, era médica, criada en México pero residente en Niagara Falls, Nueva York.
"Necesitas una buena memoria muscular para dominar estos pases", añadió.
Angélica no solo había leído los libros de Castaneda, sino que se había involucrado profundamente en la Tensegridad. El hecho de que se hubiera criado en México, cerca del desierto de Sonora –el territorio de Don Juan–, hizo que le prestara atención cuando criticaba mis torpes movimientos.
Hacia el final del segundo día de nuestro taller de fin de semana, Angélica y yo estábamos practicando en un rincón del gimnasio cuando dos de las Brujas, Florinda y Taisha, se acercaron. No estaban interesadas en mí, sino que se concentraron intensamente en Angélica.
Ignorándome, la apartaron, como si se deslizaran sin tocar el suelo, hacia otro rincón del gimnasio donde hablaron mientras le acariciaban suavemente el cabello y el cuello con las manos.
Cuando terminó su charla y las brujas se marcharon, Angélica regresó junto a mí y me dijo: "He sido elegida".
“¿Elegida para qué?”, le pregunté, pero no me respondió.
Intercambiamos números de teléfono al final del día.
Durante los meses siguientes, hablamos frecuentemente por teléfono, especulando sobre las intrigas que se desarrollaban en el círculo íntimo de Castenada. En una de esas llamadas, oí un clic de fondo y Angélica dejó de hablar para escuchar.
"Creo que tengo otra llamada entrante –dijo– te llamo después."
"¿Es un paciente?", pregunté.
“No, no es un paciente. Creo que es Él.”
No tuvo que explicar a quién se refería. Supuse que era el propio Castaneda.
Desde entonces, estas interrupciones en nuestras llamadas telefónicas se volvieron frecuentes. Al parecer, hablaban de algo secreto. Cuando le pregunté, guardó silencio.
Tras un mes de esto, anunció que se mudaba a Los Ángeles. Ahora había sido aceptada como miembro del círculo más íntimo de Castaneda.
No volví a saber de Angélica, ni la vi en ninguno de los talleres posteriores, hasta después de la muerte de Castaneda.
En un taller en San Francisco, en un grupo numeroso que parecía tener varios cientos de personas, estaba practicando un nuevo movimiento de Tensegridad cuando sentí un toque en mi hombro. Era Angélica.
Me observó, evaluándome. "¿Así es como te ves ahora?", preguntó con expresión poco amigable.
“¿Cómo esperabas que me viera?”, le dije.
"No lo sé", dijo con la voz apagada y perdiendo el interés. Parecía decepcionada con lo que veía.
Su actitud, en contraste con nuestros varios meses de llamadas telefónicas coquetas, era distante. Parecía haber adoptado la actitud de otras personas que había conocido en el círculo íntimo de Castaneda. Algunas, como «Los Primos», eran especialmente agresivas, dándome golpecitos en el pecho con los dedos cuando me hablaban.
Intenté entablar conversación con ella. "¿Podrías decirme qué has estado haciendo ahora que formas parte del grupo íntimo de Castaneda?"
"Lo siento –me respondió– no puedo decírtelo."
Parecía dispuesta a marcharse, pero si este iba a ser nuestro final, yo quería cerrar ese capítulo. La invité a almorzar, y ella a regañadientes me recibió en la cafetería.
Ella permaneció casi en silencio mientras yo llenaba el silencio con las noticias de lo que había estado haciendo. Casi había terminado de escribir un libro. De hecho, tenía una fecha límite y tendría que abandonar el taller antes de tiempo.
Angélica parecía dudar. "¿De qué es ese libro?"
Le dije el título —Firing Back— [Contraatacando] y que lo publicaría una editorial neoyorquina, John Wiley. Le prometí que le enviaría un ejemplar.
Para que hablara de la muerte de Castaneda (ya me había enterado de que él la había mandado a California para que fuera su médica), le conté sobre el fallecimiento de mi mentor de poesía, David Ignatow.
Su último libro estaba a punto de publicarse y yo había corregido las pruebas. La actitud de Ignatow ante su inminente muerte fue firme y conmovedora. Pensé que Angélica, que lloraba la muerte de Castaneda, apreciaría esos poemas.
Quería preguntarle sobre la muerte de Castaneda para confirmar la promesa de los libros de Don Juan de que los hechiceros no mueren como simples mortales, sino que en cambio «arden con el fuego interior» (esencialmente, por combustión espontánea) que los impulsa a otros mundos donde su vida continúa indefinidamente.
Castaneda afirmó que había visto a Don Juan abandonar este mundo de esa manera y le había prometido que, llegado el momento, él también lo haría. Estaba casi seguro de que se trataba de un cuento de hadas, otra de las invenciones de Castaneda que empezaban a desmoronarse, pero quería la confirmación de Angélica, de una forma u otra.
Le pregunté con la mayor delicadeza posible sobre la muerte de Castaneda.
"Bueno –me respondió ella– murió. He tenido pacientes que han muerto. Su muerte no fue diferente a las de los demás."
Cuando se levantó bruscamente y se marchó, me di cuenta, con tristeza, de que ya no tenía nada más que preguntarle.
© 2024 por Sandy McIntosh, todos los derechos reservados.
NOTA DE CID
La respuesta que dio Angélica es respaldada por Gaby y Greg, una pareja que estuvo espiando a Castaneda durante sus últimos años, y a través de los videos que le tomaron se puede constatar el deterioro en la salud de Castaneda.
Y también por el certificado de defunción que indica que Castaneda murió a causa de un cáncer hepático.
Así es que contrario a lo que los dirigentes de Cleargreen dijeron, Castaneda no encendió su fuego interior y se fue volando como supuestamente lo había hecho Don Juan, sino que murió de una forma muy ordinaria, igual que lo hacen los demás humanos comunes.
INFORMACIÓN SOBRE SANDY MCINTOSH
Los quince volúmenes de poesía y prosa de Sandy McIntosh incluyen, entre los más recientes: "Plan B: A Survivor's Manual", "Lesser Lights: More Tales from a Hamptons' Apprenticeship", "Obsessional y A Hole in the Ocean: A Hamptons' Apprenticeship".
McIntosh se licenció en Southampton College, obtuvo una maestría en Bellas Artes en la Universidad de Columbia y un doctorado en la Union Graduate School (UECU). Su poesía ha aparecido en The New York Times, The Nation y otros medios.
Sus artículos periodísticos y de opinión se han publicado ampliamente en The New York Times, The Daily Beast, The New York Daily News, Newsday y otros.
Es ganador del premio The Best American Poetry y de la Medalla de Plata del Festival de Cine de las Américas. Durante diez años fue editor jefe de Confrontation, la revista literaria nacional de la Universidad de Long Island. Es editor de Marsh Hawk Press, Inc.
Este artículo pertenece a su próxima colección, "Escape from the Fat Farm", que se publicará en otoño de 2025.