Walter Richard Old fue uno de los discípulos de Blavatsky que formó parte de su círculo interno, y cuando ella falleció en 1891 él escribió el siguiente texto como un homenaje póstumo hacia ella; añadí subtítulos en verde.
MAESTRA Y AMIGA
Su primer encuentro con Blavatsky
Mi primer contacto con Madame Blavatsky )H.P.B.)se produjo a través de correspondencia sobre el tema del ocultismo occidental, durante el año 1887.
A menudo había deseado conocerla, y me había planteado una forma de satisfacer ese deseo sin invadir, en modo alguno, la leve relación que mantenía con la célebre autora [Blavatsky] de "Isis Develada".
Pasaron algunos meses y por razones en las que mi carácter retraído encontraba cierto consuelo, aún no había visto a Madame Blavatsky. Mantenía correspondencia diaria con miembros de la Sociedad Teosófica y con otras personas interesadas en los temas específicos que esta investigaba; y día tras día, el hecho de no haber conocido a la principal impulsora del renacimiento ocultista del siglo XIX se convertía, cada vez más, en una fuente de inquietud para mí.
De forma totalmente inesperada —y para mi inmensa satisfacción— la situación se resolvió por sí sola. Recibí una carta de un amigo en Londres comunicándome que había organizado un encuentro en su casa con algunos amigos para debatir ciertos problemas que a todos nos interesaban; me propuso que viajara a la ciudad esa misma tarde, pues al día siguiente me llevaría a conocer a H.P.B.
Fui —no para ver a mis amigos ni para debatir problemas— sino con el único propósito y la única intención de conocer a H.P.B.
Aquella noche, pareció que el tiempo se detenía, como si quisiera burlarse de mi impaciencia. Por fin, sin embargo, amaneció un hermoso día de verano, y hacia el mediodía me encontré con mi amigo en la casa de Notting Hill, desde la cual según me explicó, emanaba toda la vida de la Sociedad Teosófica.
Al entrar, nos condujeron al salón —o al menos supuse que así se llamaba, aunque jamás he visto, ni espero ver otra estancia semejante—. No, me equivocaba; pues, apenas unos segundos después, respondiendo a un saludo familiar de mi amigo, apareció H.P.B.
Ella se levantó de su escritorio —donde había permanecido oculta a la vista tras un sillón inusualmente grande— y se acercó para recibirnos.
Sus ojos, los más grandes y de un azul más intenso que jamás haya visto, se abrieron de par en par al tomar mi mano para darme la bienvenida. Toda la inquietud que en secreto, había anticipado sentir, se disipó con sus primeras palabras. Desde el primer instante, me sentí como en casa y a gusto junto a H.P.B.
"No, no quiero que me llamen 'Madame', ni siquiera tú, que te considero un gran amigo; no se mencionó nada de eso cuando fui bautizada. Si te parece bien, llámame simplemente H.P.B. Siéntate ahí. Fumas, ¿verdad? Te prepararé un cigarrillo. Y tú, E., pedazo de atolondrado —dijo dirigiéndose a mi amigo—, si logras encontrar mi caja de tabaco por ahí, ¡hasta seré capaz de tomarte por un caballero!"
Luego, entre risas tan alegres y espontáneas como las de un niño, ella me explicó que ella y E. eran «viejos amigos» y que le tenía mucho aprecio, aunque a menudo él «se aprovechaba de su avanzada edad y de su inocencia».
Tras un breve intercambio de bromas, apareció el tabaco y H.P.B. preparó cigarrillos para cada uno de nosotros. Después, la conversación se tornó más seria: H.P.B. me preguntó por mis estudios de teosofía y ocultismo occidental, y me habló del éxito del movimiento teosófico; mencionó lo que decía la gente, lo que publicaban los periódicos —mucho más, por cierto—, y señaló que todos estaban equivocados porque no comprendían nada, habían olvidado sus libros de historia y eran incapaces de ver hacia dónde se dirigía el movimiento.
Luego me pidió que le hablara de mí, me dio algunos consejos prácticos, y poco después me despedí de la persona más fascinante que jamás había conocido.
Tales fueron las circunstancias que dieron lugar a mi encuentro personal con mi querida y venerada maestra y amiga. Quedé gratamente impresionado por todo lo que vi y escuché durante mi breve visita al hogar de los teósofos; y de H.P.B. misma, el recuerdo que conservo con mayor viveza es el de su extraordinaria amabilidad, su franqueza valiente, su notable vivacidad, y sobre todo el entusiasmo con el que hablaba de la labor que tenía por delante la Sociedad Teosófica.
Walter se va a vivir con Blavatsky
Cuando, muchos meses después, se me propuso ir a vivir a la sede central en Londres —que por aquel entonces se encontraba en Lansdowne Road— acepté con enorme alegría; de hecho habría ido a cualquier parte con tal de estar más cerca de la influencia pura y poderosa que emanaba del ejemplo y las enseñanzas de H.P.B.
La impresión que me formé inicialmente sobre su carácter permaneció inalterable a lo largo de todo el tiempo que mantuve una relación cercana con ella, hasta el momento de su fallecimiento.
Ante cualquier dificultad, ya fuera en mis estudios o en mi trabajo, siempre encontré en ella una consejera sabia y una guía firme. En la enfermedad o en la aflicción, siempre se mostró amable, dulce, servicial y reconfortante; en resumen, nadie ha ocupado un lugar tan importante en mi vida —en su doble faceta de amiga y maestra— como ella, y no hay nadie hacia quien mi gratitud fluya con tanta naturalidad.
Blavatsky trabajó inmensamente
He mencionado que H.P.B. sentía un gran entusiasmo por la causa que tuvo el honor de representar ante el mundo. Nadie que haya tenido el privilegio de trabajar junto a ella podría albergar la menor duda al respecto.
En una de sus primeras cartas, redactada en su peculiar manera extranjera, me informó:
« El primer volumen de mi libro ("La Doctrina Secreta") ya ha salido de la imprenta; estos días me he estado levantando a las cinco de la mañana. »
Su capacidad de resistencia estaba, en todos los aspectos, a la altura de su profundo sentido de la devoción.
Ella era una trabajadora incansable. La he visto en su escritorio a las seis de la mañana —incluso en los días más gélidos del invierno—, habiendo escrito ya varias páginas antes de desayunar.
Su dedicación y tenacidad me causaban, a menudo, un gran asombro, sobre todo al considerar que gran parte de su vida había transcurrido en la incesante agitación de los viajes y la aventura.
Cualesquiera que sean los méritos de las diversas causas por las que hombres y mujeres han trabajado y muerto, es indudable que nadie ha servido a su causa con mayor fervor, constancia y sacrificio que H.P.B. a la causa de la Teosofía.
Walter estuvo con Blavatsky cuando ella falleció
La víspera de su partida, permaneció unos minutos ante su escritorio para organizar sus papeles; un artículo editorial quedó a medio terminar sobre la mesa cuando, por última vez, dejó a un lado la pluma para emprender su descanso definitivo.
Yo estuve presente en el momento de su partida; su mano derecha se enfrió entre las mías. No intentaré describir lo que sentí cuando por primera vez fui plenamente consciente de nuestra pérdida —por temporal que esta pueda ser—.
Aquellos instantes de un dolor tan agudo —en los que la compasión por uno mismo y la alegría por el descanso que alcanzaba a un ser querido desgarraban mi ser en una lucha encarnizada— permanecerán para siempre entre los recuerdos más sagrados de mi vida.
Las últimas palabras que escribió fueron en defensa de la verdad a la que había dedicado su existencia; sus labios, ya en el umbral de la muerte, pronunciaron palabras de aliento para aquellos sobre quienes, tras su partida, recaería la labor principal.
Su defensa de Blavatsky
¡Qué importa que muchos en el mundo exterior le hayan negado esa integridad de propósito que ellos mismos reclamarían con vehemencia! ¡Qué importa que sus incansables esfuerzos en favor de la Verdad fueran recompensados con calumnias, burlas y escarnios por parte de una multitud superficial, o que su amistad fuera traicionada por la vanidad herida de unas pocas personalidades efímeras!
Sin embargo ella se mantuvo firme en su propósito, y contra toda expectativa y deseo de sus oponentes, logró llevar a buen término la tarea que había emprendido, a pesar de un desaliento inmenso.
Quienes convivieron con ella —quienes mejor la conocieron— pueden dar fe de cuán pura y desinteresada era su naturaleza, y de lo inspiradoras que resultaban tanto sus enseñanzas como su ejemplo.
Nada de lo que yo pueda decir añadiría valor alguno a la belleza y pureza intrínsecas de su carácter; es pues solo por un sentimiento de devoción agradecida y por sentido del deber que redacto este modesto homenaje a la memoria de mi mejor amiga.
(Lucifer, junio de 1891, págs. 302-304; En memoria de HPB, págs. 39-40)
