George Robert Stow Mead fue el último secretario que Blavatsky tuvo, y cuando ella falleció en 1891, él escribió el siguiente texto como un homenaje póstumo hacia ella.
LOS ÚLTIMOS DOS AÑOS
Anteriormente, durante mis vacaciones, me había alojado en el número 17 de Lansdowne Road [la casa donde se hospedaba Blavatsky]; pero no fue hasta principios de agosto de 1889 cuando comencé a trabajar de forma permanente con H.P.B.
Por aquel entonces, ella se encontraba en Jersey, y los textos y las pruebas de imprenta de la revista "Lucifer" iban y venían constantemente, acompañados por un sinfín de notas y telegramas muy propios de su estilo.
Apenas tuve tiempo de reseñar dos libros antes de recibir un telegrama urgente de H.P.B., tras lo cual partí hacia Jersey. ¡Qué cálida bienvenida me brindó en el porche de aquella casa cubierta de madreselvas, y cuánto se desvivió para que todo resultara cómodo para el recién llegado!
Siempre me ha sorprendido que las principales acusaciones y calumnias vertidas contra H.P.B. hayan sido las de fraude y ocultación; solo puedo explicarlo por el hecho de que quienes formulan tales acusaciones —a excepción de la mujer apellidada Coulomb— jamás llegaron a conocer a H.P.B.
Según mi experiencia, ella siempre pecaba de confiar demasiado en los demás y era sumamente franca. Por ejemplo, nada más llegar, me dio acceso a todos sus documentos y me puso a trabajar en una pila de correspondencia que de otro modo, habría permanecido sin respuesta hasta el fin de los tiempos; pues si algo detestaba H.P.B., era responder cartas.
Así fue como me inicié en los entresijos de la revista "Lucifer", y pronto me vi desbordado transmitiendo instrucciones, modificaciones y contraórdenes a Bertram Keightley, quien por aquel entonces ejercía como subdirector. Y es que, en aquellos días, H.P.B. no permitía que ni una sola palabra apareciera en "Lucifer" sin haberla revisado una y otra vez; de hecho, seguía añadiendo contenido o recortando las pruebas de imprenta hasta el último momento.
Un día, poco después de mi llegada, H.P.B. entró inesperadamente en mi habitación, me entregó un manuscrito y me dijo: «Lee esto, amigo, y dime qué te parece». Era el manuscrito de la tercera parte del libro "La Voz del Silencio"; mientras yo leía, ella permanecía sentada fumando sus cigarrillos y golpeando el suelo con el pie, como solía hacer a menudo.
Seguí leyendo, olvidándome de su presencia ante la belleza y la sublimidad del tema, hasta que ella interrumpió mi silencio preguntando: «¿Y bien?».
Le dije que era lo más grandioso de toda nuestra literatura teosófica e intenté —algo poco habitual en mí— expresar con palabras parte del entusiasmo que sentía. Pero aun así H.P.B. no estaba satisfecha con su trabajo; temía profundamente no haber hecho justicia al original en su traducción y apenas lograba convencerse de que el resultado era bueno.
Este era uno de sus rasgos más característicos: nunca se sentía segura de su propia labor literaria y escuchaba con buen ánimo cualquier crítica, incluso la proveniente de personas que habrían debido guardar silencio. Curiosamente, sentía una gran inseguridad respecto a sus mejores artículos y obras, mientras que por el contrario, se mostraba muy segura de sus escritos polémicos.
Cuando regresamos a Lansdowne Road, se produjo uno de esos cambios tan habituales para quienes trabajaron con H.P.B.: tanto el Dr. Archibald Keightley como Bertram Keightley partieron al extranjero —el primero, para realizar un viaje alrededor del mundo; el segundo, para dar conferencias en Estados Unidos—. De este modo, sus responsabilidades recayeron en gran medida sobre mí, y por pura necesidad comencé a pasar mucho más tiempo a solas con H.P.B. mientras trabajaba.
Veamos si puedo ofrecer una idea de cómo se llevaba a cabo el trabajo. Para empezar, estaba la revista "Lucifer", publicación de la que ella era entonces la única editora. H.P.B. nunca leía un manuscrito; necesitaba verlo ya en pruebas y por lo general se limitaba a hacer una "estimación" de su contenido.
Lo que sí le preocupaba especialmente era la extensión del texto: solía contar laboriosamente el número de palabras de cada artículo y nunca se convencía de la exactitud de mi recuento cuando, a mi vez, yo hacía una "estimación" de su longitud.
Si yo sugería que el mío era el método más rápido, ella aprovechaba para decirme algunas verdades incómodas sobre la educación en Oxford y Cambridge; a menudo pensaba que ella seguía empleando sus métodos rudimentarios de cálculo aritmético a propósito, para curarme de mi impaciencia y de mi confianza en mi propia superioridad.
Otra tarea importante era la organización de los diversos artículos. Por aquel entonces, ella jamás permitía que nadie más se ocupara de eso, y medirlo todo resultaba una labor tediosa.
El proceso de publicación de "Lucifer" siempre se desarrollaba a toda prisa, ya que ella solía escribir su editorial a última hora; y fiel a su costumbre, consideraba que si algo no salía a tiempo, la culpa era —si es que alguien tenía la culpa— de los impresores.
Pero todo esto cambió pronto cuando Annie Besant se convirtió en coeditora y H.P.B. comprendió que no era necesario que ella lo hiciera todo por sí misma.
Luego estaba la correspondencia —abundante, no cabe duda—, que llegaba de todas partes del mundo y de toda clase y condición de personas, tanto hombres como mujeres.
H.P.B. era muy lacónica —a veces, incluso epigramática— al dar instrucciones sobre cómo responder a estas cartas; con el tiempo, se volvió aún más reservada, de modo que a menudo tenía que arriesgarme a provocar su descontento al insistir para obtener una respuesta, o al intentar convencerla de que ella misma contestara alguna carta de gran importancia.
Resultaba relativamente sencillo poner a buen recaudo la correspondencia matutina, pero las cartas que llegaban en envíos posteriores planteaban una dificultad pues H.P.B. prohibía terminantemente el acceso a su habitación, y para compensarlo, solía guardar con esmero las cartas importantes en escondites, con el fin de entregármelas más tarde, mientras dejaba que el resto corriera su propia suerte.
Eso no era un buen sistema ya que por lo general ella misma olvidaba dónde las había escondido. A menudo me resultaba imposible recuperar esas cartas extraviadas de entre sus manuscritos, pues no permitía que nadie tocara el trabajo en el que ella estaba inmersa en ese momento; así pues, quedaban allí olvidadas, a la espera de ser respondidas cuando, mucho tiempo después, finalmente salieran a la luz.
Con el tiempo, no obstante, dimos con métodos más eficaces, y últimamente ya no he tenido que jugar tanto al escondite.
La primera hora de la mañana, tras el desayuno, durante aquellos dos años, permanece en mi memoria como un recuerdo grato. Todo era tan poco convencional. Yo solía sentarme en el brazo de su gran sillón y obedientemente fumaba el cigarrillo que ella me ofrecía, mientras ella abría la correspondencia, me indicaba qué tareas debían realizarse y firmaba diplomas y certificados —esto último bajo una gran presión pues ella detestaba esa clase de labor mecánica—.
Era una experiencia estimulante y a la vez instructiva, ya que en nuestra vasta Sociedad Teosófica surgían constantemente crisis de mayor o menor gravedad. Ella debía resolver las numerosas disputas y hacer frente a los constantes ataques. Fue así como aprendí mucho sobre la naturaleza humana y el funcionamiento interno de la Sociedad Teosófica, comprendiendo hasta qué punto su propia vida dependía de ella.
Fui testigo en repetidas ocasiones de su generosidad desbordante; a menudo, por encargo suyo, hice llegar obsequios a teósofos necesitados o destiné fondos a fines teosóficos —siempre bajo la estricta promesa de guardar secreto—, a pesar de que con ello, ella misma se quedaba con frecuencia sin un céntimo.
Aunque H.P.B. Me dejó gran parte de su correspondencia; sin embargo, esto no estaba exento de una estricta supervisión, pues a veces solicitaba de improviso una respuesta que aún no había sido enviada, o la copia de una carta antigua, sin previo aviso.
Si encontraba algún error, la reprimenda que recibía no contribuía precisamente a aliviar mi malestar. Había algo en lo que ella insistía constantemente: desarrollar el sentido de la «adecuación de las cosas».
Ella era implacable si se quebrantaba esta ley de armonía; no dejaba margen alguno para eludir la responsabilidad ni aceptaba excusas. Hacía valer su abrumadora capacidad de razonamiento y sus vastos conocimientos —que a pesar de expresarse a veces de forma aparentemente inconexa, siempre daban en el blanco—, aunque un instante después volvía a ser la amiga cariñosa, el hermano mayor —o incluso, cabría decir, la camarada—, tal como solo ella sabía serlo.
Para mí, una de las pruebas más contundentes de los dones y capacidades extraordinarios de H.P.B. —si es que hacía falta alguna prueba, dada la manifiesta sinceridad de la obra de su vida— era la manera en que redactaba sus artículos y libros.
Yo conocía cada uno de los volúmenes que ella guardaba en su pequeña biblioteca; no obstante, día tras día, ella producía grandes cantidades de manuscritos repletos de citas que por lo general, eran exactas.
Recuerdo casi el último día que se sentó en su escritorio, yo entré en su habitación para consultarle sobre dos términos griegos que aparecían en una cita, señalándole que eran incorrectos.
Si bien es cierto que en su juventud H.P.B. hablaba griego moderno y había aprendido griego antiguo gracias a su abuela, hacía mucho tiempo que lo había olvidado, al menos en lo que respecta a la precisión académica; corregir aquellos términos requería por tanto un conocimiento riguroso.
"¿De dónde has sacado esto, H.P.B.?", le pregunté.
"La verdad es que no lo sé, querido", respondió de un modo algo desalentador, "¡Lo vi!". Y añadió que estaba segura de estar en lo cierto, pues recordaba perfectamente el momento en que escribió aquel pasaje en particular.
Sin embargo la convencí de que había habido un error y finalmente ella dijo: "Bueno, ya sé que eres un gran erudito en griego, pero no vas a estar siempre dándome lecciones. Intentaré ver si puedo encontrarlo de nuevo; ahora, ¡fuera!".
Con esto quería decir que deseaba continuar con su trabajo o en cualquier caso, que ya se había cansado de mi presencia. Unos dos minutos después, me llamó de nuevo y me entregó un trozo de papel en el que había escrito las dos palabras correctamente, añadiendo: "Bueno, supongo que después de esto serás un erudito aún mayor que antes".
Lo anterior es solo un ejemplo entre muchos; no obstante, no tiene mucho sentido relatarlos, pues carecen de significado para cualquiera que no haya sido testigo presencial. El público, por su parte, se siente plenamente satisfecho con su propia infalibilidad de juicio y prefiere seguir siendo miope.
Por las noches, a H.P.B. le gustaba reunir a los miembros de la casa a su alrededor, e insistía —haciendo todo lo posible— en que dejáramos el trabajo durante un par de horas. Ella misma solía jugar a su eterno solitario, que muy de vez en cuando alternaba con una partida de 'dummy whist' [un juego de cartas].
Muchos se han preguntado por qué H.P.B. siempre «echaba las cartas» por la noche; quienes hemos aprendido, por experiencia, que H.P.B. no hacía nada sin una razón, dedujimos lógicamente que también había un propósito tras las cartas. Aquellas veladas eran el momento para las anécdotas, para recibir indicaciones sobre ocultismo y para obtener una infinidad de información útil.
Sin embargo, no seguía ningún orden establecido, y nadie podía dar por sentado que llegaría a escuchar, o bien obtener respuesta a una pregunta. Debíamos aguardar la oportunidad y nunca lamentamos la espera cuando esta finalmente llegaba.
Cuando nos trasladamos a nuestra sede actual, muchas cosas cambiaron. Al mirar atrás, parece casi como si H.P.B. hubiera estado preparando el terreno para dejarnos en cualquier momento; aunque, aparentemente, se estaban realizando preparativos en los que ella misma —y su continua permanencia entre nosotros— constituían los factores principales.
Desde que se marchó a Brighton, a principios del año pasado, sufrió terriblemente en su cuerpo físico, viéndose incapacitada para trabajar como solía hacerlo. Sin embargo siempre mantuvimos la esperanza de que recuperaría, al menos, su estado de salud habitual.
En Lansdowne Road, siempre recibía con agrado a las visitas que acudían a verla casi todas las noches. Pero en Avenue Road ella comenzó a aislarse cada vez más; a menudo, ni siquiera recibía a los miembros de la casa durante la velada, a menos que ella misma los mandara llamar expresamente.
Por otra parte, últimamente se mostraba inusualmente callada, dejando ver muy rara vez esa gran energía que constituía su rasgo más característico. Aun así su voluntad indomable permanecía intacta, a pesar de que su cuerpo estaba agotado; ella seguía trabajando en su escritorio incluso cuando debería haber estado en la cama.
La misma noche anterior a su fallecimiento, ella insistió en entrar a su despacho para jugar a las cartas. Fue, en verdad, un último y supremo esfuerzo de voluntad, pues se encontraba tan débil que apenas podía hablar o sostener la cabeza. Y así la gripe se cobró a su víctima más ilustre. Tal es, al menos, la opinión de quien considera su mayor honor haber sido el último de los secretarios privados de H.P.B.
(Lucifer, junio de 1891, págs. 295-299; En Memoria de HPB, págs. 31-35)