A LA BÚSQUEDA DEL MAHATMA MORYA



S. Ramaswamier era un hindú perteneciente a la casta brahmánica, que residía en Tinnevelly (ciudad del sur de la India), donde trabajaba para el Gobierno como Registrador de Garantías del Distrito.

En 1881 se convirtió en miembro devoto de la Sociedad Teosófica.

Foto tomada en la Convención de Adyar en diciembre de 1883
De pie está el coronel Olcott. Debajo de Olcott está Blavatsky. Y debajo de Blavatsky está Ramaswamier. Y a la izquierda vestido de negro está Damodar. Y más a la izquierda vestido de blanco está Subba Row.



La aceptación del Ramaswamier como discípulo del maestro Morya fue confirmada por una carta que recibió el 28 de septiembre de 1881 (esta carta fue materializada de manera fenomenal por el maestro Morya).

Y esta carta dice:

« Saludos a mi fiel chela [discípulo]. Eres aceptado incluso desde ahora y puedes considerarte a tí mismo como un chela aceptado por mí. Upasika [Blavatsky] tiene todas las instrucciones. Que mi chela Rama B. Yogi  siga las instrucciones que recibirá de ella. Te bendigo, hijo.
M.·. »
(Cartas de los Maestros de Sabiduría II, N°48.)

(Ramaswami era su nombre usual, siendo "Iyer" el final de la casta brahmánica. Y se le dio un nombre secreto en su ceremonia del hilo que era Rama Bhadra, y es por este nombre sagrado que aquí se le llama Rama B.)

Al año siguiente, Ramaswamier decidió ir a la búsqueda del maestro Morya sin importar los peligros, y el siguiente texto es parte de una carta personal que le escribió a su amigo Damodar, donde narra las hazañas por las que pasó cuando emprendió ese viaje en búsqueda de su Maestro.

Y este texto posteriormente se imprimió en la revista Theosophist, en diciembre de 1882, con el título:



CÓMO ENCONTRÓ UN DISCÍPULO A SU MAESTRO

(Extractos de una carta privada [escrita por S. Ramaswamier] a Damodar K. Mavalankar, secretario de actas conjuntas de la Sociedad Teosófica).

«…Cuando nos encontramos por última vez en Bombay, te dije lo que me había pasado en Tirunelveli. Habiéndose deteriorado mi salud por trabajo y preocupaciones, pedí un permiso de ausencia por razones médicas, el cual me fue concedido.

Un día del pasado mes de septiembre de 1882, mientras estaba leyendo en mi cuarto, me fue ordenado por la voz audible de mi bendito Gurú Morya-Mahârshi, el dejar todo e irme inmediatamente a Bombay, a donde tenía que ir en busca de la Sra. Blavatsky, encontrarla y seguirla a dondequiera que ella fuese. Sin perder un instante, dejé de hacer lo que estaba haciendo y me fui a la estación. Ya que el tono de esa voz es para mí el sonido más divino de la naturaleza y sus ordenes imperativas.

Viaje en mi vestimenta mística, pero al llegar a Bombay, me encontré con que la Sra. Blavatsky ya se había ido y me enteré a través de ti [Damodar residía en el Cuartel General] que se había ido hacía unos pocos días antes, que ella estaba muy enferma y que más allá del hecho de que ella se había ido del lugar de manera muy repentina con un chela, tú no sabías nada de su paradero. Y ahora debo decirte lo que me ocurrió después de dejarte.





SIGUIENDO A BLAVATSKY

Realmente no sabiendo hacía donde ir, tomé un boleto a Calcuta, pero al llegar a Allahabad, escuché la misma bien conocida voz mandándome ir a Baharampur. En el trayecto, conocí en el tren de la manera más providencial, a algunos caballeros bengalíes (que en ese momento no sabía que también eran teósofos, ya que no los había visto antes) quienes también andaban en busca de la Sra. Blavatsky. Dijeron que sabían que ella se dirigía al Tíbet y querían acompañarla para poder postrarse a los pies de los Mahatmas.

De Baharampur fui a Calcuta para encontrarme con el hermano Nobin K. Banerji, Presidente de la Sociedad Teosófica de Adhi Bhoutic Bhratru, quien con otros también estaba arriesgando todo con la esperanza de ver a los Mahatmas. Esperaba que pudiera decirme donde estaba la Sra. Blavatsky, pero no quiso decirme o quizás él mismo no lo sabía entonces. Finalmente el día 23, el Sr. Nobin me llevó de Calcuta a Chandernagore, en donde encontramos a la Sra. Blavatsky preparándose para tomar un tren.

Un chela melenudo alto, de piel oscura, que por su vestido supuse que era tibetano, me dijo que yo ya había llegado muy tarde, que la Sra. Blavatsky ya había visto a los Mahatmas y que él la había traído de regreso. No quiso escuchar mis suplicas para que me llevase con él, diciéndome que él no tenía otras órdenes que lo que ya había ejecutado a saber, llevarla alrededor de veinticinco millas de un cierto lugar que él me mencionó y que ahora él iba a encargarse de cuidarla para que llegara sana y salva a su casa y que después de esto se regresaría.

En eso estábamos, cuando el tren llegó, ella subió al vagón y antes de que sus propias cosas pudiesen incluso ser colocadas en el furgón de equipaje, el tren, en contra de todos los reglamentos y antes de que sonara la campana, arrancó, dejando en la estación al Sr. Nobin, a los caballeros bengalíes e incluso al sirviente de la Sra. Blavatsky. Teniendo solo tiempo de subirse al tren un Bâbu, su esposa y la hija de otro. Todos ellos teósofos y candidatos al chelado. Yo mismo apenas tuve tiempo de saltar en el último vagón. Todas sus cosas, con excepción de su caja con la correspondencia teosófica se quedaron en el andén con su sirviente.

El Sr. Nobin y el sirviente llegaron cinco días después a Darjiling, pero incluso aquellos que abordaron el tren, se quedaron cinco o seis estaciones atrás debido a otro incidente imprevisto, alcanzando Darjiling también unos cuantos días después. No se requiere de una gran imaginación para concluir que quizás los Mahatmas estaban conduciendo a la Sra. Blavatsky y que por alguna razón que solo ellos sabían, no querían que nosotros la siguiéramos y observáramos. Los primeros días de su llegada, la Sra. Blavatsky estuvo viviendo en la casa de un caballero bengalí, un teósofo rehusándose ver a nadie.

(Menciona a muchos bengalíes porque toda esa región corresponde al estado de Bengala Occidental situado al oeste del Bangladesh.)

A todas nuestras importunaciones, solo pudimos obtener de ella una respuesta; que no teníamos por qué estarla siguiendo de cerca, que ella no nos quería allí y que ella no tenía derecho a disturbar a los Mahatmas con toda clase de preguntas y de suplicas que solo concernían a quien las hacía, ya que cada uno conocía sus asuntos mejor que nadie. Que si queríamos ir al Tíbet éramos libres de hacerlo, pero que a ella misma le estaba prohibido ir justo ahora al Tíbet. Dijo que ella tenía que permanecer en los alrededores de Darjiling y que vería al Mahatma en el territorio de Sikkim, en donde NO se nos permitiría seguirla.

(Inicialmente Blavatsky tenía permiso de ir a visitar el Ashram de su Maestro Morya situado en el Tíbet, pero la invasión de Egipto por los británicos que se dio en ese momento, hizo que el Chohan (el superior de los Mahatmas) cancelara el permiso, y el Maestro Morya no tuvo más remedio que a sangre fría revocarle la autorización a su discípula cuando ya había recorrido la mayor parte del viaje. Lo detallo en los ashrams de los Maestros.

Sin embargo le permitió que se vieran en Sikkim que en ese entonces era un reino independiente, situado entre la India y el Tíbet, a donde no se podía entrar sin autorización de la monarquía Chogyal, y que a partir de 1975, su población por referendo decidió convertirse en el 22º estado de la India.)


 
 
 
CRUZANDO LA FRONTERA

En desesperación, me decidí, pasará lo que pasará, a cruzar la frontera, que está a un poco más de diecinueve kilómetros de allí, y encontrar a los Mahatmas o – MORIR. Nunca me detuve a pensar que lo que estaba a punto de emprender sería considerado como el acto arrebatado de un lunático. Tampoco hablaba ni entendía ni una sola palabra de bengalí, urdu, nepalés o las lenguas del Bután y el Tíbet. No tenía ni permiso, ni pase del Râja de Sikkim y no obstante, estaba decidido a penetrar en el corazón de un Estado independiente en donde, si algo me pasaba, las autoridades Anglo-Indas no podrían protegerme, dado que había pasado sin permiso. Pero nunca pensé en eso, ya que estaba resuelto y absorto en una sola idea: encontrar y ver a mi Maestro.

Sin decir ni una sola palabra a nadie de mis intenciones en la mañana del 5 de octubre, partí en busca del Mahatma. Tenía un paraguas y un bastón de peregrino como únicas armas, con unas cuantas rupias en mi monedero. Llevaba puesta mi vestimenta y gorro amarillo. Cada vez que me sentía cansado en el camino, mi traje me permitía obtener fácilmente un pequeño caballo, por una poca cantidad de dinero.

La misma tarde alcancé las márgenes del Rio Rangit, el cual forma la frontera entre la India y el reino de Sikkim. Traté de cruzarlo a través un puente suspendido, construido con bejucos, pero se balanceaba de un lado a otro en tal medida que yo, que nunca había conocido en mi vida lo que eran las penalidades (perteneciendo a la casta más prestigiosa) no pude resistirlo. Por lo tanto, preferí cruzar el río por el transbordador, y esto incluso con bastante peligro y dificultad (rodeado de montañas no ha de ser un rio fácil de cruzar).





ENCUENTRO CON EXTRAÑOS

Toda esa tarde viajé a pié, penetrando más y más adentro del corazón de Sikkim a lo largo de una estrecha senda. No puedo decir ahora cuántos kilómetros recorrí antes del atardecer, pero estoy seguro de que no fueron menos de treinta o cuarenta kilómetros. De un lado al otro, no veía nada más que junglas y bosques impenetrables a todo mí alrededor, mitigados a largos intervalos por chozas solitarias pertenecientes a la gente de la montaña.

En el crepúsculo, comencé a buscar un lugar en dónde descansar durante la noche. En la tarde me había encontrado en el camino a un leopardo y a un gato salvaje, y estoy asombrado ahora que lo pienso, cómo es que entonces no sentí miedo ni traté de correr. Durante todo el tiempo me sostenía alguna influencia secreta. Nunca pasó por mi mente el miedo o la ansiedad. Quizás en mi corazón no había lugar para otro sentimiento que no fuese una intensa ansiedad por encontrar a mi Maestro.

Cuando ya estaba oscureciendo, observé una choza solitaria a unos cuantos metros de la orilla del camino. Dirigí mis pasos hacia ella con la esperanza de encontrar alojamiento. La ruda puerta estaba cerrada con llave. No había nadie en la cabaña en ese momento. La examiné por todos lados y encontré una pequeña ventana por el lado poniente. Era en verdad pequeña, pero lo suficiente para que pudiese introducirme por ella. Por una extraña coincidencia de circunstancias, el montañés había olvidado cerrarla cuando salió.

Al entrar, encontré que el cuarto se comunicaba con otro cuarto por medio de una pequeña puerta y que los dos ocupaban todo el espacio de la selvática mansión. Aseguré la puerta del cuarto y la única ventana. Me recosté concentrando como de costumbre todo pensamiento en mi Maestro y pronto caí profundamente dormido.

Deben haber sido entre las diez y once, o quizás un poco más tarde, cuando me desperté y escuché sonido de pasos en el cuarto anexo. Podía claramente distinguir a dos o tres personas hablando entre ellos en un dialecto desconocido para mí. No dejo de estremecerme cada vez que me acuerdo de esto. Pudieron haber entrado en cualquier momento al cuarto donde me encontraba y asesinarme por mi dinero. Y si me hubiesen confundido con un ladrón la misma suerte me hubiese esperado.

En un periodo inconcebiblemente corto se agolparon en mi mente éste y otros pensamientos similares, pero mi corazón no palpitó de miedo. No sé qué influencia secreta me mantenía firme, pero nada pudo sacarme de quicio o hacerme tener miedo. Estaba perfectamente calmado, aunque me mantuve despierto mirando en la oscuridad por más de dos horas, e incluso caminé por el cuarto suave y lentamente sin hacer ningún ruido, planeando mi escape en caso de necesidad, hacia el bosque por el mismo camino por el que había efectuado mi entrada en la choza. Pero vuelvo a repetirlo, no tuve ningún miedo, ni tampoco entró jamás en mi corazón un sentimiento semejante.

Volví a acomodarme para descansar y después de haber dormido profundamente, sin ser disturbado por ningún sueño, me desperté al amanecer. Luego, apresuradamente me puse mis bota y cautelosamente salí de la choza a través de la misma ventana. Podía escuchar los ronquidos de los dueños en el otro cuarto y sin perder el tiempo, volví a tomar el sendero hacia la ciudad de Sikkim, manteniendo mi paso con incansable celo.

Considerándolo en retrospectiva, puedo ver ahora la mano protectora de mi venerable Maestro. Desde los rincones más profundos de mi corazón, le daba las gracias por la protección que me había concedido durante la noche.

¿Qué fue lo que impidió a los dueños de la choza penetrar en el segundo cuarto?

¿Qué fue lo que me mantuvo en el mismo espíritu calmado y sereno, como si estuviese en un cuarto de mi propia casa?

¿Qué habrá sido lo que me hizo dormir tan profundamente bajo tales circunstancias, habiendo una enorme selva oscura por todos lados, abundante en bestias salvajes y un grupo de degolladores – como se dicen que son la mayoría de los habitantes de Sikkim – en el cuarto de al lado?





RUMBO A LA CIUDAD DE SIKKIM

Cuando se hizo más claro el día, dirigí mi camino a través de colinas y valles. Cabalgando o caminando, los senderos que seguí no hubiesen sido una jornada agradable para nadie, a no ser que hubiese estado tan profundamente absorto en pensamiento como lo estaba yo entonces.

Seguía el camino a la ciudad de Sikkim, creo que eran entre las ocho y nueve de la mañana, y la gente que encontraba en el camino me aseguraba que podría cruzar fácilmente al Tíbet en mi vestimenta de peregrino, cuando de repente vi a un jinete solitario galopando hacia mí desde la dirección opuesta. Por su alta estatura y su habilidad en el manejo del caballo, supuse que sería un oficial militar del Râja de Sikkim.

¡Pensé entonces que ahora sí me habían atrapado!

Me pedirá que le enseñe mi pase y que le diga qué hago en territorio independiente de Sikkim, y quizás me arrestará enviándome de regreso, sino es que algo peor. Sin embargo, a medida que se aproximaba a mí, tiró de las riendas del caballo, deteniendo el paso. Lo miré y lo reconocí… Estaba ante la tremenda presencia de él, del mismo Mahatma, mi propio venerado Maestro al quien había visto en su cuerpo astral en el balcón en el Cuartel General Teosófico. Era él, el “HERMANO Himâlayico” de la inolvidable noche del pasado mes de diciembre, el que tan amablemente había dejado caer una carta en respuesta a una que yo le había dado solo una hora antes a la Sra. Blavatsky en un sobre sellado, la cual nunca perdí de vista durante ese intervalo.

En ese mismo instante me vi postrado en tierra a sus pies. Por orden suya me levanté y pausadamente contemplé la imagen que conocía tan bien, ya que había visto su retrato (el que está en posesión del coronel Olcott) innumerables veces. No sabía que decir: el gozo y la reverencia ataron mi lengua. La majestuosidad de su semblante, el cual me parecía ser la personificación del poder y del pensamiento, me mantuvieron extasiado con temor reverente. Finalmente estaba cara a cara con “el Mahatma del Himâvat” y él no era un mito, ni la “creación de la imaginación de un médium” como algunos escépticos lo han sugerido. Tampoco era una alucinación, puesto que ya eran entre las nueve y diez de la mañana, y el sol brillaba siendo un testigo silencioso de la escena desde arriba. Lo veía a ÉL ante mí, en carne y hueso, y él me hablaba en acentos afectuosos y dulces.

¿Qué más podía desear?

Mi exceso de felicidad me puso mudo. No fue sino hasta que transcurrió un cierto tiempo que fui capaz de pronunciar unas cuantas palabras, animado por su amable tono de voz. Su tez no es tan clara como la del Mahatma Kuthumi, pero nunca había visto un semblante tan bello, una estatura tan alta y majestuosa. Como en su retrato, el tiene una corta barba negra y pelo negro largo que le llega hasta el pecho. Solo su vestimenta era diferente, en vez de una toga suelta blanca, vestía una capa amarilla con lienzos de piel. Y en su cabeza, en vez de un pagri (turbante), portaba un gorro de fieltro tibetano amarillo, como he visto que lo usan algunos butaneses en este país.

Cuando pasaron los primeros momentos de arrobamiento y sorpresa, y comprendí calmadamente la situación, tuve una larga conversación con él. Me dijo  que ya no continuara más adelante, porque la pasaría muy mal. Dijo que debía esperar pacientemente si quería llegar a ser un discípulo plenamente aceptado, que eran muchos los que se ofrecían como candidatos, pero solamente muy pocos llegaban a demostrar que eran merecedores. Ninguno era rechazado, pero todos ellos debían ser probados y la mayoría fracasaban. Que algunos, en vez de comprometerse y ser aceptados este año, habían tenido que renunciar por un año. Vi que el Mahatma hablaba muy poco inglés o al menos así me pareció y a mí me habló en mi lengua materna que es el Tamil.

(Esta constatación me muestra que la narración es verídica, debido a que es un detalle que casi nadie sabía (ya que casi nadie se había comunicado verbalmente con el Maestro Morya). Yo lo sé porque en una carta el Mahatma Kuthumi le dice a Sinnett: “Morya sabe muy poco inglés y detesta escribir” [CM14, p.84], solo que las Cartas Mahatma se hicieron públicas hasta en 1923. ¡40 años después!)

Me dijo que si el Chohan le permitía a la Sra. Blavatsky visitar Parijong, entonces yo podría ir con ella. Los teósofos bengalíes que siguieron a la Sra. Blavatsky verán que ella tenía razón en tratar de disuadirlos de seguirla ahora. Le pregunté al bendito Mahatma si podía contar a otros lo que vi y escuché. Me contestó afirmativamente y que además haría bien en escribirte y describirte todo.

Quisiera que tengas en mente toda esta situación y pedirte que no pierdas de vista que lo que vi no era solamente una mera “apariencia” o el cuerpo astral del Mahatma como lo vimos en Bombay, sino el hombre vivo y en su propio cuerpo físico. Cuando le ofrecí mi namaskarams (postraciones de despedida), me dijo que estaba complacido de acercarse a la India para ver a su discípula Blavatsky. Antes que él partiera, dos hombres más llegaron a caballo, supongo que eran sus ayudantes, probablemente chelas, ya que estaban vestidos como lamas gelung y ambos como él mismo, con pelo largo ondeado por detrás de sus espaldas. Cuando el Mahatma partió, lo siguieron a trote suave.





REGRESO A CASA

Por más de una hora me quedé mirando el lugar que el apenas había dejado, y luego lentamente comencé a regresar por donde había llegado. Fue entonces que me di cuenta por primera vez de que mis largas botas habían apretado mis piernas en varios lugares, que no había comido nada desde el día anterior, y que estaba demasiado débil para caminar más allá. Cada parte de mi cuerpo me dolía. A poca distancia vi a unos pequeños comerciantes con sus caballos de campo, llevando cargas. Alquilé uno de esos animales y en la tarde llegué al rio Rangit y lo crucé. Un baño en sus frías aguas me revivió. Compré algunas frutas en el único bazar que había allí y comí gustosamente.

Tomé otro caballo y llegué a Darjiling en las primeras horas de la noche. No podía ni comer, ni sentarme, ni estar de pie. Me dolía toda parte de mi cuerpo. Parece ser que mi ausencia había alarmado a la Sra. Blavatsky. Cuando le conté lo sucedido, ella me regañó por mi temerario y loco intento de ir al Tíbet de esa manera. … Por favor muéstrale mi carta al coronel Olcott, ya que él fue el primero en abrir mis ojos al Jnana Marga [“el sendero del conocimiento”] y que estará contento por el éxito (más del que merezco) que he obtenido. Más adelante le daré detalles personalmente.
Darjiling, 7 octubre 1882.  »
 
(Nota: la carta la edité para hacerla más comprensible. Fue publicada por primera vez en la revista The Theosophist, diciembre 1882, vol. IV, No 3, p67-69. Posteriormente en la compilación Five Years of Theosophy, p443-454.)




* * * * * * *



El encuentro con el Maestro Morya fue el 6 de octubre de 1882, y poco después de los hechos narrados en su carta, Ramaswamier recibió una carta del maestro Morya en la que además de confirmar la autenticidad de su relato, el Maestro le pedía que relatara lo ocurrido para que la gente supiera de la existencia de los Maestros transhimaláyicos.

Esta carta dice:

« Ramaswamier se pondrá la túnica de un asceta vedantino regular, incluso hasta el moño si es necesario, y enviará su ropa inútil a Bombay. Debe viajar de pueblo en pueblo a lo largo de la línea a Allahabad y predicar la Teosofía y el Vedantismo.

Todos deben saber que él es mi chela y que me ha visto en Sikkim. Él debe informar constantemente a Upasika [Blavatsky] de sus movimientos y finalmente unirse a ella en Allahabad, y también recibir mis órdenes a través de ella. Toda su aspiración y preocupación debe estar dirigida hacia un fin: convencer al mundo de nuestra existencia.
. . .
Vístete de peregrino a partir de hoy, y dile a tus amigos que has recibido órdenes directas mías: cómo o de qué manera no es asunto de nadie. Silencio, discreción y valentía. Ten mis bendiciones sobre tu cabeza, mi buen y fiel hijo y chela.
M.·. »
(Cartas de los Maestros de Sabiduría II, N°50.)

Y la mejor prueba de que Ramaswamier siguió las instrucciones de su Maestro es el hecho de que fundó cuatro logias de la Sociedad Teosófica mientras viajaba de Darjeeling a Bombay.

_ _ _

Por lo que se sabe hasta ahora, Ramaswamier recibió nueve cartas de los Maestros, la mayoría de las cuales contenían instrucciones personales para él.

Y a continuación cito una carta que es muy breve pero muestra que se había establecido una relación directa entre él y los Maestros, independientemente de Blavatsky (quien fue quien materializó la mayoría de las cartas para las demás personas).

Esta carta dice:

« En nombre de M_____ , se ordena a RS que lleve el adjunto a Subba Row. R. Swami tiene mis bendiciones y se le ordena no revelar esto a nadie. Sin embargo puede decir que recibió esta carta, que es una nueva prueba de nuestra realidad independientemente de Upasika [Blavatsky].
M.·. »
(Cartas de los Maestros de Sabiduría II, N°53.)


Y esta correspondencia que tuvo Ramaswamier con el maestro Morya es muy importante:

En primer lugar, porque demuestra que este nivel de cercanía de alumno-docente con estos Maestros es alcanzable.

Y dos, porque en esta correspondencia Blavatsky no estuvo involucrada como intermediaria, y esta es una prueba independiente que muestra la existencia de los Maestros transhimaláyicos.


Ramaswamier murió en 1893 y permaneció dedicado a su Maestro y a la causa teosófica hasta el final de su vida .















EJEMPLO DE UN DISCÍPULO EXITOSO: DAMODAR



Damodar K. Mavalankar nació en septiembre de 1857, en la ciudad de Ahmedabad (al este de la India). Pertenecía a una familia acomodada de la casta más prestigiosa, los  brahmanes (a la que tradicionalmente pertenecen los sacerdotes y los eruditos), por lo tanto recibió una excelente educación, tanto en la tradición religiosa hindú, como en la escolaridad académica inglesa.

Cuando Damodar era niño vio a K.H.

Durante su niñez tuvo una enfermedad muy crítica al grado que los doctores temían por su vida. Mientras que la familia esperaba que muriese en cualquier instante, tuvo una visión que lo dejó profundamente impresionado: vio como en un sueño, a un glorioso personaje que le dio una medicina peculiar y curiosamente a partir de ese momento comenzó a recuperarse. Algunos años después, mientras se encontraba en meditación, vio al mismo ser y posteriormente, una vez más cayó gravemente enfermo y una vez más, el mismo hombre apareció en sus visiones y le salvó la vida.

Su vida cambia radicalmente

Cuando Damodar leyó el libro Isis sin velo de Blavatsky dice que su vida cambió para siempre:

« No es exagerado decir que sólo a partir de esos meses me convertí en un hombre vivo, ya que entre la vida tal como me parece ahora y la vida tal como la comprendía antes, existe un abismo infranqueable. Siento que ahora por primera vez tengo un vislumbre de lo que es la vida y el hombre, la naturaleza y poderes del uno, las posibilidades y deberes del otro.

Antes, aunque era fervorosamente ritualista, no gozaba realmente de felicidad y de una mente en paz. Simplemente practicaba la religión sin comprenderla. Sobrellevaba el mundo tan difícilmente como los demás y no podía lograr una clara visión del futuro. Lo único que parecía real para mí era la rutina diaria, en el mejor de los casos el horizonte ante mí se extendía sólo alrededor de una vida llena de ocupaciones, teniendo como final la cremación de mi cuerpo y las exequias que mis amigos le rendirían. Mis aspiraciones sólo eran para tener más Zamindâres [tierras], una posición social y la gratificación de mis deseos y apetitos. »  (Damodar, Las Castas en la India)

El 16 de febrero de 1879 Blavatsky y Olcott llegaron a la India, instalándose en el puerto de Bombay, convirtiendo su casa en el Centro de Operaciones de la Sociedad Teosófica (S.T.) en la India (que posteriormente, a finales de 1882, se trasladó a Adyar, Madrás). Al enterarse, Damodar fue inmediatamente hacia Bombay. Cuando entró en la Sede de la S.T. quedó impactado al ver el retrato del ser que había aparecido en sus visiones.


Cuando supo que era uno de los Adeptos que habían hecho a Blavatsky su ‘agente directo’ para promulgar algunas de las enseñanzas que hasta ese momento se habían mantenido en secreto entre los pocos elegidos, en los templos del Tíbet y la India. Esto selló su devoción con la S.T.  Damodar pronto encontró a este Adepto y se hizo su discípulo.

Damodar presentó su solicitud para afiliarse a la S.T. el 13 de julio de 1879 y fue iniciado el 3 de agosto. Comenzó a trabajar en el Cuartel General de Bombay en septiembre y se mudó para vivir ahí permanentemente en enero de 1880. Respecto a sus primeras visitas, el coronel Olcott escribió:

« Era la estación de lluvias, el querido muchacho solía venir a vernos al atardecer, vestido con un impermeable de hule blanco, botines y un sombrero de ala que hacía juego con el resto, una linterna en su mano y el agua escurriéndole desde la punta de su larga nariz. Era tan delgado como Sarah Bernard, con quijadas de linterna y piernas (tal como solía decir Blavatsky) como dos minas de lápiz. De acuerdo a las apariencias era el menos probable entre todos los miembros de la Sociedad de llegar a ser un Mahatma o de llegar a menos de mil millas de distancia de un verdadero Ashram. Pero las apariencias fueron tan falsas en su caso, como lo han sido en el de otros miembros que parecían inmensamente superiores a él espiritualmente, pero que resultaron no serlo. »  (Viejas Hojas del Diario, Vol. II, p95)

Damodar comenzó a ayudar en el trabajo de publicación de la revista The Theosophist cuyo primer número apareció en octubre de 1879. Pronto llegó a ser gerente de publicación de esta revista, cuyo éxito se debió en gran medida a su esfuerzo. De inmediato comenzó a escribir artículos para la revista, teniendo que trabajar muchas veces hasta altas horas de la noche desempeñando su trabajo con gran responsabilidad.


Damodar decide abandonar su casta

De acuerdo a la costumbre Brahmánica, Damodar tenían que obtener el permiso de su padre para vivir en la sede de la S.T. y adoptar el modo de vida de un Sanniasin (alguien que renuncia a la vida material para consagrarse a la espiritualidad). Esto le fue permitido por su padre, pero Damodar fue aún más lejos y abandonó su casta, un acto que en esa época (y aún ahora) es algo muy fuerte. Blavatsky y Olcott trataron de moderar al joven para que no diera ese paso tan drástico, ya que estaban plenamente conscientes de las costumbres prevalecientes entre los hindúes, pero Damodar quiso ser integro con el precepto teosófico de fraternidad y mantuvo su decisión. Lo que ocasionó la furia de su padre quien le exigió que regresara a su casta, algo que él se negó a hacer. Provocando el rompimiento con su familia. Lo cual es muy impactante en la India.

Sin embargo, más allá del dramatismo novelesco, el Mahatma Morya está de acuerdo:

« A menos que un hombre esté preparado para convertirse en un teósofo consumado, es decir, que haga lo que hizo Damodar, de abandonar por completo su casta, sus viejas supersticiones y demuestre ser un verdadero reformador (especialmente en el caso del casamiento entre niños), él permanecerá siendo simplemente un miembro [superficial] de la S.T. sin esperanza alguna de jamás saber algo de nosotros. »
(Carta Mahatma 134, p462)

También renunció a su esposa y a su fortuna

De acuerdo a la costumbre hindú, Damodar había sido casado siendo aun niño, pero dado que se había vuelto un Sanniasin, le resultaba imposible cumplir con sus obligaciones maritales. De aquí que llegó a un arreglo por el cual asignaba su propiedad ancestral consistente en más de 50’000 rupias, a su padre con la condición de que cuidara de su esposa en la casa de su familia.


Desarrollo de sus poderes ocultos

Mientras que Damodar participaba en el trabajo externo de la Sociedad llegando a poner en peligro su propia salud, se desarrollaron sus facultades espirituales interiores. El Mahatma Kuthumi a veces le reprochó sus “insensatas autoridades”, pero su desenvolvimiento psíquico ocurrió muy rápidamente. Poco después de haberse afiliado a la S.T. se le permitió proyectarse al Ashram de su Maestro. Pronto Damodar fue capaz de viajar en su cuerpo astral, y fue utilizado para transmitir cartas que los Adeptos enviaban astralmente desde sus retiros a miembros que estaban en el Cuartel General o en cualquier otra parte. Olcott acerca de las experiencias psíquicas de Damodar relata:

«...en una ocasión al poner su cuerpo a dormir como de costumbre, se lanzó hacia la casa del Mahatma Kuthumi en los Himâlayas, pero al llegar descubrió que su Maestro también estaba afuera en su cuerpo astral. De repente, fue arrastrado poderosa e intensamente, como si hubiese caído en la corriente de un río profundo e impetuoso. Era el poder de atracción del Maestro sobre su alumno. Al siguiente minuto Damodar se encontró en Adyar, en la presencia del Mahatma Kuthumi y de Blavatsky. Al principio, cuando se había ido a dormir traía en sus manos una carta del señor Ward, que por lo visto, se la había llevado al astral (había cambiado su materia física a astral)... Al mencionar el Mahatma sobre la carta, Damodar la percibió en sus manos, se la dio y le pidió que la regresara a su estado original. Por el conocimiento de la física oculta, la carta “astralizada” fue restaurada a su estado sólido, fue tomada por Blavatsky y al día siguiente debidamente enviada por correo a mi dirección en Aligarh...»
(Viejas Hojas del Diario, Vol. III, p31)

Encuentro personal con el Mahatma Kuthumi

Durante el mes de noviembre de 1883 el coronel Olcott realizó una gira de conferencias por el norte de la India a la que lo acompañó Damodar y otros miembros. En la ciudad de Lahore, durante la noche él, Olcott y el Sr. Brown recibieron la visita personal del Maestro K.H. en su cuerpo físico. Sobre este evento Damodar narra:

« Mientras me encontraba en mi recorrido con el coronel Olcott, ocurrieron varios fenómenos en su presencia, al igual que en su ausencia, como fueron las respuestas inmediatas que recibí en la escritura de mi Maestro y con su firma, a preguntas planteadas por varios de nuestros Asociados. Estos acontecimientos tuvieron lugar antes de que llegáramos a Lahore, en donde esperábamos encontrar en su cuerpo a mi Maestro. Allí él me visitó en su cuerpo físico, por tres noches consecutivas, por cerca de tres horas cada vez, mientras que yo conservaba plenamente mi conciencia y en un caso, incluso, fui a encontrarlo fuera de la casa.

Por lo que conozco, no existe caso alguno en los anales del espiritismo, de un médium que haya permanecido perfectamente consciente y que previa cita, haya ido al encuentro de su espíritu visitante fuera de la casa, que haya vuelto a entrar a la casa con él, le haya ofrecido un asiento y luego que haya mantenido una larga conversación con el “espíritu desencarnado”, en una forma tal que le hubiese dado la impresión de que estaba en contacto personal con una entidad encarnada. Además, al que yo vi en Lahore era el mismo que yo había visto en forma astral en el Cuartel General de la S.T. y también, el mismo que yo había visto en visiones y en meditación, en su casa a miles de kilómetros de allí, casa a donde yo llegué en mi Ego astral gracias a su ayuda y protección directa.

En esos casos, con mis poderes psíquicos todavía escasamente desarrollados, siempre lo había visto como una forma borrosa, aunque sus facciones estaban perfectamente definidas y su recuerdo estaba profundamente grabado en el ojo y memoria de mi alma. Mientras que ahora en Lahore, en Jammu [al sur del Valle de Cachemira] y en otras partes, la impresión fue totalmente diferente. En los primeros casos, cuando hacía el Pranâma [la salutación hindú] mis manos pasaban a través de su forma, mientras que en las últimas ocasiones, ellas encontraron ropajes, carne y hueso. Aquí yo vi a un hombre vivo ante mí, al original de los cuadros en posesión de la señora Blavatsky y del Sr. Sinnett, aunque mucho más imponente en su apariencia general y presencia.

No me detendré en el hecho de que el Maestro fue también visto corporalmente tanto por el coronel Olcott, como por el Sr. Brown separadamente dos noches en Lahore, ya que ellos lo pueden hacer mejor que yo, cada quien por sí mismo, si así lo desean. (Y lo hicieron, ver encuentro personal con el Mahatma Kuthumi)

Nuevamente en Jammu, a donde nos dirigimos después de Lahore, el Sr. Brown lo vio en la tarde del tercer día de nuestra llegada allí, y también del Maestro recibió una carta en su conocida caligrafía, a lo cual cabría añadir las visitas que me hizo casi cada día. Y casi todo el mundo en Jammu sabe lo que ocurrió la mañana siguiente, cuando tuve la buena fortuna de haber sido enviado y de habérseme permitido visitar un sagrado Ashram, en donde permanecí por unos pocos días en la bendita compañía de varios de los Maestros trans-Himaláyicos y de sus discípulos. Allí, no solo me encontré a mi querido Maestro, al Maestro del coronel Olcott [el Mahatma Morya], sino a varios otros de la Fraternidad, incluyendo a uno de los más elevados.

Por desgracia, la naturaleza extremadamente personal de mi visita a ese lugar tres veces bendito, me impide decir más acerca de ello. Basta decir que el lugar que me fue permitido visitar está en los Himalayas y no es una imaginaria “Tierra de Veraneo” y que lo que vi en mi propio cuerpo físico, fue a mi Maestro idéntico a la forma que había visto en los primeros días de mi chelado. …»
(Five years of Theosophy, p455)


Damodar visita el Ashram de su Maestro

Varios documentos atestiguan de ese hecho.

Olcott narra en su diario que cuando llegaron a la ciudad de Jammu, él y su comitiva se hospedaron en una pequeña casa en el palacio del Mahârâja de Cachemira. Durante el segundo día de su estancia, Damodar desapareció sin avisarle. Preocupado, le telegrafió a Blavatsky quien al parecer se comunicó con K.H., ya que le envió a Olcott un telegrama desde Adyar diciéndole que Damodar volvería y que sólo había ido a un retiro con su Maestro. En menos de tres días Damodar volvió como un hombre cambiado, aparentemente más robusto, vigoroso, fuerte, osado y energético en sus modales: apenas podía uno imaginar que era la misma persona. (p54)

Esto lo confirma Blavatsky:

« Anteayer recibí un telegrama desde Jammu de Olcott. “El Maestro se llevó a Damodar”. Pensé que ¡desapareció! Y me preocupé, ya que es extraño, porque apenas lleva cuatro años de ser chela [discípulo]. Anexo te envío el telegrama de Olcott y de Brown. »
(Cartas de H.P. Blavatsky a A.P. Sinett, p72)


El Comité de Adyar exilia a Blavatsky a Europa

Al año siguiente, estalló la crisis que cambió el curso de la S.T.  Los misioneros en la India estaban resentidos del éxito que había tenido la S.T. porque induce a los orientales a apreciar y comprender sus propias escrituras sagradas, impidiendo así la difusión del cristianismo. Por lo tanto, buscaron tender una trampa, con la complicidad de los Coulomb, una pareja de empleados domésticos del Cuartel General teosófico en Adyar, para desacreditar a Blavatsky, haciéndola pasar como una estafadora fraudulenta y sin conciencia. Lo detallo en:

Desafortunadamente, Olcott y los principales miembros de la S.T. de Adyar no estuvieron a la altura de la prueba y se mostraron desleales hacia la fundadora, a la que le prohibieron defenderse, pensando que si la daban de chivo expiatorio, podrían “salvar” a la S.T.  Esto provocó que los Mahatmas se retiraran paulatinamente de la S.T. de Adyar. (Lo detallo en el lado oculto de la Sociedad Teosófica)

Como lo señala el Maestro Kuthumi en un Memorando de 1888:

« La Sociedad se ha liberado de nuestras manos e influencia y la hemos tenido que dejar ir – nosotros no hacemos esclavos renuentes. Él [Olcott] dice que ¿la ha salvado?  El salvó su cuerpo pero permitió que por puro miedo. . .se le escapara su alma, y ahora es un cadáver sin alma »
(Cartas de los Maestros de Sabiduría, I, C47, p100) 

Pero antes de retirarse, los Mahatmas se llevaron a Damodar con ellos.

(…Nada tontos los Maestros)


Partida de Damodar al Tíbet

La salud de Damodar se vio seriamente afectada por estos problemas y comenzó a escupir sangre, una recurrencia de la tuberculosis de la que ya había sido curado años atrás. Obteniendo el permiso de su Maestro para ir a su Ashram en el Tíbet, él dejó Adyar el 23 de febrero de 1885 y viajó a la frontera tibetana. Se quedó en Benarés (también conocida como Varanasi o “la ciudad de los templos”) por catorce días donde fue visto por el entonces joven teósofo Bhagavan Das, quien luego se hizo famoso como educador y erudito. Posteriormente en una carta escrita en 1945 comentó:

«…yo ya leí más de la mitad de los artículos de Damodar en The Theosophist. Cada vez que los leo, me envían 60 años atrás en la memoria, y él gran “romance místico” de aquellos “días de juventud” vuelve a renovarse en el momento. Cuando yo tenía 17 años de edad, dos años después de haberme afiliado a la S.T., vi a Damodar por unos cuantos días en el año de 1885, cuando él se detuvo en Benarés por alrededor de dos semanas, en su camino hacia los Himâlayas. Él era un pequeño joven delgado, con una cara ascética y con la exaltación de una aspiración elevada escrita en su cara. Él solía usar un gorro de piel café obscuro, pero muy suave y largo, el cual nos dijo, se lo había dado su Maestro ...»

Poco después de que Damodar dejara la ciudad fronteriza de Darjiling se esparcieron rumores macabros. Se decía que había perecido en su intento por cruzar las montañas y que su cadáver congelado había sido encontrado en la nieve, con sus ropas a una corta distancia (lo cual parece absurdo que hubiese arrojado sus ropas en ese clima), sin embargo, el hecho que no se supiera más de él hizo que muchos creyeran el relato. Pero documentos muestran que si sobrevivió a la travesía:
  • El 21 de noviembre de 1889, Blavatsky le escribió a su viejo amigo Khandalavala: “Damodar no está muerto y Olcott lo sabe también como yo. Recibí una carta de él no nace más de tres meses.” 
  • En otra carta de Blavatsky escrita a Sinnett en 1886, le dice que los días 4 y 6 de enero de ese año había visto astralmente a Damodar (Cartas B. a S., p157). 
  • Y en otra carta también dirigida a Sinnett, ella le dice que Damodar participó escribiendo algunos pasajes de la Doctrina Secreta: “¿Es acerca de lo que la Tierra (y otros planetas) hacen durante el 'oscurecimiento'? ¿Es eso? Porque si esto es así, entonces puedo decirte que Damodar lo escribió bajo dictado, pero tú no has comprendido completamente el significado correcto.” (Cartas B. a S., No. 119, octubre 1885, p 248)


El significado de Damodar para el Movimiento Teosófico

No solo se encuentra en el duro trabajo que llevó a cabo consistentemente, o en su inteligente defensa de la S.T. que era atacada por todas partes, sino primariamente en el hecho de que estableció una norma de conducta teosófica. De los cerca de 70 teósofos que se presentaron al discipulado, Damodar fue virtualmente el único éxito completo. El deseo de ver en persona a los Adeptos o de presenciar fenómenos, hizo que muchos aceptaran los rigores del chelado, pero uno tras otro fue fracasando a medida que ponían sus propias personalidades e idiosincrasias sobre el bien común del Movimiento Teosófico.

En la carta titulada “A mis Hermanos de Aryâvarta” que escribió Blavatsky en abril de 1890 dice:

«…y si la Sociedad teosófica sólo hubiese dado a la India ese único futuro Adepto (Damodar) el cual tiene ahora la expectativa de llegar a ser algún día un Mahatma, a pesar de la Kali Yuga, sólo esto probaría de que no fue fundada en vano en Nueva York y trasplantada a la India. ...»  (Collected Writings, XII, p159)

Sin embargo, no crean que Damodar era un ser excepcional. También tenía sus defectos como todos, pero su persistencia dio resultados, a pesar que su recorrido fue duro. En junio de 1886 alrededor de un año después de que Damodar alcanzara el Tíbet, el Maestro Kuthumi le escribió en una de sus últimas cartas a Olcott:

« El pobre muchacho ha tenido su caída. Antes de que pudiese estar en la presencia de los Maestros tuvo que sufrir las pruebas más severas por las que jamás haya tenido que pasar un neófito, para purgar las muchas acciones cuestionables en las que tomó parte debido a un celo excesivo, acarreando la desgracia sobre la ciencia sagrada y sus Adeptos. El sufrimiento mental y físico fue demasiado para su débil constitución, que lo ha dejado completamente postrado, pero se recobrará con el tiempo. Esto debería de servir de advertencia para todos ustedes que han creído “de manera no muy sabia aunque muy conveniente”.

Para abrir las puertas del misterio, no solamente deben llevar una vida de la más estricta probidad, sino también aprender a discriminar lo verdadero de lo falso. Ustedes hablan mucho acerca del Karma pero apenas han llegado a darse cuenta del verdadero significado de esa doctrina. Ha llegado el tiempo en que deben poner los cimientos de esa estricta conducta (en el individuo al igual que en el cuerpo colectivo) la cual, los resguardará en contra del engaño consciente e inconsciente. »
(Cartas de los Maestros de la Sabiduría, Primera Serie. C29, p72)


OBRAS

Damodar no escribió ningún libro, pero en cambio si una gran cantidad de artículos en diferentes revistas, especialmente en The Theosophist y una gran cantidad de cartas. Todo eso fue compilado y publicado por Sven Eek en su obra Damodar and the Pioneers of the Theosophical Movement (The Theosophical Publishing House, Adyar, 1965). Entre sus escritos más notables deben mencionarse: Cartas a William Q. Judge (p25-77). Las Castas en la India (p139-144), La Contemplación (p388-400).