Jacobo Grinberg fue un famoso científico mexicano que también se interesó por el chamanismo, y él escribió el siguiente relato sobre las experiencias que tuvo con Carlos Castaneda.
El artículo aparentemente lo escribió a mediados de 1994, o sea poco antes de su desaparición que ocurrió en diciembre de 1994.
En este texto Jacobo menciona principalmente la estancia de una semana que él, su esposa, y cuatro personas más, pasaron en Los Angeles, siendo los invitados de Carlos Castaneda, su hija y sus tres discípulas principales.
Y también relata las excursiones que efectuaron en México cuando Castaneda visitó ese país.
En esta foto Jacobo aparece con su segunda esposa, Teresa, a quien de cariño la llamaba Terita.
A continuación les transcribo el texto, añadí subtítulos para facilitar la lectura y mis comentarios los puse en morado entre paréntesis.
EL AVE DE LA LIBERTAD
Tuvimos la oportunidad de participar en conferencias que Carlos Castaneda impartió en diferentes lugares de la Ciudad de México (incluida nuestra casa) y habíamos entablado una relación cercana y personal con él.
Días después de nuestra boda, Terita lo llamó por teléfono a Los Ángeles y le expresó su deseo de ir a visitarlo conmigo. Castaneda aceptó, sugiriendo también que Carlos Hidalgo nos acompañara.
Tras esa conversación, decidimos que iríamos seis de nosotros.
Jacobo y Teresa saludan a Castaneda
Como regalo, le llevé una colección de mis libros, que recibió con una burla jocosa, diciendo que yo escribía libros a montones. Esa era su manera habitual de reaccionar cada vez que alguien de su grupo mostraba signos de ego. Obviamente yo estaba orgulloso de mis libros, me identificaba con ellos y su enorme cantidad era para mí una señal de mi valía.
Castaneda comentó que le había costado sudor y lágrimas desprenderse de su historia personal y de su ego, para ahora reformar al del otro.
(Castaneda pretendía haber controlado a su ego, pero los datos históricos muestran que en realidad él seguía siendo muy dominado por su ego.)
Al darle mis libros, asumí implícitamente que le interesaría su contenido e incluso que podría ayudar en su publicación.
Terita, tan ingenua como yo, pero más valiente, le había dicho que mis libros decían lo mismo que los suyos, pero con un lenguaje más científico.
Más tarde nos dimos cuenta de que todo eso era señal de inmadurez y que Castaneda había reaccionado con desdén. De hecho, muchas veces nos dijo que nuestra amistad no le importaba en absoluto y que nunca debíamos pensar que nuestra relación se basaba en el afecto y el cariño.
El mundo cotidiano, lleno de estructuras, convenciones e hipocresía, era para Castaneda despreciable y no merecía mayor atención. Es cierto; la mayoría de la gente vivía encerrada en sus prisiones psicológicas, convenciones y egocentrismo, pero según él ni nadie de su círculo íntimo. Este ultimátum lo repetía constantemente: “El mundo cotidiano se puede manejar con el dedo meñique, la energía debe utilizarse para alcanzar la libertad”.
El mundo cotidiano incluía todos los deseos de fama, dinero y posición social, y todas las relaciones de la estructura. Todo deseo mundano basado en la vida de necesidades debía su existencia al acuerdo y la convención, y debía ser rechazado por completo.
Por eso, Terita, como yo, nos consideramos fuera de las estructuras y pertenecemos a un estrato de buscadores de libertad. Sin embargo, las palabras de Castaneda nos deprimieron y muchas veces llegamos a percibir el mundo y a nosotros mismos como algo oscuro y triste, frío y sin esperanza.
Castaneda parecía fomentar esa visión como preparación para alcanzar un magnífico estado de vitalidad y optimismo en el que parecía vivir incansablemente a todas horas. Lo cierto es que tardamos meses en recuperarnos del terrible impacto que cada una de sus visitas nos causaba, y al final el miedo a verlo era mayor que el deseo de encontrarnos con él. Sus palabras confirmaban nuestro estado.
“El contacto con el Nahual es un acontecimiento terrible del que cuesta recuperarse. La fuerza de la personalidad del Nahual es inmensa e indefinible.”
Nos presentaron a los miembros del grupo de Castaneda y pasamos una semana con ellos llena de lecciones, pruebas y aventuras que relataré más adelante.
Al despedirnos, Castaneda nos dijo que su grupo deseaba recibir cartas nuestras. Me lo tomé muy en serio y al regresar a México me dediqué a escribir cinco cartas extensas que le entregué a un amigo en común que iba a visitar a Castaneda al día siguiente en Los Ángeles.
Transcurrieron varias semanas sin noticias del Nahual y su grupo hasta que una tarde Carlos Ortiz habló por teléfono con Terita y le anunció que al día siguiente Castaneda llegaría a México, pero no le dijo la hora ni el vuelo que tomaría.
Estábamos ilusionados con la posibilidad de volver a verlo y esperamos todo el día para saber cuál sería su número de vuelo, pero él nunca llegó.
Encuentro con Castaneda en la Ciudad de México
Esa noche, Terita y yo decidimos salir a buscarlo por la Ciudad de México sin saber dónde encontrarlo. Fuimos a un hotel y tras preguntar en vano por su habitación, de repente supimos que estaría en el Zócalo. Nos dirigimos hacia allí y en un callejón a una cuadra de distancia, nos topamos con él y un grupo de personas que lo acompañaban.
Aquello fue una verdadera hazaña de poder que Terita y yo logramos realizar: encontrar al Nahual en la gigantesca Ciudad de México, y además en un lugar preciso y a una hora exacta, sin ninguna pista externa.
Por puro impulso me planté frente a Castaneda y lo saludé con fuerza, a lo que él dio un respingo diciendo que después de todo lo que había visto, aún no podía distinguir qué pertenecía a este mundo y qué pertenecía a otros mundos, y que mi repentina presencia, junto con mi poderoso grito, lo había sorprendido.
Al abrazarlo, le dije que encontrarlo de esa manera había sido un acto de poder.
Contentos y entusiasmados por el encuentro, nos dirigimos al Café Tacuba y nos sentamos en una mesa. Castaneda nos habló de sus experiencias y le pregunté si había recibido mis cartas. Me miró con recelo y dijo: "Tus cartas se perdieron. Nunca las recibimos."
Al oír eso, mi reacción fue de enfado contra el amigo común al que le había confiado la entrega de las cartas, y así lo expresé mientras él me clavaba la mirada.
Cuando llegamos a la casa, le dije a Terita que la pérdida de las cartas era tan dolorosa que tendría que reproducirlas de memoria, y eso fue lo que hice durante buena parte de la noche.
Al día siguiente, Terita tenía una cita con Castaneda para entregarle las cartas. Más tarde supe que durante la entrega y al él saber que las había reproducido, se echó a reír a carcajadas, burlándose de mi compulsión obsesiva por escribir y de mi enorme ego.
Meses después, mi amigo me contó que las cartas originales habían sido entregadas en Los Ángeles tal como habíamos acordado y que, en una sesión memorable, las habían leído para deleite y burla de todos.
No pude escribir ni una sola línea durante seis meses después de lo sucedido, y me llevó otros seis meses comprender y asimilar su significado.
Visitan a Castaneda en Los Angeles
El día que llegamos a Los Ángeles coincidió con dos acontecimientos: el final de la Guerra del Golfo Pérsico [el 28 de febrero de 1991] y el final de la grave sequía que había sumido a California en un infierno de calor y aridez.
Castaneda y algunos miembros de su círculo íntimo nos esperaban en la zona de llegadas del aeropuerto.
Nos recibieron con un afecto claro y directo, y después nos invitaron a cenar en un restaurante italiano. Éramos unas doce personas y nos sentamos en una mesa grande.
Hablamos del fin de la guerra y de la sequía, y Castaneda consideró esos signos como auspiciosos de nuestra llegada.
Después, nos llevaron a un modesto hotel antiguo donde nos sorprendió la hospitalidad del personal, que nos recibió como si fuéramos viejos amigos.
Después de acomodar nuestras cosas en las habitaciones, Castaneda invitó a los hombres del grupo a acompañarlo y juntos fuimos a buscar a su hija Nuri, una chica delgada y extraordinariamente sensible, vestida como hombre, que me sorprendió por su comprensión de la teoría sintérica.
Ella me preguntó sobre mi ocupación y le conté sobre mi trabajo en la Universidad y la investigación sobre la hipótesis de la teoría sintérica.
Su comprensión fue directa y completa, como si mi explicación se hubiera grabado perfectamente en su mente.
Luego, Castaneda nos llevó a los jardines de la Universidad de California, a la casa donde había vivido cuando comenzó su aprendizaje y a un enorme centro comercial donde me tomó del brazo y me dijo que estaba muy interesado en la Cábala y que sus ancestros eran judíos.
Le dije que la Cábala era para mí una enseñanza preciosa.
(Esa aseveración que dijo Castaneda ha de haber sido otra mentira inventada por ese escritor. porque su padre, César Arana Burungaray, y su madre, Susana Castañeda Novoa, que en la foto está sentada, no tienen ni nombres ni rasgos judíos. la otra mujer en la foto es la hermana de Castaneda.
Además que Castaneda ni en sus libros ni en sus seminarios mostró tener conocimientos cabalísticos.)
Finalmente, el tema de la conversación derivó hacia los chamanes de México en general, y hacia los campesinos en particular con su capacidad para provocar la lluvia y su interés en detectar señales y presagios en eventos de la naturaleza.
Castaneda mencionó que Don Lucio era un experto en 'interpretar' el volcán Popocatépetl. Le mostré mi profundo interés por el tema y en un momento dado estuvo a punto de preguntarme algo al respecto, pero por alguna razón no lo hizo.
Al regresar al hotel, me encontré con Terita, quien exigía furiosamente que le explicaran por qué habían excluido a las mujeres de esa reunión. Le expliqué que la decisión no había sido mía y cuando se calmó, nos fuimos a dormir.
La noche estuvo llena de presencias extrañas en nuestra habitación, y (más tarde lo descubriríamos) también en la de nuestros compañeros. Era como si ojos y oídos sutiles nos observaran, incluso el contenido de nuestros sueños. Sabíamos que eran el Nahual y su gente quienes nos vigilaban.
(Tal vez Castaneda tenía esa capacidad, pero lo más probable es que Jacobo lo haya imaginado.)
Por la tarde asistimos a una escena en la que Florinda Donner, una de las personas más cercanas al Nahual, lo reprendió por la separación que estaba haciendo entre los sexos.
Castaneda explicó que eran muchos y que su manera de relacionarse con las mujeres era muy diferente a la de los hombres, pero que de ahora en adelante no habría separación. Nos dijo que antes consideraba a la mujer inferior, pero que esa idea ya no existía en su mente.
“La mujer es un ser con conocimiento directo, a diferencia del hombre que está tan atado al lenguaje”, nos dijo con convicción, y luego continuó: “La mujer es un ser de acción y posee un órgano adicional, la vagina, que le permite realizar proezas de percepción que el hombre ni siquiera puede imaginar”, nos dijo después del almuerzo.
Nos invitaron a casa de Margarita, amiga de Castaneda quien parecía pertenecer a su círculo íntimo, pero con una personalidad distinta a la del resto de las mujeres. Margarita era terrenal y cuidaba de Nahual con una ternura y delicadeza propias del mundo. Su casa, de estilo clásico californiano, parecía fuera de lugar, como si perteneciera al pasado.
Nos sentamos alrededor de una enorme mesa redonda y tras una cena igualmente abundante, pasamos al salón. Allí, Castaneda se sentó en un sillón de respaldo alto con Carol, la mujer Nahual, a su lado.
Terita y yo le dijimos que nos acabábamos de casar en Totolapan, y cuando oyeron el nombre del lugar, nos dijeron, asombrados, que ellos también se habían casado allí cumpliendo una orden de Don Juan.
“Lo hicimos”, aseguró Castaneda, “como una estrategia contra este mundo”.
(No se han encontrado pruebas que demuestren que ese casamiento si sucedió, por lo que lo más probable es que fue otra mentira.)
Para Castaneda y su grupo, existían dos mundos claramente separados: el suyo y el del resto del mundo. Uno pertenecía al suyo y el otro al otro. Su mundo era cerrado y no admitía visitantes. Nosotros, el grupo de México, éramos la excepción. Las puertas de su mundo se habían abierto para que pudiéramos entrar.
Este acontecimiento era algo totalmente nuevo y solo el espíritu podía decidir si podíamos permanecer dentro o si las puertas se cerrarían de nuevo, dejándonos fuera.
"El ave de la libertad vuela sobre vuestras cabezas. De vosotros depende si la dejáis pasar o si la seguís. Si la dejáis pasar, jamás volverá a aparecer y habréis perdido una oportunidad que nunca se repetirá", nos dijo Castaneda con seriedad.
La explicación de nuestro estado privilegiado era que existía una deuda con México y que nosotros, los mexicanos, habíamos sido los depositantes de dicha deuda.
Castaneda y su mujer habían tenido una hija, y era la niña delgada que habíamos conocido el primer día.
(En realidad Castaneda había recientemente adoptado a Nuri, la cual no era una niña puesto que en 1991 ella ya tenía 34 años pero se comportaba como si tuviera 7 años.)
Las discípulas personales de Castaneda
El grupo más cercano a Castaneda estaba formado enteramente por mujeres. Algunas que conocí fueron Carol, la Nahual; Nuri, su hija; Florinda Donner; y Ana [Taisha Abelar].
Todas tenían algo en común que las diferenciaba del resto de las mujeres que había conocido, salvo algunas de Tepoztlán: un anhelo de libertad y una energía desprovista de sentimientos mundanos.
Ana era la más conocida por estas cualidades. Florinda era fuerte y directa, y la que más se parecía al Nahual, Carol parecía de otro mundo, distante y etérea.
Nuri era inteligente y perspicaz, como una hoja de acero. Sin embargo, había algo en ella que aún no estaba definido; algo que aún debía madurar.
Todos eran delgadas y de aspecto masculino.
Durante esa semana, Castaneda también nos presentó a los miembros de su grupo periférico: estudiantes, hombres y mujeres que asistían a sus clases de “Tensegridad”; ejercicios físicos que él mismo desarrolló e impartió en un enorme salón cerca del centro de Los Ángeles.
El grupo periférico se distinguía del grupo íntimo por no haber sido alumnos directos de Don Juan y por no poseer las características que he descrito anteriormente del grupo íntimo.
Eran personas de diversas edades y nacionalidades, unidas por el deseo común de aprender más sobre las enseñanzas de los brujos.
Relatos de Castaneda
Castaneda conocía a mucha gente y le gustaba contarnos anécdotas sobre los personajes notables que había conocido: presidentes, ministros, actores y actrices, y grandes maestros espirituales.
De todos ellos se expresaba de forma similar: burlona y cruel. Decía que no tenían suficiente energía y que eran unos inútiles (pendejos) con un ego desmesurado, y al final siempre recordaba a Don Juan como el único ser verdaderamente libre que había conocido.
Varias afirmaciones de Castaneda me parecieron incongruentes. Dijo que el hecho de presentarnos a su círculo íntimo sirvió para convencernos de que su estilo de vida y sus libros eran verídicos.
Dado que nunca lo había dudado, la afirmación me pareció extraña.
Y también habló de otros miembros del grupo que podrían presentarse ante nosotros a su debido tiempo. En particular de una mujer que solo podría aparecer si lográbamos dar el «salto» hacia la libertad total.
"Aparecerá", nos dijo con tono misterioso, "en el momento preciso."
Los maestros de Castaneda
Hizo referencias polémicas al hecho excepcional de estar juntos y a su significado. Nos dijo que, en parte, las puertas se habían abierto para nosotros como un homenaje a México y una forma de agradecer todo lo que Don Juan, un mexicano, había hecho por él. Aunque más tarde se quejó de la ausencia de don Juan: "Maldito viejo que se largó dejándome solo".
Lo dijo con tristeza, y expresó un sentimiento similar hacia Florinda la Mayor [una bruja colega de Don Juan] quien había desaparecido ante los ojos de todos una tarde memorable. Florinda Donner había intentado detenerla, y Nahual, al sujetarla con un brazo, recibió un impacto energético tan fuerte que tuvieron que llevarlo al hospital para salvarlo de una peritonitis aguda.
Florinda la Mayor había sido su maestra y guía desde la desaparición de Don Juan, y cuando ella también se fue, el mismo día del terremoto de la Ciudad de México de 1985 [19 de septiembre de 1985], el grupo cayó en una profunda depresión.
Decidieron entonces alquilar una avioneta en Costa Rica y estrellarla contra un volcán con el objetivo de desaparecer de este mundo, algo que, obviamente, no lograron.
De Florinda la Mayor, el Nahual contaba anécdotas increíbles. Decía que era experta en cambiar la posición del punto de encaje a posturas insólitas, como la de una mosca. Y al hacerlo, uno se transformaba en ese insecto que a ella le gustaba, dado que las moscas viven eternamente dedicadas a hacer el amor y sentir orgasmos sin fin.
“Pero esos cambios tienen un precio muy alto”, nos dijo con seriedad, “y es que uno no regresa igual que como se fue.”
(Tengo serias dudas de que uno se pueda metamorfosear "moviendo el punto de encaje".)
Florinda la Mayor lo había obligado, como antídoto ante su repentina fama, a trabajar como cocinero en un restaurante. Durante un año, Castaneda se dedicó a preparar hamburguesas, acompañado por una mujer que era una lectora fanática de los libros que él había escrito. Esa mujer quería conocer a Carlos Castaneda personalmente, sin saber que lo tenía a su lado.
En una ocasión, un gran Cadillac se estacionó frente al restaurante con un hombre dentro que escribía algo en una libreta. La mujer estaba segura de que era su ídolo y se lo dijo al cocinero que la acompañaba, muriéndose de risa por dentro.
En otra ocasión, una amiga la invitó a una reunión secreta donde Carlos Castaneda firmaba autógrafos. Al final de un pasillo, en una habitación diminuta, el impostor le había firmado uno de sus libros.
También nos contó sobre un congreso de antropología en el que su obra fue duramente criticada. En el centro del auditorio había un hombre con una máscara indígena. Todos los acusadores supusieron que era Castaneda, y al criticarlo lo señalaron con un gesto acusador. Pero en realidad, no era el Nahual.
La semana estuvo repleta de historias que Castaneda contaba sin parar durante horas. Todas giraban en torno a las absurdas costumbres del mundo. Nos habló de su aprendizaje junto a su maestro y de una serie de sucesos fantásticos relacionados con él, con Carol y con Nuri.
Dado que estas historias las publicó en su último libro, 'El arte de ensoñar', no las repetiré aquí. Castaneda dudaba si debía publicarlas, pero Florinda Donner lo convenció. La razón de su duda era que se trataba de sucesos extraordinarios relatados en el libro y dudaba que fueran comprendidos.
El grupo indígena de Castaneda
Lo que si quisiera contar es lo que concierne al grupo de indígenas con el que Don Juan lo vinculó, y a las Gordas.
Una mañana, Florinda nos llamó por teléfono para informarnos que Castaneda había tenido que viajar en busca de los indígenas de su grupo, quienes se sentían molestos y celosos por nuestra presencia.
Al regresar, Castaneda nos contó que Nuri había sido secuestrada y que él había tenido que recorrer cientos de kilómetros para rescatarla. Los indígenas se habían percatado de nuestra presencia y de todas las enseñanzas que recibíamos, y querían vengarse. Nuri fue rescatada tras una feroz batalla, pero los indígenas le habían cortado el cabello como advertencia.
Cuando la vimos en casa de Margarita, ella tenía el cabello corto, con un estilo propio de las vísperas. Nos advirtieron que tuviéramos cuidado en las calles porque nos vigilaban y podíamos sufrir una agresión en cualquier momento.
Castaneda se refería a los indígenas de su grupo como un grupo de idiotas que no habían aprendido nada y que solo eran una carga que él se veía obligado a mantener.
“Comparados con ustedes”, nos dijo, “ellos son unos inútiles que no entienden nada y de los que debería diferenciarme físicamente”.
Esas declaraciones nos hicieron sentir muy bien y reforzaron nuestro ego. Solo Carlos Hidalgo sabía que era una estrategia de Castaneda. Claro, después de fortalecer nuestra autoestima, nos atacó, haciéndonos sentir como unos idiotas. Esos altibajos, entre fortalecer nuestro ego y luego destrozarlo, se repitieron durante toda la semana.
(Muy probablemente esa historia del secuestro también hay sido otra mentira, y quien sabe si realmente Castaneda heredó ese grupo de indígenas por parte de Don Juan.)
También el Nahual habló de las Gordas, dos mujeres del grupo interno que se habían opuesto al liderazgo del Castaneda. Él había tenido que emplear toda su energía para someterlas, pero en lugar de lograrlo, había desatado en ellas una crisis de locura que culminó en la muerte. La historia era macabra y me produjo una sensación muy desagradable.
(Tristemente parece que hay algo de cierto en esa historia y que Castaneda fue responsable que una mujer terminara en un psiquiátrico.)
Visitan a un seguidor de Castaneda
Una tarde nos invitaron a la casa de uno de los miembros de su grupo periférico. Castaneda no asistió, pero las mujeres de su círculo íntimo nos acompañaron. La casa estaba ubicada en las afueras y su fachada estaba adornada con una enorme bandera estadounidense que ondeaba al viento.
En Los Ángeles, esas manifestaciones de nacionalismo eran abundantes, motivadas por la Guerra del Golfo Pérsico. Verla en la casa de uno de los seguidores del Nahual me produjo una sensación de confusión.
El dueño de la casa, un hombre corpulento con gestos afeminados, nos recibió con gran afecto y alardeó de su colección de monedas, sus reliquias tibetanas y la comida que habían preparado en nuestro honor.
Me sentí como en México, cuando una de mis tías prepara una de sus comidas mediocres, y sin poder soportarlo más, salí a la calle y me senté en la acera esperando a que terminara aquella absurda reunión.
Por la mañana, el Nahual nos preguntó qué nos había parecido la velada y le dije que había sido intolerable, pero que el resto del grupo no estaba de acuerdo conmigo. Asintió que tenía razón y me felicitó por mi percepción.
Las tácticas de Castaneda
Poco a poco, fui descubriendo que todo lo ocurrido con el Nahual había sido premeditado y que era el resultado de un líder que tenía la intención de ponernos a prueba. Castaneda observaba nuestras reacciones, notando la aparición de nuestros egos, estructuras aprendidas y bloqueos. Además, era un experto en la mediación de nuestros niveles energéticos y aberraciones.
Constantemente nos hablaba de la necesidad de dejar atrás nuestro ego y nos instruía en técnicas para borrar nuestra historia personal. La técnica principal de recapitulación consistía en reintegrar eventos e imágenes del pasado, recuperando en ellos todas las cargas energéticas asociadas, hasta alcanzar una observación ecuánime.
Además, expresó la opinión de que el Universo era un lugar donde imperaba la violencia y la depredación de algunos seres sobre otros. Me opuse a esa visión, defendiendo el mundo como un lugar regido por el amor.
El Nahual se burló de mí, diciendo que lo importante era la energía y el poder personal. Afirmó que el acto sexual era la mejor manera de perder energía y que debía evitarse a toda costa.
(Castaneda les exigía a sus seguidores la abstinencia sexual, pero él era hiper sexual con sus discípulas cercanas.)
Alguien del grupo protestó porque insistía en que él y su novia alcanzaban espléndidos niveles de consciencia durante sus relaciones sexuales.
Castaneda reflexionó un momento y le dijo que en ese caso, no tenía objeción. Pero no lo dijo porque lo creyera, sino para seguirle la corriente.
Para entonces, y durante los días siguientes al escucharlo, comencé a distinguir cuándo Castaneda hablaba en serio y cuándo nos seguía la corriente, como si dijera que era inútil intentar cambiarnos.
El experto en esas detecciones era Carlos Hidalgo. En las noches en que nos reuníamos para comentar los acontecimientos del día, nos informaba sobre las tácticas y estrategias del Nahual. Nos decía que casi nunca hablaba en serio y que la mayoría de sus acciones eran simplemente subterfugios para activar nuestras defensas egocéntricas y nuestros apegos.
En ese sentido, su principal táctica era invitar a quedarse con él y su grupo, abandonando todo: trabajo, posesiones, hogar y familia.
Nos contó el caso de una mujer que le juró hacer todo lo que le exigiera como condición para quedarse con su grupo.
Castaneda le pidió que se cortara el pelo, sabiendo que era su posesión más preciada. La mujer, histérica, le suplicó cualquier cosa menos eso.
Después de esas historias, nos quedamos allí mirando, y sentí que éramos como esa mujer, deseando ser libres, pero aferrados a nuestras prisiones sin poder escapar.
La despedida
Por fin llegó el día del regreso a México. Castaneda nos llevó al aeropuerto diciéndonos que no sabía si nos volveríamos a ver, ya que al igual que Don Juan, él y su grupo tendrían que desaparecer en el otro mundo y el momento de hacerlo estaba ya muy cerca.
Necesitaba una masa crítica para lograrlo y anhelaba nuestra energía. Había invitado a Terita a quedarse con Florinda, y a mí me dijo que necesitaba mi inteligencia para comprender sucesos inexplicables.
Antes de bajar del auto en el aeropuerto, me dijo que no me fuera, pero no le hice caso, y con una sensación de vacío abordamos el avión que nos llevó de regreso a la Ciudad de México.
Castaneda viaja a México
Unos días después llegó la noticia de que el Nahual venía a México, momento en el que ocurrió la hazaña que ya les conté: encontrarlo cerca del Zócalo, cerca de la capital.
Iniciación dentro de una cueva
En el Café Tacuba quedamos en encontrarnos al día siguiente para hacer una excursión a las cuevas de Cacahuamilpa, donde Castaneda nos iniciaría en el chamanismo.
Excepto yo, todos partieron muy temprano hacia las cuevas mientras yo me dirigía a Tepoztlán porque quería recoger a mi hija para que conociera al Nahual. No la encontré y al llegar a Cacahuamilpa, encontré a todo el grupo sentado alrededor de una mesa después de haber comido y preparándose para entrar a las cuevas.
Pedí algo de comer, lo que provocó que la entrada se retrasara una hora. Castaneda ante la demora forzada, mostró un comportamiento extraño. Caminaba de un lado a otro con impaciencia y nerviosismo, y en cierto momento se mostró totalmente impaciente por tener que esperar.
Me acerqué a él y le dije que me parecía que su forma de actuar estaba determinada por la cultura norteamericana en la que vive, donde todo es predecible. "Aquí en México", me atreví a decir, "las cosas no siempre salen como uno las planea".
Me miró asombrado y respondió que esa no era la razón de su estado, sino que las señales no cuadraban. En ese momento, una mujer indígena que vendía artesanías se nos acercó y Castaneda prácticamente le gritó que nos dejara en paz.
Por fin pudimos entrar en las cuevas y el Nahual anunció que debíamos separarnos del resto de la gente, de los turistas y visitantes que nos rodeaban.
“Nuestra misión aquí es trascendental”, nos dijo solemnemente. “Les mostraré la estatua del guerrero del mismo modo que Don Juan lo hizo conmigo”.
Empezamos a caminar y mi cuerpo comenzó a protestar por el ambiente sofocante; el aire enrarecido no me permitía respirar. Además, mi mente empezó a quejarse. Decidí que aquello era una ceremonia pagana en la que no debía participar. Sentía que me ahogaba, que el Nahual era un farsante por su impaciencia y que me obligaban a adorar una roca, traicionando así toda mi identidad judía.
Finalmente, sin poder soportarlo más, regresé a la salida y me fui a casa. Esperé hasta la media noche la llegada del grupo que había decidido que nos reuniéramos allí, y mientras esperaba, observé una golondrina que se acercaba a un nido ocupado por otras golondrinas que la rechazaban una y otra vez, hasta que finalmente se marchó volando.
Así me sentía yo. Me había separado del grupo y ahora deseaba unirme a él de nuevo, pero me lo negaban. El grupo no apareció esa noche, confirmando mi sentimiento de ser la golondrina rechazada, y me fui a dormir.
Al día siguiente fui a buscar al Nahual a su hotel y lo encontré desayunando con algunos de los suyos. Me miró con indiferencia y un desdén evidente que me hizo sentir fatal. Me excusé por haber salido de la cueva, contándole la anécdota de las golondrinas, pero sintiéndome como un completo desconocido. En ese momento intenté recordar cómo había llegado a aceptar a Carlos Castaneda como un Nahual, pero no pude.
También le comenté que mi retraso se debía a mi deseo de presentarle a mi hija. Castaneda me miró con una expresión inusual en los ojos y soltó una carcajada. "¡Quiere presentarme a su hija!", exclamó entre risas.
Aquello me impactó profundamente. Para mí, el deseo de presentarle a mi hija nacía de la inocente idea de contribuir a su desarrollo conociendo a una persona como él. Su burla y su expresión, en cambio, ocultaban algo completamente ajeno a la inocencia. En ese instante, algo se rompió dentro de mí y comencé a ver a Castaneda con otros ojos.
Visita a Tula
Sin embargo, no me fui. Nos invitaron a ir a Tula y en medio del ajetreo de la despedida, olvidé mis malos sentimientos.
Como de costumbre, Castaneda comenzó a hablar y no paró ni un segundo en todo el camino. Al subir al auto, me había prohibido poner música. Nos contó que ya no tenía un yo, y que lo único que quedaba de él eran historias de nahuales que brotaban de su boca como por sí solas.
Nos contó cómo Don Juan lo obligó a separarse de todos sus amigos y que durante meses permaneció encerrado en una habitación de hotel sin ver a nadie, volviéndose loco, hasta que algo se reubicó dentro de él, y que desde entonces ya no necesitó compañía.
Cuando llegamos a Tula, nos llevó a la plaza central y a la iglesia donde había tenido un encuentro con el desafiante a la muerte [un antiguo brujo que maniobraba para no morir].
“Pensé que eso había sido en Oaxaca”, dijo alguien del grupo.
"Fue aquí", respondió Castaneda, "y aquí también fue donde desaparecí durante nueve meses en el otro mundo."
Entramos en la iglesia donde Castaneda había sido entrevistado por el que desafió a la muerte, y a mí me pareció el lugar más triste del mundo. Después, dimos una vuelta por la plaza, y el Nahual nos señaló el banco favorito de Don Juan, y recordó haber visto desde allí la muerte de una persona.
“Con Don Juan, cada historia era una lección”, nos dijo con seriedad, “antes de conocerlo, ver morir a una persona era algo habitual, pero con Don Juan vi acercarse la muerte, y todo el suceso adquirió un aspecto mágico y fantástico.”
Más tarde, nos contó que el que desafiante a la muerte se había fusionado con la mujer Nahual y que Carol los contenía a ambos en uno. Todos se volvieron para mirar a Carol, y ella asintió con la cabeza.
“Con esta mujer”, dijo Castaneda, “he viajado a donde nadie puede viajar”.
Nos volvimos una vez más para mirar a Carol y ella asintió de nuevo diciendo "sí".
Visita a Teotihuacán
Durante la estancia del Nahual en México, además de Tula, también fuimos a Teotihuacán. Recuerdo que al llegar y ver la pirámide del Sol, sentí un escalofrío y una presión en el estómago. Comenté mis sensaciones, interpretándolas como una percepción de la energía del lugar.
Castaneda se giró para mirarme y riendo dijo: "Tonterías, es un pedo atascado".
Caminamos por el sendero de los muertos, y el Nahual se burló del nombre. Nos dijo que los españoles habían encontrado restos humanos allí, y por eso le dieron ese nombre, pero que en realidad lo que allí ocurrió fue fantástico.
Cientos de acechadores se apostaron en cada curva de la avenida y juntos visualizaron la pirámide de la Luna. Cuando lo lograron a la perfección y en total sincronización, desaparecieron de este mundo. Si alguien fallaba, quedaba mutilado y sus restos caían al suelo.
Tras decir esto, Castaneda se colocó en una esquina y miró hacia la pirámide, como si intentara reproducir la sensación de aquellos hombres, capaces de viajar juntos a otros mundos.
Epílogo
No he vuelto a ver a Castaneda, y a veces me pregunto si el “Ave de la Libertad” pasó de largo y la dejé pasar, o si todo lo que viví fue una pieza más del entramado de mi vida; una pieza necesaria y valiosa tal como era y como la viví.
En ocasiones me culpo por no haberlo dejado todo atrás y no haberme entregado por completo al Nahual y a su camino. Sobre todo, cuando me siento atrapado en mi trabajo, o en este mundo, pienso que perdí la oportunidad de mi vida y que algo que deseé durante años se hizo realidad, pero no pude alcanzarlo.
Pero después de recordar la risa burlona de Castaneda al mencionar mi deseo de que conociera a mi hija, mi amada, algo me dice que lo que pasó fue lo que tenía que pasar, ni más ni menos.
(Jacobo hizo bien de no renunciar a su mundo para unirse con Castaneda porque lo más seguro es que en algún momento Castaneda lo abandonaría.)
Castaneda nos pidió que no divulgáramos las experiencias vividas en nuestros encuentros. Lo hice durante tres años, pero ahora siento que todo formaba parte de una estrategia cuyo objetivo era impactar nuestra consciencia y transformarla.
Le agradezco profundamente al Nahual todo lo que me enseñó: mis dependencias y mis indulgencias, mi ego y mi obstinación, pero no puedo aceptar guardar secretos.
Como ejemplo de su enseñanza y del valor que otorgaba a la libertad como posesión suprema y meta a alcanzar, me he permitido describir algunos recuerdos de aquellos días extraordinarios en los que fui testigo directo de las manifestaciones de una de las personalidades más importantes de nuestro tiempo.
Ojalá esto sea de provecho para quien lo lea.
Una última cosa. El Nahual dejó de comunicarse con la mayoría de nosotros, excepto con una de las mujeres de nuestro grupo. Le hablaba día y noche, incitándola a abandonarlo todo y unirse a su grupo.
El problema era que ese abandono implicaba dejar desprotegido a uno de sus hijos, quien dependía emocional y materialmente de su madre. Ella estuvo sometida a tal presión que en una ocasión tuvo que pedirle que no intentara contactarla más.
Cuando nos contó la terrible presión a la que Castaneda la sometía, me sorprendió profundamente y aún no comprendo lo sucedido.
(Castaneda era un maniaco sexual y estoy convencido que él quería incorporar a esa mujer dentro de su harem de discípulas-amantes, y Castaneda ya se había vuelto tan insensible que no le importaba destruir el bienestar de ese niño con tal de satisfacer su capricho.)
El Nahual nos advirtió en varias ocasiones, que su estrategia no era la misma que la de Don Juan, y que jamás llegaríamos a pensar en el vínculo afectivo ni en las dependencias emocionales con respecto a su persona.
Esto fue difícil de seguir y aceptar, pero al final resultó ser cierto.
El Nahual desapareció de nuestras vidas y nunca más lo volvimos a ver. No resultó ser un maestro con continuidad ni un espíritu de permanencia y protección hacia sus discípulos.
Pero nos enseñó esto: a no depender de figuras de poder en nuestro camino, y ciertamente representó un impulso hacia la independencia y la libertad.
Le agradezco ese gesto difícil pero necesario.
CONSTATACIÓN DE CID
En su artículo Jacobo se muestra diplomático, pero en privado Jacobo fue mucho más crítico hacia Castaneda.
Cuando Castaneda regresó a México en 1993 para impartir talleres y realizar apariciones públicas, se dice que Jacobo le comentó a amigos y familiares que "Castaneda era un ególatra más interesado en el poder que en la verdad" (ver artículo de 'The American Scholar').
Y estoy completamente de acuerdo con esa aseveración.
Por otra parte, cuando Castaneda recibió a Jacobo, le dijo que sus ancestros eran judíos y que le gustaba la cábala, para así entusiasmar a Jacobo que se quedara con él, ya que Jacobo si era judío y si le interesaba la cábala.
Castaneda hizo algo que muy raras veces hizo: ser muy hospitalario con un hombre; lo que ha llevado a varios investigadores a suponer que Castaneda estaba considerando a Jacobo como su potencial sucesor.
Y realmente Castaneda hizo todo lo posible para que Jacobo se quedara: inventar esa historia del secuestro de su hija, de los celos del grupo indígena, y hasta antes de que Jacobo partiera le rogó que no se fuera.
Pero la realidad es que yo no creo que Jacobo hubiera podido asumir esa función,
CONSTATACIÓN DE JENNINGS
Richard Jennings fue alumno de Castaneda durante sus últimos años, y sobre el texto de Jacobo, él comentó lo siguiente:
« Me parece muy esclarecedor el relato de Grinberg sobre sus interacciones con Nury, Florinda, Taisha y Carol durante la semana que pasó con el grupo en Los Ángeles.
También me identifico con su relato de varias sesiones en las que Castaneda ridiculizó el orden social, se burló de numerosas celebridades que había conocido e insistió en que le estaba ofreciendo una oportunidad fugaz para seguir al "pájaro de la libertad".
Lo que Grinberg experimentó en sus intensas interacciones con Castaneda en 1991 fue prácticamente idéntico a lo que yo escuché de Castaneda en las sesiones semanales, y a veces nocturnas, de las que formé parte entre 1995 y 1997.
El relato de Grinberg sugiere que Castaneda estaba particularmente interesado en que el célebre profesor mexicano y/o su esposa se unieran a su grupo, ya que Castaneda también inventó historias sobre "indios" que habían secuestrado brevemente a Nury durante su visita y que además, sentían celos de la oportunidad que Castaneda les estaba brindando a los Grinberg. »

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