(El siguiente artículo se publicó en la revista The Theosophist, en el suplemento de octubre de 1888, págs. xvii-xix; y añadí subtítulos para facilitar la lectura.)
LA VISITA EUROPEA DEL PRESIDENTE
Informe sobre Madame Blavatsky, su trabajo y su salud.
Tras embarcarse en Bombay a bordo del vapor correo Shannon, de la P. and O., el 7 de agosto de 1888, el presidente [de la Sociedad Teosófica, Henry S. Olcott] llegó a Brindisi [Italia] el 23 y prosiguió por tierra hasta Londres, donde arribó el 26.
El viaje fue en general muy agradable, aunque los pasajeros sufrieron bastante mareos durante los primeros cinco días.
Viaje a Bolonia en Italia
Se detuvo doce horas en la ciudad de Bolonia para investigar las virtudes del sistema de medicina electro-homeopática del conde Mattei, del que circulan tan maravillosos informes.
Entre varios casos que el coronel Olcott conoció se encontraba la curación de una dispepsia crónica de veinticinco años de uno de nuestros miembros hindúes en las provincias del noroeste.
Sus indagaciones en Bolonia se realizaron en beneficio de nuestros dispensarios de beneficencia, ya que de ello podrían derivarse importantes resultados. ¡Sin duda lo harán si resulta cierto que las pastillas diminutas del conde y sus remedios líquidos curan la diabetes, la lepra, la elefantiasis y la sífilis en todas sus etapas!
El coronel Olcott no pudo reunirse personalmente con el conde Mattei, ya que el castillo donde reside está a dos horas en tren de Bolonia, pero pasó un día agradable con su representante, el señor Venturoli, y visitará la residencia del conde en su viaje de regreso de Londres a Brindisi.
Probablemente traerá consigo a Bombay suficientes medicamentos para abastecer nuestro dispensario de beneficencia durante un mes, para así probar el sistema a fondo.
Encuentro de Olcott con Blavatsky en Londres
El presidente encontró a Madame Blavatsky con mala salud, pero trabajando con una energía desesperada y tenaz.
Un médico competente le dijo que el simple hecho de que ella estuviera viva era en sí mismo un milagro, a juzgar por todos los cánones profesionales. Su organismo está tan desorganizado por una complicación de enfermedades de la más grave naturaleza que es un simple milagro que pueda seguir luchando; cualquier otro ser habría sucumbido hace mucho tiempo.
El microscopio revela enormes cristales de ácido úrico en su sangre, y los médicos afirman que es más que probable que un mes caluroso en la India la mataría. Sin embargo no solo vive sino que trabaja en su escritorio de la mañana a la noche, preparando copias y revisando pruebas para "La Doctrina Secreta" y su revista londinense "Lucifer".
De su obra más importante, más de trescientas páginas de cada uno de los dos volúmenes ya estaban impresas cuando el coronel Olcott llegó a visitarla, y ambos volúmenes probablemente aparecerán este mes.
De todo lo que escuchó de los jueces competentes que habían leído el manuscrito, el Presidente quedó satisfecho de que "La Doctrina Secreta" superará en mérito e interés incluso a "Isis Develada".
Madame Blavatsky vive en el número 17 de Lansdowne Road, Holland Park, con tres amigas teosóficas, entre ellas su devota guardiana, enfermera y consoladora, la condesa Wachtmeister de Suecia, quien la ha atendido durante todas sus graves enfermedades de los últimos tres años.
La casa es agradable, se encuentra en un barrio tranquilo, y su parte trasera da a un pequeño parque privado, común a los ocupantes de todas las casas que la rodean.
Las habitaciones de Madame Blavatsky se encuentran en la planta baja, debido a que ella prácticamente no puede subir ni bajar escaleras. Su escritorio da a un gran ventanal con vistas al verde césped y los frondosos árboles de Holland Park; a su derecha e izquierda hay mesas y estanterías llenas de libros de consulta; y por toda la habitación se encuentran sus recuerdos indios: bronces de Benarés, esteras de Palghat, alfombras de Adoni, bandejas de Moradabad, placas de Cachemira e imágenes cingalesas, tan familiares para los visitantes de Adyar en la antigüedad.
En cuanto a su regreso a la India, la cuestión es principalmente médica. Es sumamente dudoso que pueda soportar el viaje, y es casi seguro que tendría que ser izada y descargada del vapor en un cabestrillo, como sucedió cuando zarpó de Madrás hacia Europa hace tres años.
Por supuesto, con su libro en proceso de impresión, no podría abandonar Londres durante dos semanas, incluso si pudiera encargarse de la dirección editorial de su revista "Lucifer"; más adelante, este obstáculo se superará, y seguirá siendo una mera cuestión de salud.
A su alrededor en Londres se encuentran varios teósofos devotos que además de adelantar 1'500 libras esterlinas para publicar "La Doctrina Secreta" y "Lucifer", han formado una Compañía Editorial Teosófica (Limitada), para publicar a precios populares reimpresiones de artículos de la revistas "The Theosophist", "Lucifer" y "The Path" y tratados útiles de todo tipo.
El interés por la Teosofía aumenta y se profundiza en Europa, y aún más en América; pues no solo vemos que sus ideas influyen en la literatura actual, sino que también provocan debates entre los primeros orientalistas de la época.
Las recientes conferencias del profesor Max Muller, Monier Williams y otros, en las que se nos menciona y critica, y los admirables artículos sobre "Budismo en Occidente" del erudito M. Em. Burnouf, que hemos traducido e impreso en este número de nuestra revista, ilustran muy bien este caso.
En la práctica, existen ahora tres centros teosóficos desde los que se ejerce esta influencia en la mentalidad de nuestra época: Madrás, Londres y Nueva York.
Y por mucho que sus fervientes amigos deploren la ausencia de Madame Blavatsky de Adyar, no cabe duda de que el movimiento en su conjunto se beneficia de su presencia en Londres y de su proximidad teosófica con nuestros devotos colegas en América.
Motivo por el que Olcott regresó a la India más tarde de lo previsto
Era demasiado pronto cuando nuestros últimos avisos salieron de Londres para informar sobre cualquier avance en el asunto especial por el cual el Presidente viajó a Europa.
El Sr. Sinnett se encontraba en Suiza disfrutando de sus habituales vacaciones de verano, otros miembros ingleses destacados se encontraban en otros lugares, y los miembros que el Coronel Olcott tendrá que ver en Francia, Alemania, Bélgica y otros países también están aprovechando las vacaciones.
Su primer paso fue convocar una convención de los presidentes de las secciones europeas con miras a la organización, pero parecía inevitable que pospusiera su regreso hasta principios o mediados de noviembre, en lugar de octubre, como él y nosotros esperábamos. En cualquier caso, estará presente en la Convención y dirigirá los preparativos como de costumbre,
(Posteriormente el coronel Olcott narró esa gira en su libro "Las Hojas de un Viejo Diario IV"; también añadí subtítulos.)
CAPÍTULO 3
Olcott describe el estado en que se encontraba Blavatsky en 1888
En el final del precedente capítulo, se ha visto que íbamos a examinar acontecimientos desagradables del año 1888, en los cuales H.P.B. era un factor importante.
Si ella hubiera sido una mujer vulgar, oculta por el muro de la vida doméstica, entonces se hubiera podido escribir la historia de este desarrollo del movimiento teosófico sin sacarla a escena; o bien, si amigos y enemigos no hubieran dicho de ella más que la verdad, yo hubiera podido abandonarla a su Karma, contentándome con mostrar la grandeza de su papel y la parte de elogio que le correspondía.
Pero ha compartido la suerte común a todos los personajes descollantes en los asuntos humanos, ella ha sido absurdamente adulada y divinizada por un partido, y despiadadamente injuriada por el otro.
Si su amigo y colega más íntimo, el co-fundador superviviente del movimiento teosófico no hubiera salido de la reserva que observó siempre, y que hubiese preferido observar, su verdadera personalidad no habría sido comprendida jamás por sus contemporáneos y no se hubiera hecho justicia a la real elevación de su carácter.
Su grandeza desde el punto de vista del altruismo perfecto de sus servicios públicos, es innegable; en sus horas de exaltación su yo estaba inundado por el deseo de difundir el conocimiento y cumplir las órdenes de su Maestro.
Jamás vendió por dinero su tesoro de ciencia oculta, ni cambió sus instrucciones por ventajas personales. No daba ninguna importancia a su vida comparándola con su obra, y la hubiera dado tan alegremente como cualquier mártir, en caso de presentarse ocasión de tal sacrificio.
Traía esas tendencias y rasgos característicos, de las numerosas, reencarnaciones durante las cuales había estado ocupada (a veces conmigo) en una obra semejante, y eran los diferentes aspectos de su individualidad, noble, idealmente fiel, digna, no de un culto –porque ningún ser humano debería ser objeto de una servil adoración–, sino de inspirar el deseo de parecérsele.
En cuanto a su personalidad, ya es otra cosa, era un fondo sobre el cual su luz interior sobresalía fuertemente. Por ejemplo, en el momento que nos ocupa, el aspecto que me presenta en sus cartas es en extremo desagradable: lenguaje violento, pasión desencadenada, desprecio y sátira apenas veladas por fórmulas amables, una tendencia a echar a volar las vagas formas constitutivas de la Sociedad y a gobernar todo o destruir todo según yo tomase el partido de ratificar o desautorizar sus actos arbitrarios y absolutamente anti-constitucionales.
Desdenes para el Consejo y los consejeros que creía encontrar atravesados en su camino; críticas rudas y mordaces de algunos de sus colaboradores europeos, y en particular del que desempeñaba el principal papel en esta parte del movimiento, y cuyas iniciales ella ponía entre paréntesis después de la palabra “Satán”, y una adjuración para no dejar que nuestra obra común de tantos años se perdiera separándose en dos campos diferentes: una Sociedad Oriental y una Sociedad Occidental.
En suma, que escribía como una loca y en el tono de una mujer histérica ultra-excitada, batallando por su buena reputación contra los asaltos de los misioneros, los Coulomb y los Hodgson, y defendiendo su vida contra una cantidad de enfermedades que terminaron con ella tres años después.
No obstante, por enferma de cuerpo y alocada de espíritu que estuviese, era para mí un factor poderoso que manejar, y ella me forzó a escoger la línea que tendría que seguir.
H.P.B. había incubado una nueva Sección, de la cual ella sería elegida presidente, alquiló una casa cómoda y preparó su muestra para escribir en ella “Cuartel General Europeo de la S.T.”, o bien “Sociedad Teosófica de Occidente”.
Como dudaba de que podría agradarme ver todo el mecanismo de la Sociedad Teosófica descompuesto por uno de sus caprichos, y recordaba por propia experiencia que cuanto más amenazaba más terco me ponía yo, ella me escribió:
"Vaya, Olcott, es penoso, muy penoso para mí de 'Vous mettre le marché enmain', como dicen los franceses, y forzaros a escoger. Vais a decir una vez más que detestáis las amenazas y que estas no consiguen más que haceros irreductible. Pero esto no es una amenaza, es un hecho consumado. No tenéis más que ratificarlo u oponeros y declararme la guerra, a mí y a mis esoteristas.
Si reconociendo la necesidad absoluta de esta decisión, os sometéis a la evolución inexorable de las cosas, no habrá cambiado nada, Adyar y Europa quedarán aliadas, y en apariencia esta última parecerá sometida a la otra. Si no lo ratificáis, ¡pues bien!, habrá dos Sociedades Teosóficas, la antigua de la India y la nueva de Europa, enteramente independientes una de otra.”
¡Era la elección de Obson! Después de eso ella agregaba:
“Estoy completamente tranquila y he reflexionado maduramente, vuestra entrega de una carta constitutiva a P., no ha hecho más que precipitar las cosas.”
Este ultimatum sin réplica, asustó, como es natural, a los “dulces” indos del Consejo Ejecutivo y me obligó a volver a Europa en 1889.
Olcott viaja a Europa
Mi gira por Europa en 1888, duró del 26 de agosto al 22 de octubre, y se emprendió a petición del Consejo Ejecutivo, a quien el tono de las cartas de H.P.B. alarmaba sobre la estabilidad de nuestro movimiento en Occidente. Durante esa gira estuve en Londres, Liverpool, Cambridge, Glasgow, Paris y Bolonia.
Fundación de la Escuela Esotérica
Hice en Londres dos Convenciones de las Ramas británicas, organicé la Sección Británica de la Sociedad Teosófica, a la que di su carta constitutiva, y di una orden en Consejo, formando una Sección Esotérica de la cual la señora Blavatsky sería la jefe responsable. He aquí el texto:
"Londres, octubre 9 de 1888.
Sección Esotérica de la Sociedad Teosófica.
I. Por la presente queda organizada una sociedad destinada a servir los intereses esotéricos de la Sociedad Teosófica por medio de un estudio más profundo de la filosofía esotérica, y que será conocida con el nombre de “Sección Esotérica de la Sociedad Teosófica”.
II. La constitución y la entera dirección de esta sociedad, están exclusivamente en manos de laseñora H. P. Blavatsky, que es su jefe. Ella es la única responsable de los resultados para los miembros, y la Sección no tiene ningún lazo oficial ni corporativo con la Sociedad exotérica, salvo en la persona de su Presidente-Fundador.
Las personas que desearen ingresar en esta Sección y que se hallen dispuestas a observar sus leyes, pueden dirigirse a la señora H.P. Blavatsky, 17 Landsdowne Road, Holland Park, Londres, W.
Firmado: H. S. Olcott.
Presidente, en Consejo.
Refrendado: H. P. Blavatsky.
Secretario-Corresponsal."
Tal fue el comienzo del movimiento de la E.E., hoy tan sumamente importante bajo la dirección de la señora Besant, elegida por H.P.B. como su sucesora.
(Nota de Cid: en realidad Besant hizo un tremendo desastre con la Escuela Esotérica desfigurándola cada vez más y remplazando la enseñanza original por la neoteosofía elaborada por Charles Leadbeater, la cual está llena de errores y falsedades; y eso me indica que el coronel Olcott no conocía bien la teosofía.)
El motivo que tuve para echar sobre H.P.B. toda la responsabilidad de los resultados, fue que ella ya había fracasado una primera vez en un ensayo de esta clase en Adyar, en 1884, cuando trató de fundar con Subba Row, Oakley, Damodar y otros, una clase secreta o grupo, cuyos miembros habrían de ser puestos en estrechas relaciones con los Maestros, pero no tuvo éxito.
Y de ningún modo quería yo ser responsable del cumplimiento de algún compromiso especial que ella pudiera contraer con el nuevo grupo de discípulos que reunía a su alrededor, en el estado en que entonces se hallaba su mente.
Le ayudé a escribir algunas de sus instrucciones e hice todo lo que me fue posible para facilitarle las cosas, pero eso fue todo. Cuando más adelante ví que los que ingresaban en la E.E. estaban satisfechos de lo que recibían, tomé posición más neta en este asunto, y ahora sólo puedo alabar la manera cómo el jefe actual de esta escuela conduce su ejército de estudiantes voluntarios.
Pero al mismo tiempo, no hay que olvidar nunca que la E.E. no es la S.T., y que sus reglamentos no obligan sino a quienes pertenecen a esa escuela especial, pues sería violar la constitución de la S.T. intervenir en sus derechos de juicio personal, y que el Presidente-Fundador está obligado a garantizar a cualquier miembro que sea, su libertad de creencia y de palabra, a cualquier religión, raza o color que pertenezca.
Pleito en Paris
Otro punto de conflicto de Blavatsky contra mí (porque además, según ella, yo tenía la culpa de todo) era haber decidido contra su favorito en un arbitraje que aquel año fallé en París, entre dos partidos enemigos de teósofos franceses.
Ella me escribió:
“No era un error, sino un crimen perpetrado contra la Teosofía (doblemente subrayado) con perfecto conocimiento de lo que es X. y por miedo de Y.
Olcott, amigo mío, sois un ____ pero no puedo ofenderos y deciros lo que sois. Si no lo sentís vivamente vos mismo, todo lo que yo pudiera decir sería inútil.
En cuanto a P.* os habéis puesto enteramente en sus manos y habéis sacrificado la Teosofía y el honor de la S. T. en Francia por temor a ese miserable hombrecillo…“
(* Que más tarde fue expulsado de la Sociedad Teosófica.)
He ahí unas dulzuras alentadoras para un pobre diablo que luchaba con todas sus fuerzas para llevar con mano firme el timón de la nave, evitando los arrecifes y bancos funestas a tantas sociedades y doblemente peligrosos para los barcos cuyo pasaje lo constituyen chiflados.
Casi todas las personas que intervinieron en el pleito de París, eran dignas de censura, porque habían cedido a sus envidias personales, alterado los caracteres de la Sociedad Teosófica, combatido por lafica supremacía injuriándose las unas a las otras verbalmente y por escrito.
En un principio, traté de hacer reanudar la obra a todos los adversarios bajo la misma carta constitutiva, pero no habiendo tenido éxito, ofrecí dos cartas a los señores Gaboriau y Arnould, en las condiciones más liberales. Pero Gaboriau no podía o no quería formar una Rama sin los otros, y entonces no quedó más que una Rama: La Hermes.
Se dirigió un voto de gracias oficial a la condesa de Adhemar, que había abierto sus salones a nuestras reuniones durante mi permanencia, e hizo todo lo que estaba en su poder para favorecer la reorganización de nuestro movimiento en la capital de la Francia.
El enredo parisiense principió por trastornos en la Rama “Isis”, fundada por el lamentado Luis Dramard, y comenzó después de la muerte de éste. Un joven de sensibilidad extrema, llamado Gaboroau, que demostraba un excesivo entusiasmo por la Teosofía, pero pocas facultades ejecutivas, había llegado a ser el protegido de H.P.B.; gastaba en publicaciones teosóficas una pequeña fortuna que acababa de heredar, y trataba de conducir a la “Isis” en su camino difícil.
Con esto se había metido en discusiones en las que H.P.B. se declaró a su favor, preparándome bastante qué hilar al darle en su calidad verdadera de co-fundadora y falsa de representante mío provisto de plenos poderes discrecionales, una carta constitutiva de carácter casi ilimitado y sin precedentes, que le permitía hacer, en una palabra, todo lo que quería.
Esto, como es natural, disgustó a varios de sus colegas más serios, hubo recriminaciones y apelaron a mí. Después que llegué a Londres, se mandó una circular a cada miembro inscrito en Francia, fijando el lugar y fecha de una reunión a efectuarse en París, y el 17 de septiembre se leyó ante la asamblea mi decisión formal.
Como evidentemente era imposible reorganizar la Rama Isis, se expidió otra carta constitutiva a una nueva Rama “Hermes”, y finado autor bien conocido, Arturo Arnould, fue electo presidente, el historiador Eugenio Nus y Jorge Caminade, de Angers, vice-presidente, Gerardo Encausse, secretario de correspondencia, y C. Dubourg y Julián Lejay, secretarios.
Numerosos miembros se hicieron inscribir y la joven Rama comenzó su carrera. En este asunto obré según mi mejor criterio, después de haber oído lo que se podía decir y visto a todos los interesados; creo que fue lo mejor que pudo hacerse en aquellas circunstancias, aunque eso dejó a un lado al señor Gaboriau, quien con algunos de sus amigos me atacó vivamente y resultó de ello una batalla en regla entre H.P.B. y yo a mi regreso a Londres. Más arriba se ha visto la continuación en su procedimiento revolucionario de reorganización en Londres.
Disputas entre Blavatsky y Olcott
Mi gira había realizado su objeto: H.P.B. quedaba apaciguada, nuestros asuntos de la Gran Bretaña estaban en orden, y la Sección Esotérica puesta en marcha, pero, como más arriba se ha visto, la calma no debía durar y tuve que hacer una segunda visita a Europa en 1889, después de mi regreso del Japón.
Sin embargo, la batalla entre los dos era siempre superficial y sólo tocaba las cosas de administración y política; internamente, estábamos ambos ligados por una unidad de intenciones y de ideal, que la misma muerte no ha podido cortar.
Para refutar las numerosas falsedades difundidas por terceros que deseaban alimentar los resentimientos entre nosotros, o hacer nacer la impresión de que la Sociedad Teosófica estaba a punto de sufrir una división –opinión compartida por muchos, hasta en el seno del Consejo Ejecutivo, en vista de las cartas histéricas de H.P.B.– publicamos de común acuerdo la siguiente carta:
“A fin de disipar un error engendrado por pescadores de río revuelto, los abajo firmados, fundadores de la Sociedad Teosófica, declaramos que no existe entre nosotros ni rivalidad, ni querella, ni aún enfriamiento, y que jamás los ha habido. Y que nuestra común devoción a nuestros Maestros y a nuestra obra, cuya ejecución nos han hecho el honor de confiarnos, no se ha debilitado absolutamente.
Por dispares que sean nuestros temperamentos y características mentales, y aunque a veces diferamos en nuestra manera de ver, relativamente a los métodos de propaganda, estamos no obstante absolutamente de acuerdo respecto a nuestra obra.
Hoy estamos tan unidos en intención y celo como lo hemos estado desde el comienzo, y dispuestos a sacrificar todo, incluso la vida, por el adelanto de las ciencias teosóficas y para salvar a la humanidad de las miserias que nacen de la ignorancia.
H. P. Blavatsky.
H. S. Olcott.
Londres, octubre de 1888."
Visita al conde Mattei
Yendo de camino para Nápoles, donde había de embarcarme, me detuve en Bolonia para ver al conde Mattei, el inventor de la Electro-Homeopatía, y decidir si valdría la pena de que Tookaram Tatya la ensayase en nuestro Dispensario de caridad en Bombay.
Hice esta gestión porque vi los resultados de la aplicación de una de las “electricidades” de Mattei en forma de loción, sobre la mano de un pobre diablo, que había sido terriblemente aplastada bajo una máquina; y en una noche, el dolor quedó muy aliviado.
El “mayor” Tucker del Ejército de Salvación, que tenía una fe absoluta en el sistema Mattei, era quien hacía el experimento. El señor Venturoli, hoy conde Venturoli Mattei, hijo adoptivo y heredero del inventor, me condujo amablemente a Rioli, estación de la línea a Florencia, y donde se halla Rochetta, el castillo pintoresco pero incómodo del conde Mattei, y pasé el día con él en discusiones interesantes.
Era entonces un gigante, fuerte a pesar de sus ochenta y cuatro años; de una vehemencia extrema en sus ataques contra los médicos oficiales y sus remedios. En su alcoba –situada en una de las torrecillas, si no me falla la memoria–, había una graciosa caricatura de la medicina, pintada al fresco en los compartimentos de la bóveda.
Él estaba orgulloso (y con justa razón) de las innumerables curas hechas por su electro-homeopatía, porque recogí de primera mano muchos hechos de ese género, para dudar de su eficacia. En cuanto a la parte eléctrica del asunto, es otra cosa. Mi opinión es que el verdadero nombre del sistema debería ser “medicina bañada de sol, o cromoterapia”.
Por otra parte, no tiene la menor importancia, salvo como secreto de fabricación, que el agente desconocido sea solar o vegetal; lo único que hace falta es que el remedio cure y que los sufrimientos humanos sean disminuidos.
Viaje de regreso a India
Mi travesía de regreso resultó muy interesante, porque se manifestó en los pasajeros de las dos clases un gran deseo de conocer algo de la Teosofía, de la Sociedad Teosófica y de las Ciencias Ocultas en general.
Entre los pasajeros estaba la graciosa estudiante de los temas místicos, la condesa de Jersey, en quien hallé un conocimiento de los más agradables y nobles que yo haya podido hacer.
Siguiendo su ejemplo, todo el salón de primera se interesó por la psicometría, la transmisión del pensamiento, la clarividencia, las líneas de la mano, la astrología y otros temas de la misma clase. Y se hicieron experimentos para comprobar la exactitud de las teorías.
El cuarto día recibí una invitación escrita, de lord Jersey, sir Samuel Baker, el explorador africano, y otros notables pasajeros de primera, para que diese, con permiso del comandante, una conferencia sobre la Teosofía, lo cual hice de buena gana; sir Samuel Baker propuso un voto de gracias con un corto discurso muy halagador y muy bien dicho.
Tres días más tarde hubo una nueva petición, y hablé sobre el tema indicado: la psicometría. Esto provocó numerosos experimentos, yo mismo hice algunos instructivos. Una señora trajo de su camarote una media docena de cartas de personas que tenían caracteres muy diferentes, cada una encerrada en un sobre blanco, para que la persona que hacía la prueba no tuviese idea alguna sobre el sexo o carácter del autor de la carta, prudente precaución.
La hice sentar en un sillón y pasé las cartas una después de otra, por encima de su cabeza, sobre su frente, y le pedí que las mantuviese allí respondiendo a mis preguntas. No debía reflexionar en la respuesta, sino decir de pronto lo primero que se les presentase a la mente.
Yo le preguntaba: “¿Es un hombre o una mujer? Le ruego que conteste en seguida”. Después: “¿Joven o viejo? ¿Grande o pequeño? ¿Grueso o delgado? ¿Franco o mentiroso? ¿Tiene usted confianza en él?” Y sin hacerle nunca una pregunta sugestiva, ni hacer nada que pudiese turbar el pensamiento espontáneo del sujeto.
A primera vista, es perfectamente evidente que el examen más atento de un sobre en blanco –no siendo de una forma extraordinaria, y particular de una persona determinada– no revela nada sobre el sexo, edad, espíritu o carácter del que escribió la carta encerrada dentro.
La primera señora que hizo la prueba resultó desprovista de facultad psicométrica; pero otra señora que ensayó después de ella, acertó cinco veces de siete, como lo probaron las cartas abiertas en seguida. Y el hermano de la primera señora, un oficial que se había mostrado muy irónico respecto a esa ciencia, descubrió con sorpresa que él podía practicarla.
El ruido de aquellas sugestivas pruebas se extendió por el barco, y me pidieron una segunda conferencia sobre aquel descubrimiento del profesor Buchanan. Un muy conocido miembro del Parlamento dió un bosquejo muy correcto de los dos casos que le fueron sometidos para el examen psicométrico.
El valor científico y práctico de la posesión de este sentido es evidente, ya que arma al qué de él está dotado de la sutil facultad de sentir la verdadera naturaleza y los motivos ocultos de cada persona que le escribe, o de aquellos con quienes habla, o que encuentra por el mundo, sea cual fuere la máscara de la escritura o de la figura del individuo.
Y además, un psicómetra desarrollado debe ser bastante intuitivo, naturalmente, para descubrir las verdaderas intenciones de un escritor o de un conferenciante, a pesar de la posible torpeza de exposición. Esto pone inmediatamente en simpatía con la naturaleza superior, y al abrigo de las influencias de los sofismas de aquellos que desearen engañar o adular con malas intenciones.
El Arcadia desembarcó sus pasajeros el 10 de noviembre, y nuestros amigos de la Rama de Bombay nos recibieron calurosamente a mí y a mis compañeros, es decir, al señor Carlos Johnston y su señora, la baronesa Kroumess, los señores E. D. Fawcett y Ricardo Harte, todos ellos miembros de la Sociedad Teosófica.
La señora de Johnston es la hija de la señora Jelihowsky, la hermana de H.P.B.; se casó en casa de su tía en Londres, durante el verano de 1888, con el señor Johnston, el joven y brillante sanscritista del servicio civil de la India. Como su madre estaba en Rusia, yo la representé, así como al resto de la familia, ante el registrar que los casó civilmente. Su marido venía entonces a hacerse cargo de su servicio en Bengala. Todos ellos asistieron a la Convención aquel año, y fueron fotografiados en el grupo anual.

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