LAS DIFICULTADES DE LA MEDITACIÓN



(Henry Bedinger Mitchell fue un profesor universitario y teósofo estadounidense, y sobre este tema él mencionó lo siguiente.)


II

« Hemos procurado, en lo que precede, bosquejar los grados sucesivos de la meditación; y para adquirirlos, hemos procurado también describir los respectivos poderes del corazón y de la mente. Semejantes poderes, sin duda, los poseemos todos nosotros, puesto que común y frecuentemente los activamos en otras direcciones; pero rara vez se les dirige o desarrolla en la línea debida.

A las claras se nota la carencia de disciplina, y esa falta influye de manera perjudicial sobre las energías del corazón. Porque el sistema educador del occidente si compele, por lo menos, al dominio parcial de las facultades lógicas y comparativas de la mente, olvida, por entero, la obra que tienda y sirva a dirigir y enseñar al corazón.  Y tal olvido explica por qué la vasta mayoría de la gente occidental, no sienta, salvo en momentos excepcionales de inspiración, la existencia del mundo interno.

La potencia dinámica del amor si se la educa para que se mueva hacia los ideales superiores, conduce la conciencia de lo externo a lo oculto, de la forma a la esencia; pero, también, si se la abandona al desenfreno, se dirige hacia afuera, en la forma de los deseos, en busca de objetos concretos del deleite de los sentidos.

Esa tendencia a lo concreto se muestra obstinada y persistente, una vez convertida en costumbre. En los “Upanishads” se la nombra: “el nudo del corazón”. Y sólo cuando se sueltan los lazos del nudo, se conoce la paz interna.

Cualquiera que sea el punto de vista que se elija, se descubre la importancia fundamental de aquel cambio del corazón. Me han dicho que entraña el mismo sentido de la palabra griega “arrepentimiento”, como en frases de este valor:

    -  Arrepentíos que el Reino de los Cielos está cerca.

Ese cambio debe preceder a todo empeño serio en la tarea educadora y disciplinaria de nosotros mismos, y servir de origen a cuanto sobreviene luego. Sin amor a la vida espiritual, resulta inútil todo trabajo para conquistarla.

Con todo, no es fácil, de ningún modo, amar una cosa tan vaga y abstracta como se revela desde luego el concepto del espíritu o el ideal de bondad y de justicia, ya que la eficacia inspiradora e impulsiva de la voluntad, o el verdadero deseo, de por sí efectivo, no se adapta pronto a las abstracciones. Ni tampoco se destruye la dificultad concretando más nuestros ideales o cristalizándolos en alguna forma mental; porque así, fuera lo mismo que frustrar nuestros fines.

Si, en resumen, sólo se aspira trascender a toda forma y apariencia por medio de la fuerza práctica del amor; si, por lo tanto, se aspira a eso, se tiene que convertir el corazón a lo interno; hacer más profundo el amor y más intenso el deseo; y cuidar de que el objetivo buscado ni se concrete ni se materialice.

Hay un nombre que se aplica al alma en la literatura oriental, de sentido valioso en estas analogías: “el de gran desterrado’’. Imagínese un prisionero, digamos uno que, por largo confinamiento en el trópico, ha caído en el propio abandono y laxitud de cuanto le rodea, ahogando en su memoria los ideales más poderosos de su patria.

Llévesele un mensaje, o un motivo de recuerdo, quizás un aire musical o alguna ocurrencia igualmente ligera; pero bastante a evocarle la visión de su pasado. Le fuera posible extinguir el recuerdo, o desdeñarlo de un todo; pero si reflexiona sobre él, lo agita y anima, se tornará en dinámico; y midiendo toda su caída comprenderá qué firme y persistente esfuerzo se necesita para rehabilitar su ayer.

Lo que el deportado debería disponer, cabe en nuestro aprecio; y en verdad, que nos reconocemos capaces de servirle con los consejos más excelentes. Con todo, conceptuamos, más difícil para nosotros cumplir el mismo consejo, no obstante de que nuestra presente posición guarda estrecha analogía con la del prisionero. Despierta, en él como en nosotros, la memoria de una vida más verdadera que esta.

Y también en nosotros se manifiesta la necesidad de un persistente esfuerzo, si no estrechamos la inspiración en las actividades de lo exterior, o retrocedemos a la condición letárgica de la cual nos hemos temporalmente redimido. Con este pasaje se aclara el rumbo que nos importa seguir en nuestra tarea.

Porque se nota, ahora, que el asunto de éxito o de fracaso consiste en conservar las impresiones e impulsos experimentados en los momentos de inspiración, que comunicando a la voluntad el aliento inicial ascendente, la llevan a lo alto. De aquí se deduce que el primer cuidado se contraerá a procurar que duren los deseos inspirados, lo más posible, reflexionando sobre ellos. Se origina, además, el efecto de invocar nuevos alientos, en la misma forma que el hondo pensar sobre un recuerdo provoca la florescencia de otros.

Existe el hecho curioso relacionado con toda experiencia oculta, a semejanza de la que se acaba de indicar, que cada grado de desarrollo envuelve a los demás, dando la consecuencia de que el éxito en una dirección cualquiera requiere, e implica, un conjunto de éxitos en otras muchas direcciones.

O bien, que tales grados aparecen más paralelos que subsiguientes. Obsérvese esta circunstancia en lo ya escrito, desde luego que el reflexionar sobre los momentos inspirados corresponde exactamente a la meditación misma.  Si lo primero resulta feliz, no fuera difícil la meditación.

También, pues, se tienen que solicitar otros auxiliares.

Y se encuentran en muchas pequeñas observancias capaces de integrar en la vida diaria.  Y son: la elección de tiempos fijos e invariables para el aislamiento y comunión consigo mismo, empleando la voluntad en excluir todo pensamiento referente a los cuidados y ocupaciones habituales.

Durante estos períodos tranquilos parece que los ideales se acercan más; y muy pronto se aprende a buscarlos como fuente de calma y de consuelo.

Otra práctica de ayuda poderosa se adquiere en la lectura de libros espirituales, abiertos anales de experiencia y de leyes del mundo interno, que hablan de la vida de los santos y místicos del pasado. No se concluye ningún estudio serio acerca de estos escritos sin impresionarse por la unanimidad del testimonio, de que hemos ya hecho mención.

Gracias a ello sabemos que la senda en donde ahora entramos fue hollada, antes que nosotros por otros pies; y gradualmente, aunque nos sería arduo decir con qué o con quién, crecemos en un sentimiento de compañerismo. Esto contribuye a mantener firme el corazón, como también cualquier estudio de la vida interna.

Paralelas a las observancias y prácticas referidas, fortalecedoras del amor del alma, discurren otras que tienden a debilitar el dominio de los sentidos y a destruir en ellos la potencia de los deseos.

Una de las más útiles descansa en los esfuerzos deliberados por desprendernos, primero, de los actos; y después, de nuestros pensamientos y sentimientos. Y así, el cultivo del desinterés, práctica sostenida igualmente por los instructores cristianos y los filósofos orientales.

Un corto ejercicio de esa virtud demostrará su valor, estableciendo cierto equilibrio e impersonalidad de examen y juicio, difícil de lograr bajo la pesadumbre de la vida moderna. Y aun más que esto, por cuanto si se persevera, se recoge la advertencia de que muchos deseos y emociones tenidas peculiarmente como propios, no lo son en modo alguno, sino que llegan de fuera como a las playas las olas de la mar.

Se aprende a interpretarlos con el carácter de fuerzas impersonales de la naturaleza; y cuando tal ocurre, pierden desde luego su dominio sobre nosotros. Cautivos, más por costumbre que por fuerza, sólo necesitamos, para redimirnos, de percibir nuestra libertad.

Aquel aprendizaje se vigoriza y alienta, además, con actos de auto-disciplina y de renunciación.  Gozo mayor hay en ejercitar los músculos morales que los del cuerpo, y nos baña como una sensación superior de fuerza y de libertad. Ensayadlo con algo que os agrade.

¿Fumáis?

Abandonad el tabaco, por ejemplo. Sabréis lo dominante del deseo y cómo os excita, en la primera semana; en la siguiente, ganaréis una sensación de vigor y desahogo; luego, la ausencia de incertidumbre; y júbilo, en fin, por el uso y el poder de vuestra voluntad.

Por el concurso de esos medios y de sus auxiliares, la energía impulsora del deseo se desliga, poco a poco, del plano de la sensibilidad externa para dirigirse al espíritu, acelerando y ampliando nuestro amor e impeliéndonos hacia él en crecientes aspiraciones. La voluntad y el corazón se purifican y fortalecen; y a medida que se suavizan, conviértanse nuestros ideales en mucho más puros e íntimos, acogiéndolos después con amor, para encontrar allí, continuamente renovada, una fuente de inspiraciones.

Unida a la disciplina del corazón, y por ella favorecida en grado preeminente, se requiere disciplinar la mente en la concentración y la contemplación. La naturaleza de esta disciplina se ha indicado ya. Y con esto, aun cuando se nota como fácil el logro de estos poderes, para adquirirlos se consume la pujanza de un largo proceso. Precede, así, la faena de un meditar prolongado, antes de que se disponga de un definido dominio sobre la mente.

La indiferencia acerca de este precepto determina la multitud de dificultades, tan comunes, en la meditación, dificultades que, aun a riesgo de repetición, convendrá examinar por orden.

La primera de ellas consiste en la inhabilidad de mantener la mente fija, en el objeto de meditación. Esta inhabilidad equivale a un fracaso en la forma más elemental de la concentración. La tendencia discursiva que hemos analizado ya, se anima, y divaga el pensamiento, por entero, sobre diversos puntos. Pero valen mucho para triunfar, en definitiva, la práctica y la costumbre diaria, a cuyo influjo metódico disminuyen las dificultades, volviendo la mente, día tras día, sobre el mismo tema.

La segunda dificultad surge en la contemplación: fijar la mente después de llenarla de silencio y de paz. Si a la mayor parte de nosotros se nos dijese que estuviéramos en silencio, creeríamos, sin duda, obedecer la orden absteniéndonos de hablar. Como sabemos lo que se entiende por callar, pues, asumimos la quietud de la palabra hablada.

Pero luego de cumplido el mandato percibimos, si prestamos atención, que realmente el monólogo de la mente continúa. Sus pensamientos suenan en frases, no menos reales, por el hecho de ser inaudibles al oído físico; pero podemos callarlos con un acto de voluntad. En efecto nos importa aprender a callar, no sólo las voces de la mente, asimismo que las de los sentidos y de las emociones. Y concluimos por estimar su necesidad, ya para ese grado de la meditación, o para la salud.

Quien entre seriamente en el sendero de la disciplina mental para el dominio de la concentración, sentirá la inapreciable virtud de aprender a reposar. Es un arte que conocen pocos, y su secreto lo atesora el silencio. Sin embargo, se yerra a menudo cuando se busca el silencio de la mente sofocando todo pensamiento que nace. Porque ella queda así errante y sin guía; y por lo tanto recepta y refleja toda forma o corriente del mundo psíquico que pasa.

Proviene de esto el peligro del psiquismo, el “cul de sac” (calle sin salida) astral, de que hemos estado siempre advertidos. Se origina de la condición negativa de la mente y del método impropio conque se ha ido en pos del silencio.  La calma de la mente se adquiere por la atención intensa prestada a un solo ideal, u objeto. Que, en cuanto al ideal, sea la mente reflexiva y pasiva; y para todo lo demás, exclusiva y positiva.

El tercer inconveniente consiste en que, hecho el silencio, se realiza cierta pérdida de la conciencia y se produce el sueño. Se debe, en parte, a la condición negativa descrita antes; pero que corresponde más al corazón que a la cabeza. Hemos visto que en este grado la conciencia se sitúa en el corazón; y hay quienes no la mantienen concentrada fácilmente en él, o movidos de amor.

Tales naturalezas, en su generalidad, son insensibles, lo que aunque constituye un obstáculo en este punto, por otros respectos representa una salvaguardia poderosa.  Y en verdad, este grado de la conciencia no debe, de ningún modo, ser emocional, sino una silenciosa y profunda corriente de amor. Porque más que expresarla, el sentimentalismo la oscurece. Ha de ser un anhelo que suba, no de la cabeza, sino del corazón.

La dificultad que sigue se revela de un todo contraria a la que precede.  Se ve en que a medida que la percepción del corazón se despierta y eleva, la mente, un tiempo tranquila, se defiende de nuevo y asciende con la percepción posesionándose de ella, y tejiendo a su alrededor sueños y visiones de cambiante belleza. Esconden gran peligro esas visiones, aunque al principio aporten eficaz ayuda y parezcan excelentes y verdaderas; porque no solo distraen nuestra atención e impiden el avance de la conciencia, sino que, en adelante, reaparecen.

La luz interior que les presta su belleza la vierte el espíritu, y como vertida del espíritu, se la ama y reverencia; pero los hilos y colores de su trama fascinante se extraen de los pensamientos de la vida ordinaria, de sus sueños, esperanzas y temores. Y mientras uno se detiene ante las visiones, más se afirma el elemento mental exterior, y palidece más la luz del corazón en ellas.

Llega luego el día en que se reconoce el origen de esas imágenes.  Y así reconocemos que la mente nos burla como a soñadores engañados, cautivándonos en la urdimbre de nuestras mismas fantasías.

Tamaño tropiezo, o inconveniente, ha detenido el paso a muchos viajeros de la vida oculta. Sin embargo, rutila dentro de las visiones la luz del espíritu; y en verdad, el amor del viajero no tiende a la seducción de las imágenes sino a la gloria de la luz.
Por esas formas mentales se califica de impura la meditación en la fraseología oculta. Pero se evitan de dos modos: por nuestro suficiente vigor en el poder de concentración, y por nuestra suficiente pureza en la práctica constante del desinterés.  Esto es el obstáculo del hombre sensible y de fuerte imaginación.

La quinta dificultad radica en la forma. Muchas mentalidades tienden a concretar todo lo que perciben. Cristalizan y robustecen formas y dogmas.  A menudo se las halla entre las más intelectuales. Por esta razón, hasta el punto de las definiciones inquebrantables, progresan rápida y prontamente; pero ahí se detienen. Incapaces de trasponer los lindes de la forma, o de renunciar a sentencias e imaginaciones, no conquistan la realidad. Semejantes naturalezas se ayudan, algunas veces, obligándose al estudio y reflexión de otros sistemas, y hasta de otros idiomas, diferentes de los de su hábito.

Si cristianos, estudian el budismo; si budistas, el cristianismo; inquieren de todos modos el medio de romper sus moldes permanentes, hasta que desechando las palabras, aprenden a mirar la vida misma.

Las últimas dificultades descansan en el silencio. La oscuridad simboliza el silencio, y para muchos ha sido causa de terror inmediata y actual. Proviene el miedo de la gran quietud que desde el principio de la contemplación se intensifica cada vez más sobreviene uno a uno el silencio de los sentidos, de las emociones, de la mente, y ahora, el silencio del corazón.

La iluminación principia sólo después de pleno el silencio. Así que para muchos mueva a espanto la oscuridad, y hayan huido tocados de miedo profundo. Se abre a la manera del abismo de la nada para ellos, adonde va la existencia como a ahogarse en el vacío. Aquí se requiere valor y fe, cierta osadía que nunca después se repite en la misma alta pujanza. Y es una clase de osadía indispensable para lanzarnos a las tinieblas, en obediencia de una voz que no se repite más.

Después de consumado el paso y de sentido el silencio, nunca más ocurrirá esta prueba porque las tinieblas pasaron.





III

Delante de cualquiera de las dificultades expuestas, podremos detenemos meses y aun años; pero las venceremos con agrado y prontitud si la perseverancia nos acompaña, convirtiendo la Meditación en práctica diaria. Por fortuna, contribuye también a nuestros éxitos, la curiosa manera de como una dificultad envuelve a las otras. El triunfo en una línea dada concede dominio sobre todas las demás. Se salvan períodos de rapidísimos progresos, seguidos por intervalos de fracasos aparentes, o de “tibieza”, según la conocida frase cristiana.

En resumen, recorremos el júbilo de recompensas crecientes y alternativas de reposo e inspiración.

A medida que la meditación aumenta en vigor, sus efectos se tornan en más potentes y constantes, de manera que se ven, a las claras, su multiplicidad y sutilidad en el cambio gradual que experimentamos ante las faenas y satisfacciones cotidianas. Lo que nos rodea toma, al principio, y como ya se ha dicho, un raro color de irrealidad. Y en efecto, aparecen a la semejanza de una proyección, de sombras, ante la vida, más animada y penetrante, que despierta ahora en nosotros. Se advierte un fenómeno similar en las tinieblas que cubren nuestro contorno cuando apartamos la vista de la acción de una luz intensa. Sencilla la explicación, el fenómeno, sin embargo, da motivos a peligros bastante reales.

Probablemente este fenómeno corresponde a la segunda de las Tentaciones del Desierto: la tentación de interpretar la vida terrestre como vacía, fútil, innecesaria, o la de proscribir todo pensamiento de orden físico en favor del nuevo sentido de confianza en el orden espiritual. O para definirlo, en nuestro caso, con mayor luz: sentimos la tentación a no conceder importancia alguna a nuestras obligaciones exteriores, y quizás, a desdeñarlas de un todo.

Cuando se llega a este punto, los hábitos de obediencia al deber, como deber, sitúan al individuo en propicia posición; y por breve o largo que sea este período, se vence o atraviesa, si se adoptan aquellos hábitos, como la única fuerza conductora de la existencia exterior.

Después, en el decurso de algún tiempo, se aprende a penetrar más allá. Entonces se nota que los deberes constituyen parte del gran orden moral, donde nos iniciamos: constituyen el deber de reflejar sobre el ambiente físico la voluntad del espíritu. Descuidar ese deber, equivale a descuidar el mismo fin que se busca; cumplirlo, equivale a asumir la vida, aun en sus detalles más ligeros, una significación nueva y muchísimo más interesante. Esto es el segundo efecto de la Meditación.

Después brota, lo que a primera vista parece un resultado extraño y terrible: la exteriorización, o expulsión afuera, de todo lo malo que escondemos dentro. Viejos deseos que se creían extinguidos hacía tiempo, reaparecen con clamor dominante. Vibra, de repente, toda nuestra naturaleza como apercibida contra sí misma; y no es más profundo el lindero que separa lo bueno de lo malo como el que separa lo que pertenece al espíritu de lo que no le pertenece.  Este efecto llega de improviso, aun cuando se espera. Y al llegar se extiende a nuestros pies la bifurcación de la senda.

Este período, de lucha y de elección, se ha descrito muchas veces de varias maneras. Dos carreras se abren delante de nosotros, dos senderos o caminos de vida. Conocemos el objeto de uno de ellos: va a la fama, al poder, al éxito material, a las hazañas admirables, a las que el mundo acuerda recompensas brillantes. Uno se siente con poder para adquirir estas cosas, si en semejante propósito, encamina la voluntad y la acción. En cuanto a la otra vía, la desconocemos.

“Es el angosto y viejo sendero que a lo eterno conduce”. Sendero del deber y del sacrificio. Puede guiar a la fama y al triunfo, a través de tropiezos, privaciones y afanes interminables. Pero sendero de servicio al espíritu. La ambición personal, el temor, la sensualidad, nos llevan por la primera vía; y por la segunda, la elevada vocación austera del espíritu, pero vibrante y rica de amor, de la nueva gloria y majestad que estamos aprendiendo a conocer. Delante de esta bifurcación de la senda, se reproduce la tercera Tentación del Desierto.

Nada de nuevo es, ni la división de la senda, ni la, en este caso, obligatoria elección de rumbo, salvo que para este grado se posee mayor conciencia, y que, tarde o temprano, habrá de tomarse la decisión. Cada vez que se presenta un deber, se nos presenta la elección.

¿Cumpliremos el deber a costa de penas, a costa de turbaciones, o lo desdeñaremos en favor de nuestro bienestar y de nuestro gozo?

La suma total de estas pequeñas elecciones nos lleva a decidir la gran elección que para todos se ofrecerá con el tiempo.

Dado el paso, o resuelto, el deber, desde entonces, nos parece más que nunca nuestro aliado. La vida no lastima ni hiere. Se la obedece simplemente. Y guía y enseña. Cada tarea equivale a un nuevo don; y cada deber, al triunfo de una nueva fuerza y de una nueva visión interna.

En la proporción en que nuestra vida se enriquece de revelaciones y alientos, lo que nos rodea expresa una nueva dignidad y belleza. Así vemos que el espíritu emplea como una máscara la personalidad; vemos que todas las almas se funden en el alma universal; y que al resplandor de esta grandiosa revelación, el amor y la simpatía espirituales vencen el conflicto y viejo antagonismo de las personalidades. En este grado principiamos a aprender la unidad de la vida y la fraternidad de los hombres.

Este último esfuerzo parece, a los que no lo han experimentado, el más sorprendente de todos. Aquí ya no se está solo. La sensación de compañerismo, de que hablamos en lo referente a la lectura de libros espirituales, se intensifica, y expresa un tono más personal. Entonces nos damos cuenta de la poderosa sociedad que nos rodea, y de que nos erguimos delante de los grandes del pasado. De esta manera entramos en posesión de la herencia del alma.


Hemos descrito, pues, los grados de la meditación que nos conducen del mundo externo al interno.

1.   La concentración: poder que se adquiere en las faenas de la vida diaria.
2.   La contemplación: el mantenimiento de la mente fija en un punto; pero inactiva.
3.   El despertar de !a percepción del corazón. La renunciación en pro del amor del ideal.
4.   El sentimiento de la presencia y del poder de ese ideal, por el amor que le consagramos.
5.   El paso de la conciencia a su esencia interna, a través de las formas del ideal. En este punto, puede decirse, que principia la verdadera meditación.
6.   La conciencia resaltante de un gran silencio.
7.   Morando en este silencio, encontramos su paz, el poder y la iluminación.



Para recorrer estos grados se necesita de una completa disciplina del corazón y de la mente. Una disciplina defectuosa ocasiona las dificultades siguientes:

1.   La dificultad de amar el ideal, de que los deseos del mundo externo se transformen en los deseos del mundo interno.
2.   La incapacidad de conservar la mente fija en estos asuntos.
3.   El peligro de crear un' condición negativa que lleva al psiquismo.
4.   La tendencia al sueño. El peligro de la indiferencia.
5.   El engaño producido por la mente que, despertándose con el corazón, teje formas o imágenes alrededor de éste. El peligro del emocionalismo.
6.   La dificultad de la forma: el obstáculo que produce una mente rígida y dogmática.
7.   El miedo al silencio.



Aun cuando sólo imperfectamente se hubiese experimentado la luz de la meditación, y no obstante de permanecer invisible, se entra en un ciclo de actividad exterior en que se manifiestan, a menudo, sus efectos. Y este ciclo de actividad se distingue por los siguientes grados:

1.   Un sentimiento de la irrealidad de la vida exterior, o de su falta de interés.
2.   Lo que antecede, rectificado por el sentimiento del deber.
3.   El reconocimiento de la serie de nuestros deberes individuales como la reflexión de la ley del espíritu.
4.   Y desde este último punto: el cumplimiento de nuestros deberes exteriores como expresión de la vida interna, sobre ella reflexionando siempre en busca de inspiración y descanso.
5.   La exteriorización de todos los deseos de la personalidad.
6.   La elección definitiva entre aquellos deseos y la atención del espíritu.
7.   El reconocimiento de confraternidad con los que nos han precedido, y la concentración de la conciencia en el espíritu.

Cualquier estudiante ordenado se halla en capacidad de cumplir este trabajo por sí mismo, y de realizar las exposiciones formuladas arriba.  Escrito está que una pequeña práctica nos evita un conjunto de males y nos proporciona importantes recompensas. »

(Este escrito fue publicado en la revista Dharma de julio y octubre de 1913, arriba solo está traducida la mitad del artículo pero pueden leerlo en su totalidad en inglés aquí.)





12 comentarios:

  1. ¿Cid?

    1.que opinas de la ideología de genero.

    2.transexualismo, homosexualismo etc

    3. los homosexuales y transexuales etc. nacen o se hacen?

    por favor responde?

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    1. Lo detallo en este otro capítulo:

      http://esoterismo-guia.blogspot.com/2015/06/homosexualidad-explicada-por-esoterismo.html

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  2. CID por qué mucho magos negros no pagan el daño que hacen durante su vida?

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    1. http://esoterismo-guia.blogspot.com/2012/07/karma-guia-ensenanza-castigo-punicion.html

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  3. CID como hacen algunos místicos para cumplir deseos de algunas personas que van y se los piden?

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    1. Pero que poder oculto en particular osea como sospechas que es lo que hacen metodológicamente y como supones que se obtiene esa habilidad

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  4. Cid que complicado este artículo, se me hace muy complicado entenderlo. Ya que emplea bastante fantasía y palabras bonitas. Podrías resumirme algunas cosas que no comprendo?

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    1. Tampoco lo comprendí mucho pero como dice algunas cosas interesantes, decidí publicarlo.

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    2. Xd menos mal no me siento un extraño( bromeo)
      Gracias por tu sinceridad lo aprecio mucho, seguiré dando vueltas al artículo porque decía unas cosas que comprobé con el sexo y la verdad es que funciono. Pero en el caso del artículo es con el tabaco. El impulso y deseo de consumirlo pero dejando de lado una semana ese impulso empieza a desaparecer. Muchas gracias Cid!

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