En 1887 Blavatsky se encontraba viviendo en la ciudad costera Ostende situada en Bélgica donde ella estaba escribiendo su obra magna "La Doctrina Secreta", pero xxxxx su salud se deterioró tan dramáticamente que los doctores que la atendían consideraron que la muerte estaba próxima y era inevitable, pero súbitamente y de manera misteriosa Blavatsky se recuperó; y aquí les voy a recopilar los testimonios que he encontrado sobre ese acontecimiento:
TESTIMONIO DE WACHTMEISTER
La condesa Constance Wachtmeister cuidaba a Blavatsky y vivía con ella, y en sus Reminiscencias la condesa relató ese evento:
« Con gran angustia comencé a notar que H.P.B. se sentía soñolienta y amodorrada al promediar el día, y a menudo no le era posible trabajar por períodos enteros de una hora. Este estado se agravó rápidamente y el doctor que la atendía diagnosticó una afección de los riñones.
Yo me alarmé y envié un telegrama a la señora Gebhard comunicándole mi preocupación y rogándole que viniera a ayudarme. Sentí que la responsabilidad era muy grande para asumirla sola.
También traté de conseguir una enfermera para que me ayudara con el trabajo nocturno, pero sólo pude encontrar una hermana de la caridad y pronto descubrí que ella era peor que nada, pues cada vez que yo le volvía la espalda, ella se ponía frente a H.P.B. con un crucifijo en alto conjurándola a abrazar las enseñanzas de la única iglesia, antes de que fuera tarde.
Eso ponía a H.P.B. fuera de sí, por lo que despedí a esa enfermera, y no encontrando otra, contraté una cocinera, lo que dejó a Louise libre para prestar más atención a H.P.B. Sin embargo como Louise había enviado a buscar hacía unas pocas semanas a su hija que estaba en Suiza, encontré que su ayuda no era muy valiosa pues su hija ocupaba todos sus pensamientos.
Di pues gracias cuando recibí una cordial contestación a mi telegrama y supe que en unas horas más vería a la señora Gebhard, y cuando ella llegó sentí como si se hubiera levantado un gran peso de mis hombros.
Mientras tanto H.P.B. empeoraba y el médico belga, que era la bondad personificada, probó un remedio tras otro pero sin ningún resultado. Comencé a sentirme seriamente alarmada y ansiosa sobre qué medidas debería adoptar.
H.P.B. se hallaba en un estado de pesado letargo, ella parecía estar inconsciente por horas enteras y nada podía despertarla o interesarla. Finalmente tuve una brillante inspiración. Yo sabía que en el grupo londinense había un doctor Ashton Ellis, de forma que le envié un telegrama describiéndole el estado en que se encontraba H.P.B. y rogándole viniera sin dilación.
Esa noche me senté al lado del lecho de H.P.B. escuchando cada sonido y observando con ansiedad cómo transcurrían las horas tan largas para mí, cuando al fin a las tres de la mañana oí con alegría que llamaban a la puerta. Volé hacia ella, la abrí y el doctor entró en la habitación.
Ansiosa le describí vehementemente todos sus síntomas, detallando los remedios que se habían aplicado. Después de lo cual él se acercó a H.P.B. y le hizo tomar cierta medicina que había traído consigo. Luego, después de darme algunas instrucciones, se retiró a su habitación para tomarse unas horas de descanso. Le comuniqué a la señora Gebhard la llegada del doctor y finalmente retorné a mi puesto.
Al día siguiente tuvo lugar una consulta entre los dos médicos. El doctor belga dijo que nunca había conocido el caso de una persona que teniendo los riñones atacados como estaban los de H.P.B. estuviera viva tanto tiempo como ella lo estaba, y que él estaba convencido que nada podría hacer para salvarla. Él no tenía ninguna esperanza que H.P.B. pudiera reponerse.
Mientras que el doctor Ellis contestó que era excesivamente raro que una persona sobreviviera tanto tiempo en tal estado. Nos dijo además que antes de salir para Ostende él había consultado a un especialista que era de la misma opinión, y que le indicó que además de la medicina que se había prescrito debería también probar los masajes para estimular los órganos paralizados.
La señora Gebhard sugirió que como H.P.B. se encontraba tan cerca de la muerte debería hacer su testamento, pues si moría intestada en un país extranjero, entonces no tendrían fin la confusión y molestias respecto a sus bienes, pues en ese instante no tenía ningún pariente cerca.
Ella agregó que ya había consultado con H.P.B. quien le había dicho que estaba dispuesta a firmar su testamento, que deseaba dejarme todos sus bienes y que me daría instrucciones privadas acerca de la forma en que habría de disponer de ellos.
Más tarde H.P.B. me dijo qué es lo que tenía que hacer exactamente con sus bienes, los que por lo demás eran muy poca cosa, consistentes en su ropa, unos pocos libros, algunas joyas y unas pocas libras esterlinas. Pero también se creyó que era conveniente que se hiciera el testamento y que su firma debería ser presenciada por los dos doctores, el abogado y el cónsul americano.
Esa noche transcurrió sin novedad y al día siguiente el doctor Ellis la masajeó hasta que quedó rendido, pero ella no mejoró, y para horror mío comencé a sentir ese peculiar aunque tenue olor a muerte que a menudo precede a la disolución del cuerpo. No tenía casi ninguna esperanza de que pasara esa noche y mientras estaba sentada sola al lado de su lecho, ella abrió los ojos diciéndome lo contenta que estaba de morir, pues pensaba que el Maestro le permitiría, al fin, liberarse de su cuerpo físico.
Sin embargo sentía mucha ansiedad por su Doctrina Secreta. Me dijo que debería tener mucho cuidado con sus manuscritos y que entregara todo al coronel Olcott con instrucciones de que fueran impresos. Que había esperado poder dar más enseñanzas al mundo, pero que el Maestro sabía lo que era más conveniente.
Y así habló ella a intervalos, contándome muchas cosas. Finalmente cayó en un estado de inconsciencia y yo me pregunté cómo terminaría todo.
Me parecía imposible que ella muriera y dejara su trabajo inconcluso; además pensaba en la Sociedad Teosófica y me preguntaba qué sería de ella. ¿Cómo podría ser que el Maestro, que se encontraba a la cabeza de esa organización, pudiera permitir que se desplomara?
Verdad es que ello podría ser el resultado del Karma de los miembros quienes por su falsedad y debilidad de corazón, habían llevado a la Sociedad Teosófica hasta el punto en que ya no había en ella más vitalidad, y por eso debería extinguirse, sólo para ser revivificada en el curso del próximo siglo.
Pero por otra parte recordé que el Maestro le había dicho a H.P.B. que ella tendría que formar un círculo de estudiantes a su alrededor y que tendría que impartirles ciertas enseñanzas.
¿Pero cómo podría hacer todo eso si moría?
Abrí los ojos, saliendo de mi meditación, y al mirarla pensé que era imposible que a ella que se había esclavizado, sufrido y esforzado tanto, se le permitiera morir en medio de su trabajo inconcluso.
¿De qué utilidad sería todo ese sacrificio y la continuada agonía por la que había pasado si el trabajo de toda su existencia habría de quedar truncado?
Día a día ella había sufrido innumerables torturas en su mente y en su cuerpo. En su mente, debido a la falsedad y traición de aquellos que se habían llamado a sí mismos sus amigos pero que posteriormente la habían detractado, a sus espaldas, arrojándole piedras cuando, en su tonta ignorancia, pensaban que ella no sabría nunca qué mano las había arrojado.
Y sufrimientos en su cuerpo porque estaba obligada a permanecer en una forma corporal que se hubiera desintegrado dos años atrás, en Adyar, si no hubiera sido mantenida viva por medios ocultos cuando ella tomó la decisión suprema de vivir y trabajar por aquellos que todavía tenían que entrar en contacto con las enseñanzas e ingresar en la Sociedad Teosófica.
La verdad es que ninguno de quienes la conocieron la comprendió verdaderamente. Aun para mí que había vivido con ella tantos meses, ella era un enigma con sus extraños poderes, su maravilloso conocimiento, su perspicaz penetración de la íntima naturaleza humana, y su misteriosa vida pasada en regiones desconocidas para el mortal común.
De modo que, aunque su cuerpo podía estar cerca de los hombres, su alma se encontraba a menudo alejada, en comunión con otros seres.
Muchas veces he podido observar y he podido saber que sólo ese cascarón que es el cuerpo era el que estaba presente.
Tales eran los pensamientos que pasaban por mi mente mientras permanecía sentada hora tras hora durante esa ansiosa noche, vigilándola, y notando cómo iba debilitándose lentamente, poco a poco.
Una ola de negro desaliento se apoderó de todo mi ser al sentir cuán profunda y sinceramente amaba yo a esa noble mujer y me di cuenta qué vacua sería ahora mi vida sin ella. No tener más su afecto y su confianza sería la más severa prueba para mí. Toda mi alma se levantó en rebeldía ante el pensamiento de su próxima muerte. . .
Lancé un amargo grito y perdí todo contacto con el mundo externo, y luego caí dormida por el agotamiento.
Al día siguiente cuando abrí los ojos, la temprana luz de la mañana comenzaba a entrar en la habitación y un sentimiento de congoja se apoderó de mi corazón pensando que me había dormido y que posiblemente H.P.B. había muerto durante mi sueño.
¡Que ella había muerto mientras yo era infiel a mi deber de mantenerme en continuada vigilia!
Me voltee hacia el lecho horrorizada y allí vi a H.P.B. que me miraba con calma, con sus claros ojos grises, y ella me dijo:
- "Condesa, acérquese."
Yo volé hacia su lado y le pregunté:
- "¿Qué ha acontecido, H.P.B.? Usted tiene una apariencia distinta por completo de la de anoche."
Y ella me respondió:
- "Sí; el Maestro estuvo aquí. Él me dio a escoger entre morir y liberarme –si así lo quería– o vivir para poder terminar La Doctrina Secreta. Me dijo cuán grandes serían mis sufrimientos y qué terribles vicisitudes me esperaban en Inglaterra (pues he de ir allá), pero cuando yo pensé en aquellos estudiantes a quienes se me permitiría instruir, enseñar algunas pocas cosas, y cuando pensé en la Sociedad Teosófica en general, a la que ya he dado toda la sangre de mi corazón, acepté el sacrificio y ahora para que éste sea completo, tráigame un poco de café, algo para comer y alcánceme la caja que contiene mi tabaco."
Yo volé para atender su pedido y contarle a la señora Gebhard la buena nueva. La encontré ya vestida, pronta para reemplazarme después de mi noche de vigilia, y después de unas cuantas exclamaciones de alegría, ella insistió en que yo me acostara mientras ella atendía a Madame Blavatsky.
Me sentía tan excitada que creía que nunca me dormiría, pero tan pronto puse la cabeza sobre la almohada me sumergí en un profundo sueño y no me desperté hasta tarde en el día.
Cuando bajé, todo era alegría, H.P.B. estaba levantada y vestida, chanceándose con todos. El doctor Ellis la había masajeado de nuevo y le había dado su medicina, y todos estaban esperando la llegada del grupo que había de venir a presenciar la firma de su testamento.
H.P.B. estaba en el comedor pronta para recibirlos y ellos la miraron inmovilizados de asombro pues venían con rostros largos y serios, esperando ser introducidos a la presencia de una mujer moribunda.
El doctor estaba fuera de sí de asombro y sólo atinaba a decir:
- "¡Pero es increíble, ella debería de haber fallecido!”
No podía comprender la recuperación “milagrosa” que había tenido H.P.B. quien sentada en su sillón fumaba su cigarrillo tranquilamente, y le ofrecía uno comenzando a burlarse suavemente de él.
El abogado estaba todo confundido y se volteó hacia el médico belga buscando una explicación.
El médico se excusó repitiendo varias veces:
- "¡Pero ella debería de haber fallecido!”
A la vez que el cónsul americano, como hombre de mundo se adelantó, estrechó la mano de H.P.B. y le dijo que estaba encantado de que ella hubiera engañado a la muerte en esa ocasión, y una conversación animada y divertida tuvo lugar entre todos.
Entonces el abogado nos trajo a la realidad y comenzó la seria tarea de redactar el testamento. Se le pidió a H.P.B. que diera detalles referentes a su esposo, pero ella expresó de manera terminante que nada sabía del viejo señor Blavatsky y que probablemente había muerto hacía ya tiempo, y que ellos podían mejor ir a Rusia si querían saber algo de él; que ella les había solicitado sólo para hacer un testamento y nada más.
Que se suponía que iba a morirse, pero que ahora no pensaba hacerlo; y como estaban todos presentes sería era una lástima que se hubieran molestado por nada, de forma que sería mejor hacer el testamento proyectado y que ella pensaba dejarme todo a mí.
El abogado comenzó entonces a reconvenir: ¿No tenía ella parientes? ¿No sería más justo dejar su propiedad a ellos? Y luego me miró de soslayo como si pensara en ese momento que yo podría haber influido indebidamente a H.P.B. para que me legara su dinero en detrimento de sus parientes.
H.P.B. lo interrumpió con vehemencia preguntándole por qué se inmiscuía en cosas que no eran de su incumbencia y que ella dejaría su dinero a quien se le antojara.
La señora Gebhard temerosa de una escena, se interpuso y dijo suavemente al abogado:
- "Posiblemente cuando usted conozca la cantidad de dinero que posee Madame Blavatsky usted no presentará más objeciones para hacer el testamento como ella lo desea, pues si Madame Blavatsky hubiera muerto no hubiera habido suficiente dinero para pagar el gasto funerario."
El abogado no pudo reprimir una expresión de sorpresa, pero se puso a trabajar sin presentar más objeciones. En unos pocos minutos el testamento fue redactado y firmado por los presentes. Luego se sirvió café y se inició una conversación general.
Después de tres horas, el cónsul americano se levantó y dijo:
- "Bien, creo que esta es bastante fatiga para una mujer moribunda."
Y así, después de algunos cumplimientos de unos a otros, el pequeño grupo se despidió mientras que los que quedábamos gustamos de una alegre risa ante una de las más originales y divertidas escenas que jamás hubiéramos presenciado.
Pensamos entonces que H.P.B. debería irse a descansar a su lecho, pero ella se rebeló de la manera más enérgica y allí quedó sentada hasta horas de la noche jugando a su juego de naipes.
Debo agregar algo más referente a ese testamento y es que nunca más lo vi. Después de la muerte de H.P.B., en la residencia del Avenue Road, en Londres, el 8 de mayo de 1891, fui hasta Ostende y entrevisté al abogado que lo había redactado, quien me dijo que después de mi partida lo había entregado a H.P.B. y supongo que ella debe haberlo destruido, pues nunca fue encontrado entre sus papeles.
La excitación alrededor del restablecimiento de H.P.B. finalmente se calmó. El doctor Ellis retornó a Londres llevando consigo nuestra más sincera gratitud por su bondad al responder con tanta prontitud a mi telegrama, y por el cuidado y devoción que demostró a H.P.B. durante su estancia con nosotras. »
(Capítulo 10)
TESTIMONIO DE ARCHIVALD KEIGHTLEY
El Dr. Archibald Keightley en sus recuerdos mencionó que fue a visitar a Blavatsky poco antes de que ella cayera gravemente enferma:
« Los pocos días que pasé en Ostende —dos o tres— los dediqué principalmente a la lectura y a seguir la intención del libro que se volvería: La Doctrina Secreta.
En ese entonces era una serie de ensayos del máximo interés e información, pero según me pareció, no tenía un plan coherente, careciera de forma. Era un caos de posibilidades. Había que ordenarlo.
Los días fueron ajetreados. Me dieron el desayuno, pero la Sra. Blavatsky y la Condesa tomaron el café en sus habitaciones. Luego me puse a trabajar en el manuscrito, mientras la Sra. Blavatsky trabajaba en su habitación y permanecía invisible hasta bien entrada la tarde.
Ella salía de su habitación a cenar pero sus comidas eran la desesperación de la criada que las preparaba, pues seguido Madame Blavatsky tardaba en salir y la comida se enfriaba.
En la noche salió de su cuarto y luego vino a hablar sobre su propuesta de ir a Inglaterra, el trabajo que debía realizar allí, sobre la Doctrina Secreta y sobre temas generales.
Durante la mayor parte de la noche, mientras hablaba, jugaba con un juego de cartas a las "paciencias", hablando mientras organizaba sus cartas.
De las calumnias contra ella, ella dijo muy poco (singularmente me pareció poco dado lo que había oído y conocido de su carácter explosivo) y con una reserva y dignidad que me inspiraron respeto y admiración hacia ella.
En cuanto al objetivo de mi visita, era para que ella fuera a Inglaterra, pero no podía fijar una fecha.
En cuanto al informe de la SPR, era un número atrasado y todo parte del trabajo del día, aunque era evidente que había sentido profundamente la deserción de muchos que tenían las mejores razones para confiar en ella.
Así que regresé a Inglaterra y comenzamos a buscar lugares en donde ella pudiera residir.
Diez días después de mi regreso, nos sorprendió la noticia de que ella estaba gravemente enferma y que su recuperación era improbable, casi imposible. Con cada informe, la situación se agravaba.
Era domingo, y otro miembro de nuestro grupo que la había invitado, un médico, me acompañó a pedir consejo a un destacado especialista londinense.
Esa noche, nuestro amigo partió hacia Ostende, donde la situación pendía de un hilo durante unos días. Pero lo que parecía imposible ocurrió y regresó con la noticia de que la crisis había terminado.
Poco después, Madame Blavatsky anunció que podía venir a Inglaterra. »
(The Theosophical Quarterly, octubre de 1910, p.109-122)
En una carta que el Dr. Keightley le escribió a William Judge, él dio más detalles sobre ese suceso:
« Madame Blavatsky me recibió con la mayor amabilidad, aunque antes de esa ocasión yo era casi un desconocido para ella. Insistió en que trasladara mis cosas a su casa y me quedara con ella durante mi estancia en Ostende.
En ese momento ella ocupaba el primer piso de la casa, con una criada suiza a su servicio y la condesa Wachtmeister para hacerle compañía.
De inmediato conocí la Doctrina Secreta. Con la solicitud de leer, corregir y extirpar, privilegio del que naturalmente no me aproveché.
En ese momento Madame Blavatsky no se había atrevido a salir de sus habitaciones desde noviembre del año anterior, y nunca salía de su escritorio y dormitorio al comedor hasta que las ventanas estaban cerradas y la habitación bien calentada, debido a que varios ataques de inflamación renal le habían advertido que el más mínimo resfriado era peligroso para la finalización de su trabajo.
Al finalizar mi visita, regresé a Inglaterra con la renovada seguridad de su llegada el 1 de mayo de 1887 y con la promesa de regresar y ayudar a Madame Blavatsky en su viaje a Londres.
Apenas llevaba unas horas en Londres cuando uno de nuestros miembros, el Dr. Ashton Ellis, recibió un telegrama de la condesa Wachtmeister diciendo, según recuerdo su tenor, que Madame Blavatsky había sufrido otro ataque inflamatorio renal, que se encontraba en coma y que su vida corría grave peligro.
El Dr. Ellis fue a Ostende y la atendió. Me dijo que estaba sumamente sorprendido, al igual que quienes conocían su grave estado, de encontrarla recuperándose en pocos días.
Su estado era tan crítico que Blavatsky comenzó a organizar sus asuntos antes del ataque comatoso, quemando papeles y redactando un testamento para estar lista para el final.
Más tarde, ella misma me contó que su vida fue salvada por la intervención directa de su Maestro. Su resistencia se manifestó incluso en ese momento, pues en cuanto pudo levantarse de la cama, volvió a trabajar en la Doctrina Secreta. »
(Path, noviembre de 1892, p.245-248)
TESTIMONIO DE BERTRAM KEIGHTLEY
Bertram Keightley era tío de Archivald y también fue a visitar a Blavatsky, y sobre este asunto él escribió lo siguiente:
« Durante los pocos días que pasé en Ostende con Blavatsky, ella me pidió que revisara partes del manuscrito de su nueva obra, lo cual gustosamente consentí a hacer, y después de haber leído un poco, se hizo evidente que La Doctrina Secreta estaba destinada a ser por mucho, la contribución más importante de este siglo en lo que concierne a la literatura del Ocultismo; aunque incluso entonces el carácter ineludible y fragmentario de gran parte del trabajo me llevó a pensar que se necesitaría una revisión cuidadosa y una gran reorganización antes de que el manuscrito fuera apto para su publicación.
En una segunda visita que volví a hacer una o dos semanas después, esta impresión se confirmó mediante un examen más detallado del manuscrito, pero como Blavatsky luego aceptó venir a instalarse a Inglaterra tan pronto como se pudieran hacer los arreglos para su recepción, no se hizo nada más con respecto a ese manuscrito en ese momento.
Pero poco después de mi regreso a Inglaterra nos enteramos de que Blavatsky había caído gravemente enferma, y de hecho los doctores que la atendían consideraban que su vida ya estaba acabada, pero como de costumbre una vez más ella decepcionó a las profecías hechas por los médicos y se recuperó con una rapidez tan impresionante que poco después pudimos hacer los arreglos para que ella viniera a Inglaterra, y más precisamente a Upper Norwood en donde una casa de campo llamada Maycot había sido acondicionada para ser su residencia temporal. »
(Reminiscencias, p.89-95)
OBSERVACIONES
Blavatsky fue la única que atestiguó que el maestro Morya fue a verla y la curó, pero yo pienso que si ha de ser cierto porque he investigado mucho a Blavatsky y he concluido que muy probablemente ella si fue la mensajera de los Maestros transhimaláyicos; y contrario a lo que aseveran sus detractores, ella era una persona muy honesta.
Además el Dr. Ashton Ellis no hubiera efectuado ese viaje de Inglaterra a Bélgica si la situación no hubiera sido realmente muy grave.
Y la repentina y milagrosa recuperación de Blavatsky indica que lo más probable es que el maestro Morya si la haya curado.
Y esta conclusión se acentúa por la estupefacción en la que se encontraron los médicos de Londres quienes al examinar a Blavatsky no podían comprender como ella podía seguir con vida estando en una situación de salud tan mala.
El testimonio del Coronel Olcott
En la revista The Theosophist apareció el siguiente texto:
« El Presidente Olcott cuando fue a visitarla encontró que Madame Blavatsky no disfruta de buena salud, pero que ella trabaja con una energía desesperada y tenaz. Un capacitado médico le dijo que el hecho de encontrarse ella viva era en sí mismo un milagro, juzgado desde el punto de vista de todos los cánones profesionales.
Todo su organismo está tan desorganizado por una complicación de enfermedades de la índole más grave, que es simplemente asombroso el hecho de que ella pueda mantener esa lucha sin perecer, ya que otra persona hubiera sucumbido desde hace tiempo.
El examen microscópico revela grandes cristales de ácido úrico en su sangre y los médicos dicen que es más que probable que si pasara un mes caluroso en la India la mataría. Sin embargo no sólo vive sino que trabaja en su escritorio desde la mañana hasta la noche, preparando material para ser impreso y leyendo las pruebas de imprenta de La Doctrina Secreta. »
(Suplemento, octubre de 1888)
El testimonio de William Judge
En una entrevista que le hicieron a William Judge en enero de 1889 en los Estados Unidos, cuando acababa de regresar de Europa y visitar a Blavatsky, él mencionó algo similar:
« Desde hace casi tres años Madame Blavatsky vive al borde de la muerte y desafiando a los principales médicos de Londres que la abandonaron hace mucho tiempo por considerarla incurable de una enfermedad renal mortal que podía matarla en cualquier momento.
Pero a pesar de eso ella nunca parece cansada, sino que es la líder animada de la conversación, hablando con igual facilidad en inglés, francés, italiano y ruso, o pasando al sánscrito y al indonesio según lo requiera la ocasión.
Sin embargo como dije, ella ha sido condenada a muerte durante tres años, pero no se tiene miedo de que muera antes de que su misión haya sido cumplida. »
(New York Times, 6 de enero de 1889, p.10)
Aquí hay que destacar que Morya salvó a Blavatsky pero muchas veces esa parte de la historia queda en un rincón olvidado. Suena como un detalle secundario, casi como si fuera una anécdota de entre tantas que rodean su vida, pero en realidad fue un momento decisivo. Si Blavatsky se sostenía contra viento y marea, no era solo por sus propias fuerzas; había una mano firme que, en los instantes más difíciles, la empujaba hacia adelante.
ResponderBorrarLo interesante es que ese apoyo no siempre fue entendido por todos los que la rodeaban. Olcott quizás no lo había entendido bien, o al menos no en su profundidad. Para él, podía parecer un gesto de lealtad o un salvataje oportuno, pero lo que estaba en juego era algo mucho más grande: la continuidad de un impulso espiritual que estaba naciendo y que necesitaba sobrevivir a los ataques y las dudas de la época.
En retrospectiva, este episodio nos recuerda que los grandes movimientos o corrientes de pensamiento no se sostienen solo con libros y discursos, sino también con decisiones y gestos concretos que, desde afuera, parecen casi invisibles. Ese “rescate” fue en realidad un símbolo de cómo las fuerzas invisibles protegen lo que aún debe germinar. Sin ese acto puntual, es muy probable que la historia hubiera seguido un rumbo completamente distinto.
Lo veo como una de esas escenas que parecen pequeñas pero que, cuando se miran con perspectiva, revelan una magnitud enorme. Es un recordatorio de que incluso los buscadores más fuertes y visionarios necesitan, en ciertos momentos, un sostén que les reafirme el camino. Y en ese sentido, el gesto de Morya fue mucho más que salvar a Blavatsky: fue salvar una misión.