RECUERDOS DE BLAVATSKY POR GEORGE MEAD

 


George Robert Stow Mead fue el último secretario que Blavatsky tuvo, y cuando ella falleció en 1891, él escribió el siguiente texto como un homenaje póstumo hacia ella.



LOS ÚLTIMOS DOS AÑOS

Anteriormente, durante mis vacaciones, me había alojado en el número 17 de Lansdowne Road [la casa donde se hospedaba Blavatsky]; pero no fue hasta principios de agosto de 1889 cuando comencé a trabajar de forma permanente con H.P.B.

Por aquel entonces, ella se encontraba en Jersey, y los textos y las pruebas de imprenta de la revista "Lucifer" iban y venían constantemente, acompañados por un sinfín de notas y telegramas muy propios de su estilo.

Apenas tuve tiempo de reseñar dos libros antes de recibir un telegrama urgente de H.P.B., tras lo cual partí hacia Jersey. ¡Qué cálida bienvenida me brindó en el porche de aquella casa cubierta de madreselvas, y cuánto se desvivió para que todo resultara cómodo para el recién llegado!


Siempre me ha sorprendido que las principales acusaciones y calumnias vertidas contra H.P.B. hayan sido las de fraude y ocultación; solo puedo explicarlo por el hecho de que quienes formulan tales acusaciones —a excepción de la mujer apellidada Coulomb— jamás llegaron a conocer a H.P.B.

Según mi experiencia, ella siempre pecaba de confiar demasiado en los demás y era sumamente franca. Por ejemplo, nada más llegar, me dio acceso a todos sus documentos y me puso a trabajar en una pila de correspondencia que de otro modo, habría permanecido sin respuesta hasta el fin de los tiempos; pues si algo detestaba H.P.B., era responder cartas.

Así fue como me inicié en los entresijos de la revista "Lucifer", y pronto me vi desbordado transmitiendo instrucciones, modificaciones y contraórdenes a Bertram Keightley, quien por aquel entonces ejercía como subdirector. Y es que, en aquellos días, H.P.B. no permitía que ni una sola palabra apareciera en "Lucifer" sin haberla revisado una y otra vez; de hecho, seguía añadiendo contenido o recortando las pruebas de imprenta hasta el último momento.


Un día, poco después de mi llegada, H.P.B. entró inesperadamente en mi habitación, me entregó un manuscrito y me dijo: «Lee esto, amigo, y dime qué te parece». Era el manuscrito de la tercera parte del libro "La Voz del Silencio"; mientras yo leía, ella permanecía sentada fumando sus cigarrillos y golpeando el suelo con el pie, como solía hacer a menudo.

Seguí leyendo, olvidándome de su presencia ante la belleza y la sublimidad del tema, hasta que ella interrumpió mi silencio preguntando: «¿Y bien?».

Le dije que era lo más grandioso de toda nuestra literatura teosófica e intenté —algo poco habitual en mí— expresar con palabras parte del entusiasmo que sentía. Pero aun así H.P.B. no estaba satisfecha con su trabajo; temía profundamente no haber hecho justicia al original en su traducción y apenas lograba convencerse de que el resultado era bueno.

Este era uno de sus rasgos más característicos: nunca se sentía segura de su propia labor literaria y escuchaba con buen ánimo cualquier crítica, incluso la proveniente de personas que habrían debido guardar silencio. Curiosamente, sentía una gran inseguridad respecto a sus mejores artículos y obras, mientras que por el contrario, se mostraba muy segura de sus escritos polémicos.


Cuando regresamos a Lansdowne Road, se produjo uno de esos cambios tan habituales para quienes trabajaron con H.P.B.: tanto el Dr. Archibald Keightley como Bertram Keightley partieron al extranjero —el primero, para realizar un viaje alrededor del mundo; el segundo, para dar conferencias en Estados Unidos—. De este modo, sus responsabilidades recayeron en gran medida sobre mí, y por pura necesidad comencé a pasar mucho más tiempo a solas con H.P.B. mientras trabajaba.

Veamos si puedo ofrecer una idea de cómo se llevaba a cabo el trabajo. Para empezar, estaba la revista "Lucifer", publicación de la que ella era entonces la única editora. H.P.B. nunca leía un manuscrito; necesitaba verlo ya en pruebas y por lo general se limitaba a hacer una "estimación" de su contenido.

Lo que sí le preocupaba especialmente era la extensión del texto: solía contar laboriosamente el número de palabras de cada artículo y nunca se convencía de la exactitud de mi recuento cuando, a mi vez, yo hacía una "estimación" de su longitud.

Si yo sugería que el mío era el método más rápido, ella aprovechaba para decirme algunas verdades incómodas sobre la educación en Oxford y Cambridge; a menudo pensaba que ella seguía empleando sus métodos rudimentarios de cálculo aritmético a propósito, para curarme de mi impaciencia y de mi confianza en mi propia superioridad.

Otra tarea importante era la organización de los diversos artículos. Por aquel entonces, ella jamás permitía que nadie más se ocupara de eso, y medirlo todo resultaba una labor tediosa.

El proceso de publicación de "Lucifer" siempre se desarrollaba a toda prisa, ya que ella solía escribir su editorial a última hora; y fiel a su costumbre, consideraba que si algo no salía a tiempo, la culpa era —si es que alguien tenía la culpa— de los impresores.

Pero todo esto cambió pronto cuando Annie Besant se convirtió en coeditora y H.P.B. comprendió que no era necesario que ella lo hiciera todo por sí misma.


Luego estaba la correspondencia —abundante, no cabe duda—, que llegaba de todas partes del mundo y de toda clase y condición de personas, tanto hombres como mujeres.

H.P.B. era muy lacónica —a veces, incluso epigramática— al dar instrucciones sobre cómo responder a estas cartas; con el tiempo, se volvió aún más reservada, de modo que a menudo tenía que arriesgarme a provocar su descontento al insistir para obtener una respuesta, o al intentar convencerla de que ella misma contestara alguna carta de gran importancia.

Resultaba relativamente sencillo poner a buen recaudo la correspondencia matutina, pero las cartas que llegaban en envíos posteriores planteaban una dificultad pues H.P.B. prohibía terminantemente el acceso a su habitación, y para compensarlo, solía guardar con esmero las cartas importantes en escondites, con el fin de entregármelas más tarde, mientras dejaba que el resto corriera su propia suerte.

Eso no era un buen sistema ya que por lo general ella misma olvidaba dónde las había escondido. A menudo me resultaba imposible recuperar esas cartas extraviadas de entre sus manuscritos, pues no permitía que nadie tocara el trabajo en el que ella estaba inmersa en ese momento; así pues, quedaban allí olvidadas, a la espera de ser respondidas cuando, mucho tiempo después, finalmente salieran a la luz.

Con el tiempo, no obstante, dimos con métodos más eficaces, y últimamente ya no he tenido que jugar tanto al escondite.


La primera hora de la mañana, tras el desayuno, durante aquellos dos años, permanece en mi memoria como un recuerdo grato. Todo era tan poco convencional. Yo solía ​​sentarme en el brazo de su gran sillón y obedientemente fumaba el cigarrillo que ella me ofrecía, mientras ella abría la correspondencia, me indicaba qué tareas debían realizarse y firmaba diplomas y certificados —esto último bajo una gran presión pues ella detestaba esa clase de labor mecánica—.

Era una experiencia estimulante y a la vez instructiva, ya que en nuestra vasta Sociedad Teosófica surgían constantemente crisis de mayor o menor gravedad. Ella debía resolver las numerosas disputas y hacer frente a los constantes ataques. Fue así como aprendí mucho sobre la naturaleza humana y el funcionamiento interno de la Sociedad Teosófica, comprendiendo hasta qué punto su propia vida dependía de ella.

Fui testigo en repetidas ocasiones de su generosidad desbordante; a menudo, por encargo suyo, hice llegar obsequios a teósofos necesitados o destiné fondos a fines teosóficos —siempre bajo la estricta promesa de guardar secreto—, a pesar de que con ello, ella misma se quedaba con frecuencia sin un céntimo.


Aunque H.P.B. Me dejó gran parte de su correspondencia; sin embargo, esto no estaba exento de una estricta supervisión, pues a veces solicitaba de improviso una respuesta que aún no había sido enviada, o la copia de una carta antigua, sin previo aviso.

Si encontraba algún error, la reprimenda que recibía no contribuía precisamente a aliviar mi malestar. Había algo en lo que ella insistía constantemente: desarrollar el sentido de la «adecuación de las cosas».

Ella era implacable si se quebrantaba esta ley de armonía; no dejaba margen alguno para eludir la responsabilidad ni aceptaba excusas. Hacía valer su abrumadora capacidad de razonamiento y sus vastos conocimientos —que a pesar de expresarse a veces de forma aparentemente inconexa, siempre daban en el blanco—, aunque un instante después volvía a ser la amiga cariñosa, el hermano mayor —o incluso, cabría decir, la camarada—, tal como solo ella sabía serlo.


Para mí, una de las pruebas más contundentes de los dones y capacidades extraordinarios de H.P.B. —si es que hacía falta alguna prueba, dada la manifiesta sinceridad de la obra de su vida— era la manera en que redactaba sus artículos y libros.

Yo conocía cada uno de los volúmenes que ella guardaba en su pequeña biblioteca; no obstante, día tras día, ella producía grandes cantidades de manuscritos repletos de citas que por lo general, eran exactas.

Recuerdo casi el último día que se sentó en su escritorio, yo entré en su habitación para consultarle sobre dos términos griegos que aparecían en una cita, señalándole que eran incorrectos.

Si bien es cierto que en su juventud H.P.B. hablaba griego moderno y había aprendido griego antiguo gracias a su abuela, hacía mucho tiempo que lo había olvidado, al menos en lo que respecta a la precisión académica; corregir aquellos términos requería por tanto un conocimiento riguroso.

"¿De dónde has sacado esto, H.P.B.?", le pregunté.

"La verdad es que no lo sé, querido", respondió de un modo algo desalentador, "¡Lo vi!". Y añadió que estaba segura de estar en lo cierto, pues recordaba perfectamente el momento en que escribió aquel pasaje en particular.

Sin embargo la convencí de que había habido un error y finalmente ella dijo: "Bueno, ya sé que eres un gran erudito en griego, pero no vas a estar siempre dándome lecciones. Intentaré ver si puedo encontrarlo de nuevo; ahora, ¡fuera!".

Con esto quería decir que deseaba continuar con su trabajo o en cualquier caso, que ya se había cansado de mi presencia. Unos dos minutos después, me llamó de nuevo y me entregó un trozo de papel en el que había escrito las dos palabras correctamente, añadiendo: "Bueno, supongo que después de esto serás un erudito aún mayor que antes".

Lo anterior es solo un ejemplo entre muchos; no obstante, no tiene mucho sentido relatarlos, pues carecen de significado para cualquiera que no haya sido testigo presencial. El público, por su parte, se siente plenamente satisfecho con su propia infalibilidad de juicio y prefiere seguir siendo miope.


Por las noches, a H.P.B. le gustaba reunir a los miembros de la casa a su alrededor, e insistía —haciendo todo lo posible— en que dejáramos el trabajo durante un par de horas. Ella misma solía jugar a su eterno solitario, que muy de vez en cuando alternaba con una partida de 'dummy whist' [un juego de cartas].

Muchos se han preguntado por qué H.P.B. siempre «echaba las cartas» por la noche; quienes hemos aprendido, por experiencia, que H.P.B. no hacía nada sin una razón, dedujimos lógicamente que también había un propósito tras las cartas. Aquellas veladas eran el momento para las anécdotas, para recibir indicaciones sobre ocultismo y para obtener una infinidad de información útil.

Sin embargo, no seguía ningún orden establecido, y nadie podía dar por sentado que llegaría a escuchar, o bien obtener respuesta a una pregunta. Debíamos aguardar la oportunidad y nunca lamentamos la espera cuando esta finalmente llegaba.

Cuando nos trasladamos a nuestra sede actual, muchas cosas cambiaron. Al mirar atrás, parece casi como si H.P.B. hubiera estado preparando el terreno para dejarnos en cualquier momento; aunque, aparentemente, se estaban realizando preparativos en los que ella misma —y su continua permanencia entre nosotros— constituían los factores principales.

Desde que se marchó a Brighton, a principios del año pasado, sufrió terriblemente en su cuerpo físico, viéndose incapacitada para trabajar como solía hacerlo. Sin embargo siempre mantuvimos la esperanza de que recuperaría, al menos, su estado de salud habitual.

En Lansdowne Road, siempre recibía con agrado a las visitas que acudían a verla casi todas las noches. Pero en Avenue Road ella comenzó a aislarse cada vez más; a menudo, ni siquiera recibía a los miembros de la casa durante la velada, a menos que ella misma los mandara llamar expresamente.

Por otra parte, últimamente se mostraba inusualmente callada, dejando ver muy rara vez esa gran energía que constituía su rasgo más característico. Aun así su voluntad indomable permanecía intacta, a pesar de que su cuerpo estaba agotado; ella seguía trabajando en su escritorio incluso cuando debería haber estado en la cama.

La misma noche anterior a su fallecimiento, ella insistió en entrar a su despacho para jugar a las cartas. Fue, en verdad, un último y supremo esfuerzo de voluntad, pues se encontraba tan débil que apenas podía hablar o sostener la cabeza. Y así la gripe se cobró a su víctima más ilustre. Tal es, al menos, la opinión de quien considera su mayor honor haber sido el último de los secretarios privados de H.P.B.

(Lucifer, junio de 1891, págs. 295-299; En Memoria de HPB, págs. 31-35)








RECUERDOS DE BLAVATSKY POR HERBERT BURROWS


Herbert Burrows fue uno de los alumnos de Blavatsky en Londres, y cuando ella falleció en 1891, él escribió el siguiente texto como un homenaje póstumo hacia ella; añadí subtítulos en verde.



LO QUE ELLA ES PARA MÍ

Hace dos años, Annie Besant y yo vimos a H.P.B. por primera vez; y hace apenas unos días, estuve junto a su ataúd —cubierto de lirios— contemplando por última vez la personalidad de aquella mujer maravillosa que había revolucionado la vida de mi colega y la mía propia. Dos años es poco tiempo, según la medida humana, pero estos dos años han estado tan colmados de vida interior que el pasado parece haber quedado a una distancia de siglos.

Si es cierto que la vida debe medirse por etapas del espíritu, entonces mi existencia —desde el día en que estreché por primera vez la mano de H.P.B. hasta el momento en que, majestuosa en su sueño de muerte, ayudé a rodear su cuerpo con palmas traídas de aquel lejano Oriente que ella tanto amaba— resultó ser, para mí, más rica, más plena y más extensa que toda una generación de agitación externa, la cual tiene su breve instante y luego desaparece.



Su primer encuentro con Blavatsky

Acudí a ella siendo materialista y me marché convertido en teósofo; entre ambos estados existe un abismo insondable, pero ella tendió un puente sobre él. Fue mi madre espiritual; jamás un hijo tuvo una guía más cariñosa, paciente y tierna.

Ocurrió en los viejos tiempos de Lansdowne Road. Yo estaba acosado por problemas vitales y mentales que nuestro materialismo no lograba resolver —habitando, en el plano intelectual, lo que hoy consideramos las costas inhóspitas del agnosticismo—.

Annie Besant y yo anhelábamos, más que nunca, algo de luz. Habíamos leído el libro "El Mundo Oculto" de Alfred Sinnett, y tiempo atrás habíamos oído hablar —¡quién no lo había hecho!— de aquella mujer singular cuya vida parecía contradecir nuestras teorías más preciadas.

Sin embargo, por aquel entonces, la filosofía expuesta en el libro no era para nosotros más que una serie de afirmaciones, y la vida de aquella mujer, una trayectoria que no teníamos forma de examinar.

Escépticos, críticos y acostumbrados —tras largos años de controversia pública— a exigir pruebas científicas rigurosas para todo aquello que escapaba a nuestra experiencia, la Teosofía se nos antojaba un territorio desconocido, y a decir verdad, imposible.

Y sin embargo resultaba fascinante, pues prometía mucho, y a medida que hablábamos y leíamos, la fascinación iba en aumento. Con ella crecía también el deseo de saber; así pues, en una velada que jamás olvidaré —llevando como salvoconducto una carta de presentación del Sr. W.T. Stead, por aquel entonces editor del periódico "Pall Mall Gazette"—, nos encontramos cara a cara, en el salón del número 17 de Lansdowne Road, con la mujer a quien más tarde llegaríamos a conocer y a amar como la persona más extraordinaria de su época.

No era yo tan insensato como para buscar milagros; no esperaba ver a Madame Blavatsky levitando, ni ansiaba que aparecieran tazas de té materializadas de la nada. Lo que sí deseaba era oír hablar de la Teosofía, aunque a decir verdad, no escuché gran cosa al respecto.

La mujer a quien habíamos ido a visitar era una señora corpulenta y de movimientos pesados ​​que mientras jugaba al solitario —un juego de cartas ruso—, mantenía una conversación ininterrumpida sobre casi cualquier tema, salvo aquel que en ese preciso instante ocupaba nuestra mente.

No hubo intento alguno de proselitismo, ni de manipularnos (¡nadie nos hipnotizó!), pero durante todo el encuentro, sus maravillosos ojos destellaban luz. A pesar de una debilidad física que ya entonces resultaba dolorosamente evidente, se percibía en ella una reserva de poder que daba la impresión de que no estábamos ante la verdadera mujer, sino solo ante la faceta externa de alguien que había sufrido mucho y que poseía un profundo conocimiento.

Me esforcé por mantener una mente abierta e imparcial, y creo que lo logré. Tenía un deseo sincero de aprender, pero también me mantuve crítico, atento a cualquier mínimo intento de engaño.

Cuando más adelante descubrí la extraordinaria perspicacia de H.P.B., no me sorprendió saber que había evaluado con total precisión y acierto mi actitud mental durante aquella primera visita; una actitud que por cierto, ella nunca llegó a desalentar.

¡Si tan solo supieran, aquellos que hablan con tanta ligereza sobre su supuesta capacidad para «hipnotizar» a la gente, con qué insistencia nos recordaba ella el deber ineludible de someterlo todo a examen y de conservar únicamente aquello que es bueno!




Herbert se vuelve alumno de Blavatsky y describe a su maestra

Ir una vez significaba volver, y así fue como tras unas cuantas visitas, empecé a ver la luz. Pude vislumbrar una moral elevada, un celo abnegado, una filosofía de vida coherente y una ciencia clara y definida sobre el ser humano y su relación con un universo espiritual. Fueron estos aspectos los que me atrajeron —no los fenómenos, pues no presencié ninguno—.

Por primera vez en mi trayectoria intelectual, había encontrado a una maestra capaz de recoger los hilos sueltos de mi pensamiento y entrelazarlos de manera satisfactoria; su destreza infalible, su vasto conocimiento y su paciente cariño fueron ganándose mi admiración a cada hora que pasaba.

Pronto comprendí que aquella persona, a quien algunos tachaban de charlatana y embaucadora, era en realidad un alma noble que dedicaba cada día a una labor desinteresada; su vida entera era tan pura y sencilla como la de un niño, y jamás reparaba en el dolor o el esfuerzo si estos servían para promover la gran causa a la que había consagrado todas sus energías.

Si bien era transparente como la luz del día en muchos aspectos —la encarnación misma de la bondad—, también sabía guardar un silencio absoluto cuando la situación lo requería, y se volvía el rigor personificado ante el menor indicio de deslealtad hacia la obra que constituía su propia vida.

Profundamente agradecida por cada gesto de afecto, pero totalmente indiferente a todo lo que a ella misma concernía, logró estrechar nuestros vínculos con ella; no solo como una sabia maestra, sino también como una amiga cariñosa.

En una ocasión, me encontraba agotado tras un largo periodo de tensión física y mental; los engranajes de mi vida giraban con tanta pesadez que estuvieron a punto de detenerse por completo. Y durante todo ese tiempo, su solicitud fue incansable; incluso tuvo un gesto —demasiado personal para mencionarlo aquí— que probablemente solo a una persona entre un millón se le habría ocurrido tener.

¿Era perfecta? No. ¿Tenía defectos? Sí. De hecho, lo que más habría detestado sería que se elogiara su personalidad de manera indiscriminada. Pero si digo que a veces era impetuosa como un torbellino —un auténtico ciclón cuando realmente se enfurecía— entonces ya ​​lo he dicho casi todo. A menudo he pensado que, muy posiblemente, algunos de estos arrebatos eran fingidos, con un propósito concreto. Últimamente, habían desaparecido casi por completo.

Sus detractores decían a veces que era brusca y maleducada. Pero quienes la conocíamos, sabíamos que jamás ha existido una mujer más alejada de las convenciones —en el sentido más profundo de la palabra—. Su absoluta indiferencia hacia las formas externas era genuina, pues nacía de su conocimiento espiritual interno sobre las verdades del universo.

Cuando yo estaba a su lado y llegaban desconocidos —que venían de todos los rincones del planeta— observaba con gran regocijo su asombro al encontrarse con una mujer que siempre decía lo que pensaba.

Si se encontraba ante un príncipe, probablemente lo escandalizaría; si se encontraba ante un hombre pobre, este recibiría su último chelín y sus palabras más amables.

Soy plenamente consciente de lo insuficiente que resulta todo esto. De la verdadera H.P.B. solo lográbamos vislumbres ocasionales; por tanto, inevitablemente nos vemos remitidos a esa faceta humana de su vida, que es la que más resuena con nuestra propia humanidad. No es este el momento de hablar de su vasto y profundo conocimiento; y, aunque lo fuera, ¿cómo podría alguien llegar a expresarlo?

Solo nos llegaban sus ondas, pero bastarían para formar un océano entero. Probablemente nunca lleguemos a conocer todas las razones y los motivos de su reciente encarnación.


En 1889, Annie Besant y yo estuvimos con ella en Francia, en el bosque de Fontainebleau; allí, revisó con nosotros parte del manuscrito de "La Voz del Silencio". Al recordar aquel tiempo, evoco que los pasajes en los que ella resultaba más impresionante eran aquellos que describen el arduo ascenso del alma peregrina.

En el ejemplar del libro que me regaló —y que nunca se apartará de mi lado—, escribió: « Para Herbert Burrows, mi viejo amigo de otra encarnación —una mejor—, de parte de su siempre cariñosa H.P.B. ».

Quizás en esas palabras resida parte de la clave de la vida que conocimos.

Sea como fuere, la verdadera clave para nosotros se halla en el ejemplo de su abnegada devoción a su labor. Esta es la nota que resonó en los corazones de la multitud, sumida en el silencio, que hace apenas un día se reunió por última vez en torno al cuerpo de su querida maestra.

Ese cuerpo ha desaparecido de nuestra vista, pero la obra permanece. Ningún gran pensamiento puede morir jamás; ningún gran esfuerzo en favor de la humanidad puede cesar; mas tanto el pensamiento como el esfuerzo pueden verse impulsados ​​mediante un servicio fiel a la humanidad.

Hoy, más que nunca, ese servicio resulta necesario; y quienes sepan interpretar correctamente la lección que nos brinda la vida de H.P.B. se entregarán a tal labor sin reservas ni reticencias, incluso, de ser preciso, hasta el amargo final.

(Lucifer, junio de 1891, págs. 299-302; En Memoria de HPB, págs. 35-38)









RECUERDOS DE BLAVATSKY POR WALTER OLD


Walter Richard Old fue uno de los discípulos de Blavatsky que formó parte de su círculo interno, y cuando ella falleció en 1891, él escribió el siguiente texto como un homenaje póstumo hacia ella; añadí subtítulos en verde.



MAESTRA Y AMIGA

Su primer encuentro con Blavatsky

Mi primer contacto con Madame Blavatsky )H.P.B.)se produjo a través de correspondencia sobre el tema del ocultismo occidental, durante el año 1887.

A menudo había deseado conocerla, y me había planteado una forma de satisfacer ese deseo sin invadir, en modo alguno, la leve relación que mantenía con la célebre autora [Blavatsky] de "Isis Develada".

Pasaron algunos meses y por razones en las que mi carácter retraído encontraba cierto consuelo, aún no había visto a Madame Blavatsky. Mantenía correspondencia diaria con miembros de la Sociedad Teosófica y con otras personas interesadas en los temas específicos que esta investigaba; y día tras día, el hecho de no haber conocido a la principal impulsora del renacimiento ocultista del siglo XIX se convertía, cada vez más, en una fuente de inquietud para mí.

De forma totalmente inesperada —y para mi inmensa satisfacción— la situación se resolvió por sí sola. Recibí una carta de un amigo en Londres comunicándome que había organizado un encuentro en su casa con algunos amigos para debatir ciertos problemas que a todos nos interesaban; me propuso que viajara a la ciudad esa misma tarde, pues al día siguiente me llevaría a conocer a H.P.B.

Fui —no para ver a mis amigos ni para debatir problemas— sino con el único propósito y la única intención de conocer a H.P.B.

Aquella noche, pareció que el tiempo se detenía, como si quisiera burlarse de mi impaciencia. Por fin, sin embargo, amaneció un hermoso día de verano, y hacia el mediodía me encontré con mi amigo en la casa de Notting Hill, desde la cual según me explicó, emanaba toda la vida de la Sociedad Teosófica.

Al entrar, nos condujeron al salón —o al menos supuse que así se llamaba, aunque jamás he visto, ni espero ver otra estancia semejante—. No, me equivocaba; pues, apenas unos segundos después, respondiendo a un saludo familiar de mi amigo, apareció H.P.B.

Ella se levantó de su escritorio —donde había permanecido oculta a la vista tras un sillón inusualmente grande— y se acercó para recibirnos.

Sus ojos, los más grandes y de un azul más intenso que jamás haya visto, se abrieron de par en par al tomar mi mano para darme la bienvenida. Toda la inquietud que en secreto, había anticipado sentir, se disipó con sus primeras palabras. Desde el primer instante, me sentí como en casa y a gusto junto a H.P.B.

"No, no quiero que me llamen 'Madame', ni siquiera tú, que te considero un gran amigo; no se mencionó nada de eso cuando fui bautizada. Si te parece bien, llámame simplemente H.P.B. Siéntate ahí. Fumas, ¿verdad? Te prepararé un cigarrillo. Y tú, E., pedazo de atolondrado —dijo dirigiéndose a mi amigo—, si logras encontrar mi caja de tabaco por ahí, ¡hasta seré capaz de tomarte por un caballero!"

Luego, entre risas tan alegres y espontáneas como las de un niño, ella me explicó que ella y E. eran «viejos amigos» y que le tenía mucho aprecio, aunque a menudo él «se aprovechaba de su avanzada edad y de su inocencia».

Tras un breve intercambio de bromas, apareció el tabaco y H.P.B. preparó cigarrillos para cada uno de nosotros. Después, la conversación se tornó más seria: H.P.B. me preguntó por mis estudios de teosofía y ocultismo occidental, y me habló del éxito del movimiento teosófico; mencionó lo que decía la gente, lo que publicaban los periódicos —mucho más, por cierto—, y señaló que todos estaban equivocados porque no comprendían nada, habían olvidado sus libros de historia y eran incapaces de ver hacia dónde se dirigía el movimiento.

Luego me pidió que le hablara de mí, me dio algunos consejos prácticos, y poco después me despedí de la persona más fascinante que jamás había conocido.

Tales fueron las circunstancias que dieron lugar a mi encuentro personal con mi querida y venerada maestra y amiga. Quedé gratamente impresionado por todo lo que vi y escuché durante mi breve visita al hogar de los teósofos; y de H.P.B. misma, el recuerdo que conservo con mayor viveza es el de su extraordinaria amabilidad, su franqueza valiente, su notable vivacidad, y sobre todo el entusiasmo con el que hablaba de la labor que tenía por delante la Sociedad Teosófica.




Walter se va a vivir con Blavatsky

Cuando, muchos meses después, se me propuso ir a vivir a la sede central en Londres —que por aquel entonces se encontraba en Lansdowne Road— acepté con enorme alegría; de hecho habría ido a cualquier parte con tal de estar más cerca de la influencia pura y poderosa que emanaba del ejemplo y las enseñanzas de H.P.B.

La impresión que me formé inicialmente sobre su carácter permaneció inalterable a lo largo de todo el tiempo que mantuve una relación cercana con ella, hasta el momento de su fallecimiento.

Ante cualquier dificultad, ya fuera en mis estudios o en mi trabajo, siempre encontré en ella una consejera sabia y una guía firme. En la enfermedad o en la aflicción, siempre se mostró amable, dulce, servicial y reconfortante; en resumen, nadie ha ocupado un lugar tan importante en mi vida —en su doble faceta de amiga y maestra— como ella, y no hay nadie hacia quien mi gratitud fluya con tanta naturalidad.




Blavatsky trabajó inmensamente

He mencionado que H.P.B. sentía un gran entusiasmo por la causa que tuvo el honor de representar ante el mundo. Nadie que haya tenido el privilegio de trabajar junto a ella podría albergar la menor duda al respecto.

En una de sus primeras cartas, redactada en su peculiar manera extranjera, me informó:

« El primer volumen de mi libro ("La Doctrina Secreta") ya ha salido de la imprenta; estos días me he estado levantando a las cinco de la mañana. »

Su capacidad de resistencia estaba, en todos los aspectos, a la altura de su profundo sentido de la devoción.

Ella era una trabajadora incansable. La he visto en su escritorio a las seis de la mañana —incluso en los días más gélidos del invierno—, habiendo escrito ya varias páginas antes de desayunar.

Su dedicación y tenacidad me causaban, a menudo, un gran asombro, sobre todo al considerar que gran parte de su vida había transcurrido en la incesante agitación de los viajes y la aventura.

Cualesquiera que sean los méritos de las diversas causas por las que hombres y mujeres han trabajado y muerto, es indudable que nadie ha servido a su causa con mayor fervor, constancia y sacrificio que H.P.B. a la causa de la Teosofía.




Walter estuvo con Blavatsky cuando ella falleció

La víspera de su partida, permaneció unos minutos ante su escritorio para organizar sus papeles; un artículo editorial quedó a medio terminar sobre la mesa cuando, por última vez, dejó a un lado la pluma para emprender su descanso definitivo.

Yo estuve presente en el momento de su partida; su mano derecha se enfrió entre las mías. No intentaré describir lo que sentí cuando por primera vez fui plenamente consciente de nuestra pérdida —por temporal que esta pueda ser—.

Aquellos instantes de un dolor tan agudo —en los que la compasión por uno mismo y la alegría por el descanso que alcanzaba a un ser querido desgarraban mi ser en una lucha encarnizada— permanecerán para siempre entre los recuerdos más sagrados de mi vida.

Las últimas palabras que escribió fueron en defensa de la verdad a la que había dedicado su existencia; sus labios, ya en el umbral de la muerte, pronunciaron palabras de aliento para aquellos sobre quienes, tras su partida, recaería la labor principal.




Su defensa de Blavatsky

¡Qué importa que muchos en el mundo exterior le hayan negado esa integridad de propósito que ellos mismos reclamarían con vehemencia! ¡Qué importa que sus incansables esfuerzos en favor de la Verdad fueran recompensados ​​con calumnias, burlas y escarnios por parte de una multitud superficial, o que su amistad fuera traicionada por la vanidad herida de unas pocas personalidades efímeras!

Sin embargo ella se mantuvo firme en su propósito, y contra toda expectativa y deseo de sus oponentes, logró llevar a buen término la tarea que había emprendido, a pesar de un desaliento inmenso.

Quienes convivieron con ella —quienes mejor la conocieron— pueden dar fe de cuán pura y desinteresada era su naturaleza, y de lo inspiradoras que resultaban tanto sus enseñanzas como su ejemplo.

Nada de lo que yo pueda decir añadiría valor alguno a la belleza y pureza intrínsecas de su carácter; es pues solo por un sentimiento de devoción agradecida y por sentido del deber que redacto este modesto homenaje a la memoria de mi mejor amiga.

(Lucifer, junio de 1891, págs. 302-304; En Memoria de HPB, págs. 39-40)









LA CREMACIÓN DEL CADAVER DE BLAVATSKY





EL TESTIMONIO DE WILLIAM ROSS

William Stewart Ross fue un escritor y editor escocés. Él fue un destacado pensador secularista y usó el seudónimo de "Saladino". Entre 1888 y 1906 fue editor del Agnostic Journal, y cuando Blavatsky fue incinerada, él escribió el siguiente artículo:
 
«
CÓMO UN AGNÓSTICO LA VIO

Desde el viejo y gris Londres fuimos arremolinados entre los verdes campos y a través de numerosos árboles frutales blancos como la vestidura de la colina de Soracte, ese día seguimos hasta el horno de incineración los restos mortales de Helena Petrovna Blavatsky.
 
Nos alejamos a toda velocidad a través de llanuras pastadas por bueyes bien nutridos que habrían hecho un holocausto digno de celebrar la victoria de Platea, y a través de una lúgubre plantación de pinos resinosos que habrían hecho una pira funeraria para Patroclo.
 
Y entre los arbustos, los pájaros cantaban tan alegremente como lo hacían antes en el Edén, y las prímulas salpicaban las verdes laderas con tanta fragancia y delicadeza como en los viejos tiempos románticos, cuando alzaban los pies danzantes de Titania y Oberón bajo el agua a la luz de la luna.
 
Y seguimos recorriendo con nuestros muertos a través de esa tarde de cielo azul en el mes de mayo. No llevamos a ningún guerrero a la pira. No necesitábamos bueyes y pino resinoso. Fuimos a un horno mortuorio que más intenso que nunca enrojeció los cielos alrededor de Ilium, o volvió horrible a Gehenna con humo untuoso y el olor de huesos humeantes.
 
Acompañábamos a las llamas a un oráculo, a una esfinge, o a una sibila, más que a cualquier cosa que el mundo produce comúnmente en sus aldeas y pueblos ordinarios. Acompañábamos los restos de la que fuera la niña alocada de Ekaterinoslow, que con mimbres nupciales había atado, como un fenómeno, su joven corazón salvaje e impetuoso al de la edad mansa y helada; y desde entonces en cada reino de este planeta nuestro, ha pensado, trabajado y sufrido, y ha sido malinterpretada y calumniada . . . con cuyos restos viajamos al horno de Woking.
 
 
Llegué al crematorio en un vagón lleno de dolientes. Es un edificio de ladrillo rojo que en apariencia parece una mezcla entre capilla, horno de tejas y chimenea de fábrica. Se entra por una capilla mortuoria, y después de atravesarla emerges a través de pesadas puertas plegables de roble, en un cuarto en medio del piso del cual al final hay un gran objeto de hierro como la caldera de una locomotora, pero sostenida e incrustada en mampostería.
 
Los teósofos se arremolinaron alrededor de este objeto que parece una caldera con ansiosa pero decorosa curiosidad. Uno de los asistentes giró en el extremo del objeto una punta de hierro que dejó un orificio circular del tamaño de una corona. Los presentes miraron sucesivamente hacia esta abertura. Me di cuenta de que la mayoría echaba una rápida mirada y se alejaba con un escalofrío involuntario.
 
Cuando llegó mi turno de asomarme, no me extrañó que mis predecesores se hubieran estremecido. Si Virgilio, Milton o Dante hubieran visto alguna vez un infierno así, nunca habrían escrito sobre el infierno en absoluto, renunciando al tema como totalmente inefable.
 
Dentro de este horno estaba lleno de flamas de fuego batidas por el brazo del mismísimo diablo. Puedo mirar un horno común; pero nunca más miraré a través de ese ojo de hierro hacia las vísceras del infierno.
 
Mientras lo contemplaba, llegó el coche fúnebre y se detuvo en la grava frente a la puerta de la capilla mortuoria. Llevaron el ataúd a la capilla y lo colocaron sobre un caballete de roble, y todos nos pusimos de pie y nos destapamos.
 
El ataúd estaba literalmente cargado y envuelto de flores, y un fuerte perfume impregnaba el aire. Bajo esas flores yacían los restos mortales de aquella querida por todos nosotros y que había ejercido una influencia personal.
. . .
El señor G.R.S. Mead, un joven caballero de rasgos refinados y mucho espíritu de expresión, y quien había sido secretario privado y amigo íntimo de Blavatsky, se acercó a la cabecera del ataúd, y mientras que los demás permanecíamos en el silencio, muy solemne él leyó un discurso sorprendente y de manera impresionante.
 
Mientras su voz plateada subía y bajaba con una cadencia melancólica, yo fui arrastrado como en una visión a la cañada donde:
 
"En acentos suaves y tranquilos,
Kilmahoe repartió el salmo,"
 
entre las colinas llenas de brezo de mi propia tierra amada, a los herejes más severos y menos alfabetizados que fueron perseguidos con fuego y acero, al igual que los herejes entre los que ahora me encontraba fueron perseguidos con burlas y calumnias.
 
Pero mientras meditaba así se abrió la puerta del crematorio a la capilla, y cuatro empleados entraron y de manera experta se dirigieron a cada extremo del caballete, y levantándolo por las cuatro asas, salieron con él por la puerta.
 
Cuatro teósofos que habían conocido y amado a Madame Blavatsky, y que como yo, habían considerado haberse encontrado con la mujer más grandiosa, y a la que más han maltratado en este mundo, siguieron sus restos a través de esa amplia puerta hasta el horno.
 
La masa de flores nos arrojó otra gran fragancia a medida que desaparecían, y la gran puerta se cerró de un portazo y se echó el cerrojo con una maestría decisiva que sugería la caída del rastrillo en el Hades.
 
Tressel, el ataúd y las flores habían desaparecido. Ahora estaban detrás de esa puerta inexorable, como también los restos mortales de la mujer más fuerte, más valiente y más noble que alguna vez agarrará esta pobre mano temblorosa, demasiado mezquina y débil para escribir sus exequias. . . . »

(Lucifer, julio de 1891, p.311-316; En Memoria de HPB, p.47-52)






EL TESTIMONIO DE GEORGE MEAD

George Robert Stow Mead era el secretario personal de Blavatsky y él escribió el siguiente artículo donde relató cómo se llevó a cabo la cremación:

« 
LA CREMACIÓN

La tranquilidad que reinaba en la sede central a primera hora de la mañana del lunes 11 de mayo de 1891 era notable. No había prisas, ni nada que indicara que fuera a suceder algo inusual, salvo por los rostros serios de los residentes y la constante llegada de telegramas.

Poco antes de las diez, llegó un grupo de teósofos; junto con aquellos miembros del personal que no estaban directamente a cargo de las gestiones, formaron una doble fila en el vestíbulo y en el pasillo cubierto.

Con sereno orden, se llevó a cabo el traslado; el sencillo coche fúnebre partió hacia la estación de Waterloo, acompañado por tres miembros, mientras que los demás se dirigieron a la estación por su cuenta. Esta disposición respondía al deseo, expresado en repetidas ocasiones por H.P.B., de que no se realizara ninguna clase de ostentación o desfile en torno a sus restos mortales.

En Waterloo se encontraban muchos rostros conocidos —aunque no tantos como habría habido de haber contado con más tiempo para el aviso, tal como atestiguaban las numerosas cartas de disculpa por la ausencia forzosa—.

Para alguien ajeno, que no comprendiera el espíritu que animaba a los teósofos allí reunidos —y que nunca hubiera considerado la muerte como un mero cambio, ni el cuerpo como una simple vestidura—, la ausencia de luto y de los habituales preparativos funerarios debió de resultar sorprendente. Sin embargo, para todos los presentes, parecía muy apropiado que el acto final en el drama de una vida tan poco convencional estuviera en armonía con todo lo anterior.

El trayecto desde la estación de Woking hasta el crematorio discurría por agradables caminos bañados por el sol, cubiertos por un dosel de hojas recién brotadas.

La belleza de una espléndida mañana de mayo mitigaba el pesar que incluso las mentes más serenas experimentaban; pues se requieren muchas encarnaciones para «matar el corazón» y desprenderse de toda preferencia por la personalidad.

De hecho, en aquella mañana en particular, la naturaleza se mostró en uno de sus estados más radiantes, pareciendo dedicar una alegre despedida al cuerpo de una de sus hijas más queridas y dotadas de dones extraordinarios.

Los directivos de la Sociedad Teosófica [en el Reino Unido] y el personal de la sede central [en Londres] rodearon el féretro, adornado con flores, y todos permanecieron en el más profundo silencio mientras G.R.S. Mead —secretario general de la Sección Europea y secretario particular de H.P.B. durante los últimos dos años—, situándose al frente, leyó el siguiente discurso:

« Amigos y hermanos teósofos:

H.P. Blavatsky ha fallecido, pero H.P.B. —nuestra maestra y amiga— sigue viva y vivirá para siempre en nuestros corazones y en nuestra memoria. En medio de nuestra tristeza actual, es precisamente este pensamiento el que debemos mantener siempre presente en nuestra mente.

Es cierto que la personalidad que conocimos como H.P. Blavatsky ya no estará con nosotros; pero es igualmente cierto que esa gran y noble individualidad —esa gran alma que nos enseñó, a todos nosotros, hombres y mujeres, a llevar una vida más pura y desinteresada— continúa activa.

La Sociedad Teosófica, que constituyó su gran obra en esta encarnación, sigue adelante bajo el cuidado y la dirección de aquellos grandes Maestros e Instructores vivientes de quienes ella fue mensajera, y cuya labor retomará entre nosotros en un futuro no muy lejano.

Por muy querida que nos resulte la personalidad de H.P.B. (para muchos de nosotros, ella ocupó el lugar de una madre profundamente amada y venerada) debemos recordar, tal como ella nos enseñó en tantas ocasiones, que la personalidad es la parte efímera de la naturaleza humana; es, en esencia un mero ropaje externo de la verdadera individualidad.

La verdadera H.P.B. no es la que yace aquí ante nosotros. Ese «yo» auténtico —que inspiró a tantos hombres y mujeres en todos los rincones del planeta, infundiéndoles un noble entusiasmo por la humanidad doliente y por el verdadero progreso de la raza, junto con un elevado ideal de vida y conducta individual— no puede, en la mente de ningún teósofo, confundirse con el simple instrumento físico que le sirvió durante una breve encarnación.

Compañeros teósofos, el deber que tenemos ante nosotros —como sus discípulos y amigos— es claro y sencillo. Como todos sabemos bien, el gran propósito de la vida de nuestra maestra en esta encarnación —un propósito que persiguió con total desinterés y una intención inquebrantable— fue devolver a la humanidad el conocimiento de esas grandes verdades espirituales que hoy denominamos Teosofía.

Su inquebrantable fidelidad a su gran misión —de la cual ni el oprobio ni la tergiversación lograron jamás apartarla— constituía el rasgo fundamental de su naturaleza fuerte e intrépida. Para ella, que conocía tan bien su verdadero significado profundo, la Teosofía era una fuerza siempre presente en su vida; y se esforzó incansablemente por difundir el conocimiento de aquellas verdades vivas de las que estaba plenamente convencida, a fin de que, mediante su influencia cada vez más extendida, pudiera frenarse la oleada de materialismo en la ciencia y la religión, y se estableciera un fundamento espiritual, real y duradero, para el verdadero progreso y la fraternidad de la humanidad.

Ante tal ejemplo, nuestro deber como teósofos resulta pues evidente. Debemos continuar la labor que H.P.B. comenzó de manera tan noble; si bien no con su misma capacidad —lo cual, por ahora, nos resulta imposible—, sí al menos con un entusiasmo, una abnegación y una determinación tales que sean la única forma de demostrar nuestra gratitud hacia ella y nuestra valoración de la gran tarea que nos ha encomendado.

Por consiguiente, cada uno de nosotros debe, de manera individual asumir nuestra parte en esa tarea. La Teosofía no ha muerto por el hecho de que hoy nos encontremos junto al cuerpo inerte de H.P.B. Vive y debe vivir porque la Verdad jamás puede morir; pero sobre nosotros, los defensores de esta Verdad, recae siempre la mayor de todas las responsabilidades: el esfuerzo por moldear nuestro propio carácter y nuestra vida de tal manera que, gracias a ello, dicha verdad pueda ser recomendada a los demás.

Afortunadamente para todos nosotros, H.P.B. deja la labor sobre una base firme y plenamente organizada. A pesar de su salud quebrantada y de sus sufrimientos físicos, nuestra querida líder continuó hasta los últimos instantes de su vida, dedicándose incansablemente a la causa que todos amamos profundamente.

Jamás descuidó ni por un momento la vigilancia de sus intereses; además, inculcó reiteradamente a quienes la rodeaban los principios y métodos mediante los cuales debía llevarse a cabo el trabajo.

En ningún momento consideró que la muerte de su cuerpo pudiera constituir un obstáculo real para el cumplimiento del deber que a partir de entonces recaería —más que nunca— sobre cada miembro comprometido de la Sociedad Teosófica.

Este deber, que se presenta ante nosotros con tanta claridad y del cual H.P.B. nos ha dejado un ejemplo tan notable, consiste en difundir el conocimiento de la Teosofía por todos los medios a nuestro alcance, especialmente a través de la influencia de nuestra propia vida.

Por mucho que amemos y veneremos a nuestra líder, nuestra devoción por la obra no debe sustentarse en la base efímera del afecto hacia una personalidad, sino en el fundamento sólido de la convicción de que en la Teosofía —y solo en ella— se hallan esos principios espirituales eternos de pensamiento, palabra y acción correctos, los cuales resultan esenciales para el progreso y la armonía de la humanidad.

Creemos que, si H.P.B. pudiera estar aquí presente, en su cuerpo físico, y dirigirse a nosotros en este momento, este sería su mensaje para todos los miembros de la Sociedad Teosófica; no solo para quienes se encuentran aquí, sino para todos aquellos que, sin distinción de raza, credo o sexo, nos acompañan hoy con el corazón y en espíritu.

Ella nos diría —como ya ha dicho a muchos de nosotros— que una vida limpia, una mente abierta, un corazón puro, un intelecto ávido, una percepción espiritual sin velos, un espíritu fraternal hacia todos, la disposición a dar y recibir consejos e instrucción, la resistencia valerosa ante la injusticia personal, la declaración audaz de los principios, la defensa valiente de quienes son atacados injustamente, y una atención constante al ideal de progreso y perfección humanos que describe la Ciencia Sagrada... todo esto constituye la «escalera de oro» por cuyos peldaños el discípulo puede ascender hasta el Templo de la Sabiduría Divina.

Y ahora, en silencio, dejamos el cuerpo de nuestra maestra y regresamos al mundo cotidiano. Llevaremos siempre en nuestros corazones su recuerdo, su ejemplo y su vida. Cada verdad teosófica que expresamos, cada esfuerzo teosófico que realizamos, constituye una prueba más de nuestro amor por ella y —lo que es aún más importante— de nuestra devoción a la causa por la que vivió. Ella permaneció siempre fiel a esa causa; que ninguno de nosotros sea jamás infiel a esa verdad. »


Siguió un breve silencio y acto seguido, el vehículo que transportaba el cuerpo de la más grande de los teósofos atravesó las puertas del crematorio. Nada pudo ser más sencillo. Sin ceremonias, sin pompa ni ostentación, sin manifestaciones angustiosas de emoción ni duelos inútiles; y sin embargo, este último acto de homenaje al cuerpo de nuestra gran líder no careció, ni mucho menos, de solemnidad.

La escena en Woking permanecerá grabada en la memoria de los presentes, quienes no pudieron dejar de percibir la profunda seriedad del momento, los sentimientos intensos pero contenidos de los asistentes, y la determinación reflejada en los rostros firmes de aquellos que trabajan por la Teosofía.


Dos horas más tarde, la urna que contenía las cenizas de nuestra querida maestra fue recibida con reverencia, trasladada a la sede central y colocada en sus propias habitaciones, poniendo así fin a una jornada de gran trascendencia para el mundo teosófico.

Sí; Ese último adiós al reciente ropaje carnal de H.P.B. marca una etapa importante en los anales de la Sociedad Teosófica, así como un nuevo punto de partida para redoblar los esfuerzos y el empeño.

En los corazones de aquellos que se esfuerzan por convertir la Teosofía en un factor real de sus vidas, debe perdurar un profundo sentimiento de gratitud hacia quien les infundió la voluntad de lograrlo; y este sentimiento de gratitud, amor y respeto no hallará sosiego hasta encontrar una expresión adecuada.

Ningún monumento material, nada que pueda comprarse con dinero, podrá considerarse jamás un tributo suficiente a su memoria. Solo existe una forma de saldar esta deuda: hacer de la Sociedad Teosófica un éxito a escala mundial y dar a conocer la Teosofía en todo el planeta.

La labor que nos aguarda no solo requiere el concurso de la mente y las manos, sino también del corazón —manantial de toda acción recta y verdadero polo de atracción de nuestra humanidad—. La inmensa carga de responsabilidad que recaía sobre H.P.B. —y que ella sobrellevó con tanto gusto por el bien de la Sociedad— debe ahora ser compartida entre todos nosotros. H.P.B. ya no puede seguir actuando como un «amortiguador», tal como ella misma lo definió ante la Sociedad, convirtiéndose en el chivo expiatorio de todas sus deficiencias.

Mientras ella vivió, cada error y cada mala acción de quienes la rodeaban se le atribuían a H.P.B., y ella debía cargar con la culpa de todo. Esto ya no es posible. La Sociedad Teosófica y cada uno de sus miembros deben sostenerse por sus propios méritos; el tiempo de la expiación vicaria ha quedado atrás.

Si queremos que el mundo respete la Teosofía, debemos lograr, ante todo, que respete a la Sociedad Teosófica, tanto por su labor en beneficio de los demás como por el bien inmediato que brinda a quienes se acercan a ella. Debemos enseñar y dar ejemplo: enseñar qué es la Teosofía con palabras claras y sencillas, y ejemplificar su poder redentor mediante una conducta recta en todos los asuntos de la vida.

Es verdadero teósofo aquel que desarrolla sus facultades superiores y aprende a percibir, en toda circunstancia, la «adecuación de las cosas» y la armonía que subyace en ellas. El pensamiento correcto, el sentimiento correcto, la palabra correcta, el juicio correcto y la acción correcta son los rasgos que caracterizan a tal persona, y conducirán, sin lugar a dudas, a esa consumación de la fraternidad que nos hemos propuesto como ideal.

Por tanto, quienes deseamos merecer legítimamente el título de teósofos, prestemos mucha atención a esto y sigamos el ejemplo de H.P.B., sacrificándonos por el bien de los demás.

Del mismo modo que una madre protege a su hijo —a su único hijo— incluso a riesgo de su propia vida, así también debe existir una benevolencia sin límites hacia todos los seres. Que esa benevolencia sin límites prevalezca en el mundo entero —arriba, abajo y alrededor—, sin restricciones ni mezcla alguna de intereses contrapuestos o divergentes. Si una persona permanece firmemente en este estado mental durante todo el tiempo que está despierta —ya sea de pie, caminando, sentada o acostada—, entonces se cumple aquello que dice: "incluso en este mundo es posible hallar la felicidad". »

(Lucifer, junio de 1891, p.271-275; En Memoria de HPB, p.47-52)