REPORTERO DEL PERIÓDICO STAR VISITA A BLAVATSKY EN LONDRES A FINALES DE 1888




(Este artículo se publicó en el periódico londinense "Star" del 18 de diciembre de 1888.)



Una mujer enigmática

Hay casi tantas Madame Blavatsky como se quiera.

Está por ejemplo la Madame Blavatsky descrita por la Sociedad de Investigación Psíquica que si no recuerdo mal, en uno de sus informes oraculares le ha asignado un lugar distinguido en la lista de los impostores del mundo.

Pero también está la Madame Blavatsky de renombre y fama popular, de aspecto corpulento e inseguro. Monstrum informe ingens horrendum en la imaginación europea: una especie de Cagliostro, o hacedora de milagros, que es transportada a través de muros de piedra como la Sra. Guppy y asciende corporalmente a los cielos como el justo Enoc.

Y también está también la Madame Blavatsky (conocida por la Hermandad como H.P.B.) de su propia Sociedad Teosófica, cuyos miembros la consideran investigadora y maestra de verdades desconocidas o incomprendidas por la mayoría, y quien es la principal exponente (al menos en Europa) de la llamada ciencia oculta y depositaria en cierta medida de la llamada Doctrina Secreta, que se dice que contiene las verdades esenciales de todas las religiones y filosofías existentes.

Y también está Madame Blavatsky a quien los forasteros pueden visitar en su casa de Holland Park, y a quien ella se les revela como una dama de excepcional encanto, una maravillosa variedad de información y una capacidad de conversación que recuerda a los grandes oradores de una época literaria pasada.




Mi visita

Yo la visité hace unos días. Ella tenía una notita deliciosamente humorística en el bolsillo, invitándome a tomar el té y advirtiéndome que encontraría a la escritora "tan fácil de entrevistar como un cocodrilo sagrado del viejo Nilo".

El sobre de esta nota ostentaba un símbolo místico y el lema intachable de que no hay religión superior a la verdad.

Me condujeron a una pequeña y acogedora habitación en la planta baja de una casa de gran tamaño, donde dos lámparas y una estufa de gas brillaban como una estrella triple.

Percibí un intenso olor a tabaco turco, y tras el disco rojo de un cigarrillo vi el rostro ancho e imponente de Madame Blavatsky. Ella es baja y prominente, envuelta en seda negra en lugar de ceñida, es una figura notable.

Su rostro, oscuro y casi moreno, parece algo pesado al principio (mi primera impresión fue la de una reencarnación femenina de Cagliostro), con sus fosas nasales anchas, sus ojos grandes y dulces, y sus labios carnosos y gruesos.

Pero poco a poco se revela como un rostro ágil y expresivo, muy simpático e intelectual. Y ya que hablamos de este grosero tema de la descripción personal (una libertad por la que el entrevistador siempre debería disculparse sinceramente con el entrevistado), permítanme destacar la delicada gordura de sus manos.

Una caja circular de madera tallada que está a su lado le proporciona a Madame Blavatsky el tabaco para los cigarrillos que fuma incesantemente, desde las seis de la mañana, cuando comienza a trabajar, hasta que apaga la lámpara por la noche.




Su maestro

Además de la caja de tabaco, solo hay otro objeto notable en su santuario: el retrato del Mahatma Morya (descendiente, dice ella, de la antigua dinastía de los Moryas) a quien llama su Maestro.

El mahatma tiene un rostro indio moreno y hermoso, lleno de dulzura y sabiduría. Madame Blavatsky ha visto a este adepto, dice ella en varias ocasiones en persona: una vez en Inglaterra, en muchas ocasiones en la India, y hace algunos años fue a buscarlo a las profundidades del Tíbet.

Fue una peregrinación no exenta de peligros durante la cual penetró en algunos monasterios budistas y conversó con los lamas de allí.

Pero los discípulos de Madame Blavatsky tienen muchas historias que contar sobre la extraordinaria manera en que su Mahatma se comunica con ella.

Cartas que nunca fueron franqueadas ni pasaron por St. Martin-le-Grand revolotean hasta su regazo.

Citas literarias que a veces le cuesta encontrar se las entrega a mano, escritas en tiras de papel.

El manuscrito que deja en su escritorio por la noche suele encontrarlo por la mañana con pasajes corregidos, suprimidos o reescritos, con notas marginales insertadas, etc., escritos a mano por el Mahatma Morya.




Sus poderes

También son suficientemente sorprendentes los poderes que sus asociados teosóficos atribuyen a la propia Madame Blavatsky. Y quienes viven con ella en Lansdowne Road ven maravillas a diario y han dejado de sorprenderse.

Una vez que se acepta la teoría de que las facultades psíquicas latentes en nosotros son capaces bajo ciertas condiciones de desarrollarse hasta cierto punto, entonces los actos mágicos de todo tipo se vuelven fáciles de creer, basándose en la creencia de lo que se llama el astral que es un aspecto importante en la producción de esos fenómenos para los teósofos.

He aquí una pequeña circunstancia curiosa que un asociado de Blavatsky —un inteligente caballero estadounidense— relató con gravedad y evidente buena fe.

Madame Blavatsky enrolló un cigarrillo e iba a encenderlo, pero descubrió que su caja de cerillas estaba vacía. Sobre su cabeza colgaba una lámpara, pero tan alta que no podría haberla alcanzado aunque se hubiera subido a su silla para hacerlo.

El caballero estadounidense que estaba sentado con ella en ese momento, declaró que la vio alargarse gradualmente (así le pareció a él) hasta que pudo inclinarse sobre la lámpara, y cuando encendió su cigarrillo, ella se recostó en su silla y reanudó su escritura.

(Observación de Cid: yo considero que ese testigo lo que vio alargarse fue el cuerpo astral de Blavatsky y no su cuerpo físico.)

Pero estos fenómenos no son presenciados por todos, y quizás no sea necesario añadir que Madame Blavatsky (aunque me ofreció generosamente el contenido de su tabaquera) se negó a obrar un fenómeno ante mí.

Sin duda su negativa fue sabia, pues si yo hubiera visto uno de estos extraños espectáculos con mis propios ojos, ¿quién de ustedes habría creído mi relato?




Las religiones

Hablamos de muchas cosas.

"¿Qué es la Teosofía, Madame?", le pregunté. "¿La llamaría usted una religión?"

"Claro que no", respondió ella, "ya hay demasiadas religiones en el mundo y no pretendo aumentar el número."

"¿Cuál es, si se me permite preguntar, la actitud teosófica hacia estas numerosas religiones?"

A continuación Madame Blavatsky dio una larga e interesante explicación sobre este tema, de la cual deduje que la Teosofía considera todas las religiones buenas en un sentido y todas malas en otro.

Ella comentó:

"Hay verdades subyacentes a todas ellas, y falsedades que las recubren. La mayoría de las religiones son buenas en esencia, todas son más o menos erróneas en sus manifestaciones externas; y los teósofos repudian por completo todos los adornos de las religiones, todas sus apariencias y ceremonias.

Las condiciones para que los aspirantes se conviertan en miembros de la Sociedad Teosófica son pocas y sencillas. Para unirse a la Sociedad Teosófica basta con manifestar simpatía por sus objetivos, tres de los cuales son los principales: la promoción de una fraternidad universal entre las personas, el estudio de las religiones, y el desarrollo de las facultades psíquicas latentes en el ser humano.

Este último objetivo es el logro de los miembros avanzados que han obtenido acceso a la sección esotérica de la Sociedad Teosófica. Solo en la sección esotérica se puede esperar aprender a desarrollarse esotéricamente."


La propia Madame, con su vigoroso estilo intelectual, es tan dogmática como el más dogmático profesor de lo que (bajo el favor teosófico) se llaman las ciencias exactas; y de hecho, el dogmatismo, tanto en la afirmación como en la negación, parece ser el distintivo de toda la agrupación teosófica.




Sus asistentes y alumnos

Eran las siete cuando Madame Blavatsky agotó mi interés, o yo, como esperaba, su paciencia; y a las siete, los miembros de su comunidad se reunieron para cenar.

El grupo está compuesto por seis o siete personas, incluyendo a un joven doctor en medicina, un estudiante de derecho y un francés, un estadounidense (el amigo de Edison mencionado en el periódico Star del otro día) y una condesa sueca.

Todos ellos son discípulos particulares que reciben instrucciones constantes de los labios de la sacerdotisa, y que pueden considerarse también en vías de alcanzar el principio de elongación.

Durante la comida se habló de las florecientes perspectivas de la nueva obra de Madame Blavatsky: "La Doctrina Secreta" cuya primera edición ya está terminada, aunque los volúmenes apenas han salido de las manos de la imprenta.

La edad de Madame —roza los sesenta— y sus ocasionales dificultades con el idioma —es rusa de nacimiento— no le impiden ser la conversadora más enérgica y amena de su mesa.

Era la noche en que la Logia Blavatsky celebra su reunión semanal, y a las ocho y media el santuario, donde nos retiramos después de la cena, estaba lleno de una pequeña reunión de aspirantes a elongadores de ambos sexos.

El tema de discusión fueron los sueños. Tras haber la doncella de Madame Blavatsky llenado la tabaquera circular, y el presidente vestido de etiqueta, habiendo ocupado su lugar junto a Madame, entonces el secretario de la logia comenzó a hacer preguntas que estaban escritas en un papel.













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