(Jasper Niemand fue la principal colaboradora de William Judge, y sobre este asunto ella mencionó lo siguiente.)
Antes de profundizar sobre este tema, conviene señalar que este artículo no tiene como objetivo intentar explicar ni la Teosofía ni el Cristianismo, sino indicar un método mediante el cual podamos ayudarnos a comprender cualquiera de ellos o ambos.
Hay dos aspectos principales en los que podemos considerar la cuestión:
1) El primer aspecto es el modo analítico, es decir considerar las diferencias que hay entre la Teosofía y el Cristianismo.
2) El segundo aspecto es el método sintético, es decir la consideración de la identidad subyacente que hay entre la Teosofía y el Cristianismo.
En este artículo analizaremos brevemente ambos aspectos, los cuales representan los extremos opuestos de una misma verdad. Pero antes de abordarlos, debemos definir primero qué entendemos respectivamente por «Teosofía» y «Cristianismo».
¿Qué es el Cristianismo?
La palabra Cristianismo tiene una definición simple. Representa ese aspecto de la verdad enseñada por Jesús de Nazaret, a quien algunos llamaban "El Cristo", el fundador del verdadero Cristianismo, puro e inmaculado.
De su enseñanza tenemos hoy sólo porciones fragmentarias, las cuales —en la medida en que el público en general las tiene— han pasado a través del prisma de varias mentes; en su mayor parte, de hombres simples y sin educación —sin instrucción—; y en fechas mucho más tardías, de una a otra lengua bajo la crítica intelectual de eruditos y el sesgo de algunos eclesiásticos.
¿Qué es la Teosofía?
La palabra Teosofía tiene igualmente una definición simple, pero la gente, en general, malinterpreta enormemente su significado y alcance.
Así como el Cristianismo actual difiere enormemente del de la época que vio nacer a esta gran religión, la Teosofía también difiere de la idea popular que se tiene de ella. El término se aplica erróneamente a una serie definida de ideas, a una creencia o credo fijo. Sin embargo la Teosofía no tiene credo, sino que proyecta una luz imparcial sobre toda la vida y todo el pensamiento: para ella, la Vida es el santuario universal de luz y verdad.
Aquellas partes de las enseñanzas esotéricas, tanto religiosas como científicas, de Oriente, propuestas por la Sra. Blavatsky y también expuestas por el Sr. Sinnett, el Sr. W.Q. Judge y otros, se han consolidado en un credo y el público en general las ha denominado "Teosofía".
Pero cuando el tema resurgió y conmocionó al siglo recién pasado, esta idea errónea, tan burda y evidente, fue pasada por alto, sin mayor objeción, en el ajetreo y el fervor de la propaganda y otras actividades.
Los pioneros trabajan con el hacha en la mano, quitando obstrucciones densas y casi impenetrables e insuperables al paso de la vida y de la luz, y como tales trabajadores, están obligados a tolerar mucho de lo que la tranquila observación de un período menos extenuante debe eliminar gradualmente.
Que no fue el propósito de la pionera del siglo pasado, la Sra. Blavatsky, fundar un nuevo credo, lo demuestra de forma concluyente su declaración en la Clave de la Teosofía en un capítulo final, dedicado a la consideración de "El Futuro de la Sociedad Teosófica",
La señora Blavatsky dice:
« Hasta la fecha, todos los intentos de crear una Sociedad Teosófica han fracasado, porque tarde o temprano han degenerado en una secta, sus dirigentes han establecido dogmas propios e inflexibles y han perdido así, poco a poco, la vitalidad que solo la verdad viva puede impartir.
Deben recordar que todos nuestros miembros han nacido en algún credo o religión, que todos son, en mayor o menor medida, de su generación, tanto física como mentalmente, y en consecuencia que su juicio es muy susceptible de ser distorsionado e inconscientemente sesgado por algunas o todas estas influencias. »
Y ante la pregunta adicional de qué ocurriría si se pudiera evitar este peligro, ella dice:
« Entonces la Sociedad Teosófica perdurará hasta el siglo XX. Gradualmente, sembrará e impregnará a la gran masa de personas pensantes e inteligentes con sus ideas nobles y de gran amplitud de miras sobre la religión, el deber y la filantropía.
Lenta pero seguramente romperá las cadenas de hierro de los credos y dogmas, de los prejuicios sociales y de castas: derribará las antipatías y barreras raciales y nacionales, y abrirá el camino hacia la realización práctica de la Hermandad de todos las personas.
A través de sus enseñanzas, a través de la filosofía que ha hecho accesible e inteligible para la mente moderna, Occidente aprenderá a comprender y apreciar a Oriente en su verdadero valor. »
(Nota de Cid: desafortunadamente la Sociedad Teosófica también se degeneró como lo hicieron las anteriores organizaciones que se fundaron con un propósito similar antes que ella.)
Luego la Sra. Blavatsky continúa con una descripción de otros resultados de la difusión de la enseñanza teosófica, pero se ha citado lo suficiente para mostrar que ella nos advirtió específicamente sobre los peligros de una caída en un credo.
Y un estudio prolongado de las obras escritas por esta pionera deja claro que Madame Blavatsky tenía dos cosas en mente.
Primero: establecer una Sociedad Teosófica basada en ciertas verdades fundamentales y universales.
Segundo: aportar al estudio específico de las religiones ciertos datos antiguos bastante perdidos en nuestra era y desconocidos prácticamente para todo el mundo occidental.
Al marcar la nota clave de la Verdad universal durante el último siglo, la Sra. Blavatsky insistió firmemente en tres puntos.
- Que el universo está impregnado por un Principio de Vida universal, omnipresente e ilimitado, y este punto, si se sigue, establece la verdad de la reencarnación.
- La prevalencia universal de la Ley de Periodicidad, de flujo y reflujo, y este punto nos lleva hacia la Ley del Karma.
- La identidad de todas las almas con el Alma Cósmica, y este punto establece la verdad de la Hermandad Universal.
En ningún momento ella afirma que el término "todas las almas" abarque únicamente a la raza humana. Y su Hermandad ideal tampoco se limita al plano de la vida física; sino al contrario, es universal, y por lo tanto, espiritual.
Al proponer estos tres Principios universales, junto con el mandato de que la Teosofía no debe endurecerse para convertirse en un credo, llegamos naturalmente a la conclusión de que hay una identidad fundamental —una realidad— subyacente a todas las religiones y ciencias.
Que la Ciencia es realmente el estudio y el arte de la Vida misma, y que la Religión es el estudio de la Vida y las aspiraciones del Alma.
Un estudio y una comprensión más profundos demuestran que la Vida y el Alma son una misma cosa: el Alma es, por así decirlo, un núcleo de Vida centralizada, organizada e individualizada, y cada Alma es, por así decirlo, una chispa del Alma Cósmica.
Y dado que estas verdades universales se encuentran en la base de todas las religiones, no podemos afirmar que constituyan por sí mismas la Teosofía o el Cristianismo. Son universales tanto en acción como en aplicación.
La Teosofía es la sabiduría de los dioses; o sabiduría acerca de Dios; o Sabiduría Divina — llámenla como quieran; el hecho es que muchos estudiantes entre nosotros piensan que podemos explicar mejor nuestro uso del término "Teosofía" diciendo que es un espíritu de Vida, una manera de mirar e investigar toda la Vida a la luz de la unidad fundamental del Ser, así como una manera de vivir la Vida.
En resumen, la Teosofía del estudiante reflexivo es un espíritu de unidad aplicado al estudio y la acción de la Vida en su conjunto. Y con este espíritu podemos estudiar la Vida tanto mediante el análisis como mediante la síntesis.
Análisis de la Teosofía y el Cristianismo
El análisis individualiza para el propósito del momento, —del siguiente paso, aquello que posteriormente debe sintetizarse para los fines del todo—; es a la luz de la unidad que nuestra visión se redondea y se completa.
Tomemos a modo de ejemplo, la cuestión de la Teosofía y el Cristianismo. El público en general suele suponer que un miembro de la Sociedad Teosófica compararía naturalmente las enseñanzas de la Doctrina Secreta y otros libros de sabiduría oriental con las enseñanzas de la Biblia occidental, e insistiría en las diferencias fundamentales que hay entre ellas como diferencias entre dos credos, para luego demostrar la superioridad de su propia creencia.
Esta idea errónea describe el método del intolerante y el fanático, un método que ha dividido a la humanidad y ha dado origen a las guerras más encarnizadas y las crueldades más atroces que la historia ha perpetrado. Ya en la dulce luz que ahora vemos extenderse lenta pero firmemente sobre Occidente (la luz de la caridad y el concepto de unidad), este error de pensamiento está desapareciendo gradualmente.
Estamos llegando a comprender que el verdadero teósofo es quien recuerda que el Principio de la Vida es omnipresente, eterno y divino. Por lo tanto, es omnisciente y omnipresente; es consciente y benéfico; obra siempre según la ley que conduce a la rectitud; evoluciona, eleva, unifica y sustenta todo.
Al estar esta verdad presente en su entendimiento, penetraría gradualmente en su corazón, encontrando allí la fe intuitiva del corazón en la unidad de la Vida. De esta manera estudiaría todas las religiones, con el fin de discernir, no sus diferencias, sino su unidad en la enseñanza de la Vida eterna divina y del Alma. La sutileza de los credos sería algo completamente ajeno a su pensamiento, a medida que se volviera más sabio en el estudio, en la vida y en la experiencia.
Él aplicaría este método a todas las actividades cotidianas de su vida individual, abordando esa vida y su contacto con otras vidas desde la perspectiva de su identidad fundamental: identidad de origen en el Gran Océano del Espíritu; identidad de meta en el enriquecimiento consciente del Ser y el retorno a la Divina Consciencia del Alma Cósmica; identidad de experiencia, ahora y aquí, en la medida en que todos los seres humanos están igualmente sujetos a la Ley de la Evolución, y cada átomo del Cosmos debe estarlo también.
De esta manera, nuestro interés es idéntico y todos estamos unidos por este Hecho de nuestra Evolución física, psíquica y espiritual; tenemos identidad de experiencia y de nuestra Vida más amplia.
Evolucionando por una parte, involucramos o atraemos esa Vida espiritual que individualizamos y hacemos autoconsciente dentro de nosotros, favoreciendo así ese retorno al Padre que fue enseñado por Jesús el Cristo.
Síntesis entre entre la Teosofía y el Cristianismo
El cristianismo, visto desde el espíritu de síntesis de la Teosofía, se considera una de las grandes religiones mundiales. Y como tal reviste especial interés por ser ese aspecto de la Verdad Única ampliamente aceptado por el mundo en que vivimos hoy: el mundo occidental.
Con Occidente y sus formas de pensamiento, tenemos un deber bajo el karma, pues el karma nos colocó allí. Somos conscientes de que es imposible reducir el movimiento de la vida espiritual a una fórmula ni encerrarlo en un credo.
Nuestros estudios nos han acostumbrado a considerar los retornos periódicos del espíritu religioso y a ver el movimiento de la Ley subyacente a estas manifestaciones periódicas como una ley que siempre las gobierna, así como a los Grandes Maestros que dicha Ley evoca.
Cada uno de estos Maestros se ha visto obligado, por naturaleza, a especializarse, a enfatizar alguno de los múltiples aspectos de la Verdad. Y es por eso que se dice que Krishna enseñó la Devoción. Buda enseñó la Hermandad, el amor a todos los hombres y a todas las criaturas.
Jesús combinó ambos, pero la nota distintiva de su enseñanza fue la relación de hijo a padre entre el Hombre y la Divinidad.
Ahora podemos ver que si estudiamos la enseñanza de Jesús desde esta perspectiva, comprenderemos muchos puntos que a primera vista parecen demasiado oscuros o triviales al interpretarlos según alguna obligación de credo.
Los Evangelios cristianos están llenos de las ideas e ideales conocidos por todos los estudiantes de teosofía, y una vez que captamos esta clave. ¿Y cómo podría ser de otra manera si consideramos la evolución de la naturaleza religiosa de la humanidad como un hecho?
¿No será necesario que exista un cuerpo de hombres divinos que tengan en el corazón la evolución del alma humana y que sean movidos de tiempo en tiempo por el Espíritu Santo de Vida —por Dios, como decimos los cristianos— a trabajar en el plano visible así como detrás del velo de la Naturaleza, para el bienestar espiritual del Hombre?
A medida que los ciclos y los períodos se alteran, a medida que la Humanidad queda bajo la operación de la Ley periódica, las enseñanzas dadas para la evolución de la mente humana y del alma humana hacia el alma divina deben inevitablemente cambiar sus aspectos, pero son siempre y fundamentalmente una y la misma.
Cada gran Maestro ha hecho comprender a sus discípulos que, más allá de los aspectos principales de su enseñanza, había otros no menos importantes, de modo que la tolerancia, la caridad, la compasión, la liberalidad mental y la dulzura de corazón —en resumen, un espíritu de unidad— deben prevalecer entre los hombres que desean aprender la sabiduría divina, la Verdad sobre Dios. Buda enseñó esta verdad con su silencio ante ciertas preguntas:
Jesús lo enseñó cuando dijo que la casa de su Padre tiene muchas moradas, moradas que muchos entendemos como estados de conciencia. Hay muchos otros dichos del Gran Fundador del Cristianismo menos afectados por las oscuridades del tiempo y la gran confusión de pensamiento y hechos. Como ayuda para dicho estudio, dos libros publicados recientemente son casi inigualables en la claridad y la utilidad de su pensamiento sugerente.
El Credo de Cristo y el Credo de Buda fueron escritos por un autor cuyo nombre es desconocido para el mundo entero. Quienes sí lo conocen nos dicen que este escritor no es teósofo. Pero sin duda ninguna mente tan iluminada como la que ilumina las páginas de estos libros, profundamente interesantes y útiles, puede ser otra cosa que verdaderamente teosófica en el sentido estricto de la palabra.
Todo Gran Maestro de Religión debe tener presentes las limitaciones de la época en que aparece en la escena humana y debe adaptar sus enseñanzas a la necesidad de eliminar estas cristalizaciones especiales del pensamiento humano antes de que puedan surtir efecto. De esta manera, las enseñanzas, leídas en un período muy posterior, y por hombres con modos de pensar diferentes, pueden parecer contradictorias.
Pero el método sintético, con su espíritu de unidad y la tolerancia de una visión más amplia de la Vida, pone fin a la discordia; detrás de la aparente diversidad descubrimos la identidad fundamental con las otras Religiones que hemos estudiado y de esta manera nos acercamos al feliz descubrimiento de que el Espíritu de la Religión es siempre uno y el mismo, sin importar qué aspecto de ese Espíritu y sus Leyes pueda presentarse a las mentes de los hombres en una época determinada.
Podemos emprender el estudio del cristianismo con este espíritu —¿y qué estudio puede ser más importante para nosotros como teósofos que la religión del mundo en el que ahora estamos encarnados y a la que tenemos un deber, el deber de ayudar a la evolución ulterior de sus instintos religiosos (en los que debemos incluir los nuestros) y su búsqueda del Alma y de la vida del Alma?
Seremos sabios si hablamos con la terminología religiosa más conocida en Occidente y si buscamos en las Escrituras, que son nuestro patrimonio actual, las verdades divinas de todas las religiones y de todos los tiempos. Si no las encontramos allí, no las encontraremos en ninguna parte, pues el karma, que regula el movimiento de la Ley de Periodicidad, nos ha colocado donde podemos encontrar con facilidad y difundir con amor el alimento espiritual más adecuado a nuestras necesidades actuales y a las de nuestra generación.
Esa Ley de Periodicidad, de flujo y reflujo, debemos recordar que gobierna todos los acontecimientos de cada vida humana, así como la acción de los mundos en el espacio: nos ha colocado donde la luz de la Teosofía ha llegado a nosotros, para ayudarnos en nuestra búsqueda y ampliar nuestras ideas.
Deberíamos ser los intérpretes de las religiones, capaces de revelar a cada creyente alguna verdad aún no descubierta por él dentro de su propia religión, algo hermoso y sagrado que lo une a todas las aspiraciones religiosas de su época, y de todas las épocas. ¡Qué alto cargo el de sostener así la antorcha de la Verdad, ayudando a difundir esos rayos suaves y apacibles que siempre buscan penetrar los corazones de los hombres, asegurándonos la unidad de la Vida, la omnipresencia de la Ley del Amor!
Muchos creemos que la doctrina de los Avatares es una de las grandes verdades; que el Espíritu de la Verdad Divina tiene encarnaciones especiales, de vez en cuando, que eclipsan o residen en los grandes Maestros espirituales. Consideramos a estos santos Maestros, miembros de la Logia Espiritual, y creemos que Jesús el Cristo fue uno de ellos.
Cuando escudriñamos las Escrituras presentadas en Su nombre, nos guía naturalmente la clave de esta identidad fundamental de todas las religiones. Por lo tanto, descubrimos en estas Escrituras declaraciones de leyes espirituales. ¿Quién puede leer el Sermón de la Montaña sin quedar impresionado por sus revelaciones sobre el karma, las leyes que rigen la acción espiritual y la naturaleza de la Sustancia Única y el Alma? ¿Quién no encuentra en las Parábolas la enseñanza de los Principios? ¿Quién no reconoce la Voz que habla a través de esas páginas como la Voz del Silencio, y qué es su Luz sino la Luz en el Camino?
Estudiemos, pues, esas mismas Escrituras, por fragmentarias que sean, en lugar de los credos y las ideas de otros sobre ellas: estudiemos y reflexionemos personalmente. Hagámoslo con espíritu de devoción y meditación, conscientes de que existe una razón verdadera y suficiente por la que esta religión de Occidente ha sido promovida y adoptada por los pueblos de la era actual, en este nuestro mundo occidental.
Entonces el espíritu exquisito y el amor de ese Maestro de Compasión a quien llamamos Jesús, en toda su simpatía humana y autosacrificio divino, penetrarán nuestro entendimiento oscurecido como una luz de los cielos interiores, y veremos en parte por qué esa vida que parecía fracasar tan completamente fue en su sacrificio y completa entrega el mayor triunfo que el corazón puede concebir.
Seguramente entonces comprenderemos a Aquel que perseveró hasta el fin para llevar a la humanidad la enseñanza señalada en el tiempo señalado de ese Dios que tanto ama al mundo que envía de era en era a Sus amados Hijos para bendecir y salvar a quienes acepten el don del alimento espiritual tan libremente ofrecido; ese Aquel como éste nunca podría dejarnos errantes en el desierto de este mundo terrenal, y debe estar con nosotros en espíritu y en compasión y ayuda inmanentes, "hasta el fin del mundo", tal como Él prometió estar.
A la luz del espíritu teosófico, veremos que esto que ahora llamamos «Teosofía» es el alma y el núcleo mismo de su enseñanza; que el espíritu del cristianismo y de la teosofía es uno y el mismo, y que cada religión tiene un mismo objetivo. Ese objetivo —y cada uno de nosotros puede hacerlo suyo— es:
La restauración de Cristo.
(Theosophical Quarterly, enero de 1910, p.241-247)
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