CONVERSACIÓN CON BLAVATSKY SOBRE FANTASMAS

 

 
El siguiente artículo se publicó por primera vez en el periódico The World de Nueva York, el 21 de abril de 1878, en la pagina 9. Posteriormente fue reimpreso en la revista The Theosophist de abril de 1884, en las páginas 167 y 168, en donde se le añadió una nota introductoria, así como varias notas a pie de página firmadas por el editor de esa revista “Ed.” y una firmada por Blavatsky “HPB”.
 
 
 
(Nota preliminar: Este artículo apareció hace algunos años en el periódico The World. Es un relato dado por la señora Lydia de Paschkoff, una dama rusa muy conocida y una gran viajera, de un acontecimiento que tuvo lugar en el desierto.
 
Escrito por un miembro de la Sociedad Teosófica, en días en que la Teosofía apenas asomaba en el horizonte de América y publicado en un diario que se habría negado a recibir nada de ese tipo excepto con espíritu de broma, el relato fue por supuesto visto como una producción humorística, pero su humor no le quita nada a la veracidad sustancial de la historia en sí.
 
"La Lamasería de la Octava Avenida" era el nombre con el que se conocía generalmente a la sede de nuestra Sociedad Teosófica en Nueva York, desde que el escritor, uno de los reporteros más ingeniosos e inteligentes de Nueva York, le dio ese nombre.)
 
 
 
 
HISTORIAS DE FANTASMAS A MONTONES
 
Una noche de muchas maravillas.
(De segunda mano en la "Lamasería de la Octava Avenida").
 
La ciencia de las apariciones aclarada: ritos mágicos en desiertos lejanos del Medio Oriente.
 
 
Por David A. Curtis
 
 
 
-        “Bueno, puede que no haya sido un fantasma”, dijo el hierofante Olcott, “pero de todos modos, puede que lo fuera.”
 
Entonces se hizo el silencio sobre el pequeño grupo que fumaba en una de las cámaras interiores de la Lamasería, en el 302 de la calle 47 Oeste, en la esquina de la Octava Avenida. Era más bien una calma reflexiva que se parecía a la de la esfinge en miniatura que había sobre la repisa de la chimenea de la misteriosa cámara egipcia.
 
Aparte de los divanes en los que se reclinaba el grupo, había pocos muebles en la habitación, pero una enorme bola de cristal estaba suspendida en el centro por una cuerda invisible. Desde el interior de este globo brillaban extrañas imágenes de desiertos y pirámides y cosas fijadas allí mediante algún arte astuto que por lo que sabe el reportero, puede haber sido mágico.
 
Las paredes eran sombrías pero el salón estaba luminoso y llenaba la habitación con una especie de pálido crepúsculo. Té, charlas y tabaco de Arabia entretenían al grupo, y las fragantes nubes azules se convertían en fantasmas a medida que la extraña conversación se volvía tenebrosa.
 
Madame Blavatsky agasajaba, en un estilo mejor que el de un rey, a una amiga y compatriota, viajera como ella en tierras extrañas, firme creyente en lo oculto y condesa rusa, Madame P____, cuya tarjeta, blasonada con el escudo de armas de sus antepasados, lleva tres leyendas y un tentador "etc." en letra delicada; ella es a su modo, una mujer tan maravillosa como su anfitriona.
 
Según una de estas leyendas, ella es "miembro de la Sociedad Geográfica de Francia". Otra cuenta que es corresponsal del diario francés Le Figaro, y una tercera que es miembro correspondiente del periódico francés Le Tour du Monde.
 
Ella ha pasado años en Oriente y fue invitada en Egipto del Jedive, cuya madre le regaló un raro recuerdo de amistad al despedirse: una inmensa perla que ahora cuelga del broche del pecho de la condesa, en forma y tamaño no muy diferentes de la muela más grande del gigante de Barnum.
 
Otras joyas, entre ellas sus ojos negros, brillaban mientras ella se reclinaba a medias sobre un diván, vestida con un atuendo suntuoso, y fingía fumar un cigarrillo.
 
 
Además de los nombrados, había un diplomático francés, el reportero y otro periodista mucho más profundo. Hay que mencionar a otros dos, un turco que fumaba su propio narguile y bebía café, y un sirviente de mesa que repartía té, tabaco y dulces. El primero, una imagen del jugador de ajedrez automático, era ornamental; el segundo, la falsificación de un dios nubio, era útil. Ninguno de los dos habló.
 
 
-        “Un fantasma, sí. ¿Por qué no?” dijo la señora Blavatsky al poco rato, “he visto muchos fantasmas, pero la cuestión no es si hay fantasmas, sino si se los ve. Sin duda, el fantasma del viejo Shep estaba allí. La única duda es si el oficial realmente lo vio como dice que lo vio. Yo pienso que si lo vio.”
 
El turco abrió la boca como para hablar.
 
-        “¿Qué es entonces un fantasma?” preguntó el diplomático.
 
El turco asintió lentamente y cerró los labios sobre su boquilla de ámbar.
 
-        ”Hay fantasmas y fantasmas”, respondió la ocultista. “el aire que respiramos está permeado por un fluido más sutil que le corresponde como el alma al cuerpo del hombre. Es el fluido astral y en él están los pensamientos de todos los hombres, las posibilidades de todos los actos, como en la placa del fotógrafo hay imágenes que permanecen invisibles hasta que son reveladas por la acción química. Así, el último pensamiento moribundo de cualquier persona, si es lo suficientemente intenso, se vuelve objetivo, y en condiciones favorables es muy probable que se lo vea.
 
Hace poco los periódicos de esta ciudad informaron del caso de un hombre que se suicidó en su cuarto de baño. Un amigo corrió a buscar un médico contra la protesta del moribundo. En el camino se sobresaltó al ver por un momento la imagen del moribundo, vestido sólo con su camisón, empuñando su pistola y sangrando por su herida mortal. Estaba a una distancia considerable de la casa. La aparición desapareció casi instantáneamente. (1)
 
Fue el intenso deseo de detener a su amigo lo que se volvió objetivo, cuando el hombre astral abandonó el físico. Lo mismo ocurre con muchas otras apariciones. En las casas embrujadas, el último pensamiento de la víctima de un crimen puede permanecer, y la tragedia puede repetirse quizás miles de veces antes de desvanecerse.
 
Es probable que en el caso del viejo Shep, el vigilante, no sepa que está muerto, y su último pensamiento probablemente fue que estaba haciendo su ronda hasta que ese pensamiento se desvanece, y bajo ciertas condiciones será visible a los ojos físicos de quienes lo rodean. (2)
 
 
-        "Disculpe", dijo el anciano periodista, "¿dijo usted que tal vez no sabía que estaba muerto?"
 
-        "Se dice", dijo el Hierofante con gravedad, "que muchas personas no saben cuándo han muerto y que después de eso andan en una gran perplejidad porque nadie les presta atención. Se sienten tan bien como siempre y hablan con sus amigos y están casi frenéticos al no poder obtener respuestas."
 
Luego hubo otro silencio.
 
-        "He cazado fantasmas muchas veces", dijo el reportero con tono quejoso después de un tiempo, "pero nunca tuve la suerte de encontrar uno porque son fenómenos muy esporádicos."
 
-        “En América, sí”, dijo la señora Blavatsky, “pero en los países del Norte y del Este es diferente. Las condiciones son diferentes.”
 
Luego la señora Blavatsky se volteó hacia la condesa Paschkoff y le habló rápidamente, probablemente en ruso.
 
Mientras las dos damas conversaban, el hierofante Olcott se puso enciclopédico:
 
-        "La teoría de que el crimen se propaga por semillas invisibles, como las enfermedades, y las epidemias de crímenes que devastan países, se suponía al principio que era una mera figura retórica. Muchos escritores han hablado de ello" (ahí citó a muchos escritores). "Pero tiene su fundamento en la realidad. Los crímenes astrales permanecen e influyen en todos los que entran en contacto con ellos. Así, sucede que el aire y el suelo mismo se saturan de pecado en algunas comunidades. Me han dicho que..."
 
-        "Lo recuerdo", dijo la señora. Blavatsky de repente en inglés "una institutriz que tuve cuando era niña. Tenía pasión por guardar fruta hasta que se pudrieran y tenía su escritorio lleno de ellas. Era una mujer mayor y cayó enferma. Mientras estaba en cama, mi tía, en cuya casa yo estaba, hizo que limpiaran el escritorio y tiraran las frutas podridas.
 
De repente, la mujer enferma, cuando estaba a punto de morir, pidió una de sus hermosas manzanas maduras. Ellos sabían que se refería a una podrida y no sabían qué hacer porque no había ninguna en la casa. Mi tía fue ella misma al cuarto de servicio para pedir una manzana podrida, y mientras estaba allí, vinieron corriendo a decir que la anciana estaba muerta.
 
Mi tía corrió escaleras arriba y yo y algunos de los sirvientes la seguimos. Cuando pasamos por la puerta de la habitación donde estaba el escritorio, mi tía gritó de horror. Miramos dentro y allí estaba la anciana comiendo una manzana. Desapareció de inmediato y corrimos hacia el dormitorio. Allí yacía el cadáver de la anciana en la cama, y ​​la enfermera estaba con ella (sin haberla dejado ni un minuto durante la última hora). (3)  Fue su último pensamiento hecho objetivo lo que vimos en el escritorio."
 
 
La condesa Paschkoff entiende un poco de inglés, pero no lo habla. Ella había escuchado atentamente, pero sin ninguna sorpresa manifiesta, y ahora habló. Tal vez sea de lamentar que el único registro de su conversación que el reportero posee se derive de la traducción al paso del coronel Olcott. A pesar de la enorme habilidad lingüística del hierofante, difícilmente se puede suponer que sea literal. La dama habló rápidamente, con vivacidad musical, y arrojando el cigarrillo gesticuló con gracia.
 
El hierofante habló sentenciosamente, recurriendo con frecuencia al vernáculo y sin usar ningún gesto, excepto cuando se acariciaba su abundante barba. Así decía la parte americana del dúo:
 
-        "En el Norte hay muchas apariciones. En el Este hay mucha magia. He visto apariciones y magia muchas veces. En San Petersburgo hay actualmente una casa que fue construida por uno de los amigos varones de la Emperatriz Catalina. Yo alquilé esa casa y al día siguiente la gente empezó a decirme que era una tonta porque aseguraban que esa casa estaba embrujada, pero me fui a vivir allí.
 
Fui lo suficientemente valiente hasta que estuve realmente en la casa, y entonces me asusté. El salón principal de la casa era una habitación inmensa con columnas de mármol. En la pared había un retrato del militar que construyó la casa, él estaba todo adornado con cruces y diamantes y cintas y cosas así en el pecho. (4)
 
Decían que caminaba por la noche, así que todos nos quedamos despiertos esperándolo la primera noche, y a la media noche lo buscamos. Todo estaba en silencio. Nuestros corazones saltaban de arriba a abajo. De repente el reloj dio las doce. Miramos el retrato y luego miramos hacia el pasillo pero no vimos nada.
 
Otra noche y otra más buscamos. No vimos nada. Todos teníamos miedo. Yo tenía una criada que dormía en mi habitación. Durante muchas noches dormimos así.
 
Una noche, poco después de las doce, un lacayo subió corriendo las escaleras, él estaba pálido. "Venid, venid", susurró, "el fantasma camina". Nos pusimos una cosa u otra (no recuerdo el nombre) y bajamos todos al gran salón. El militar caminaba arriba y abajo. Lo observamos. Tenía todos sus diamantes y otras cosas en su abrigo. Brillaban a la tenue luz de la lámpara del vestíbulo. Caminó hasta la puerta del salón, que estaba cerrada. La cruzó sin abrirla. La abrimos y lo seguimos. Caminaba arriba y abajo por la habitación.
 
Buscamos el cuadro. No estaba allí. Donde había estado, la pared estaba negra. Fue al centro de la habitación. De repente se detuvo, se estremeció y ya no estaba allí. Miramos la pared. El cuadro estaba en su lugar."
 
 
-        “Ese fenómeno fue liviano”, dijo la señora Blavatsky, “ay muchas casas así en Rusia. En Pavlovsk había una casa en la que nadie quería entrar porque las ventanas estaban rotas y había ruidos allí por la noche. Fue en la época del emperador Nicolás I. Él dijo que acabaría con las historias tontas, y mandó poner ventanas nuevas y rodeó la casa con tropas. A medianoche se oyó un estruendo y las ventanas fueron rotas desde dentro. El emperador entró pero no había nadie allí. Muchas noches hizo esto y sucedió lo mismo. Esto es histórico.”
 
 
La condesa Paschkoff habló una y otra vez. El coronel Olcott tradujo para el reportero:
 
-        "He visto la procesión que va todos los años al santuario entre El Cairo y Alejandría. Los derviches van en camellos y caballos y cabalgan sobre la gente que se arroja al suelo para abrirles un camino. Niños pequeños, hombres y mujeres se tumban y las bestias pasan por encima de ellos, y nadie resulta herido.
 
Luego están los derviches danzantes que dan vueltas hasta que se elevan por los aires y hacen falta tres o cuatro hombres para derribarlos. Y algunos de ellos se clavan cuchillos en las piernas y en la garganta. Las puntas de los cuchillos salen por el otro lado. La sangre corre. Sacan los cuchillos. Pasan las manos por la herida y está curada. No queda ni una cicatriz."
 
-        “Superstición” murmuró el periodista de más edad, sin querer que le oyeran.
 
El turco abrió la boca para hablar.
 
-        “No es más supersticiosa”, dijo el intérprete (pues la condesa había captado la palabra y estaba hablando de nuevo) “que las prácticas de nuestros cristianos. He visto una imagen de la Virgen que era venerada. Es costumbre llevarla en ciertos días en procesión de casa en casa. Las mujeres y los niños que quieren aprender llevan libros escolares en sus delantales y dejan que la imagen pase sobre ellos, y creen que al pasar que todo el conocimiento de los libros pasa a sus cabezas.”
 
El turco cerró los labios.
 
-        "Una vez viajaba entre Baalbek y el río Orontes", continuaron los dos oradores, "y en el desierto vi una caravana: era la de Mme. Blavatsky. Acampamos juntas.
 
Había un gran monumento allí cerca del pueblo de Dair Mar Maroon. Estaba entre el Líbano y el Antilíbano. En el monumento había inscripciones que nadie podría leer. Yo sabía que Mme. Blavatsky podía hacer cosas extrañas con los 'espíritus' por lo que le pedí que averiguara qué era el monumento.
 
Esperamos hasta la noche. Ella dibujó un círculo y entramos en él. (5) Hicimos un fuego y pusimos mucho incienso en él. Luego ella [más bien él - Ed.] dijo muchos hechizos. Luego pusimos más incienso. Luego señaló con su varita [algo que nunca había hecho - Ed.] al monumento y vimos una gran bola de llama blanca en él.
 
Había un árbol sicómoro cerca. Vimos muchas pequeñas llamas blancas en él. Los chacales vinieron y un hombre aulló en la oscuridad, a cierta distancia. Pusimos más incienso. Entonces, la señora Blavatsky ordenó al espíritu de la persona a quien se había erigido el monumento que apareciera. (6)
 
Pronto se levantó una nube de vapor que oscureció la pequeña luz de la luna que había. Pusimos más incienso. La nube tomó la forma indistinta de un anciano con barba, y una voz llegó, como si viniera de muy lejos, a través de la imagen.
 
Dijo que el monumento había sido una vez el altar de un templo que había desaparecido hacía mucho tiempo. Estaba erigido a un dios que hacía mucho tiempo que se había ido a otro mundo.
 
“¿Quién eres?”, preguntó la señora Blavatsky.
 
“Soy Hierón, uno de los sacerdotes del templo” respondió la voz.
 
Entonces la señora Blavatsky le ordenó que nos mostrara el lugar tal como era cuando estaba el templo. El sacerdote hizo una reverencia y por un instante tuvimos una visión del templo y de una vasta ciudad que llenaba la llanura hasta donde alcanzaba la vista. Luego desapareció y la imagen se desvaneció. Luego hicimos grandes fogatas para mantener alejados a los chacales y nos fuimos a dormir."
 
 
-        “Sí, y se asustó muchísimo, se lo aseguro” dijo la señora Blavatsky riéndose.
 
 
La condesa contó entonces muchos cuentos divertidos, al más puro estilo de Las Mil y Una Noches, sobre las aventuras de ella y de la señora Blavatsky, mientras iban juntas de un lado a otro, la primera invocando espíritus a voluntad y haciendo proezas mágicas por pura diversión.
 
Y terminó con uno sobre entrar en la gran pirámide por la noche y realizar encantamientos en la cámara de la reina.
 
 
DAC (FTS)
 
 
 
 
Notas
 
(1) Un hecho corroborado por muchos testigos presenciales de la época, y que ocurrió en un pueblo a orillas del río Hudson en 1876. – Ed.
 
(2) Esto fue escrito en 1877; y prueba que los teósofos enseñaban en ese tiempo las mismas doctrinas que enseñan ahora, a pesar de las afirmaciones que dicen lo contrario. – Ed.
 
(3) Una historia perfectamente verdadera, un hecho del que fui testigo en 1843: la anciana acababa de morir y su espíritu podo hacerse conscientemente objetivo. – HPB
 
(4) El conde Orloff.
 
(5) No es así. Fue la persona (un sirio que acompañaba a la Sra. Blavatsky) quien dibujó el círculo, no ella, y las cosas extrañas que hizo. – Ed.
 
(6) La señora Blavatsky nunca hizo nada parecido, sino que fue el asceta sirio quien produjo esos prodigios, y los fenómenos fueron mucho más extraordinarios que los relatados por el escritor humorista de este artículo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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