LA ATLÁNTIDA EXPLICADA POR BLAVATSKY



La principal explicación que dio Blavatsky sobre este tema se encuentra en su obra Isis Develada, y a continuación les transcribo lo que ella escribió al respecto:


« La famosa Atlántida mencionada por el celebre filósofo griego Platón, es a juicio de su moderno traductor y comentador Benjamín Jowett, una “noble mentira”, no obstante de que el insigne filósofo alude en su obra Timeo a la tradición subsistente que existía en la isla de Poseidonis, cuyos habitantes habían oído hablar a sus antepasados de otra isla de prodigioso tamaño llamada Atlántida.

Jowett no cree lo que Platón dice en el Timeo acerca de la Atlántida y le parecen patrañas los cómputos de 8’000 y 9’000 años; pero el egiptólogo Bunsen dice sobre este asunto particular que:

-      “No es exagerada la fecha de 9’000 años en los anales de Egipto, porque precisamente a esa época se remontan los orígenes de esa civilización.” (1)

Así pues,

¿De qué tiempo datarán las monumentales construcciones de la antigua Grecia?

¿Serían las murallas de Tiro (2) anteriores a las Pirámides?


No es posible atribuir a las razas conocidas actualmente por la historia estas murallas de sólida mampostería de ocho metros de ancho por doce de alto formadas con bloques de roca de hasta seis pies de arista (lo equivalente aproximadamente a un volumen de seis metros cúbicos) y la mayoría de esos bloques lo bastante pesados para que no pudiesen ser transportados por una yunta de bueyes.

Además la profunda similitud que existe entre los ritos, ceremonias, tradiciones y terminología religiosa de las antiguas civilizaciones de América y las de Asiria y Egipto es prueba suficiente de que el continente americano fue poblado por una población de humanos que misteriosamente encontró la ruta del Atlántico.

¿Pero en qué época?

Aunque la historia calla en este punto, todos cuantos descubren un fondo de verdad en toda tradición santificada por los siglos recuerdan la leyenda de la Atlántida.


Esparcidos por el mundo hay un puñado de sabios y solitarios pensadores que pasan la vida dedicados al estudio de los arduos problemas del universo físico y su contraparte espiritual.

Estos sabios tienen archivos secretos en los que conservan el fruto de los trabajos de una larga serie de eremitas, sus antecesores, los sabios indos, asirios, caldeos y egipcios, cuyas leyendas y tradiciones comentaron los maestros de Solón, Pitágoras y Platón en los marmóreos patios de Heliópolis y Sais, aunque ya en aquel tiempo brillaban muy débilmente a través del nebuloso velo del pasado.

Todo esto y mucho más conservan indestructibles pergaminos que con cuidadoso celo pasan de adepto en adepto. Estos sabios creen que la Atlántida no es una fábula, sino que en el pasado hubo vastas islas y continentes donde ahora se dilata el Océano Atlántico.

Y si los arqueólogos pudiesen escudriñar aquellos sumergidos templos, encontrarían en sus bibliotecas bastantes documentos para llenar las páginas en blanco del libro al que llamamos historia.

Dicen estos sabios que en una época muy remota el viajero podía atravesar a pie firme lo que hoy es el Océano Atlántico, con sólo cruzar en bote los angostos estrechos que separaban unas islas de otras.


(Observación: los instructores teosóficos señalan que la Atlántida no era un continente masivo como lo son actualmente la mayoría de nuestros continentes, sino que era un inmenso archipiélago con enorme islas como Australia, y muchas más pequeñas, algo parecido a lo que es actualmente el continente Oceánico, pero con mucho menos océano y muchas más islas.

Y progresivamente todo ese inmenso archipiélago se fue hundiendo no quedando al final que la isla de Poseidonis que menciona Platón, cerca del estrecho de Gibraltar, y sobre esta isla Blavatsky añadió.)


La hermosa isla de que hemos hablado no tenía comunicación marítima con el continente sino por medio de pasadizos submarinos, conocidos únicamente de los jefes. Y la tradición señala entre el número de colegios sacerdotales, que algunos remanentes son las majestuosas ruinas de Ellora, Elephanta y las cuevas de Ajunta (en la cordillera de Chandor), que comunicaban con esos pasadizos submarinos. (3)

Y las ruinas de que está sembrado el suelo americano y muchas islas adyacentes a la India occidental también fueron obra de los sumergidos atlantes. Y así como los hierofantes del continente antiguo podían comunicarse submarinamente con el nuevo, así también los magos atlantes dispusieron de análogas comunicaciones.

¿Quién puede decir si la desaparecida Atlántida (también mencionada en el Libro Secreto, aunque con el nombre sagrado), existía ya en aquella época?

¿No fuera acaso posible que el sistema continental que existió durante la Atlántida se hubiese dilatado hasta por el Sur de Asia, desde la India a la Tasmania? (4)


Si algún día llega a comprobarse la existencia de la Atlántida, que unos autores ponen en duda y otros niegan resueltamente, considerando esta hipótesis como una extravagancia de Platón, tal vez se convenzan entonces los eruditos de que no fue una fabula el continente habitado por los “hijos de Dios”, y de que la cautela de Platón al aludir a la Atlántida con supuesta atribución del informe a Solón y los sacerdotes egipcios, tenía por objetivo comunicar prudentemente esta verdad al mundo, de modo que combinando la verdad con la ficción, no quebrantase el sigilo al que Platón estaba obligado debido a la iniciación que él había recibido.


Por otra parte, Platón no pudo inventar el nombre de Atlanta, porque en la etimología de este nombre no entra ningún elemento griego.

Brasseur de Bourbourg abordó hace años la etimología de la palabra Atlanta, diciendo (según cita Baldwin en su libro “Naciones prehistóricas de América”) que las palabras atlas y atlante no derivan de ningún idioma europeo, y por lo tanto no pueden ser de origen griego.

“En cambio (continúa Brasseur) en idioma tolteca o nahuatl encontramos las raíces a y atl, que significan agua, guerra y coronilla de la cabeza. Y de estas raíces derivan varias palabras, como altlan (a orillas o en medio de las aguas), y atlaca (combatir). De atlan se formó el adjetivo atlántico.

Y es muy interesante saber que cuando Colón redescubrió el continente americano, existía a la entrada del golfo de Uraha, en la comarca del Darién, una ciudad llamada Atlan con un gran puerto, pero que hoy se reduce al pequeño poblado de Aclo.

Y verdaderamente resulta muy extraño encontrar en América una ciudad cuyo nombre (de elementos filológicos puramente locales y extraños a todo otro país) coincide con el empleado en la isla supuesta inventada por  un filósofo que vivió 400 años antes de Jesucristo.


Pero continuando con nuestro relato sobre los atlantes, diremos que los hierofantes (o sea los grandes sacerdotes) se clasificaban en dos categorías:

1)   Los que instruidos directamente por los “hijos de Dios”, residentes en la referida isla, estaban iniciados en la divina doctrina de la pura revelación,
2)   Y los que pertenecientes a una distinta raza habitaban en la desaparecida Atlántida y poseían la facultad de clarividencia a cualquier distancia y a pesar de los obstáculos materiales.

Eran en suma, la cuarta raza de hombres a que alude el Popol-Vuh, y sin duda tenían congénitas cualidades mediumnímicas, como ahora se dice, que les permitían adquirir los conocimientos sin sacrificio alguno; mientras que los hierofantes de la primera categoría hollaban el sendero trazado por sus divinos instructores y adquirían gradualmente los conocimientos hasta distinguir entre el bien y el mal.

Los adeptos nativos de la Atlántida obedecían ciegamente las insinuaciones del invisible Dragón o rey Thevetat (quien tal vez es simbolizado por la serpiente en el Génesis de la Biblia), y quien se dice que no había aprendido ciencia alguna, pero que según menciona el profesor Wilder, era “una especie de Sócrates que sabía sin haber sido iniciado”.

Así que influida por las malignas insinuaciones de Thevetat, la raza atlante se convirtió en una nación de magos negros que terminó por provocar una guerra, pero cuyo relato nos llevaría demasiado lejos. Sin embargo lo esencial de esa lucha aparece, aunque en forma muy desfigurada, en las alegorías de la raza de los gigantes hijos de Cain, y en el relato de Noé y su virtuosa familia.

El conflicto terminó con la sumersión de la Atlántida, la cual las tradiciones babilónica y mosaica simbolizaron con el diluvio. “Murió toda carne y todo hombre…“, “los gigantes y los magos…”; todos, excepto Xisthrus y Noé, equivalentes típicamente al Padre de los thlinkithianos del Popol-Vuh, quien como Vaisvasvata, (el “Noé” mencionado en la mitología india) se salvó en un espacioso buque.


Y si damos crédito a esta tradición, hemos de admitir también el posterior relato, según el cual, del enlace entre la progenie de los hierofantes de la isla y los descendientes del Noé atlante, nació una raza mixta de justos y de malvados.

Por una parte, tiene el mundo a Enoch, Moisés, Buda, los salvadores y los hierofantes insignes, y por otra parte tiene a los magos naturales, que por no restringir su iluminación espiritual, y a causa de su debilidad física y mental, pervirtieron inadvertidamente sus dotes.

Moisés no tiene ni una sola palabra de vituperio para los videntes y profetas educados en los colegios de sabiduría esotérica que menciona la Biblia (5), sino que guarda su enojo contra quienes, con intención o sin ella, degradaban los poderes recibidos de sus antecesores, o sea los atlantes quienes los pusieron al servicio de espíritus malignos en perjuicio de la humanidad. Por lo tanto las iras de Moisés se encendían contra el espíritu de Ob, pero no contra el de Od




Anexo

Estando a punto de impresión este capítulo, recibimos por el amable conducto del honorable John L.O. Sullivan, las obras completas de Jacolliot en veintiún volúmenes, que versan principalmente sobre las tradiciones, filosofía y religión de la India. Este infatigable escritor ha recopilado infinidad de datos entresacados de diversas fuentes, y en su mayoría auténticas.

Y aunque no aceptamos su criterio en muchos puntos, reconocemos sinceramente el inmenso valor de sus numerosas traducciones de los libros sagrados de la India, sobre todo porque corroboran punto por punto nuestras afirmaciones.

Entre otros asuntos, trata de la sumersión de continentes en las épocas prehistóricas, y dice a este propósito:

“Una de las más antiguas leyendas de la India que se conserva en los templos por tradición oral y escrita, refiere que hace cientos de miles de años se dilataba por el Océano Pacífico un vastísimo continente que fue destruido por un inmenso sacudimiento sísmico, y cuyos restos han de buscarse en Madagascar, Ceilán, Sumatra, Java, Borneo y las principales islas de la Polinesia.

Según esta hipótesis, las elevadas mesetas del Asia hubieran sido en aquella remotísima época extensas islas adyacentes al continente central… Afirman los brahmanes que los humanos que habitaban esa región habían llegado a un muy alto nivel de civilización, continuada después por las tradiciones de la península indostánica, que en la época del gran cataclismo quedó ensanchada por la separación de las aguas.

Estas tradiciones llaman rutas a los habitantes de aquel dilatado continente equinoccial, y de cuyo idioma derivó al sánscrito.


La tradición indo-helénica, conservada por el pueblo más culto que emigró de las llanuras de la India, alude también a la existencia de un continente llamado Atlántida, habitado por los atlantes, y cuya antigua ubicación sitúan en la parte del actual océano Atlántico, correspondiente a la zona septentrional de los trópicos.

Los griegos no se atrevieron jamás a trasponer las columnas de Hércules por el temor que les infundía el misterioso océano, y además, aparecieron demasiado tarde en la historia para suponer que la referencia de Platón no sea eco de las tradiciones indas, a pesar de que la existencia del prehistórico continente en aquellas latitudes está insinuada geográficamente por los vestigios que se encuentran en las volcánicas islas de los Azores, Canarias y Cabo Verde.

Por otra parte, del examen del planisferio terrestre se infiere al ver el gran número de islas é islotes diseminados entre el archipiélago malayo y la Polinesia, desde el estrecho de la Sonda a la isla de Pascuas, que en aquellas latitudes existió el continente más vasto de cuantos precedieron al nuestro.


Una tradición religiosa común a Malaca y Polinesia, esto es, a los dos opuestos extremos de Oceanía, afirma que todas las islas de esta parte del mundo formaron en otro tiempo dos vastísimos territorios habitados respectivamente por hombres amarillos y hombres negros que estuvieron constantemente en guerra, hasta que los dioses cansados de sus interminables contiendas, ordenaron al océano que los pusiera en paz, y el océano cumplió esa orden tragándose ambos continentes con todos sus habitantes.

Tan sólo se libraron de la inundación los picachos y mesetas de las montañas gracias a la influencia de los dioses, que advirtieron demasiado tarde el error cometido.

Sea cual fuere el valor de estas tradiciones, y doquiera haya evolucionado una civilización precedente a las de la India, Egipto, Grecia y Roma, no cabe duda de que existió dicha civilización, y que importa muchísimo a la ciencia seguir sus huellas, por débiles é imperceptibles que sean.”


La tradición religiosa de Malaca y Polinesia, traducida por Jacolliot del original sánscrito, corrobora aquella otra tradición tomada de los Anales de la Doctrina Secreta, según la cual lucharon los “hijos de Dios” (hombres amarillos con los “hijos de los gigantes” (hombres negros), o sean los magos atlantes.

Jacolliot que visitó personalmente todas las islas de la Polinesia, y durante años se dedicó al estudio de la religión, idioma y tradiciones de casi todos aquellos pueblos, dice en conclusión:

“Son tan evidentes las pruebas de que la actual Polinesia fue un continente desaparecido a consecuencia de un cataclismo geológico, que ya no es posible dudar por más tiempo de su existencia.

Las tres mayores islas de este continente, que son las islas Sandwich, Nueva Zelanda e isla de Pascua, distan una de otra de 1’500 a 1’800 leguas, y los archipiélagos intermedios de Viti, Sarnoa, Tonga, Futuna, Uvea, Marquesas, Tahití, Pumuton y Gambieres, distan a su vez de dichos extremos culminantes, de 700 a 800 o 1000 leguas.

Todos los navegantes convienen en que dada la actual situación geográfica, los isleños de los extremos no hubieran podido comunicarse con los del centro por la insuficiencia de medios de que ellos disponían, pues era materialmente imposible recorrer tan dilatadas distancias en canoa, sin brújula ni suficientes provisiones para una travesía de muchos meses.

Por otra parte, los aborígenes de las islas Sandwich, Viti, Nueva Zelanda, Samoa, Tahití, etc., no se habían conocido unos a otros ni habían oído hablar unos de otros antes de la llegada de los europeos. No obstante, en todas las islas subsistía la tradición de haber formado en otro tiempo parte de un vasto continente que se extendía hacia Occidente por el lado de Asia.

Además, todos los isleños polinesios hablan el mismo idioma, tienen las mismas costumbres, profesan la misma religión, y cuando se les pregunta donde está la cuna de su raza, señalan con la mano hacia el poniente. »
(Isis Develada I, p.413, 529, 557-558, 590-595)






Notas

  1. “Egypt's Place in Universal History”, vol. IV, p.462.
  2. Los arqueólogos señalan que en la antigüedad se consideraba que esas murallas habían sido construidas por cíclopes. Ver "Archaeologia," vol. XV., p.320.
  3. Algunos arqueólogos como Fergusson, niegan la antigüedad de los monumentos de la India. En su obra “Ilustraciones de los templos indos abiertos en la roca”, este autor se aventura a suponer la singular opinión de que el Egipto había ya perdido su nacionalidad antes de que se excavase el primer cavernículo de la India. Fergusson no admite ninguno de estos templos con anterioridad al reinado de Asoka, como si pretendiera demostrar que datan de los tiempos de este piadoso monarca budista, hasta la extinción de la dinastía Andhra de Maghada, a principios del siglo V. Pero nosotros consideramos completamente arbitraria esta pretensión, según demostrarán ulteriores descubrimientos.
  4. Es de singular coincidencia que algunas tribus americanas diesen al continente, en la época del descubrimiento el nombre de Atlanta.
  5. II Reyes, XXII, 14; II Crónicas, XXXIV, 22.













LA MAGIA AFRICANA KAFFIR


 
 
En este artículo Blavatsky nos revela algunos aspectos de la magia que se practicaba en África:
 
« Antes de entrar en el tema del arte oculto tal como se efectúa en la costa occidental de África, será conveniente aclarar primero el asunto considerando lo que queremos decir con el término de “magia”, el cual ha sido muy distorsionado
 
Existen muchas definiciones para esta palabra, y en épocas pasadas se usaba simplemente para designar a todo aquello que "no era comprendido por el pueblo", pero para nuestro propósito será suficiente definirlo como el conocimiento de ciertas leyes de la naturaleza que todavía son desconocidas por la gente.
 
Es un hecho reconocido que ninguna ley de la naturaleza puede ser abrogada, ni siquiera por un solo momento. Por lo tanto, cuando parece que ese es el caso, como por ejemplo, cuando una ley tan universalmente conocida como lo es la ley de la atracción gravitacional parece ser anulada, y que alguien se pone a flotar como se menciona que fue el caso de Jesús y de muchos otros santos, debemos reconocer a través de ese hecho de que puede haber otras leyes actualmente desconocidas por los científicos que permiten efectuar esa proeza.
 
Y el conocimiento de esas leyes ocultas es lo que nosotros entendemos con el término de ciencia oculta o magia.
 
Y no hay otra magia que esa, y nunca ha existido en ningún período de la historia del mundo otra magia que no se base en las leyes de la naturaleza. Todos los llamados “milagros” que se mencionan en la antigüedad pueden ser y son reproducidos en la actualidad por magos cuando la ocasión lo requiere. Y un verdadero acto de magia es una pura hazaña científica y no debe confundirse con la prestidigitación o el engaño de ningún tipo.
 
 
Existen varias escuelas de magia, todas operando y procediendo de tradiciones muy diversas. Las principales de ellas, y sobre las cuales todas las demás se basan, son: la hindú, la tibetana, la egipcia (incluyendo la árabe y la judía) y la africana.
 
Esta última en su gran mayoría es profundamente opuesta a las tres otras debido a que tiene su fundamento en la magia negra y en la nigromancia, mientras que las otras tres operan principalmente por medio de lo que los expertos denominan "magia blanca", y en otros casos "psicologizando" al espectador.
 
Y se puede psicologizar a toda una multitud de espectadores y hacer que vean y sientan las cosas que elija el operador, aunque los espectadores permanezcan todo el tiempo en plena posesión de sus facultades ordinarias. Y esto es bien conocido en la India en donde los faquires itinerantes hacen su exhibición.
 
Por ejemplo, ellos ponen una pequeña carpa y les dicen a los espectadores que elijan cualquier animal que deseen ver emerger de ella, y los transeúntes nombran en rotación muchos animales diferentes, y en todos los casos el animal deseado sale por la abertura de la lona y se aleja lentamente hasta desaparecer en una esquina adyacente; ya sea un perro, un oso, un tigre, etc.
 
Pues bien, esto se hace simplemente "psicologizando" a los espectadores, al igual que todas las otras grandes hazañas indias, como "el truco de la canasta", "el árbol de mango", "lanzar una cuerda al aire y trepar por ella, jalarla hacia arriba y desaparecer en el cielo", y las mil y otras proezas similares que son tan conocidas en el Oriente.
 
 
Pero la diferencia entre esta escuela india de magia y las escuelas de Vudú o de la Obeah que hay en África es muy grande, porque en la primera hay una ilusión, y es que lo que ve el espectador no está sucediendo realmente, sino que su mente simplemente se encuentra manipulada por el operador. Pero en cambio en la magia africana, por el contrario el observador ve realmente lo que está sucediendo, debido a que la fuerza empleada por los nigromantes africanos no es una acción psicológica sino que es una acción demonosófica (o sea que emplean “demonios”, entidades astrales para lograrlo).
 
Los magos blancos con frecuencia han empleado y dominado a espíritus inferiores para cumplir sus órdenes, y también han invocado la ayuda de poderosos y benéficos seres para llevar a cabo sus propósitos. Pero en su caso, los espíritus que son por naturaleza maléficos se convierten en esclavos del mago, y él los controla y los obliga a llevar a cabo sus benéficos planes. En cambio el nigromante o devoto de la magia negra, es por el contrario el esclavo del espíritu maligno al que se ha entregado.
 
Mientras que la filosofía de un mago blanco exige una vida de la mayor pureza y la práctica de todas las virtudes, mientras que él debe someter por completo y tener en perfecto control a todos sus deseos y apetitos, mentales y físicos, y debe convertirse simplemente en un virtuoso encarnado, purgado absolutamente de toda debilidad y pusilanimidad humana, En cambio el mago negro debe ultrajar y degradar su naturaleza humana en todos los sentidos concebibles.
 
El menor de los crímenes necesarios para que él (o ella) pueda alcanzar el poder buscado es el asesinato real, mediante el cual se proporciona la víctima humana esencial para el sacrificio. Y la mente humana apenas puede darse cuenta o incluso imaginar una décima parte de los horrores y atrocidades que realmente cometieron los hechiceros Obeah.
 
Sin embargo, aunque el precio a pagar es terrible, el poder es real, no hay posibilidad de error al respecto. Y en la costa oeste, todo rey mezquino tiene su "hacedor de lluvia", y aunque está de moda entre los viajeros occidentales y los misioneros ridiculizar y negar los poderes de esos individuos. Ellos realmente poseen y usan el poder de causar tormentas de lluvia, viento y relámpagos.
 
Y cuando uno considera que por ignorante y brutal que pueda ser un salvaje, sin embargo tiene una inmensa cantidad de astucia natural, y su misma ignorancia le lleva a desconfiar de lo que no se le pueda probar, por lo que ningún "hacedor de lluvia" podría vivir durante un año, a menos que diera casos repetidos de sus poderes cuando el rey lo requiriera (ya que el fracaso simplemente significaría la muerte).
 
Y la hipótesis de que sus conjuros solo funcionan cuando el clima está a punto de cambiar es solo una invención de los misioneros, debido a que los jefes nativos son, como muchos salvajes, capaces de detectar un cambio de clima que se aproxima muchas horas antes de que ocurra.
 
¿Y en esos casos mandarían a buscar al hacedor de lluvia y le darían suficiente ganado para que le dure doce meses, además de esposas y otros lujos, si hubiera la menor apariencia de que se acerca la lluvia?
 
Por supuesto que no.
 
 
 
Recuerdo bien la primera experiencia que tuve con esos brujos africanos. Durante varias semanas no había llovido aunque era la temporada de lluvias. Todos los harinosos morían por falta de agua, el ganado estaba siendo sacrificado, mujeres y niños habían muerto por decenas, y los hombres empezaban a fallecer también, siendo ellos mismos poco más que esqueletos. Día tras día, el sol brillaba sobre la tierra reseca, sin una nube que se interpusiera, como un globo de cobre resplandeciente, y toda la naturaleza languidecía en ese horrible horno.
 
Hasta que de repente el rey ordenó que se golpeara el gran tambor de guerra y todos los guerreros se reunieron apresuradamente. Él les anunció la llegada de dos célebres hacedores de lluvia que procederían inmediatamente a aliviar la angustia reinante.
 
El mayor de los dos brujos era un hombrecillo atrofiado, de piernas arqueadas, cubierto por un trapo de lana que habría sido blanca si no hubiera estado manchado con grasa, suciedad y plumas. El segundo era un buen espécimen de la raza susu, pero con una expresión muy siniestra.
 
Por alguna razón desconocida los guerreros formaron en cuclillas un gran círculo alrededor, todos ellos armados hasta los dientes, con el rey en el centro y los hacedores de lluvia frente a él, y entonces comenzaron sus encantamientos.
 
El cenit y el horizonte fueron examinados con entusiasmo de vez en cuando, pero no apareció ni un vestigio de nube. Y en ese momento el anciano rodó por el suelo con convulsiones como si tuviera un ataque epiléptico, y su compañero se puso de pie señalando con ambas manos el cielo cobrizo. Todos los ojos siguieron su gesto y miraron el lugar al que apuntaban sus manos, pero no se veía nada.
 
Inmóvil como una estatua de piedra, estaba de pie con la mirada clavada en el cielo, y en aproximadamente un minuto se comenzó a observar un tono más oscuro en el tinte cobrizo, y en otro minuto ese tono se volvió más y más oscuro, y unos segundos después se convirtió en una nube negra que pronto se extendió por los cielos.
 
Luego se vio un destello vívido y una fuerte lluvia cayó de esa nube, que ahora se había extendido por completo. Fue algo para recordar. Durante dos días y dos noches, ese torrente se derramó y pareció como si fuera a lavar todo del suelo.
 
 
Después de que el rey despidió a los hacedores de lluvia, y ellos depositaron el ganado y los regalos recibidos bajo vigilancia, yo entré en la cabaña en la que ellos se encontraban alojados y pasé la noche con ellos, discutiendo sobre su arte mágico.
 
La cabaña tenía unos cuatro metros de diámetro, estaba construida con postes firmemente clavados en el suelo y tenía un fuerte techo cónico de paja, y finalmente los convencí de que me mostraran unos ejemplos más de su habilidad.
 
Ellos comenzaron a cantar, o mejor dicho a canturrear una larga invocación, y después de unos minutos el joven pareció elevarse en el aire a unos tres pies del suelo y permanecer allí flotando.
 
Había una luz brillante en la cabaña provocada por una gran fogata que ardía en el centro, de modo que se podía observar con claridad el más mínimo detalle. Pero aún así me levanté para observar de más cerca al hombre más joven y no había dudas sobre su levitación.
 
Luego flotó cerca de la pared y la atravesó hacia el exterior. Yo corrí hacia la puerta, que estaba en el lado opuesto de la cabaña, y miré a mi alrededor, y ahí vi una figura luminosa que parecía un hombre frotado cubierto con aceite fosforecido; pero los torrentes de lluvia eran tan intensos que volví a refugiarme dentro de la cabaña.
 
Cuando volví a entrar en la cabaña solo estaba presente el anciano. Examiné los troncos con cuidado, pero no había ninguna abertura. El anciano prosiguió su cántico, y en otro momento su compañero reapareció flotando en el aire. Se sentó en el suelo y vi que su piel negra relucía por la lluvia, y los pocos trapos que vestía estaban tan húmedos como si lo hubieran sumergido en un río.
 
 
La siguiente hazaña la realizó el anciano y consistió en varias desapariciones y reapariciones instantáneas. Y el punto curioso de esto era que el anciano también estaba empapado.
 
Después de esto hubo una exhibición muy interesante. Siguiendo las instrucciones del anciano, nos dispusimos alrededor del fuego en los tres puntos de un triángulo imaginario, y los brujos agitaron las manos sobre el fuego al ritmo de su cántico, cuando decenas de tic-polongas que son de las serpientes más mortíferas de África, salieron lentamente de las brasas ardientes, y entrelazándose, dieron vueltas en una loca danza sobre sus colas alrededor del fuego, haciendo todo el tiempo un silbido continuo.
 
Y al oír la orden, todas las serpientes saltaron al fuego y desaparecieron. Entonces el joven se me acercó y arrodillándose, abrió la boca de la que rápidamente asomó la cabeza un tic-polonga. El joven se la arrebató, sacando una serpiente de casi un metro de largo de su garganta y la arrojó también al fuego. Y luego en rápida sucesión extrajo siete serpientes más de su garganta y las aventó todas también hacia el fuego.
 
Pero yo quería saber qué podían hacer estos brujos en lo que respecta a invocar a los espíritus, y una vez más ellos aceptaron mostrarme, pero esta vez sus conjuros duraron casi veinte minutos, cuando comenzó lentamente a levantarse del fuego una forma nebulosa que finalmente se transformó en una figura humana: era un hombre de gran edad, un hombre blanco, pero absolutamente desnudo.
 
Le hice varias preguntas al hombre, pero no obtuve respuesta. Entonces me levanté y caminé alrededor del fuego, y noté particularmente una cicatriz lívida en su espalda. No pude obtener una explicación satisfactoria de quién era, pero los brujos parecían bastante temerosos de él, y evidentemente por los comentarios que intercambiaron, ellos esperaban ver a un hombre negro.
 
Después de la aparición de este hombre blanco, no pude persuadirlos esa noche de que intentaran algo más, aunque la noche siguiente volvieron a aceptar complacerme.
 
 
Y la hazaña impresionante que realizaron fue una vieja costumbre que efectúan los sacerdotes de Baal. Ellos comenzaron a canturrear un cántico lúgubre, y lentamente comenzaron a dar vueltas alrededor del fuego (lo que indica que el fuego siempre es parte esencial de esos procedimientos mágicos) manteniendo cierto ritmo tanto en sus movimientos como en sus cadencias.
 
Y progresivamente el movimiento se hizo cada vez más rápido hasta que giraron como derviches danzantes. Entonces hubo dos movimientos distintos, y durante todo el tiempo que estuvieron girando alrededor del círculo, giraron rápidamente sobre sus propios ejes.
 
Con la rapidez de sus evoluciones, sus voces se elevaron más y más fuertemente hasta que el estrépito se volvió insoportable. Y luego, y con un movimiento simultáneo, cada uno de ellos comenzó a cortar su cuerpo desnudo en brazos, pecho y muslos, cubriéndose de profundas heridas y con la sangre derramándose por todo su cuerpo.
 
Entonces el anciano detuvo su desenfrenado movimiento, y sentándose en el suelo, miró atentamente al joven con aparente solicitud. El joven continuó con sus frenéticos movimientos hasta que exhausto no pudo soportar más y cayó jadeante e indefenso al suelo.
 
El anciano entonces tomó los dos cuchillos y ungió las hojas con un poco de grasa maloliente de una calabaza, luego acarició todo el cuerpo del joven con la hoja que le había hecho las heridas, y terminó la operación frotándolo vigorosamente con las palmas de las manos también ungidas con ese ungüento.
 
Pues bien, a los pocos minutos el joven se levantó y no quedaba el menor rastro de herida o cicatriz en su piel de ébano. Luego el joven realizó los mismos buenos oficios con el anciano surtiendo el mismo efecto. Y diez minutos después ambos estaban acostados en sus colchonetas en un sueño dulce y tranquilo.
 
Para realizar esta proeza ellos efectuaron muchas invocaciones, gestos, el fuego circular y otras cosas que me hicieron convencer que una parte, en todo caso, de los procesos mágicos de África occidental se había transmitido desde los días en que Baal era un Dios real y poderoso en la tierra. »
 
(Revista Lucifer, noviembre de 1890, p.231-234)
 
 
 
 
 
 
 


OBSERVACIONES
 
El esoterismo explica que si es posible levitar y atravesar muros con el cuerpo físico, pero es muy difícil, y el hecho que el hombre joven brillara como si estuviera cubierto con aceite fosforecido, me hace sospechar que en realidad él levitó con su cuerpo astral, el cual lo materializó lo suficiente para volverlo visible, mientras que su cuerpo físico lo ocultó con la ayuda de la "psicologización".
 
Y también es posible hacer desaparecer el cuerpo físico y volverlo a reaparecer (y a ese fenómeno se le conoce como teleportación). Pero sospecho que el anciano también utilizó la misma técnica que el joven.
 
Y en donde si estoy muy convencido que emplearon la psicologización es en el espectáculo de las serpientes porque el comportamiento que tuvieron esos animales no corresponde a sus capacidades, aunque otro investigador sugirió que tal vez obligaron a elementales a tomar esas formas de serpientes temporalmente.
 
En cuanto a la invocación del hombre muerto, pienso que probablemente si fue real, ya que ese tipo de materializaciones también suceden en el espiritismo occidental.
 
Y el último espectáculo que dieron, ahí no sabría decirles si fue una ilusión o si fue verdaderamente genuino.