En 1982 la docente Graciela Corvalán entrevistó a Castaneda, y acerca de este asunto, ella escribió lo siguiente:
« Para ilustrar de un modo concreto la manera como Don Juan le enseñaba, Castaneda nos refirió un episodio muy interesante. Parece que él fumaba mucho y que Don Juan resolvió curarlo.
"Fumaba como tres cajetillas por día. ¡Un cigarro tras otro! No los dejaba apagar. Ustedes ven que ahora yo no llevo bolsillos –dijo señalando su remera que en verdad carecía de ellos–. Eliminé los bolsillos en ese entonces para quitarle al cuerpo la posibilidad de sentir algo en el costado izquierdo, y que este algo me recordara el hábito. Al eliminar el bolsillo eliminé también el hábito físico de llevar la mano hacia el bolsillo."
En el primer libro "Las Enseñanzas de Don Juan", éste le dice: « La cosa que hay que aprender es cómo llegar a la raja entre los mundos y cómo entrar en el otro mundo... Hay un lugar donde los dos mundos se montan el uno sobre el otro. La raja está allí. Se abre y se cierra como una puerta con el viento. Para llegar allí, un hombre debe ejercer su voluntad. Debe, diría yo, desarrollar un deseo indomable, una dedicación total. Pero debe hacerlo sin la ayuda de ningún poder y de ningún hombre... » (p. 220)
"Cierta vez Don Juan me dijo que íbamos a pasar unos días por los cerros de Chihuahua. Recuerdo que expresamente me dijo que no me olvidara de traer mis cigarrillos. Me recomendó también que llevara provisiones como para unos dos paquetes diarios y no más. Compré entonces las cajas de cigarrillos, pero en vez de 20 empaqueté unas 40. Hice unos paquetes divinos que recubrí con papel de aluminio para proteger mi carga de los animales y la lluvia.
Bien equipado y con la mochila a cuestas, seguí a Don Juan por los cerros. ¡Ahí andaba yo encendiendo cigarrillo tras cigarrillo, y tratando de recuperar el aliento! Don Juan tiene un vigor tremendo; con gran paciencia me esperaba mientras me observaba fumar y agitarme por los cerros. ¡Yo no tendría ahora la paciencia que él tuvo conmigo! – exclamó Castaneda.
Llegamos, por fin, a una meseta bastante alta, rodeada de acantilados y empinadas laderas. Allí Don Juan me invitó a que tratara de volver o de bajar. Por mucho tiempo probé por un lado y otro hasta que finalmente tuve que desistir del intento ya que no iba a poder.
Seguimos así, por varios días, hasta que una mañana me despierto y lo primero que hago es buscar mis cigarrillos. ¿Dónde están mis divinos paquetes? Busco y busco y no los encuentro.
Cuando Don Juan se despierta, quiere saber lo que me pasa. Le explico lo que ocurre y me dice: 'No te preocupes. Seguramente vino un coyote y se los llevó, pero no pueden estar muy lejos. ¡Aquí! ¡Mira! ¡Hay rastros del coyote!'
Todo ese día lo pasamos rastreando las huellas del coyote en busca de los paquetes. Después de mucho buscar, Don Juan seguía insistiendo en que no debía preocuparme porque ahí nomás, tras la loma, hay un pueblo y allí podría comprar todos los cigarrillos que quisiera.
Otra vez anduvimos buscando y buscando... Claro es que ahora buscábamos el pueblo. ¿Dónde está el pueblo? Ni señales de él.
En eso estábamos, cuando Don Juan se sentó en el suelo y haciéndose el viejito empezó a quejarse: 'Esta vez sí que estoy perdido... Ya estoy viejo... No puedo más...'
Mientras esto decía, se agarraba la cabeza y hacia grandes aspavientos."
Castaneda nos contaba toda esta historia imitando a Don Juan en sus gestos y tono de voz. Era un espectáculo verlo. Más adelante, el mismo Castaneda nos diría que Don Juan solía hacer referencia a sus habilidades histriónicas.
"Con tanto andar –siguió, Castaneda– creo que habían pasado como 10 o 12 días. ¡Ya ni ansias de fumar me quedaban!
Así es como se me quitaron las ganas de fumar. ¡Nos las pasábamos como demonios corriendo por los cerros!
Cuando llegó el momento de volver, se imaginan que Don Juan supo perfectamente cómo hacerlo. Bajamos derechito al pueblo. La diferencia fue que entonces, yo ya no tenía necesidad de comprar cigarrillos. De este episodio –dijo Castaneda con un tono nostálgico– han pasado como 15 años.
La línea del no-hacer –comentó– es precisamente lo opuesto a la rutina o rutinas a las cuales estamos acostumbrados. Hábitos como el del cigarrillo, por ejemplo, son los que nos tienen amarrados, encadenados. En el sentido del no-hacer, en cambio, todas las avenidas son posibles."
Castaneda nos dio a entender que Don Juan los conocía muy bien a todos; los conocía en sus hábitos y debilidades. Y así fue como uno a uno los fue agarrando.
Don Juan y don Genaro, "esos dos compinches", al decir de Castaneda, supieron hacerle a cada uno la jugada apropiada y así hacerlos caer en el camino del conocimiento. »
(Revista Mutantia)
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