Les pido una disculpa, pero por falta de tiempo no voy a

poder atender los comentarios hasta finales de mayo.

A LA BÚSQUEDA DEL MAHATMA MORYA



S. Ramaswami(er) fue un hindú perteneciente a la casta Brahmánica, trabajaba como director del Registro de Seguros del Gobierno Británico en su ciudad natal Tirunelveli. Su aceptación como chela (discípulo) fue confirmada por una carta que recibió el 28 de septiembre de 1881 (materializada fenoménicamente por el Mahatma Morya) cuando lo vislumbró mientras se encontraba en el Cuartel General de la Sociedad Teosófica en Bombay (que posteriormente, a finales de 1882, se trasladó a Adyar en Madrás). La carta dice:

« Saludos a mi fiel chela. Él es aceptado incluso desde ahora, de tal suerte que puede considerarse como mi chela aceptado. Upâsika [Blavatsky] tiene todas las instrucciones. Que mi chela Rama B. Yogi siga las instrucciones que reciba de ella. Te bendigo, hijo.
M.    »
(Cartas de Maestros de Sabiduría, II, No 48.  Nota: Rama “Bhadra” fue el nombre secreto que recibió Ramaswami cuando fue iniciado en la “ceremonia del cordón” brahmánico. ¿Cómo lo supo el Mahatma?)

El siguiente texto es parte de una carta personal que le escribió a su amigo Damodar en donde le narra las pericias por las que pasó, cuando emprendió un viaje en busca de su Maestro.

«…Cuando nos encontramos por última vez en Bombay, te dije lo que me había pasado en Tirunelveli. Habiéndose deteriorado mi salud por trabajo y preocupaciones, pedí un permiso de ausencia por razones médicas, el cual me fue concedido.

Un día del pasado mes de septiembre de 1882, mientras estaba leyendo en mi cuarto, me fue ordenado por la voz audible de mi bendito Gurú Morya-Mahârshi, el dejar todo e irme inmediatamente a Bombay, a donde tenía que ir en busca de la Sra. Blavatsky, encontrarla y seguirla a dondequiera que ella fuese. Sin perder un instante, dejé de hacer lo que estaba haciendo y me fui a la estación. Ya que el tono de esa voz es para mí el sonido más divino de la naturaleza y sus ordenes imperativas.

Viaje en mi vestimenta mística, pero al llegar a Bombay, me encontré con que la Sra. Blavatsky ya se había ido y me enteré a través de ti [Damodar residía en el Cuartel General] que se había ido hacía unos pocos días antes, que ella estaba muy enferma y que más allá del hecho de que ella se había ido del lugar de manera muy repentina con un chela, tú no sabías nada de su paradero. Y ahora debo decirte lo que me ocurrió después de dejarte.


SIGUIENDO A BLAVATSKY

Realmente no sabiendo hacía donde ir, tomé un boleto a Calcuta, pero al llegar a Allahabad, escuché la misma bien conocida voz mandándome ir a Baharampur. En el trayecto, conocí en el tren de la manera más providencial, a algunos caballeros bengalíes (que en ese momento no sabía que también eran teósofos, ya que no los había visto antes) quienes también andaban en busca de la Sra. Blavatsky. Dijeron que sabían que ella se dirigía al Tíbet y querían acompañarla para poder postrarse a los pies de los Mahatmas.

De Baharampur fui a Calcuta para encontrarme con el hermano Nobin K. Banerji, Presidente de la Sociedad Teosófica de Adhi Bhoutic Bhratru, quien con otros también estaba arriesgando todo con la esperanza de ver a los Mahatmas. Esperaba que pudiera decirme donde estaba la Sra. Blavatsky, pero no quiso decirme o quizás él mismo no lo sabía entonces. Finalmente el día 23, el Sr. Nobin me llevó de Calcuta a Chandernagore, en donde encontramos a la Sra. Blavatsky preparándose para tomar un tren.

Un chela melenudo alto, de piel oscura, que por su vestido supuse que era tibetano, me dijo que yo ya había llegado muy tarde, que la Sra. Blavatsky ya había visto a los Mahatmas y que él la había traído de regreso. No quiso escuchar mis suplicas para que me llevase con él, diciéndome que él no tenía otras órdenes que lo que ya había ejecutado a saber, llevarla alrededor de veinticinco millas de un cierto lugar que él me mencionó y que ahora él iba a encargarse de cuidarla para que llegara sana y salva a su casa y que después de esto se regresaría.

En eso estábamos, cuando el tren llegó, ella subió al vagón y antes de que sus propias cosas pudiesen incluso ser colocadas en el furgón de equipaje, el tren, en contra de todos los reglamentos y antes de que sonara la campana, arrancó, dejando en la estación al Sr. Nobin, a los caballeros bengalíes e incluso al sirviente de la Sra. Blavatsky. Teniendo solo tiempo de subirse al tren un Bâbu, su esposa y la hija de otro. Todos ellos teósofos y candidatos al chelado. Yo mismo apenas tuve tiempo de saltar en el último vagón. Todas sus cosas, con excepción de su caja con la correspondencia teosófica se quedaron en el andén con su sirviente.

El Sr. Nobin y el sirviente llegaron cinco días después a Darjiling, pero incluso aquellos que abordaron el tren, se quedaron cinco o seis estaciones atrás debido a otro incidente imprevisto, alcanzando Darjiling también unos cuantos días después. No se requiere de una gran imaginación para concluir que quizás los Mahatmas estaban conduciendo a la Sra. Blavatsky y que por alguna razón que solo ellos sabían, no querían que nosotros la siguiéramos y observáramos. Los primeros días de su llegada, la Sra. Blavatsky estuvo viviendo en la casa de un caballero bengalí, un teósofo rehusándose ver a nadie.

[Menciona a muchos bengalíes porque toda esa región corresponde al estado de Bengala Occidental situado al oeste del Bangladesh.]

A todas nuestras importunaciones, solo pudimos obtener de ella una respuesta; que no teníamos por qué estarla siguiendo de cerca, que ella no nos quería allí y que ella no tenía derecho a disturbar a los Mahatmas con toda clase de preguntas y de suplicas que solo concernían a quien las hacía, ya que cada uno conocía sus asuntos mejor que nadie. Que si queríamos ir al Tíbet éramos libres de hacerlo, pero que a ella misma le estaba prohibido ir justo ahora al Tíbet. Dijo que ella tenía que permanecer en los alrededores de Darjiling y que vería al Mahatma en el territorio de Sikkim, en donde NO se nos permitiría seguirla.

[Inicialmente Blavatsky tenía permiso de ir a visitar el Ashram de su Maestro Morya situado en el Tíbet, pero la invasión de Egipto por los británicos que se dio en ese momento, hizo que el Chohan (el superior de los Mahatmas) cancelara el permiso, y el Maestro Morya no tuvo más remedio que a sangre fría revocarle la autorización a su discípula cuando ya había recorrido la mayor parte del viaje. Lo detallo en los Ashrams de los Mahatmas.

Sin embargo le permitió que se vieran en Sikkim que en ese entonces era un reino independiente, situado entre la India y el Tíbet, a donde no se podía entrar sin autorización de la monarquía Chogyal. (A partir de 1975, su población por referendo decidió convertirse en el 22º estado de India.)]


CRUZANDO LA FRONTERA

En desesperación, me decidí, pasará lo que pasará, a cruzar la frontera, que está a un poco más de diecinueve kilómetros de allí, y encontrar a los Mahatmas o – MORIR. Nunca me detuve a pensar que lo que estaba a punto de emprender sería considerado como el acto arrebatado de un lunático. Tampoco hablaba ni entendía ni una sola palabra de bengalí, urdu, nepalés o las lenguas del Bután y el Tíbet. No tenía ni permiso, ni pase del Râja de Sikkim y no obstante, estaba decidido a penetrar en el corazón de un Estado independiente en donde, si algo me pasaba, las autoridades Anglo-Indas no podrían protegerme, dado que había pasado sin permiso. Pero nunca pensé en eso, ya que estaba resuelto y absorto en una sola idea: encontrar y ver a mi Maestro.

Sin decir ni una sola palabra a nadie de mis intenciones en la mañana del 5 de octubre, partí en busca del Mahatma. Tenía un paraguas y un bastón de peregrino como únicas armas, con unas cuantas rupias en mi monedero. Llevaba puesta mi vestimenta y gorro amarillo. Cada vez que me sentía cansado en el camino, mi traje me permitía obtener fácilmente un pequeño caballo, por una poca cantidad de dinero.

La misma tarde alcancé las márgenes del Rio Rangit, el cual forma la frontera entre la India y el reino de Sikkim. Traté de cruzarlo a través un puente suspendido, construido con bejucos, pero se balanceaba de un lado a otro en tal medida que yo, que nunca había conocido en mi vida lo que eran las penalidades (perteneciendo a la casta más prestigiosa) no pude resistirlo. Por lo tanto, preferí cruzar el río por el transbordador, y esto incluso con bastante peligro y dificultad (rodeado de montañas no ha de ser un rio fácil de cruzar).


ENCUENTRO CON EXTRAÑOS

Toda esa tarde viajé a pié, penetrando más y más adentro del corazón de Sikkim a lo largo de una estrecha senda. No puedo decir ahora cuántos kilómetros recorrí antes del atardecer, pero estoy seguro de que no fueron menos de treinta o cuarenta kilómetros. De un lado al otro, no veía nada más que junglas y bosques impenetrables a todo mí alrededor, mitigados a largos intervalos por chozas solitarias pertenecientes a la gente de la montaña.

En el crepúsculo, comencé a buscar un lugar en dónde descansar durante la noche. En la tarde me había encontrado en el camino a un leopardo y a un gato salvaje, y estoy asombrado ahora que lo pienso, cómo es que entonces no sentí miedo ni traté de correr. Durante todo el tiempo me sostenía alguna influencia secreta. Nunca pasó por mi mente el miedo o la ansiedad. Quizás en mi corazón no había lugar para otro sentimiento que no fuese una intensa ansiedad por encontrar a mi Maestro.

Cuando ya estaba oscureciendo, observé una choza solitaria a unos cuantos metros de la orilla del camino. Dirigí mis pasos hacia ella con la esperanza de encontrar alojamiento. La ruda puerta estaba cerrada con llave. No había nadie en la cabaña en ese momento. La examiné por todos lados y encontré una pequeña ventana por el lado poniente. Era en verdad pequeña, pero lo suficiente para que pudiese introducirme por ella. Por una extraña coincidencia de circunstancias, el montañés había olvidado cerrarla cuando salió.

Al entrar, encontré que el cuarto se comunicaba con otro cuarto por medio de una pequeña puerta y que los dos ocupaban todo el espacio de la selvática mansión. Aseguré la puerta del cuarto y la única ventana. Me recosté concentrando como de costumbre todo pensamiento en mi Maestro y pronto caí profundamente dormido.

Deben haber sido entre las diez y once, o quizás un poco más tarde, cuando me desperté y escuché sonido de pasos en el cuarto anexo. Podía claramente distinguir a dos o tres personas hablando entre ellos en un dialecto desconocido para mí. No dejo de estremecerme cada vez que me acuerdo de esto. Pudieron haber entrado en cualquier momento al cuarto donde me encontraba y asesinarme por mi dinero. Y si me hubiesen confundido con un ladrón la misma suerte me hubiese esperado.

En un periodo inconcebiblemente corto se agolparon en mi mente éste y otros pensamientos similares, pero mi corazón no palpitó de miedo. No sé qué influencia secreta me mantenía firme, pero nada pudo sacarme de quicio o hacerme tener miedo. Estaba perfectamente calmado, aunque me mantuve despierto mirando en la oscuridad por más de dos horas, e incluso caminé por el cuarto suave y lentamente sin hacer ningún ruido, planeando mi escape en caso de necesidad, hacia el bosque por el mismo camino por el que había efectuado mi entrada en la choza. Pero vuelvo a repetirlo, no tuve ningún miedo, ni tampoco entró jamás en mi corazón un sentimiento semejante.

Volví a acomodarme para descansar y después de haber dormido profundamente, sin ser disturbado por ningún sueño, me desperté al amanecer. Luego, apresuradamente me puse mis bota y cautelosamente salí de la choza a través de la misma ventana. Podía escuchar los ronquidos de los dueños en el otro cuarto y sin perder el tiempo, volví a tomar el sendero hacia la ciudad de Sikkim, manteniendo mi paso con incansable celo.

Considerándolo en retrospectiva, puedo ver ahora la mano protectora de mi venerable Maestro. Desde los rincones más profundos de mi corazón, le daba las gracias por la protección que me había concedido durante la noche.

¿Qué fue lo que impidió a los dueños de la choza penetrar en el segundo cuarto?

¿Qué fue lo que me mantuvo en el mismo espíritu calmado y sereno, como si estuviese en un cuarto de mi propia casa?

¿Qué habrá sido lo que me hizo dormir tan profundamente bajo tales circunstancias, habiendo una enorme selva oscura por todos lados, abundante en bestias salvajes y un grupo de degolladores – como se dicen que son la mayoría de los habitantes de Sikkim – en el cuarto de al lado?


RUMBO A LA CIUDAD DE SIKKIM

Cuando se hizo más claro el día, dirigí mi camino a través de colinas y valles. Cabalgando o caminando, los senderos que seguí no hubiesen sido una jornada agradable para nadie, a no ser que hubiese estado tan profundamente absorto en pensamiento como lo estaba yo entonces.

Seguía el camino a la ciudad de Sikkim, creo que eran entre las ocho y nueve de la mañana, y la gente que encontraba en el camino me aseguraba que podría cruzar fácilmente al Tíbet en mi vestimenta de peregrino, cuando de repente vi a un jinete solitario galopando hacia mí desde la dirección opuesta. Por su alta estatura y su habilidad en el manejo del caballo, supuse que sería un oficial militar del Râja de Sikkim.

¡Pensé entonces que ahora sí me habían atrapado!

Me pedirá que le enseñe mi pase y que le diga qué hago en territorio independiente de Sikkim, y quizás me arrestará enviándome de regreso, sino es que algo peor. Sin embargo, a medida que se aproximaba a mí, tiró de las riendas del caballo, deteniendo el paso. Lo miré y lo reconocí… Estaba ante la tremenda presencia de él, del mismo Mahatma, mi propio venerado Maestro al quien había visto en su cuerpo astral en el balcón en el Cuartel General Teosófico. Era él, el “HERMANO Himâlayico” de la inolvidable noche del pasado mes de diciembre, el que tan amablemente había dejado caer una carta en respuesta a una que yo le había dado solo una hora antes a la Sra. Blavatsky en un sobre sellado, la cual nunca perdí de vista durante ese intervalo.

En ese mismo instante me vi postrado en tierra a sus pies. Por orden suya me levanté y pausadamente contemplé la imagen que conocía tan bien, ya que había visto su retrato (el que está en posesión del coronel Olcott) innumerables veces. No sabía que decir: el gozo y la reverencia ataron mi lengua. La majestuosidad de su semblante, el cual me parecía ser la personificación del poder y del pensamiento, me mantuvieron extasiado con temor reverente. Finalmente estaba cara a cara con “el Mahatma del Himâvat” y él no era un mito, ni la “creación de la imaginación de un médium” como algunos escépticos lo han sugerido. Tampoco era una alucinación, puesto que ya eran entre las nueve y diez de la mañana, y el sol brillaba siendo un testigo silenciosos de la escena desde arriba. Lo veía a ÉL ante mí, en carne y hueso, y él me hablaba en acentos afectuosos y dulces.

¿Qué más podía desear?

Mi exceso de felicidad me puso mudo. No fue sino hasta que transcurrió un cierto tiempo que fui capaz de pronunciar unas cuantas palabras, animado por su amable tono de voz. Su tez no es tan clara como la del Mahatma Kuthumi, pero nunca había visto un semblante tan bello, una estatura tan alta y majestuosa. Como en su retrato, el tiene una corta barba negra y pelo negro largo que le llega hasta el pecho. Solo su vestimenta era diferente, en vez de una toga suelta blanca, vestía una capa amarilla con lienzos de piel. Y en su cabeza, en vez de un pagri (turbante), portaba un gorro de fieltro tibetano amarillo, como he visto que lo usan algunos butaneses en este país.

Cuando pasaron los primeros momentos de arrobamiento y sorpresa, y comprendí calmadamente la situación, tuve una larga conversación con él. Me dijo  que ya no continuara más adelante, porque la pasaría muy mal. Dijo que debía esperar pacientemente si quería llegar a ser un discípulo plenamente aceptado, que eran muchos los que se ofrecían como candidatos, pero solamente muy pocos llegaban a demostrar que eran merecedores. Ninguno era rechazado, pero todos ellos debían ser probados y la mayoría fracasaban. Que algunos, en vez de comprometerse y ser aceptados este año, habían tenido que renunciar por un año. Vi que el Mahatma hablaba muy poco inglés o al menos así me pareció y a mí me habló en mi lengua materna que es el Tamil.

[Esta constatación me muestra que la narración es verídica, debido a que es un detalle que casi nadie sabía (ya que casi nadie se había comunicado verbalmente con el Maestro Morya). Yo lo sé porque en una carta el Mahatma Kuthumi le dice a Sinnett: “Morya sabe muy poco inglés y detesta escribir” (CM14, p84), solo que las Cartas Mahatma se hicieron públicas hasta en 1923. ¡40 años después! ]

Me dijo que si el Chohan le permitía a la Sra. Blavatsky visitar Parijong, entonces yo podría ir con ella. Los teósofos bengalíes que siguieron a la Sra. Blavatsky verán que ella tenía razón en tratar de disuadirlos de seguirla ahora. Le pregunté al bendito Mahatma si podía contar a otros lo que vi y escuché. Me contestó afirmativamente y que además haría bien en escribirte y describirte todo.

Quisiera que tengas en mente toda esta situación y pedirte que no pierdas de vista que lo que vi no era solamente una mera “apariencia” o el cuerpo astral del Mahatma como lo vimos en Bombay, sino el hombre vivo y en su propio cuerpo físico. Cuando le ofrecí mi namaskarams (postraciones de despedida), me dijo que estaba complacido de acercarse a la India para ver a su discípula Blavatsky. Antes que él partiera, dos hombres más llegaron a caballo, supongo que eran sus ayudantes, probablemente chelas, ya que estaban vestidos como lamas gelung y ambos como él mismo, con pelo largo ondeado por detrás de sus espaldas. Cuando el Mahatma partió, lo siguieron a trote suave.


REGRESO A CASA

Por más de una hora me quedé mirando el lugar que el apenas había dejado, y luego lentamente comencé a regresar por donde había llegado. Fue entonces que me di cuenta por primera vez de que mis largas botas habían apretado mis piernas en varios lugares, que no había comido nada desde el día anterior, y que estaba demasiado débil para caminar más allá. Cada parte de mi cuerpo me dolía. A poca distancia vi a unos pequeños comerciantes con sus caballos de campo, llevando cargas. Alquilé uno de esos animales y en la tarde llegué al rio Rangit y lo crucé. Un baño en sus frías aguas me revivió. Compré algunas frutas en el único bazar que había allí y comí gustosamente.

Tomé otro caballo y llegué a Darjiling en las primeras horas de la noche. No podía ni comer, ni sentarme, ni estar de pie. Me dolía toda parte de mi cuerpo. Parece ser que mi ausencia había alarmado a la Sra. Blavatsky. Cuando le conté lo sucedido, ella me regañó por mi temerario y loco intento de ir al Tíbet de esa manera. … Por favor muéstrale mi carta al coronel Olcott, ya que él fue el primero en abrir mis ojos al Jnana Marga [“el sendero del conocimiento”] y que estará contento por el éxito (más del que merezco) que he obtenido. Más adelante le daré detalles personalmente.
Darjiling, 7 octubre 1882.  »
(Nota: la carta la edité para hacerla más comprensible. Fue publicada por primera vez en la revista The Theosophist, diciembre 1882, vol. IV, No 3, p67-69. Posteriormente en la compilación Five Years of Theosophy, p443-454.)

Muy poco después que le escribió a Damodar, Ramaswamier recibió una carta del Mahatma:

« Ramaswamier se pondrá las vestimentas de un típico asceta Vedântin – hasta el copete si fuese necesario y que envíe sus inútiles ropas a Bombay. Deberá viajar de ciudad en ciudad a lo largo de la línea de Allahabad, y predicar teosofía y vedantismo. Todo mundo deberá saber que él es mi chela y que me vio en Sikkim. . .Vístete desde ahora como un peregrino y dile a tus amigos que recibiste órdenes directas de mí – cómo, de qué manera no es de su incumbencia. Silencio, discreción y valor. Que mis bendiciones estén sobre tu cabeza mi buen y fiel hijo y chela.
M.  »
(Cartas de los Maestros de Sabiduría, Serie II, No 50, p95-97)

La mejor evidencia de que Ramaswamier siguió las instrucciones de su Maestro, lo muestra el hecho de que fundó cuatro Logias de la Sociedad Teosófica a medida que viajó de Darjiling a Bombay. Por lo que se sabe hasta ahora, Ramaswamier recibió nueve cartas de los Mahatmas, la mayor parte de ellas conteniendo instrucciones personales. A continuación citamos una que es muy corta, pero que muestra que se había establecido una relación directa independientemente de Blavatsky. Este es un punto importante que demuestra que tal nivel es alcanzable.

« En nombre de M., se le ordena a R.S. llevar la comunicación adjunta a Subba Row. R. Swami tiene mis bendiciones y se le manda no revelar esto a nadie. Él puede sin embargo, decir que recibió esta carta, siendo esto una nueva prueba de nuestra realidad independientemente de Upâsika.
M.  »

En una carta el Mahatma Morya le dice a Sinnett:

« Por favor, date cuenta de que mi sentido de justicia es tan grande que no te negaría la satisfacción que le di a Ramaswami y a Olcott. Si no me viste, es simplemente porque era una imposibilidad. » (CM109, p444)

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Hay que posicionar el texto en su contexto. En la India existe la tendencia a venerar de forma casi idolátrica a sus Gurús, lo que puede chocar a las mentes occidentales (aunque también se da en el catolicismo con la adoración de los santos y las vírgenes). Y es una de las razones de ¿por qué los Maestros son tan discretos?  Ya que como lo señala el Mahatma Kuthumi:

« Nosotros no pedimos que se nos adore. El discípulo no debe estar encadenado de ninguna manera. » (ver Carta de K.H. a Annie Besant)

Por otro lado, cada quién actúa en función de sus ideas, pero no te recomiendo que obedezcas solo porque escuchas una voz, aunque sea la voz de un Maestro, de un Ángel o del mismísimo Dios, en lo personal me rehúso a cumplir, sin que antes me hayan claramente explicado las razones y objetivo de la petición. Colaborar SÍ. Obedecer ciegamente NO.

Por último, no necesitas hacer locuras para encontrar a tu Maestro (“Find Mahatma or Die Tryin”). La forma más segura es comportándote como un discípulo y entonces el Maestro vendrá a ti, sin necesidad de buscarlo (lo detallo en el mejor método para encontrar al Maestro)

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