(Este artículo fue escrito por Alsibar quien ha estudiado mucho a los guías espirituales, y el texto original en portugués lo pueden leer en este link.)
Conocí a Krishnamurti a través de los libros. Cuando él falleció (en 1986) yo tenía solo trece años. A los dieciséis compré un libro sobre él publicado por la editorial Planeta. Este fue mi primer contacto con quien tocaría e influiría en mi vida.
No sentí nada especial en su apariencia. Vi el rostro amarillento de un hombre, cabello canoso, piel aparentemente blanca, una mirada vaga y triste. No parecía indio, sino europeo. Quizás porque, en ese momento, la tecnología de impresión de libros era aún muy rudimentaria, pero como ya había comprado otros libros de la misma colección: Ramakrishna y Ramana Maharshi, decidí comprar este también. Todavía lo conservo. Viejo, con los bordes carcomidos por las polillas y el tiempo.
Al principio su mensaje no me impactó. Leí el libro, pero casi nada me quedó grabado. Quizás en ese entonces era demasiado profundo para mi mente inmadura. Sin embargo me di cuenta de que allí estaba alguien que compartía y confirmaba muchas de mis propias opiniones, por lo que quise investigar más sobre él.
Primero leí su fascinante e intrigante biografía: un niño indio pobre que había sido reconocido como el nuevo mesías, el nuevo Instructor del Mundo. Estaba siendo preparado y educado para eso.
¡Pero qué sorpresa fue darme cuenta de que, de adulto, había rechazado ese título, abdicando de su condición mesiánica!
Me emocionó la valentía, la rectitud y la sabiduría de alguien tan joven y sin ambiciones. Pensé: "Y ahora, Krishnamurti. ¿Cómo vivirás?".
Pero él puso su misión por encima de cualquier objetivo personal y perseveró hasta el final. Solo una cosa le importaba: «hacer al hombre absoluta e incondicionalmente libre».
¿Qué importaban los miles de seguidores con sus halagos? ¿La fama, el dinero y el poder?
Reflexioné sobre mí mismo y mi propia condición. Me acordé de los hombres de nuestra sociedad. Muchos darían lo que fuera por estar en su lugar y disfrutar de todo lo que él voluntariamente dejó.
Tras conocer a Krishnamurti y su mensaje, me interesé más por él.
Osho
En aquel entonces yo leía todo lo relacionado con el ocultismo y la espiritualidad. En particular a Bhagwan Shree Rajneesh (Osho) y a Gurdjieff a través de su discípulo Ouspensky, así como a Blavatsky, Trigueirinho y otros. Pero lo que más apreciaba en aquel entonces era a Osho.
Disfrutaba especialmente leyendo sus comentarios sobre Buda, Cristo y Krishnamurti, y en ese sentido, el gurú indio era una enciclopedia.
A través de él aprendí sobre las principales corrientes espiritualistas de la época. Así experimenté la efervescencia del movimiento rajneesh.
En ese entonces yo con otros compañeros afines comprábamos sus libros y revistas, debatíamos puntos de desacuerdo, visitábamos centros de meditación, asistíamos a conferencias y avivábamos el sueño de irlo a visitar en la India, y después a los Estados Unidos donde posteriormente él se mudó.
Luego vinieron los escándalos, la caída, su encarcelamiento, la disolución de la comuna estadounidense, y finalmente su misteriosa muerte.
Tras todos estos acontecimientos, nos sentíamos un tanto huérfanos. Aun así seguí leyendo con constancia los libros de Osho y escuchando sus conferencias.
¿Cuánto duraron la admiración y el encanto? ¿Cuánto tiempo esas hermosas, y en cierta medida, revolucionarias palabras, satisficieron mi mente inquieta e insaciable?
Pero el tiempo... ah, el tiempo... se encargaría de separar el trigo de la paja.
Discernimiento
El tiempo pasó, y con él, mucho se convirtió en cenizas. Poco a poco, aprendimos a diferenciar entre baratijas y oro puro. Lo que realmente tenía sustancia y lo que era meramente un producto embellecido exhibido en el mercado de la espiritualidad falaz.
Lo verdadero, profundo y esencial no falla en los momentos más difíciles ni muere con el tiempo. Por eso Cristo, Buda, Krishna y Babaji son eternos y universales. Y en lugar de morir, sus enseñanzas renacen y se fortalecen con el tiempo. Pero lo que carece de esencia muere en cuanto pasa la efervescencia.
Ese no fue el caso de Krishnamurti.
El mensaje de Krishnamurti marcó mi vida, no por ser bello, fácil y reconfortante, sino porque me clarificó, me iluminó y me ayudó a comprenderme a mí mismo y a mi vida. Y eso no fue nada fácil.
Al principio no me consoló. Al contrario, me destrozó el alma. Destruyó mis creencias, mis ilusiones y mi zona de confort, que con tanto celo me esforcé por preservar.
Su mensaje —es cierto—, como dijo una vez un amigo bloguero, «su mensaje lo destruyó todo y me dejó sin nada». Pero reflexionando hoy: ¿qué dejaría? ¿Y cómo podría dejar algo? Todo lo que era ilusión tenía que ser demolido. Y así fue como los escombros acumulados de una vida explotaron en un abrir y cerrar de ojos.
De ese cataclismo interior emergió una nueva persona en mí. Un nuevo ser que no era, ni es, seguidor de Krishnamurti, ni de nadie más. Que reconoce y sabe diferenciar la ilusión de la realidad. Que no busca ni se conforma con palabras bonitas. Alguien que no se aferra a nada ni a nadie, ni siquiera a quien tanto contribuyó a su renacimiento. Una persona que no se siente superior ni mejor que nadie, sino que se siente libre y busca ayudar a quienes también desean ser libres.
Gratitud… quizás esa sea la palabra que mejor expresa mis sentimientos hacia Krishnamurti. Él fue la culminación de una vida de búsqueda, luchas, errores e ilusiones.
¿Qué sería de mí y de mi vida hoy si no hubiera captado algunas de sus enseñanzas, que fueron cruciales para mí?
Hoy sé que los maestros existen. No porque me lo hayan dicho, sino porque sus mensajes de liberación y sabiduría han influido significativamente en mi vida. Lo sé porque verifico la veracidad y la utilidad de sus palabras en mi vida diaria. Lo sé porque veo los resultados concretos, los cambios positivos, en mi vida y en quienes me rodean, ya sean familiares, parientes y amigos, incluso los que viven lejos.
Estoy profundamente agradecido a todos los maestros. Sin embargo quisiera expresar mi especial gratitud a Krishnamurti, quien tuvo la difícil tarea de revisar el significado de los principios fundamentales del Dharma, o la Verdad Universal, olvidados, abandonados y adulterados por los estragos del tiempo y las acciones de personas sin escrúpulos.
Krishnamurti adaptó la Verdad a la mentalidad del hombre moderno, abriendo así nuevos paradigmas para la espiritualidad del Nuevo Milenio. Pero no abandonó el pasado, sino que lo reformuló, revalidando y confirmando así la esencia de las enseñanzas de quienes lo precedieron.
Sé que muchos no comprenden o rechazan la visión revolucionaria de Krishnamurti, pero conviene reflexionar sobre la siguiente pregunta:
Las enseñanzas son universales y eternas, pero debido a la dureza de nuestros corazones, su esencia se pierde con el tiempo. Esta esencia necesita ser recordada, revitalizada y adaptada según la época, el contexto y la cultura.
Si no fuera por seres como Buda, Jesús, Babaji, Krishnamurti y otros, la humanidad estaría condenada a errar en la oscuridad y el sufrimiento, perdida en enseñanzas erróneas y obsoletas, corroída por el tiempo.
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