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RECUERDOS DE BLAVATSKY POR FRANZ HARTMANN


(Este es el artículo más extenso que el esoterista Franz Hartmann escribió sobre Blavatsky, lo publicó veinte años después de su fallecimiento en su revista alemana "Neue Lotusblüten", añadí subtítulos en azul.)




RECUERDOS DE H. P. BLAVATSKY

Se ha escrito tanto sobre Helena Petrovna Blavatsky que apenas queda nada nuevo que decir al respecto. Si he de mencionar algo sobre mi relación con ella, me veo obligado —en aras de la claridad— a hablar principalmente de mí mismo y a realizar, por así decirlo, una "confesión general".

Debo admitir que, de todas las necedades que he cometido en mi vida, ninguna me resulta tan lamentable como el hecho de que, durante mis dos años de estancia en Adyar y mi trato diario con Blavatsky, no llegara a reconocer ni a valorar plenamente el espíritu que habitaba en ella.

Al igual que tantas otras personas, solo más tarde comprendí quién era realmente Blavatsky en su interior.

A continuación les hago un resumen de mi vida:





LA INFANCIA DE HARTMANN

El 22 de noviembre de 1838, a las 15:30 horas, en Donauwörth, tuve la "fortuna" de nacer —procedente de un "más allá" supuestamente mejor— en este mundo terrenal de necios.

Mi padre, un médico muy ocupado, apenas tenía tiempo para ocuparse de mis asuntos, salvo en las raras ocasiones en que, por error, consideraba necesario propinarme una paliza; mi madre, por el contrario, me mimaba en exceso y siempre me permitía hacer mi voluntad.

Como resultado de ese trato, no es de extrañar que me convirtiera en la "oveja negra" de la familia. Prefería vagar por los bosques antes que asistir a la escuela, pues allí podía entregarme sin interrupciones a mis ensoñaciones místicas y dejar volar libremente mi imaginación.

Así, trasladé mi inclinación por lo místico y lo misterioso al mundo físico. El primer libro que compré fue 'El Dragón Ígneo' (The Fiery Dragon) que contenía abundante nigromancia; no supe qué hacer con él, salvo quemarlo.

Sin embargo leí con gran interés 'El Lado Nocturno de la Naturaleza' (Night Side of Nature) de Elisabeth Crowe, y 'Transfiguraciones' de Zschokke, pues el mundo invisible despertaba mi curiosidad mucho más que el visible; además, estos libros trataban sobre cuestiones de las que nadie, en el pueblucho donde crecí, parecía tener la menor idea.

Atraído por la magia mística inherente a los sacramentos y ritos de la Iglesia católica, me convertí en un católico ferviente y un entusiasta de la religión; llegué incluso a desear ingresar en un monasterio para hacerme monje capuchino.

No obstante, no lograba hallar espiritualidad alguna en la Iglesia como institución externa. Todo aquello me parecía un oficio al que los "clérigos" se dedicaban para ganarse la vida; en el fondo, me daba la impresión de ser un fraude piadoso, en el que tales individuos predicaban ante oyentes crédulos sobre asuntos de los que ellos mismos no sabían absolutamente nada.

Por aquella época, el materialismo ciego empezaba a ponerse de moda. Entablé relación con un músico y compositor que no creía en nada que no pudiera tocarse con las manos; él me inició en el gran secreto de esta ignorancia, que sostiene que no existe nada superior a la materia inerte y que, con la muerte del cuerpo, todo termina para el ser humano. La vida, la conciencia, la inteligencia, el amor, la bondad y la sabiduría no serían más que el producto del movimiento mecánico de los átomos, junto con otras tantas insensateces.

Puedo asegurar que semejante explicación del enigma del mundo me resultaba profundamente ajena, pero como mi conocido músico era mayor que yo, supuse que él debía de entender estas cuestiones mejor que yo, por lo que dejé el asunto en suspenso.

Cuanto más profundizaba en esta suerte de "filosofía", menos fundamento sólido encontraba en ella; finalmente, opté por la postura de que nadie sabe nada sobre lo sobrenatural y que nadie puede regresar del más allá. y que la indiferencia hacia los asuntos religiosos, junto con el pleno disfrute de la vida, constituye la máxima sabiduría.






LAS EXPERIENCIAS QUE TUVO HARTMANN CON EL ESPIRITISMO

Con esta disposición mental, llegué a los Estados Unidos en 1864 y me establecí allí como médico de a bordo.

En Nueva Orleans conocí a una dama que si bien no creía en las apariciones de fantasmas, resultó ser, a la postre, una excelente médium.

Así pues, durante 15 años tuve la oportunidad de familiarizarme con los más asombrosos fenómenos espiritistas y ocultos, los cuales resultaron lo suficientemente convincentes como para tambalear mi convicción de que nadie puede regresar del más allá.

Dado que estas líneas no están escritas para quienes no desean saber nada al respecto —y no tengo intención alguna de convertir a tales lectores—, me abstendré de ofrecer una descripción detallada de mis experiencias en este ámbito; me limitaré a mencionar, brevemente, que interactuar con los llamados "espíritus materializados" fue para mí una ocupación casi cotidiana,

y que dichas figuras resultaban visibles y tangibles no solo para mí, sino para todos los presentes. Era posible conversar con ellas tal como se hace con cualquier persona común, y ni las puertas cerradas con llave ni las paredes —que por lo general habrían impedido su aparición o desaparición— suponían obstáculo alguno.

A menudo se presentaban varias a la vez: hombres y mujeres, blancos e indígenas, altos y bajos, corpulentos y delgados. Se trataba de apariciones de personas fallecidas a quienes yo conocía, las cuales hablaban y actuaban exactamente igual a como solían hacerlo en vida, y que no faltaban pruebas de su identidad, las cuales parecían imposibles de poner en duda.

De vez en cuando, también se manifestaban figuras de animales; entre ellas, destacaba un gato (un viejo gato conocido mío) que había convivido conmigo un año antes, cuando ese animal aún recorría la tierra en su envoltura mortal, pero que tras un traspié durante un encuentro amoroso, cayó desde el tejado de la casa y murió.

Se produjeron, además, otros fenómenos de lo más variado: algunos en círculos íntimos de amigos y otros en presencia de médiums conocidos públicamente. Por ejemplo, manos invisibles escribían respuestas a nuestras preguntas sobre hojas de papel en blanco.

En una ocasión, yo mismo —junto con el pesado sillón en el que estaba sentado— fui elevado hasta el techo de la habitación por fuerzas invisibles.

Seres invisibles trajeron algas que aún goteaban agua de mar, a pesar de que nos encontrábamos en las Montañas Rocosas de Colorado (1), a 2'000 millas de la costa.

Del mismo modo, aparecieron plantas y flores exóticas.

Los espectros no solo fueron vistos y tocados, sino también fotografiados; los tratábamos exactamente igual que a personas vivas.

Ocurría también que los cuerpos astrales de personas vivas —cuyos cuerpos físicos permanecían dormidos— se nos aparecían y nos transmitían informaciones que más tarde, resultaron ser ciertas.

En resumen, tuvieron lugar fenómenos asombrosos, aunque nada nuevos para un espiritista experimentado.


He tenido la oportunidad de estudiar este tipo de manifestaciones durante quince años; por ello, cuando presencié fenómenos similares en la India —producidos por la voluntad de H.P. Blavatsky—, no me resultaron ninguna novedad.

Precisamente por eso, no habría sido fácil engañarme en Adyar mediante trucos de prestidigitación, en caso de que alguien hubiera intentado llevarlos a cabo. Los llamados "desenmascaramientos" de médiums espiritistas —sobre los cuales existe gran alboroto en la prensa— son a menudo un asunto cuestionable.

Para quienes conocen la realidad, tales actos suelen revelar, en cambio, la ignorancia de los propios "desenmascaradores" respecto a la ley de "repercusión" —según la cual cualquier daño infligido al cuerpo astral materializado se transmite al cuerpo físico— y a la verdadera naturaleza de lo que llamamos "materia".

Por ejemplo, si un "espíritu materializado" es salpicado con tinta por alguien que pretende "desenmascararlo", las manchas de tinta aparecen posteriormente en la ropa del médium.

Este tipo de "desenmascaramiento" resulta convincente para el público general, pero no para quienes conocen las leyes de la metafísica. Tales fenómenos ocultos no son "sobrenaturales" ni requieren necesariamente de un engaño; su explicación reside en una comprensión más profunda de las leyes de la naturaleza, pues forman parte de una ciencia natural superior, sobre la cual solo pueden emitir un juicio adecuado aquellos que poseen experiencia directa en la materia.


Para mí, estos fenómenos fueron de gran valor porque, en primer lugar, echaron por tierra la cosmovisión del profesor Haeckel y demostraron que aún existen muchas realidades que ciertos académicos desconocen.

Comprendí claramente que estamos rodeados por un mundo invisible a nuestros ojos, pero tan real —a su manera— como el mundo que percibimos; un mundo invisible poblado por innumerables seres, algunos en un estadio evolutivo muy inferior al nuestro, y otros en un nivel muy superior.

Algunos de estos "fantasmas" parecían disfrutar burlándose de las personas, mintiéndoles y divirtiéndose a su costa. La mayoría de estos "espíritus" no parecían poseer gran espiritualidad, mientras que otros, por el contrario, daban muestras de una elevada inteligencia.

Los relatos sobre su existencia en el "más allá" eran variados, y nadie podía determinar si contenían alguna verdad; sin embargo, el hecho de que tales seres estuvieran presentes y se comunicaran con nosotros constituía una prueba suficiente de la existencia de un "más allá", sugiriendo que tras la descomposición del cuerpo físico, perdura algo que guarda un gran parecido con la persona fallecida.

Si se establece la persistencia tras abandonar el cuerpo material, esto proporciona, a su vez, una base científica fundamental para la doctrina religiosa de la inmortalidad; pues para la mayoría resulta difícil creer en la inmortalidad del alma si desconocen su propia naturaleza anímica y asumen que todo concluye con la muerte del cuerpo.

El despertar de la conciencia interior del alma constituye el punto de partida de la Teosofía. Por ello, la Teosofía es, en esencia, el alma de la teología; sin ella, la teología se reduce a mera arrogancia académica y fórmulas vacías: teoría carente de experiencia, superstición y malentendidos.






LA BUSQUEDA ESPIRITUAL DE HARTMANN

Durante mi estancia en Estados Unidos, he residido en diversos estados —Nueva York, Misuri, Texas, Luisiana, Arkansas y California— y he estado en contacto con toda clase de grupos y confesiones: cristianos y judíos, católicos y protestantes, metodistas, luteranos, mormones, shakers, "científicos cristianos", entre otros.

He examinado sus enseñanzas pero en ninguna iglesia o secta he hallado una base científica sólida para un verdadero conocimiento religioso; lo que he encontrado, en cambio, son ilusiones ciegas basadas en la autoridad, fanatismo, superstición y a menudo, una gran dosis de egoísmo e hipocresía.

Si bien la vida eclesiástica abundaba por doquier, apenas quedaba rastro de aquella religión que enseña al ser humano lo que realmente es en su interior más profundo, aquello que lo conecta con la divinidad.

Durante muchos años busqué en vano esta comprensión. No pude hallarla en las costumbres eclesiásticas ni en las obras de los filósofos modernos.

Kant y Schopenhauer me dejaron indiferente; para mí, fueron como un somnífero. Toda esa palabrería filosófica me causaba rechazo, y hoy sigo dando gracias a Dios (2) por haberme librado de la actitud pretenciosa de los escritores de filosofía, protegiéndome así de enredar mi mente con especulaciones erróneas.

Nunca me interesaron el "imperativo categórico", las disquisiciones sobre la "afirmación o negación de la existencia" ni otras teorías similares, como tampoco la idea de un dios ajeno a este mundo e incognoscible. Nada de eso despertaba mi interés.

La forma en que supuestamente ocurrió la creación del mundo me resultaba tan indiferente como los relatos bíblicos sobre los asuntos familiares de los antiguos patriarcas. Incluso me irritaba la falta de carácter del patriarca Abraham, quien expulsó a Agar para quedarse con la anciana Sara. Ni siquiera el infortunio de Jonás —tragado por un gran pez (3)— o el ridículo que hizo al profetizar la destrucción de Nínive lograron despertar mi simpatía (4).

Las únicas cuestiones que realmente me importaban eran: « ¿Quién soy? ¿Por qué estoy en este mundo y qué es este mundo al que he llegado? ».

Intuía que cada ser humano debía encontrar la respuesta a estas preguntas dentro de sí mismo; sin embargo, para emprender esa búsqueda era necesario un guía, alguien que no se hallaba ni en las elucubraciones filosóficas ni en la interpretación literal de una religión externa y superficial, donde las fábulas y los cuentos de hadas se aceptan como verdades absolutas.


Fue por aquella época cuando cayó en mis manos la revista 'The Theosophist', publicada en Adyar. En ella encontré artículos sobre la doctrina de la constitución séptuple del ser humano, la reencarnación de la personalidad humana y el karma, entendido como la ley de correspondencia entre causa y efecto.

Fue entonces cuando tuve una revelación y me di cuenta de que había hallado la clave de lo que buscaba. Intenté convencerme de la veracidad de la enseñanza de los 'siete principios'. No necesitaba que nadie me demostrara que poseía un cuerpo físico —que para mí constituía una fuerza vital—; podía sentir que tenía un 'cuerpo de ensueño' (cuerpo astral), algo que se hizo evidente para mí a través del estudio de mi vida interior y de mis experiencias en los sueños.

Comencé a observar con objetividad el ámbito de mis instintos y pasiones internos, así como el mundo superior del pensamiento y las fuerzas que en él operan. Entonces comprendí que mi personalidad mortal no era, en realidad, mi verdadero «yo», sino tan solo un fenómeno materializado y transitorio generado por mi ser esencial —un ser totalmente distinto que en una existencia previa, había forjado su karma actual, o mejor dicho, había sentado por sí mismo las bases para ello.

¿Qué podría ser más natural que sentir el impulso de profundizar aún más en estos sublimes misterios, y al mismo tiempo comprender la naturaleza del mundo en su conjunto? ¿Y dónde encontrar una oportunidad mejor para ello que en Adyar, en la fuente misma, junto a la propia H.P. Blavatsky?






LOS ADEPTOS

Se hablaba de los «Adeptos»: personas que residen en el Tíbet y que se encuentran en un estado evolutivo muy superior al nuestro; seres cuyos sentidos espirituales están plenamente desarrollados y para quienes el tiempo y el espacio no suponen obstáculo alguno, ya que pueden trasladar su conciencia a voluntad a cualquier lugar, por lejano que sea, o incluso percibir acontecimientos ocurridos hace miles de años.

Se decía de estos adeptos que tanto durante el sueño del cuerpo físico como en estado de vigilia, ellos podían separarse de él y aparecer en lugares distantes, creando allí otro cuerpo mediante el poder de su voluntad y su mente; ellos podían materializarse —tal como ocurre, según se sabe, en las sesiones de los espiritistas—, siempre y cuando se dieran las condiciones necesarias para tales materializaciones.

Se decía de estos Adeptos que todos los misterios de la naturaleza les eran revelados, ya que sus facultades cognitivas alcanzaban los límites más lejanos de nuestro sistema solar, y el interior más profundo del globo no ocultaba nada a su visión espiritual.

A estos Adeptos se les llamaba «Mahatmas» (de *Maha* = grande y *Atma* = alma), debido a que el desarrollo de su alma había avanzado hasta tal punto que, con toda propiedad, podían ser denominados «Grandes almas» y Seres Iluminados.

Estos Seres Iluminados fueron los maestros que inspiraron y enseñaron a Blavatsky, quien fue su discípula.


No es este el lugar para profundizar en la naturaleza de los maestros o de la iluminación. Muchas personas y animales viven únicamente en la "luz de la naturaleza"; es decir, no conocen nada más allá de lo que perciben a través de las impresiones sensoriales que reciben del exterior.

Otros tienen, como su grado más elevado, la luz del entendimiento, la cual, sin embargo, no trasciende los límites de la comprensión humana. Pero, por encima de esto, existe una luz aún superior —que no todos conocen—, una luz que ilumina el alma y la mente, y que constituye una revelación de la Divinidad, una emanación del Sol Espiritual del universo.

A través de esta luz de la verdad, se alcanzan la verdadera visión y el conocimiento; sin ella —o sin la intuición que de ella deriva—, toda especulación sobre asuntos ocultos no es más que un tanteo en la oscuridad.

Por otra parte, ningún ser humano puede generar esta luz por sí mismo; solo se obtiene mediante el crecimiento del alma y el ennoblecimiento del Espíritu.






HARTMANN  SE VUELVE TEÓSOFO

Es por eso que no podía imaginar mayor fortuna que conocer personalmente a Blavatsky, y a través de ella, entrar en contacto con los Adeptos.

Comprendía, no obstante, que no es necesario ir a la India en busca de los Mahatmas, pues todo ser humano puede entrar en contacto con grandes Espíritus si es capaz de elevarse hasta su esfera.

Mi propósito no era solo aprender en Adyar, sino también ser útil mediante una participación activa en el movimiento teosófico. ¿Qué podría haber hecho mejor que contribuir a difundir estas maravillosas enseñanzas —que aún hoy apuntan hacia la resolución del enigma del mundo— y propagar esa luz que todos anhelan en su corazón?

Todos los sufrimientos de la humanidad, como enseña Gautama Buda, surgen de la ignorancia del hombre respecto a su propia naturaleza humana superior. El ser humano no la reconoce porque no la busca, y no la busca porque solo sueña con dioses externos, desconociendo que la divinidad habita en su interior; una divinidad que puede despertar si se posee el conocimiento necesario y se cumplen las condiciones requeridas: la pureza del alma y el amor desinteresado.

Si las personas comprendieran esto y actuaran en consecuencia, serían libres y reinaría el cielo en este mundo —un mundo hoy dominado por el egoísmo y sus secuelas—, donde todos los intentos externos de reforma, al carecer de un verdadero conocimiento de la existencia humana, solo logran un efecto superficial y pasajero.


En la India, bajo la dirección del coronel Olcott, se fundó la Sociedad Teosófica, con sede en Adyar. Por aquel entonces, existía una única Sociedad Teosófica que englobaba a todas las asociaciones teosóficas de los distintos países. Más tarde surgieron disputas y la Sociedad Teosófica se dividió en diferentes bandos.

Me uní a esta Sociedad durante mi estancia en Colorado, y poco después recibí una carta del coronel Olcott invitándome, «en nombre del Maestro» (5), a acudir a Adyar para colaborar en su labor, emprendida por el bien y la iluminación de la humanidad.

La carta que me escribió Olcott incluía el siguiente anexo:

« La parte intelectual de la humanidad parece estar dividiéndose rápidamente en dos clases: una de ellas ha soportado, sin saberlo, largos periodos de aniquilación de la personalidad —es decir, ha sido preparada para estados de inconsciencia al desaprender a pensar y al encerrar sus mentes en los estrechos círculos de la superstición y el fanatismo—, lo que ha provocado que el principio intelectual se atrofie y degenere.

La otra clase, por su parte, se entrega sin reservas a sus tendencias bestiales, rindiéndose así voluntariamente a la aniquilación, o si esto no llega a ocurrir, enfrentándose a un estado de profunda humillación y sufrimiento que puede prolongarse durante milenios en futuras reencarnaciones.

Estas “clases intelectuales” (materialistas y sensualistas) ejercen su influencia sobre las masas ignorantes, las cuales se sienten atraídas por ellas, siguen su ejemplo y terminan corrompidas precisamente por aquellos a quienes se suponía que debían proteger y guiar.

Entre el pernicioso materialismo grosero y la igualmente perniciosa superstición religiosa, a la blanca paloma del espíritu de la verdad le resulta difícil encontrar un lugar donde posarse.

Es hora de que un conocimiento espiritual superior (la Teosofía) haga su aparición. La Sociedad Teosófica fue elegida como la piedra angular de la futura religión mundial. Esto requiere un acercamiento mayor, más sabio, y sobre todo, benevolente entre las clases superiores y las inferiores.

La raza blanca debe tender la mano a las razas de piel oscura. Las disputas religiosas cesarán cuando se reconozca que la misma verdad está contenida en todos los grandes sistemas religiosos.

El egoísmo innato del ser humano, que lo conduce a la crueldad, la tiranía y la injusticia, solo podrá superarse mediante un sentido de fraternidad.

Todos necesitamos liberarnos de nuestro supuesto «yo» —ese «yo» que no es más que una creación de nuestra imaginación— para así llegar a comprender nuestro verdadero ser trascendental en la vida divina.

Pero, si queremos librarnos del egoísmo, debemos procurar llevar a los demás a esta misma comprensión, de modo que puedan percibir la realidad de este ser superior, que es lo que los predicadores denominan «Cristo», «Buda» o «Dios» (6).


¿Por qué la lucha por la existencia ha adquirido dimensiones fatales en casi todas partes?

Porque ningún sistema religioso, a excepción del budismo, ha demostrado con claridad la relativa insignificancia de la existencia en este mundo terrenal de apariencias; mientras que los demás, con sus doctrinas sobre el infierno y la condenación eterna han infundido en los hombres el mayor temor a la muerte. Por ello, esta lucha es más intensa en los países cristianos, mientras que resulta casi desconocida en los budistas.

Enseñad a las personas a comprender que incluso la vida más feliz en la Tierra es una carga, un engaño y sencillamente el producto del karma que nosotros mismos hemos creado; así las cosas mejorarán en este mundo.


La Sociedad Teosófica no es una asociación para practicar la brujería. ¡Antes prefiero que ella y sus fundadores perezcan a que se conviertan en algo que no sea más que una escuela de magia y un lugar para la práctica de las artes ocultas! — Los Grandes Espíritus (Mahatmas) que tras la muerte, renunciaron al nirvana —la bienaventuranza suprema—, lo hicieron para renacer en la Tierra con el propósito de ayudar a toda la humanidad.

¿Dónde está ese hombre noble y desinteresado que, desde la India, nos ayuda en esta empresa?

Todo nuestro conocimiento del pasado y del futuro no bastaría para instruirlo lo suficiente. »


Esta carta, supuestamente inspirada por un Maestro, me causó una impresión tremenda, tanto más cuanto que tenía motivos para creer que en efecto, intervenía en ella una influencia superior; pues por la mañana, antes de recibirla —estando aún medio dormido—, vi una carta cuya dirección estaba escrita con una caligrafía que me resultaba desconocida y para mi asombro, el sello (de la India) no estaba pegado en el lado donde figuraba la dirección, sino en el lado cerrado del sobre.

Pocas horas después recibí la carta de Olcott, que coincidía exactamente con la que había visto en el sueño.






LOS MOTIVOS POR LOS QUE HARTMANN DECIDIÓ IR A ADYAR

Tomé rápidamente la decisión de viajar a la India y dedicarme a la Teosofía; sin embargo existían obstáculos externos para llevar ese plan a cabo. Tenía una consulta médica muy lucrativa, propiedades inmobiliarias en Alameda (California) y Albuquerque (Nuevo México), minas y viviendas en Colorado; además que me sentía fascinado por los ojos negros de una hermosa mujer española.

No obstante, decidí abandonarlo todo —sin dejar rastro— y partir hacia Adyar; pues, ¿qué sentido tenía toda esa "basura" si en la India podía hallar la solución al enigma del mundo?

No me interesaba mejorar ni convertir al mundo; lo que deseaba, ante todo, era aclarar quién soy realmente en esencia, por qué existo en este mundo y qué es, en realidad, este mundo de apariencias —en el cual yo mismo vivo como una apariencia más—.

A mi juicio, la Teosofía en su totalidad consiste en el conocimiento verdadero de estas tres cuestiones.

Hacía tiempo que me había quedado claro que los filósofos —cuyas conclusiones se basan en elementos que creen haber hallado tanteando a ciegas en la oscuridad— no pueden dar con la solución al enigma del mundo ni responder a las preguntas antes mencionadas.

Cada cual debe resolver por sí mismo el enigma de la esfinge; nadie puede hacerlo en su lugar, del mismo modo que nadie puede ver o escuchar espiritualmente por otro, ni alcanzar el autoconocimiento en su nombre.

Pero en la India esperaba recibir las instrucciones necesarias para llegar a ese autoconocimiento; esperaba entrar en contacto magnético con los elevados Maestros de la sabiduría y recibir la iluminación gracias a su influencia.

Pero, aparte de... además de los cinco órganos sensoriales corporales, existen otros órganos de percepción destinados a observar las realidades espirituales; y cuando estos sentidos se despiertan en una persona, el conocimiento que de ello resulta le resulta tan comprensible y preciso como el que proviene del mundo externo.

Quería que la luz de la verdad se revelara en mi interior antes de emprender la tarea de enseñarla y difundirla entre los demás. Estaba convencido de que en Adyar se podía aprender más en un año que en diez años en nuestras universidades, donde el conocimiento de los principios que constituyen al ser humano no trasciende su organismo físico; de modo que, por así decirlo, la ciencia académica solo se ocupa del "abrigo" que una persona lleva puesto, mientras que un verdadero teósofo conoce al ser humano en su totalidad y realidad.

Podría objetarse que una ciencia solo puede considerarse "exacta" si una persona dotada de razón y de cinco sentidos en buen estado puede examinar sus enseñanzas. Pero, más allá de los cinco órganos sensoriales corporales, existen otros órganos de percepción para observar las realidades espirituales; y cuando estos sentidos se despiertan en una persona, el conocimiento que de ello resulta, le resulta tan comprensible y preciso como el que proviene del mundo externo.


En la revista 'The Theosophist' se escribió mucho sobre fenómenos ocultos —atribuidos a H.P. Blavatsky— que ocurrían en diversos lugares de los Estados Unidos, así como sobre curaciones magnéticas realizadas mediante la palabra de Olcott.

Estas cuestiones no me atraían, pues ya había presenciado lo suficiente de ello en Estados Unidos; de hecho, yo mismo había logrado realizar curaciones sin recurrir a medios visibles —lo cual me sorprendía incluso a mí más que a nadie—. Sin embargo, mi deseo era comprender las leyes que subyacen a tales fenómenos; para ello es indispensable conocer la constitución tanto del gran universo como del pequeño mundo que conforma al ser humano.

Estas doctrinas sobre la constitución séptuple del macrocosmos y el microcosmos son hoy bien conocidas, pero en aquel entonces, resultaban algo novedoso y las consideré una verdadera revelación. Y es que la doctrina de los siete principios encierra la clave para comprender los misterios más profundos de la naturaleza, tanto en sus aspectos visibles como invisibles.

Para la multitud que piensa de manera superficial, para los llamados "instruidos" y ciertos "eruditos", así como para la multitud irreflexiva, solo los fenómenos ocultos resultaban, naturalmente, de interés. En los periódicos se debatía si Blavatsky era una farsante o una médium, pero se pasaba por alto lo fundamental: la filosofía que ella difundía.

Esto me parecía tan absurdo como pretender criticar un libro discutiendo sobre la autenticidad del dorado de su cubierta, sin conocer siquiera el contenido de la obra, que es lo verdaderamente esencial.

En los dos años que traté con Blavatsky, no descubrí fraude alguno; en cambio, conocí a muchas personas que fascinadas por fenómenos espiritistas u ocultos, se vieron impulsadas a estudiar la filosofía oculta. No he encontrado a nadie que se arrepintiera de haber llegado a la luz a través de tales manifestaciones.

Ni Olcott, ni Blavatsky, ni ninguna otra persona constituyen la Teosofía, ni nadie la tiene bajo su custodia. El autoconocimiento de un individuo no depende de la conducta de otro; si una persona inmoral enseñara una verdad, esa verdad seguiría siendo lo que es.

Por otra parte, es bien sabido que ninguna gran verdad ha sido revelada en el mundo sin ser calumniada, ridiculizada, objeto de burlas, maltratada o incluso crucificada. En aquella época, también hubo mucho revuelo en torno al supuesto "desenmascaramiento" de médiums en los círculos espiritistas, lo cual solo sirvió para atraer la atención del público hacia tales asuntos.

En la mayoría de los casos, este "desenmascaramiento" no era más que el resultado de la ignorancia de quienes lo llevaban a cabo respecto a las leyes naturales en juego. Al fin y al cabo, el ser humano solo puede alcanzar el autoconocimiento aprendiendo a distinguir la verdad del error.

Por consiguiente, me mantuve totalmente libre de prejuicios ante estos fenómenos que si bien en aquel entonces causaban gran agitación y parecían sumamente importantes para ciertos eruditos, no tenían nada que ver con la Teosofía.

Fuesen reales o falsos, ya no me interesaban; mi único anhelo era beber de la fuente de la sabiduría, cuya guardiana era H.P. Blavatsky, y con su ayuda, penetrar más profundamente en los secretos de la naturaleza que aún hoy, permanecen ocultos para la mayoría de las personas.

Ningún sacrificio me parecía demasiado grande para lograr esto; ante mis ojos surgía la imagen de Gautama Buda, quien también renunció a sus riquezas y dejó a su amada Yasodhara para alcanzar la iluminación y redimir al mundo.

¿Qué tiene esto que ver con las mesas giratorias, los golpes de espíritus y las extravagancias astrales?

Sin embargo, es costumbre en ciertas personas "instruidas" ver solo lo no esencial y lo accidental en todas las cosas, careciendo de sentido o comprensión para lo verdaderamente esencial.

Es lo que le ocurrió a una sirvienta que fue al teatro por primera vez: cuando su señora le preguntó por qué había regresado a casa tan pronto, ella respondió que le había gustado mucho el "cuadro" (el telón), pero que luego lo levantaron, aparecieron dos personas discutiendo entre sí, y eso no le interesó en absoluto.






LOS MAESTROS

Antes de continuar con nuestro relato, resulta útil considerar quiénes son los Maestros, Adeptos y Mahatmas —de quienes H.P. Blavatsky fue discípula—, y despojarlos del aura mística que la superstición ha tejido a su alrededor.

Muchas personas imaginaban a los Maestros como seres sobrenaturales o espíritus desencarnados, a través de los cuales se podían obtener toda clase de favores; seres que vigilaban constantemente el comportamiento de sus estudiantes, se entrometían en sus asuntos privados y ante cuya presencia uno nunca estaba seguro de si, en cualquier momento, no estarían rondando por su habitación.

Así, por ejemplo, el señor B., un aspirante a chela (discípulo), estaba convencido de que debía caminar descalzo sobre la hierba al atardecer, pues creía que los Maestros se encargarían de que ninguna serpiente venenosa le mordiera.

Fue en vano que Blavatsky intentara explicar que estos Mahatmas no eran más que seres humanos —aunque más evolucionados—; el deseo de prodigios por parte de sus admiradores era más fuerte que la razón: ella no logró convencerlos.

El término «Mahatma» (del sánscrito: *maha* = grande, y *atma* = espíritu) significa, ni más ni menos, una persona que posee un gran espíritu, o dicho de otro modo, que es la encarnación de uno.

Estos grandes espíritus —o personas de elevada naturaleza— no solo abarcan a los héroes de la historia universal que se han distinguido por su grandeza de alma y su sacrificio al servicio de la humanidad.

En realidad, cualquier ser humano que actúe de forma desinteresada y haga el bien sin segundas intenciones es, en cierto sentido, un gran espíritu o «mahatma».

Por el contrario, los «espíritus pequeños» son aquellas personas carentes de amor, codiciosas y dominantes, o que debido a su horizonte intelectual limitado, solo piensan en su propio «yo» y en su propio beneficio. Pueden ser médicos brillantes, abogados hábiles, predicadores elocuentes, políticos astutos, escritores talentosos o figuras similares; pero la inteligencia y la grandeza de alma no siempre van de la mano. De hecho, los mayores villanos suelen poseer una gran inteligencia.

No es la habilidad, sino el carácter lo que importa. Un sirviente o una sirvienta pueden ser, espiritualmente de «linaje elevado y noble» —y por consiguiente un Mahatma—, mientras que tal vez, algún personaje distinguido y elegante posea un corazón marchito, albergue pensamientos mezquinos y sea la reencarnación de una mente insignificante.

Las almas nobles prefieren permanecer en la oscuridad y no se imponen, sin embargo el amor que emana de ellas es una fuerza cuyas vibraciones impregnan el éter cósmico y pueden surtir efecto a grandes distancias.

Quien abra su corazón a este amor —divino, precisamente porque actúa de manera impersonal—, se verá impregnado por él; pues este amor constituye la luz espiritual y la vida anímica de la humanidad.

Es este amor, junto con la afinidad espiritual, lo que unía a Blavatsky con sus maestros en el Tíbet. Esta luz conecta a cada persona, dondequiera que se encuentre, con todos los grandes espíritus. No es necesario viajar al Tíbet para lograrlo. Dicha luz nos inunda a todos con su gloria; no obstante, a causa de nuestros propios autoengaños, nos envolvemos en un manto oscuro que impide su paso y nubla nuestra percepción espiritual.

La verdad se revela ante aquel que se entrega a ella por completo; solo los pensamientos impulsados ​​por un amor desinteresado pueden atravesar el umbral del templo de la sabiduría. Tales pensamientos, difundidos por el Amor Divino, influyen en la vida entera de la humanidad al colmar el éter de formas-pensamiento benéficas.

Por el contrario, los sentimientos de odio y deseo de venganza generan epidemias físicas y miasmas que, cuando concurren las condiciones materiales propicias, derivan en pestes y otras enfermedades.

También en el mundo «sobrenatural» el bien lucha contra el mal; así, toda persona que sostiene un buen pensamiento contribuye a la evolución de la humanidad, aun sin ser consciente de ello.


Ahora bien, para convertirse en un adepto no basta con poseer un «corazón de oro»; se requiere, además, un alto nivel de inteligencia y el desarrollo de ciertas facultades anímicas ocultas —apenas conocidas en Europa—, las cuales solo pueden adquirirse mediante una larga experiencia a lo largo de numerosas reencarnaciones.

Estas facultades ocultas (llamadas en oriente siddhis) son descritas por el sabio indio Patanjali en su 'Filosofía del Yoga' (Yoga-sūtras) e incluyen, entre otras cosas, la clarividencia y la capacidad de situar el alma propia donde uno desee.

Todas estas facultades y poderes permanecen latentes en cada ser humano, pero en el caso de un adepto, se encuentran desarrollados. Incluso una persona común, al pensar en un lugar o en un objeto, se traslada allí en espíritu; sin embargo, no es plenamente consciente de ello.

El adepto, en cambio, puede desplazarse —no solo espiritualmente, sino con la totalidad de su alma, y por consiguiente con su conciencia y sus facultades perceptivas— a cualquier lugar de nuestro planeta; incluso puede crear allí una manifestación visible y tangible de su propia persona.

Este hecho ha sido ampliamente constatado y confirmado mediante investigaciones científicas sobre los «fantasmas de personas vivas». En menor medida, fenómenos de este tipo se manifiestan en la vida cotidiana: por ejemplo una persona sensible puede percibir cuándo un amigo lejano piensa en ella o le escribe una carta.

Hoy en día, solo quienes desconocen por completo estas cuestiones niegan la existencia de fenómenos como la transferencia de pensamiento o la telepatía. La mente divaga, de manera involuntaria, hacia donde se dirige el pensamiento y hacia donde la llevan el afecto o la amistad.

1) Podría citar muchos ejemplos basados ​​en mi propia experiencia, pero me limitaré a mencionar el siguiente:

Yo vivía en Italia y tenía una amiga en la región del mar Báltico. Solíamos mantener una correspondencia asidua, pero llevaba meses sin tener noticias suyas.

Una noche, a las ocho, mientras estaba sentado a mi escritorio absorto en mi escritura, vi de repente a esta amiga ante mí, vestida con un traje de novia. Parecía querer decirme algo, pero no logré comprender qué era. La aparición se desvaneció. Pocos días después, recibí una carta en la que ella me comunicaba que se había comprometido con un tal señor N. y que deseaba que yo hubiera estado allí.

Resultó que en realidad, ella no llevaba puesto un traje de novia; no obstante, el hecho de que apareciera vestida así puede explicarse porque, al comprometerse, ella ya tenía en mente la celebración de su boda.


Estos hechos también arrojan luz sobre la pregunta que se plantea a menudo: ¿De dónde obtienen los espíritus sus vestiduras?

La respuesta es que lo que el ser humano imagina es, por así decirlo, él mismo, y lo que el espíritu desea surge de su propia voluntad.


2) El siguiente suceso demuestra que tales apariciones no siempre carecen de cuerpo físico —como si fueran meros reflejos en un espejo—:

Una noche, a las diez, me sentí de repente en los brazos de la amiga lejana a la que me he referido antes; ella se aferraba a mí como buscando protección, y nunca he sentido el contacto de un cuerpo humano con tanta claridad como en aquella ocasión.

Más tarde supe que, precisamente a esa misma hora, aquella mujer había sentido un gran temor. Parece que, de forma instintiva, buscó refugio en mí (7).

Ahora bien, dado que el alma (el ego) de una persona común puede realizar tales desplazamientos sin que su personalidad sea plenamente consciente de ello, resulta plausible y explicable que alguien que ha alcanzado la autoconciencia espiritual pueda llevar a cabo estos desplazamientos con plena consciencia; y por consiguiente las apariciones de adeptos ante Blavatsky no deben considerarse milagros sobrenaturales (8).


La vida del alma es distinta cuando se aparta de la vida del cuerpo; el hombre exterior, por lo general, desconoce lo que hace el interior, ya que carece de un autoconocimiento pleno.

 ¿Dónde reside nuestra conciencia mientras dormimos?

Existen testimonios sobre faquires o yoguis que se dejaban enterrar, permaneciendo sus cuerpos en un estado de aparente muerte durante meses sin sufrir daño alguno; cabe preguntarse: ¿qué hacía su mente mientras el cuerpo permanecía bajo tierra?

Sven Hedin, en su obra 'Transhimalaya' relata el caso de lamas tibetanos que se dejaban emparedar voluntariamente, pasando el resto de sus vidas en espacios reducidos y carentes de luz, con una alimentación casi nula —no solo durante meses o años—; Hedin expresa su compasión por estas personas, pues considera que tal aislamiento debe conducir inevitablemente a la locura.

Pero, ¿cómo podemos estar seguros de que el alma de un yogui así confinado no está experimentando una dicha suprema, ante la cual la vida en el mundo exterior no es más que una insignificancia despreciable?

El espíritu es la luz; el cuerpo, su sombra. ¿Qué le importa a la luz si la sombra habita en un palacio o en un calabozo?

Hoy en día, cualquier persona culta y sin prejuicios reconoce la existencia de fenómenos que la ciencia oficial no logra explicar, y que por tanto permanecen para ella en el ámbito de lo «oculto».

Tanto en la India como en Europa, se emplean a menudo facultades «ocultas» en exhibiciones públicas; fenómenos que trascienden la mera prestidigitación y parecen involucrar la intervención de entidades invisibles.

Existen tragafuegos, encantadores de serpientes, individuos capaces de rasgarse el abdomen o perforarse la lengua, además de toda clase de manifestaciones mediúmnicas. El estudio de estos fenómenos pertenece al terreno de la metafísica y escapa a la comprensión de los físicos, quienes ignoran la naturaleza supranatural del universo, así como el mundo astral y sus habitantes.

Por su parte, los psicólogos —a través de sus investigaciones sobre el hipnotismo, la sugestión, la telepatía, la exteriorización de la sensibilidad y otros fenómenos similares— apenas han comenzado a adentrarse en el templo de una ciencia superior, donde aguardan misterios de una índole muy distinta.

La mayor parte de las artes mágicas que realizan los faquires ocurren mediante la invocación y mediación de sus espíritus guardianes o devas; del mismo modo, los fenómenos espiritistas que tienen lugar en presencia de personas con facultades mediúmnicas tienen su origen en la influencia de seres astrales o fuerzas psíquicas.

Sin embargo, caeríamos en un grave error si confundiéramos al Adepto —de quien H.P. Blavatsky fue discípula— con faquires o médiums espiritistas; o si imagináramos que su propósito era realizar proezas ocultas para asombrar al mundo, o para demostrar a los eruditos que existen poderes ocultos. Para ello ya existe un campo más que suficiente en el espiritismo.

Cuando recibíamos cartas de los Adeptos en Adyar a través de medios «ocultos», no era para demostrar la existencia de tales fenómenos, sino para transmitirnos información o consejos. Asimismo, si alguno de los Adeptos se manifestaba en su mayavirupa (cuerpo ilusorio o cuerpo mental), no lo hacía para satisfacer el deseo de nadie de presenciar milagros, sino simplemente para visitarnos; por consiguiente, no había necesidad alguna de realizar una investigación científica.

El hecho de que el coronel Olcott cometiera la imprudencia de desafiar a la SPR (Sociedad para la Investigación Psíquica) en Londres a llevar a cabo tal investigación —y que esta enviara a un representante que desconocía por completo estos asuntos— dio lugar a que Blavatsky fuera tachada de estafadora, lo que desencadenó un gran escándalo.

El coronel Olcott, con buen criterio, pasó por alto estos sucesos en sus 'Diarios', y nosotros tenemos la intención de hacer lo mismo.


Los Adeptos —que no son ni magos ni hechiceros— son personas que mediante su propia práctica y experiencia interior, han alcanzado una comprensión extraordinariamente profunda de las leyes de la naturaleza.

Su objetivo es difundir la luz y el conocimiento entre la humanidad, acabar con la incredulidad —así como con las supersticiones y los engaños, tanto científicos como religiosos— y transformar a quienes siguen ciegamente a la manada en individuos capaces de pensar por sí mismos y de valerse por sus propios medios.

Al preferir trabajar en el ocultamiento y el secreto —en lugar de descender a la atmósfera moralmente contaminada de nuestras grandes ciudades, y mediante su presencia, dar lugar a una nueva forma de idolatría—, estos seres requieren de discípulos que aún vivan en el mundo y que difundan las enseñanzas de la sabiduría, ya sea de palabra o por escrito.

Existen tales Adeptos no solo en las montañas nevadas del Tíbet, sino también en otras tierras; su organización espiritual recibe el nombre de «Logia Blanca», en contraposición a la «Logia Negra», en la que operan los «hermanos de la oscuridad».

Es evidente que toda persona que trabaje en favor de los propósitos de la Logia Blanca es miembro de ella; no cabe esperar que para convertirse en un divulgador de estas elevadas enseñanzas, el individuo deba haber alcanzado ya la culminación de toda perfección humana.

Para colaborar en la gran obra de los grandes espíritus, no es estrictamente necesario ser un hombre virtuoso o estar libre de toda debilidad humana; no obstante, el amor, la comprensión, la perspicacia, la intuición y la capacidad de realizar un trabajo abnegado y desinteresado son elementos fundamentales, al igual que cierto grado de sensibilidad o receptividad ante las influencias espirituales, tal como mostró H.P. Blavatsky, quien poseía estas características en alto grado.


Quien solo piensa en sus propias ventajas y progresos —incluso si fuera un santo— sacaría poco provecho de su santidad, pues permanecería atrapado en su egoísmo, el cual le cierra la puerta a un conocimiento superior; en cambio, aquellos que se esfuerzan por ayudar a los demás son quienes más se ayudan a sí mismos. Cuanto más logran salir de sí mismos y dejar atrás su vanidad, más se adentran en la libertad y en la luz.

H.P. Blavatsky no era una santa plenamente realizada, ni una Adepta, ni estaba libre de todas las debilidades humanas; pero si era un gran espíritu, un alma noble, una iniciada y discípula de los Adeptos. Su naturaleza sensible le permitió convertirse en un instrumento útil para que los Adeptos difundieran sus enseñanzas.


Es evidente que los Adeptos no pueden erradicar milagrosamente los males que existen en el mundo ni transformar el infierno en un paraíso. Solo aquello que la humanidad logra por sí misma, mediante el poder que reside en su interior, posee un valor duradero.

Esta es la ley de la necesidad ineludible sobre la cual se fundamenta la evolución humana. Todo crecimiento ocurre desde el interior hacia el exterior; el mal no puede ser simplemente suprimido, sino que debe ser superado por las propias fuerzas; no obstante, la enseñanza nos muestra el camino.

Los males que aquejan a la humanidad constituyen en realidad, las etapas a través de las cuales esta llega a comprender una existencia superior; tales males surgen del desconocimiento de la naturaleza humana elevada, y no existe otro remedio que llegar a conocerla. «En nosotros mismos reside el poder de la salvación». Solo aquello en lo que el ser humano se convierte por sí mismo constituye, en verdad, su propia esencia.

Pero el espíritu de la verdad está presente en todas partes, y los Maestros están siempre dispuestos a ayudar a todo aquel que sea receptivo a su ayuda. Todo depende de nuestra propia capacidad para recibirlos.

La luz está ahí, pero permanece oculta para nosotros mientras mantengamos los ojos cerrados. El Espíritu de la Verdad nos rodea constantemente, mas no puede penetrar en nosotros a menos que nosotros mismos lo acojamos en nuestro interior.

Solo podemos entrar en contacto con los Maestros esforzándonos por elevarnos hasta su esfera; nunca intentando atraerlos hacia abajo para que sirvan a nuestros propósitos más bajos, pues de ese modo nos envolvemos en una oscuridad en la que habitan las fuerzas de las tinieblas —que nos engañan— y en la cual no puede penetrar ningún rayo de luz espiritual.

Para participar en la comunión de los Santos y Adeptos, debemos abandonar el ámbito de la vanidad y la codicia, y adentrarnos en el reino del amor desinteresado, donde reside el verdadero conocimiento.






PRIMER ENCUENTRO DE HARTMANN CON BLAVATSKY

Llegué a Adyar el 4 de diciembre de 1883 y fui recibido de la manera más amable por H.P. Blavatsky. La encontré sentada en un sillón frente a su escritorio, ocupada escribiendo.

La primera impresión que tuve de ella fue la de una dama afable, culta y sencilla, que poseía algo extraordinario. En cuanto a su aspecto, no era "esbelta como un abeto", pero tampoco esa masa informe y voluminosa de carne que describían ciertas personas —quienes, probablemente, jamás la vieron—.

No se asemejaba a una sacerdotisa de Isis proclamando el oráculo de Delfos, ni a una profetisa o hechicera; tenía una mirada ingeniosa y vestía de forma sencilla. No había en ella nada fantasioso, solemne o convencional; por el contrario, pronto se hizo patente su sentido del humor, así como la agudeza con la que respondía a mis preguntas, dando siempre en el clavo.

Además, durante mi primera visita pude comprobar que ella poseía facultades ocultas, pues respondió a algunos de mis pensamientos no expresados, tal como si los hubiera pronunciado en voz alta.






LOS ENIGMÁTICOS CONOCIMIENTOS QUE BLAVATSKY TRANSMITÍA

Esto es lo que ella dice acerca de sus relaciones con los Maestros:

« No estoy loca ni demente. Lo único que puedo decir es que alguien me inspira; es más, ese "alguien" penetra en mí. No soy yo quien habla o escribe; hay algo más en mí —mi yo superior y luminoso— que piensa a través de mí y me impulsa a escribir.

No puedo explicar esto con mayor detalle. Solo sé que con el paso de los años me he convertido en un receptáculo para el conocimiento de otro ser. Una entidad invisible llega y me envuelve en una nube fragante, desplazándome a un lado; entonces, ya no soy "yo" —Helena Petrovna Blavatsky—, sino alguien distinto.

Este otro ser es fuerte y poderoso; nació en una región muy lejana de este mundo y cuando toma posesión de mí, es como si yo misma cayera en un estado de somnolencia o estupor. En esos momentos ya no habito mi cuerpo, sino que permanezco cerca de él, unida a él por un hilo magnético de vida.

Por cierto, a menudo conservo la plena conciencia durante este proceso: sé lo que mi cuerpo —o, mejor dicho, quien lo ocupa— está diciendo o haciendo; lo comprendo todo y lo recuerdo con tal claridad que puedo repetirlo o ponerlo por escrito.

En tales ocasiones, observo asombro y temor en los rostros de los presentes, y me resulta interesante ver cómo el Maestro, con una suerte de compasión, contempla a estas personas a través de mis ojos y les imparte enseñanzas mediante mi boca; no a través de mi mente, sino de la suya, la cual rodea mi cerebro como una nube. »


Resulta evidente que tales revelaciones internas no tienen nada en común con las comunicaciones mediúmnicas de los espiritistas, ni con las visiones imaginativas de los místicos en estado de éxtasis; y el asombro de Blavatsky ante la repentina apertura de la puerta del conocimiento en su interior queda patente en la siguiente carta que ella escribió a su tía, Madame Fadeef, en 1885:

« Dime, querida, ¿te interesan los misterios psicológicos? Aquí tienes uno que probablemente dejará atónitos a los eruditos: en nuestra sociedad hay personas de una erudición extraordinaria, como el profesor Alexander Wilder —uno de los primeros arqueólogos y orientalistas de los Estados Unidos—, quienes acuden a mí en busca de instrucción, afirmando que comprendo todo tipo de lenguas y ciencias orientales mejor que ellos mismos.

¿Cómo es posible que yo, que a los cuarenta años sabía tan increíblemente poco, me haya convertido de repente en un prodigio de saber a los ojos de personas verdaderamente eruditas?

Imagina: yo, que jamás estudié nada en mi vida —recibiendo solo una formación muy superficial— y que nunca tuve la menor noción de física, química, zoología o disciplinas similares, soy ahora capaz de redactar tratados científicos que asombran a los expertos. Es un misterio incluso para mí.

No es ninguna broma; hablo totalmente en serio. De hecho, me asusta, porque no sé cómo está ocurriendo todo esto. Encuentro errores en los escritos de los más grandes eruditos, como Tyndall, Herbert Spencer, Huxley y otros; y cuando un arqueólogo viene a verme, es seguro que al marcharse dirá que le he aclarado el significado de diversos monumentos y le he revelado muchas cosas que jamás habría llegado a imaginar.

Todos los días, desde la mañana hasta la noche, me rodea mucha gente: profesores, médicos y teólogos. Hay, por ejemplo, dos doctos rabinos y talmudistas que han memorizado la Cábala y el Codex Nazarenus. Pues bien, les cité pasajes enteros en hebreo antiguo y les demostré que Onkelos es una autoridad en la escuela babilónica.

Cuando le digo a la gente que nunca he estado en Mongolia, que no entiendo el sánscrito ni el hebreo, ni ninguna de las lenguas europeas antiguas, ellos se ríen de mí y me dicen: "¿Cómo es posible que describas todo con tanta precisión si nunca has estado allí?"

Creen que tengo alguna razón misteriosa para mantener el secreto, y me avergüenza admitir que no conozco esos idiomas; pues, si hablo en diversos dialectos de la India ante un erudito que ha vivido allí durante veinte años, cualquiera podría escucharme. »



Por aquella época, Blavatsky tuvo una experiencia interior que le permitió comprender la diferencia entre su «yo superior» y su «yo inferior». Ella escribe:

« En nuestra sociedad, todos deberían ser vegetarianos. Es bien sabido la influencia nefasta que las emanaciones de la sangre y el alcohol ejercen sobre la parte espiritual de la naturaleza humana, avivando las pasiones animales hasta convertirlas en un fuego abrasador.

Por ello, hace poco decidí ayunar más de lo habitual. No comí más que ensalada, me abstuve de fumar durante nueve días y dormí en el suelo. Entonces ocurrió lo siguiente: de repente vi ante mí uno de los episodios más espantosos de mi vida; sentí que estaba fuera de mi cuerpo y lo contemplé con repugnancia mientras caminaba, hablaba y se mostraba henchido de pecado y vanidad. ¡Bah! ¡Cuánto me odié en aquel momento!

La noche siguiente, al volver a tumbarme sobre el duro suelo, estaba tan agotada que me quedé dormida al instante y me vi rodeada por una oscuridad impenetrable. Entonces, una estrella apareció en lo alto y cayó sobre mí. Luego, la estrella se transformó en una mano.

Sentí un deseo intenso de saber de quién era la mano que me tocaba la frente. Todo mi ser se concentró en una oración, en un impulso de voluntad por descubrir a quién pertenecía aquella mano luminosa; y lo logré, pues me encontraba por encima de ella.

Este segundo «yo», resplandeciente, me dijo: "¡Mírame!"

Mi cuerpo levantó la mirada hacia él, y me di cuenta de que aquel «alter ego» mío era, en una mitad, negro como el carbón, y en la otra, de un tono gris blanquecino; pero la cabeza era completamente blanca, brillante y luminosa.

Y entonces me dijo: "Cuando te vuelvas tan ligero como esta parte de tu cabeza, serás capaz de ver lo que ven aquellos que se han purificado, los que se han lavado hasta quedar limpios. ¡Límpiate!". »


Es bien sabido que Blavatsky fue una excelente médium en su juventud; pero cuando alcanzó la iluminación, los elementales inferiores perdieron el poder de influir en ella.

Por otra parte, entró en contacto con personas que tenían la capacidad de operar en un nivel superior a través de sus cuerpos astrales.

Así, un día, un ayudante invisible la curó —mediante un método oculto— de una enfermedad reumática que los médicos habían declarado incurable.

Ella escribe al respecto:

« Me restableció por completo. Cuando él llegó, sentí como si yo fuera doble. Varias veces al día percibo que hay alguien más en mi cuerpo, alguien que es perfectamente distinguible de mí. Nunca pierdo la conciencia de mi propia personalidad; pero siento, por así decirlo, como si yo guardara silencio mientras el otro, que habita en mí, habla a través de mi lengua.

Sé, por ejemplo, que jamás he estado en los lugares que este otro «yo» me describe; sin embargo, este segundo «yo» no miente cuando habla de esos lugares que yo no conozco; dado que «él» realmente los ha visto y los conoce bien.

Me resigno a mi destino, sea cual sea; ¿qué otra cosa podría hacer? Sería absolutamente ridículo negar el conocimiento que posee mi «yo número 2», llevando así a quienes me rodean a creer que, por modestia, no quise ilustrarlos.

Por la noche, cuando estoy sola en la cama, toda la vida de mi «yo número 2» desfila ante mis ojos y no me veo a mí misma en absoluto, sino a otra persona, distinta de mí en cuanto a raza y sentimientos.

Pero ¿de qué sirve hablar de ello? Intento resignarme y olvidar mi situación. Esto no es mediumnidad, y ciertamente no es un poder impuro; es algo superior que nos conduce hacia lo mejor.

Un demonio no haría tal cosa, y mis antiguos espíritus "escupidores" ya no se atreven a tocarme. Si tan solo entro en una habitación donde se está celebrando una sesión espiritista, todo tipo de fenómenos espiritistas —especialmente las materializaciones— cesan de inmediato; y en su lugar, surgen manifestaciones de un orden superior, cada vez con mayor frecuencia bajo la dirección de mi «yo número 2». »






OTRAS INTERACCIONES QUE BLAVATSKY TUVO CON SU MAESTRO

Yo fui testigo de cómo Blavatsky se curó, de forma repentina e inesperada, de una grave enfermedad gracias a influencias ocultas.

Era marzo de 1885; ella yacía en cama aquejada de una enfermedad renal mortal. La señora Cooper Oakley y yo nos turnábamos para cuidarla día y noche. Los médicos de Madrás, tras una consulta, declararon que no le quedaban ni veinticuatro horas de vida.

Como Blavatsky deseaba que su cuerpo fuera incinerado, el señor Cooper Oakley se dirigió a Madrás esa misma tarde para obtener el permiso necesario. Sin embargo, a la mañana siguiente, Blavatsky estaba recuperada y poco después, partió conmigo hacia Nápoles.

Ella explicó este prodigioso suceso diciendo que el Maestro se le había aparecido durante la noche, dándole a elegir entre abandonar su cuerpo para siempre o conservarlo durante más tiempo para completar la obra que ella estaba escribiendo: "La Doctrina Secreta". Y según relató, ella optó por lo segundo.


Sucedió todo lo contrario durante su enfermedad en Londres, en mayo de 1891. El médico la había visitado por la mañana y le había explicado que ya estaba fuera de todo peligro. Una hora más tarde, ella había fallecido; lo cual, al igual que ocurrió con las declaraciones en Adyar, resultó ser, naturalmente, un motivo de bochorno para la «ciencia médica».



Con respecto a su interacción con su Maestro, Blavatsky escribió lo siguiente:

« Veo a este indio todos los días, tal como puedo ver a cualquier otra persona viva, solo que a mí me parece más etéreo y transparente. Al principio no quería decir nada sobre estas apariciones, pues pensaba que podrían ser alucinaciones; pero ahora también se han vuelto visibles para otras personas.

El indio se aparece y nos aconseja sobre lo que debemos hacer y escribir. Es evidente que él sabe todo lo que ocurre aquí, incluso los pensamientos de los demás, y expresa ese conocimiento a través de mí.

A veces, parece envolver todo mi ser; es como si una especie de esencia fugaz penetrara por todos mis poros y se disolviera en mi interior. Entonces, ambos somos capaces de hablar con otras personas, y yo empiezo a comprender y a recordar ciencias, idiomas y todo lo que él me enseña, incluso cuando él ya no está conmigo. »


En cuanto a la posibilidad de que un ser superior tome posesión de un organismo humano, H.P. Blavatsky escribió:

« Supongamos que el alma de un ser humano —su verdadera alma viviente— es algo distinto de su organismo físico, y que no está adherida a él; supongamos también que esta alma (el cuerpo astral) solo se diferencia del doble físico en que se halla, en mayor o menor medida, bajo el influjo del espíritu inmortal, y que puede moverse con total libertad e independencia.

En el caso de los no iniciados —los profanos—, el alma entra en acción mientras el cuerpo duerme; en el caso de un iniciado o un Adepto, el alma actúa cuando él así lo decide.

Cuando comprendas esto, muchas cosas te quedarán claras. Este tipo de cuestiones ya se conocían desde tiempos remotos.

San Pablo, quien —de entre todos los apóstoles— fue el único adepto iniciado en los misterios griegos, habla de esta dicotomía al relatar cómo fue trasladado al tercer cielo: “si en el cuerpo o fuera del cuerpo, yo no lo sé. Solo Dios lo sabe."

Rhode también hace referencia a San Pedro: "No es Pedro, sino su ángel"; es decir, su doble o su alma.

Y en el capítulo VIII, versículo 39, del libro de los Hechos, se relata que, cuando el Espíritu de Dios tomó a Felipe y se lo llevó, fue el alma de Felipe —y no su cuerpo físico— la que fue trasladada.

Los filósofos de la antigüedad —como Apuleyo, Plutarco, Jámblico y otros— conocían estos fenómenos, pero no se les permitía hablar de ellos abiertamente, ya que formaban parte de los misterios de iniciación.

Lo que les sucede a los médiums espiritistas —quienes, sin darse cuenta, son poseídos por influencias externas—, los Adeptos pueden realizarlo por su propia voluntad.

En cuanto a Sahib (el Maestro [Morya]), lo conozco desde hace muchísimo tiempo. Hace veinticinco años vino a Londres con el príncipe de Nepal, y hace tres años me envió una carta por medio de un indio. En ella, me recordó varias cosas que por aquel entonces, se habían profetizado sobre él.

A menudo veo al Maestro y con frecuencia hablo con él sin necesidad de verlo. ¿Cómo es posible que él me escuche desde cualquier lugar y que yo pueda oír su voz a través de las montañas y los mares veinte veces al día?

No lo sé; pero así es. No puedo afirmar con certeza si es él mismo, o solo su fuerza, su influencia, lo que se apodera de mí. Solo a través de él soy fuerte; sin él, no soy nada. »






BLAVATSKY PODÍA DESDOBLARSE ASTRALMENTE A VOLUNTAD

Es bien sabido que, cuando el cuerpo duerme, el espíritu humano se repliega sobre sí mismo y el cuerpo astral emerge del cuerpo físico, aunque permanece unido a este mediante un vínculo magnético que le permite regresar. Si dicho vínculo se rompiera, el cuerpo moriría.

En las personas comunes, esta salida del cuerpo astral ocurre de manera inconsciente; en casos excepcionales, la personalidad es consciente de ello y puede desplazarse a grandes distancias en su cuerpo astral.

Cuando Blavatsky aprendió a moverse libremente en su cuerpo astral, escribió a su tía acerca de estas experiencias y le propuso aparecerse ante ella en Tiflis. Su tía respondió que tal visión podría asustarla, a lo que Blavatsky replicó:

« ¿A qué habría que temer? ¿Acaso no has oído hablar nunca de las imágenes oníricas o de los dobles?

Yo —es decir, mi cuerpo— estaré durmiendo plácidamente en mi cama; y daría lo mismo si esperara mi regreso en estado de vigilia: en ese caso, sería como un idiota inofensivo. Y no es de extrañar, pues la luz divina estaría ausente de él; [yo por medio de mi doble astral] volaría hacia ti, para luego regresar e iluminar de nuevo el templo de Dios [mi cuerpo físico], siempre y cuando el vínculo que une la mente con el cuerpo no se rompa.

Si lanzaras un grito imprudente, el vínculo podría quebrarse, y entonces sería mi fin. Moriría de forma repentina. »




Los opositores más encarnizados de Blavatsky fueron personas que pretendían convertirse en sus discípulos, creyendo que ella les enseñaría las artes mágicas y los transformaría en Adeptos. Pero al ver frustradas sus expectativas egoístas, se volvieron contra Blavatsky e intentaron, por todos los medios, dañar su reputación.

Así por ejemplo, un tal Colville, en California, se tomó la molestia de rastrear todo tipo de pasajes en diversos libros con el fin de acusarla de plagio; pero Blavatsky apenas poseía unos pocos libros, y ni siquiera estos le eran necesarios, pues si requería una cita de cualquier obra —por rara que fuera—, su Maestro se la mostraba en la luz astral.






LA ELABORACIÓN DE ISIS DEVELADA

Es cierto que sus manuscritos para su obra 'Isis Develada' —a menudo desordenados— fueron revisados, organizados y preparados para su publicación por el profesor Alexander Wilder en Nueva York.

El modo en que ella recibió el material para esta obra se desprende de la siguiente carta dirigida a su sobrina:

« ¡Sí, Vera! Créeme o no, algo maravilloso está ocurriendo en mi interior. No puedes imaginar el mundo mágico de imágenes y visiones en el que vivo. Escribo 'Isis' —o, más exactamente, copio y dibujo lo que "ellos" me muestran—.

De hecho, a menudo me parece que la antigua diosa me guía personalmente a través de todas las tierras y los siglos pasados ​​que debo describir. Observo con los ojos bien abiertos; parece que realmente veo y oigo todo lo que sucede a mi alrededor, y al mismo tiempo percibo aquello que estoy escribiendo.

Apenas me atrevo a respirar, ni a realizar el más mínimo movimiento, por temor a romper el hechizo. Siglo tras siglo, una imagen tras otra desfila lentamente ante mí, como en un panorama mágico; lo capto todo y sé que no puede haber error alguno en cuanto a fechas y épocas.

Razas y naciones, países y ciudades —hace mucho tiempo sumidos en la noche de un pasado prehistórico— aparecen y desaparecen, dando paso a otros; así, se me revelan los sucesivos periodos temporales.

Los acontecimientos de la era moderna suceden a la remota antigüedad; se me explican los antiguos mitos, así como los pueblos que existieron en aquel entonces, los sucesos que tuvieron lugar y todo lo demás que sucedió y resultó de interés me es descrito; cada página de este libro de la vida, de múltiples colores, queda grabada en mi cerebro con precisión fotográfica.

Ciertamente, no soy yo quien logra esto, sino mi ego [superior] —el principio más elevado en mí—, y esto sucede, además, con la ayuda de mi gurú, quien está a mi lado en todo momento. Si alguna vez olvido algo, solo tengo que recurrir a él en mis pensamientos y aquello que había olvidado reaparece ante mis ojos. A menudo se trata de largas tablas de números o recopilaciones de sucesos. Los Adeptos lo recuerdan todo. Si ellos no estuvieran ahí, ¿de dónde obtendría yo mi conocimiento? »






LA OPINIÓN DE BLAVATSKY SOBRE EL ESPIRITISMO

Dado que la filosofía de Blavatsky se basaba en un punto de vista más elevado que el del espiritismo moderno, muchos espiritistas se sintieron ofendidos por su advertencia —dirigida a ellos— de no interactuar con los habitantes del mundo astral.

E incluso ella declaraba que el contacto con las almas de los seres humanos fallecidos solo es posible si estos permanecen aún atados a la Tierra por sus pasiones; mientras que los espíritus más puros, alejados de la esfera terrestre y residentes en regiones superiores, ya no se ocupan de los asuntos mundanos de sus seres queridos en el plano terrestre, ni se interesan por ellos en mesas giratorias y cosas por el estilo.

Al respecto, Blavatsky escribió lo siguiente desde Estados Unidos:

« Cuanto más profundizo en esta cuna y semillero del espiritismo y la mediumnidad, más me doy cuenta de lo peligrosas que son estas prácticas para la humanidad. Los poetas hablan de una tenue separación entre los dos mundos; pero no existe tal separación. Las personas ciegas han imaginado tales obstáculos porque los órganos básicos del oído, la vista y el tacto no permiten a la mayoría percibir la diversidad de la existencia.

Además, la Madre Naturaleza ha hecho un excelente trabajo al dotarnos de estos sentidos básicos; porque de lo contrario, sería imposible crear una individualidad y personalidad humanas, ya que los difuntos se mezclarían constantemente con los vivos, y los vivos se asimilarían a los difuntos.

En definitiva, esto no sería tan malo si solo oyéramos hablar de “espíritus” semejantes a nosotros, es decir, rodeados de los restos semiespirituales de personas que murieron sin comprender la gran necesidad de partir. Entonces, tal vez podríamos resignarnos a lo inevitable.

Sin embargo, no podemos evitar identificarnos física y completamente inconscientemente con los muertos; absorbemos los átomos de lo que vivió antes que nosotros; y con cada respiración los inhalamos y exhalamos aquello que nutre a las criaturas sin forma, los elementales, que flotan en el aire esperando transformarse en seres vivos.

Este no es solo un proceso físico, sino también moral. Asimilamos a quienes nos precedieron; absorbemos gradualmente sus moléculas cerebrales e intercambiamos con ellos el aura mental de pensamientos, deseos y tendencias.

Este intercambio es común a toda la raza humana y a todo ser vivo. Es un proceso natural, un efecto de la ley de la armonía en la naturaleza. … Esto explica las similitudes físicas y también las morales.

Pero existe otra ley que se manifiesta periódica y esporádicamente. Se la puede llamar la ley de la asimilación artificial y forzada. Durante tales epidemias, el reino de los difuntos invade el mundo de los vivos, aunque afortunadamente estos seres están atados por los lazos de sus entornos anteriores, y por lo tanto cuando son invocados por médiums, no pueden traspasar los límites dentro de los cuales viven y trabajaron.

Y cuanto más se les abre la puerta y más se extiende la epidemia nigromántica, cuanto más trabajan al unísono los médiums y espiritistas para propagar el fluido magnético, más poder y vitalidad adquiere esta magia engañosa. »


Mientras que los espiritistas consideraban a Blavatsky una enemiga del espiritismo, los materialistas y clérigos la acusaban de ser espiritista. Lo cierto es que ella nunca negó la posibilidad de interactuar con las sombras de los difuntos, pero ha sostenido que la comunicación con los espíritus celestiales solo puede ser puramente espiritual, y que las manifestaciones espiritistas, tal como suelen ocurrir en las sesiones espiritistas, provienen principalmente de seres no humanos, pero en el mejor de los casos de espíritus que aún residen en el aura de la Tierra y están ligados a ella por sus inclinaciones.

Esto incluye, en particular, a quienes se suicidan y a quienes mueren violentamente de forma prematura, quienes llevan consigo sus pasiones al "más allá" y habitan las regiones más profundas del mundo astral (Kama-Loka), que son las zonas sutiles más cercanas al plano físico.

Una vez purificados, ascienden a regiones más elevadas, libres de la atracción terrenal. Entonces, sus mensajes cesan (9).

Pero en los fenómenos que ocurren durante las sesiones espiritistas, los difuntos a menudo no están involucrados; más bien, estos sucesos suelen deberse a la influencia de otros seres de diversa índole, que frecuentemente utilizan las larvas sin mente de los difuntos.

H.P. Blavatsky escribe al respecto:

« Es fácil ver que estos vestigios terrenales, irresistiblemente atraídos a la Tierra, no pueden seguir el alma y el espíritu (del difunto) que son los principios más elevados del ser humano.

A menudo he visto con repugnancia y horror cómo una sombra resucitada se desprendía del interior del médium, separándose de su cuerpo astral y apareciendo ahora con la máscara de un conocido fallecido de alguno de los presentes.

Entonces, el médium se regocijaba ante tal reencuentro, y la gente abría sus corazones y brazos a estas larvas, creyendo sinceramente ver en ellas a padres o hermanos amados que habían ascendido a la vida eterna y que ahora venían a celebrar un reencuentro.

¡Ojalá estos creyentes pudieran ver la verdad! Si, como yo la vi.

Vi a un monstruo horrendo y deforme [una entidad astral oscura] apoderarse de alguien de entre los presentes. Lo envuelve en una nube negra y desaparece lentamente en su interior, como si fuera absorbido por cada poro de su cuerpo. »


Tal mediumnidad no es más que posesión, y de los seres que poseen a los desafortunados médiums en tales ocasiones, Blavatsky dio algunas pocas descripciones edificantes.

Por ejemplo, ella contó sobre un verdugo en París que era clarividente, y cuando decapitó a un delincuente vio numerosas larvas humanas, incluyendo a sus propios parientes, abalanzarse sobre el cadáver y succionar con avidez las emanaciones de la sangre derramada, nutriéndose así de su vitalidad. La visión de estos vampiros llegó a ser, finalmente, tan insoportable que ese verdugo tuvo que renunciar a su cargo.

Uno puede hacerse una idea de la naturaleza espantosa de tales «formas de deseo» (kāma rūpas) y espectros —que en las sesiones espiritistas se hacen pasar por "seres queridos que han partido" o "espíritus celestiales"— si tiene la oportunidad de observar cómo animales dotados de clarividencia (caballos, perros, gatos, etc.) se horrorizan ante la presencia de tales figuras.

Estas entidades astrales suelen congregarse en mataderos, burdeles o lugares donde se ha cometido un asesinato; de hecho, las en casas encantadas, cuando estos animales quedan encerrados y no pueden escapar, llegan a morir de puro terror —un fenómeno que ha sido documentado en diversos casos dentro de la literatura espiritista (10).






EL GRAN IMPACTO QUE EJERCIÓ BLAVATSKY

Que H.P. Blavatsky no era una médium común ni un mero instrumento ciego en manos de "espíritus", sino una persona de inteligencia extraordinaria, queda patente no solo en sus cartas y obras, sino también en el hecho de que dondequiera que ella estuviera, pronto se convertía en un punto de encuentro para individuos excepcionales.

Entre ellos no solo figuraban los altos dignatarios que frecuentaban a médiums y adivinos en busca de milagros y profecías, sino también eruditos, teólogos, cabalistas, brahmanes y profesores que acudían a ella en busca de consejo e instrucción.

El cardenal McCloskey llegó a enviarle a su secretario —un jesuita— con la aparente intención de convencerla para que pusiera sus talentos al servicio de la Iglesia católica; por su parte, la masonería inglesa le otorgó un diploma que la investía con el grado 33, el nivel más elevado de la masonería.

Aunque recibió honores de todas partes, nada de esto dejó una huella profunda en ella; si bien tales reconocimientos pudieron haber halagado su vanidad personal, ella los consideraba meros juegos infantiles, riéndose interiormente de ellos como alguien que al estar por encima de las cosas mundanas, conoce su relativa insignificancia.

Sería un gran error pretender presentar a Blavatsky —como hacen algunos de sus admiradores— como una santa, una profetisa o una sacerdotisa de Isis rodeada por un halo de rayos, porque eso no es así ya que al igual que cualquier otra persona, ella poseía una doble naturaleza.

En sus momentos de entusiasmo, la inteligencia más elevada se expresaba a través de ella; en otras ocasiones, en cambio, solía mostrarse como una anciana de carácter difícil y pendenciero.

Esta dualidad es característica de todos los grandes genios, y no es algo por lo que deban ser censurados. Un hombre no pierde su grandeza ni el respeto que se le profesa como estadista o poeta por el simple hecho de tener defectos humanos. A un genio no se le juzga por sus debilidades humanas o sus imperfecciones físicas, sino por sus obras y su inteligencia.

Goethe habla desde su propia experiencia cuando, en su 'Fausto' le hace decir a su protagonista:

« ¡Ay!, dos almas habitan en mi pecho; una quiere separarse de la otra; una, con un deseo vehemente, se aferra al mundo con sus sentidos; la otra se eleva con fuerza desde el polvo hacia los reinos de sus nobles ancestros. »


Un poeta, cuyo nombre desconozco, describió con especial claridad esta doble naturaleza presente en todo ser humano:

« En cada ser humano coexisten dos naturalezas. Una es hija de la luz del día; lleva por doquier la impronta del sol, no alberga oscuridad alguna ni oculta nada. Puedes ver a través de ella hasta su esencia misma; no percibes nada extraño, ningún enigma; solo hallas lucidez, claridad y confianza; es transparente, sencilla, clara como la luz del día.

La otra, en cambio, parece haber surgido de la noche; es un misterio, nadie logra comprenderla; ante ella, el juicio y el entendimiento fracasan; es una huésped extraña en su propia morada. Intangible, proyecta sobre la realidad un juego de sombras vacilante y febril; como sueños que se deslizan en pleno día, enreda los hilos y embruja el objetivo. »


Sería un gran error pensar que si una persona es clarividente o médium, debe ser por ello un santo o un ser espiritualmente evolucionado.

Hay personas a quienes no se les puede negar una excelente capacidad de percepción astral y que sin embargo poseen cualidades muy desagradables: son faltas de tacto, toscas en su comportamiento, sensuales y apasionadas.

Por otra parte, la visión astral no pertenece únicamente a la naturaleza inferior del ser humano; de hecho, muchos animales superan al hombre en este aspecto.

Si bien la naturaleza superior proyecta su luz sobre la inferior, en esta última la verdad suele mezclarse con los productos de sus propias fantasías.

Todo ser humano —incluso el mejor de ellos— posee una doble naturaleza, o más bien un «alma» cuyos polos gravitan, uno hacia lo divino y el otro hacia lo terrenal. En Blavatsky, esta doble naturaleza estaba particularmente marcada, hasta el punto de que parecía como si en ella habitaran dos personalidades distintas; es más, daba la impresión de que no eran dos, sino varios seres diferentes los que de vez en cuando, tomaban posesión de ella.

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con los médiums comunes —quienes pierden la conciencia—, en el caso de Madame Blavatsky esto no sucedía así. Este hecho también se desprende de una carta dirigida a sus familiares, de la cual podemos extraer las siguientes frases:

« ¡Realmente no sé qué pensar! ¿Qué soy para estas personas? ¿Por qué C... está tan entregado y dispuesto a sacrificar su vida por mí? ¿Qué significa todo esto? ¿Qué ve esta gente en mí?

Lo único que sé es que he invocado una fuerza, desconocida para mí, que vincula las determinaciones de los demás a la mía propia.

También observo, con gran satisfacción, que muchos de quienes me siguen me consideran su salvadora. Algunos eran egoístas sin corazón, materialistas incrédulos o hedonistas despreocupados; sin embargo, muchos de ellos se han transformado en personas serias que trabajan incansablemente y lo sacrifican todo —su posición social, su tiempo y su dinero— por esta gran obra, centrando su atención en un único objetivo: su desarrollo espiritual y su iluminación intelectual. Se han convertido, por así decirlo, en víctimas de su propia abnegación; viven para el bien de los demás y encuentran en mí su salvación y su luz.

¿Y qué soy yo? Soy lo que siempre he sido... un instrumento ciego en manos de Aquel a quien llamo mi Maestro. Para mí, al igual que para todos los demás, el origen de la Sociedad Teosófica —impulsado por mí—, su crecimiento constante, día tras día y hora tras hora, y su indestructibilidad a pesar de los ataques de sus enemigos, constituyen un enigma sin resolver.

Lo único que sé es que tendrá un impacto mundial de suma importancia. Será uno de los grandes acontecimientos a escala global. Este movimiento posee una fuerza moral y psíquica que como un maremoto, sumergirá, arrastrará y sofocará todo aquello que las olas menores del pensamiento humano han dejado en la orilla: todos esos extraños residuos, jirones y harapos de diversos sistemas y filosofías.

Yo soy la fuerza motriz ciega; pero tras este movimiento, reside un gran poder. »


Así nos encontramos, ante la propia Blavatsky, frente a un enigma psicológico sobre el cual los psicólogos han escrito numerosos libros sin haber logrado jamás hallar su solución. El investigador curioso se plantea: ¿Cuál es la gran fuerza que impulsó a Blavatsky?

¿Quién fue quien la inspiró e instruyó para que ella —que no era una erudita— pudiera escribir la gran obra 'La Doctrina Secreta' y difundir una nueva cosmovisión que por ser racional, fue aceptada en todo el mundo y provocó una revolución en el pensamiento de la humanidad?

¿Quién permitió a Blavatsky responder a las cuestiones más complejas en los ámbitos de la religión y la ciencia, y, además, producir a voluntad "fenómenos ocultos" cuya "autenticidad" resulta incuestionable?


Blavatsky siempre protestó enérgicamente ante la idea de ser considerada una médium espiritista, aunque admitió haberlo sido en años anteriores. Por otra parte, afirmaba estar en contacto con un Adepto —discípulo de un Maestro en el Tíbet—, de quien siempre hablaba con la máxima reverencia, llegando casi a adorarlo.

No obstante, algunos de sus biógrafos sostienen que no existen tales Adeptos en el Tíbet y que su creencia en este Maestro podría explicarse mediante una desdoblamiento psíquico de su propia naturaleza.

Esta explicación resultaría bastante plausible, de no ser por el hecho —lamentable, en cierto sentido— de que tanto durante la vida de Blavatsky como después de su muerte, otras personas entraron en contacto con estos Maestros; no solo los vieron astralmente y hablaron con ellos, sino que llegaron a conocerlos personalmente en sus cuerpos físicos.

Huelga decir que tales cuestiones no pueden demostrarse, y somos libres de considerar mentirosos a todos aquellos que revelan sus experiencias personales. Pero eso no nos acerca en absoluto a la verdad.

Ahora bien, ¿por qué habrían de importarnos los Adeptos y Maestros del Tíbet? ¿Qué nos importa de qué fuente extrajo Blavatsky su sabiduría?

Los escritos de un autor deben juzgarse por su contenido, no por su origen. Nadie se ha preguntado nunca de dónde obtuvieron su inspiración figuras como Goethe o Shakespeare.

Si Blavatsky llegó a mencionar los nombres de sus instructores, fue porque no quería atribuirse el mérito de haber inventado su propia filosofía; y los Adeptos ciertamente no tienen interés en exhibirse ante el mundo como hacedores de milagros o hechiceros, ni en crear una nueva idolatría para ser objeto de adoración.

El mero hecho de saber que existían personas tan iluminadas provocó una reacción histérica en una multitud de "teósofos" ávidos de prodigios; no pocos intentaron viajar al Tíbet, con todos sus bártulos, con la intención de convertirse en "adeptos" y aprender trucos ocultos.

Olvidaban que, ante todo, es preciso ser una persona natural, en armonía consigo misma, y ​​recorrer la escuela de la vida antes de poder convertirse en un superhombre y establecerse en el reino de los dioses.



La Teosofía —o el conocimiento espiritual de la presencia de Dios— está al alcance de todos. Se trata de un conocimiento que nace del corazón y de una fe religiosa; algo que no debe confundirse con la aceptación ciega de los dogmas eclesiásticos.

La ciencia «oculta», por el contrario, no está destinada a las masas —aún inmaduras, desprevenidas y profundamente ancladas en el egoísmo y la sensualidad—, donde cada cual solo busca su propio beneficio.

El reino de Dios solo se nos abre cuando hemos superado toda codicia personal. «Solo los puros de corazón —es decir, aquellos libres de todo egoísmo— verán a Dios», enseña la Biblia; y el sabio Sankaracharya [Śaṅkarācārya] afirma en su Tattwa Bodha que para alcanzar el verdadero conocimiento de Dios, es necesario estar por encima de todos los deseos personales y «no esperar favores para uno mismo, ni en este mundo ni en el cielo».

Lo puro no puede unirse a lo impuro; y en la mente de los egoístas, su llamada "ciencia espiritual" conduce a través de la profanación, al «jesuitismo» y a la magia negra. Por esta razón, Blavatsky escribió a sus estudiantes:

« No tenéis derecho a arrojar los misterios de la ciencia oculta ante la multitud ignorante; pues al desconocer sus leyes, esto solo los hundiría más profundamente en la superstición. »


Al igual que muchas otras profecías hechas por Blavatsky, esta se ha cumplido.

El mundo físico recibe su luz y su calor del sol visible de nuestro sistema planetario; el alma humana obtiene su luz y su calor del sol invisible del universo, de Dios. La luz espiritual es sabiduría; el calor espiritual es amor.

De estos nace la vida espiritual. Sin luz ni calor no existe vida corporal; sin sabiduría ni amor, no hay vida del alma; una vida carente de esto es muerte espiritual.










NOTAS

1. La mayor parte de los experimentos y observaciones del Dr. Hartmann tuvieron lugar en su pequeña casa en Georgetown, Colorado. Esta casa aún sigue en pie. — Robert Hutwohl.


2. Hartmann no creía en el Dios teísta personal de los cristianos, los musulmanes y los judíos. Pero aquí parece que sí lo hace. Solo puede referirse a una cosa: su «Yo Superior». Sin embargo su perspectiva —si se examinan sus escritos en conjunto— abarca tanto el Yo Superior como la Mónada. 

Véase: "Some Theosophical Ideas Concerning God, Religion and Ethics" [Algunas ideas teosóficas sobre Dios, la religión y la ética] de Geoffrey Hodson, en la revista 'The Theosophist' de octubre de 1954, p.13-17.

A lo largo de este artículo, Hartmann utiliza el término «Dios» para referirse, indistintamente, al Yo Superior, a la Mónada o a la Vida Única. El lector perspicaz puede distinguir la diferencia; en ningún caso se trata del Dios teísta de aquellos creyentes que careciendo de discernimiento, emplean un lenguaje antropomórfico para separar a su Dios de todo lo demás.

Lamentablemente con el paso del tiempo, los hindúes adoptaron la misma concepción que los cristianos, dejando de lado la idea de Parabrahman. Fue entonces cuando los teósofos, en la época de Blavatsky, intervinieron para rescatarlos de la perniciosa influencia del teísmo cristiano. — Robert Hutwohl.


3. Del hebreo: "dag gadol" que significa «gran pez». — Robert Hutwohl.


4. No obstante, el Dr. Hartmann ha ofrecido explicaciones esotéricas para lo que a primera vista parecen ideas superficiales o absurdas en la Biblia. — Robert Hutwohl.


5. En una carta dirigida al Dr. Hartmann, fechada el 25 de diciembre de 1883, el Maestro M. afirma que fue él quien le sugirió al coronel Olcott que escribiera al Dr. Hartmann para invitarlo a Adyar. — Robert Hutwohl.


6. Las ideas expuestas en algunos de estos párrafos parecen reflejar parte del contenido de la «Carta del Maha Chohan»; no obstante, resulta difícil determinarlo con certeza, dado que el uso de las comillas (tanto de apertura como de cierre) es incompleto. — Robert Hutwohl.


7. Compárese, Zentralblatt für Okkultismus 5, núm. 1, julio de 1911. — Robert Hutwohl.


8. En mi artículo “Denkwürdigen Erinnerungen” [Recuerdos Memorables], parte 1, se mencionan varios casos de las experiencias que tuve sobre el efecto a larga distancia del pensamiento. Incluso las transferencias corporales materiales son posibles. (Véase “Neue Lotosblüten”, vol. II, 1910, p.75). — Hartmann.


9. Esta opinión concuerda con mi larga experiencia. Durante mucho tiempo mantuve una comunicación amistosa con el fantasma de una joven fallecida que se había quitado la vida mediante veneno.

Un día, me sorprendió al decirme que estaba a punto de ascender a una esfera superior y que su conexión con la Tierra había terminado. De hecho, a partir de ese momento, cesaron todas sus visitas y comunicaciones ("Recuerdos Memorables", p. 26). — Hartmann.


10. Véase el libro "The Haunted and the Haunters" o "The House and the Brain" [Los encantados y los encantadores, o La casa y el cerebro] de Edward Bulwer-Lytton. — Hartmann.






PUBLICACIÓN

Este texto se publicó en cinco partes:

1ra parte en Neue Lotusblüten, vol. 4, n.º 9-10 (septiembre-octubre de 1911), p.303-318.

2da parte en Neue Lotusblüten, vol. 4, n.º 11-12 (noviembre-diciembre de 1911), p.358-367.

3ra parte en Neue Lotusblüten, vol. 5, n.º 1-2 (enero-febrero de 1912), p.33-46.

4ta parte en Neue Lotusblüten, vol. 5, n.º 3-4 (marzo-abril de 1912), p.91-106.

5ta parte en Neue Lotusblüten, vol. 5, n.º 5-6 (mayo-junio de 1912), p.153-168.









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