(Este artículo fue escrito por Alsibar quien ha estudiado mucho a los guías espirituales, y el texto original en portugués lo pueden leer en este link.)
¿Has oído hablar alguna vez de apoyos o amortiguadores? ¿Sabías que existen amortiguadores psicológicos? ¿Podrías tener uno sin saberlo? ¿Hasta qué punto son beneficiosos o perjudiciales estos soportes existenciales? ¿Es posible vivir sin ellos? ¿Es el pensamiento un amortiguador? Reflexionemos juntos sobre este fascinante tema que nos concierne a todos.
Sabes lo que hacen los amortiguadores, ¿verdad? Su función principal es amortiguar los golpes resultantes de las vibraciones de los movimientos del automóvil. En nuestras vidas, también tenemos varios amortiguadores. Sirven para disminuir o reducir el impacto de situaciones, eventos y sucesos dolorosos. Hay muchos tipos de ellos, y sin ellos, el hombre probablemente se volvería loco al no poder soportar el impacto de los golpes a los que estamos constantemente expuestos.
Aunque hay una ligera diferencia entre apoyos y amortiguadores, ambos ayudan al hombre a soportar algún tipo de inseguridad, vergüenza o sufrimiento.
Un apoyo es más bien una muleta que le brinda seguridad y apoyo frente a situaciones vergonzosas o momentos difíciles. Por ejemplo, cuando se enfrenta a una situación que lo pone nervioso o desequilibrado, muchos recurren a cigarrillos, alcohol o algún otro subterfugio para intentar recuperar la calma.
Los amortiguadores, por otro lado, suavizan los impactos dolorosos. Por ejemplo, ante la soledad, el vacío, la tristeza o la frustración, muchos recurren a la religión, el deporte, las actividades sociales, las técnicas, el alcohol, las drogas, las pastillas, etc., para sobrellevar el dolor.
Pero ambos funcionan como verdaderos «consoladores» que buscan calmarnos o restablecer cierto equilibrio necesario para el desempeño de las actividades sociales y profesionales.
No hay nada de malo en tener apoyos o amortiguadores; sin embargo, debemos tener cuidado con ellos. Dependiendo del caso, pueden causar graves problemas e incluso obstaculizar nuestra evolución y crecimiento.
Cualquier cosa puede convertirse en un apoyo o amortiguador: un libro, un amigo, un familiar, un animal, un juego, un programa, una actividad, una religión, una técnica, la comida, los viajes, el trabajo, el alcohol, los cigarrillos, las drogas, etc.
Estamos rodeados de ellos y desde la infancia aprendemos a usarlos según nuestra conveniencia y necesidades. Pero, ¿cómo surgen estos apoyos? ¿Por qué nos volvemos tan dependientes de ellos con el tiempo? ¿Hasta qué punto un apoyo es saludable y cuándo se vuelve perjudicial?
Según el psicoanálisis, estamos compuestos por tres cuerpos: el físico, el mental y el emocional. De bebés, tenemos nuestras necesidades, deseos y anhelos. En esa etapa, la presencia y la compañía de nuestros padres nos brindan la sensación de consuelo, paz y seguridad que necesitamos para sentirnos bien. Pero lamentablemente a medida que crecemos, nuestro cuerpo emocional no se desarrolla al mismo ritmo que los cuerpos físico y mental. Esto resulta en una extrema inmadurez emocional.
Los estudios psicoanalíticos muestran que en general la edad emocional de las personas es de aproximadamente tres años. Esto significa que incluso de adultos, seguimos comportándonos como niños en asuntos emocionales. Esto explica por qué en general somos tan dependientes, temerosos e inseguros, y por qué necesitamos tantos apoyos y consuelos. Interiormente, seguimos siendo bebés.
Sin embargo, dado que somos adultos física y mentalmente, sería absurdo continuar con los mismos hábitos infantiles. ¿Se imaginan a un adulto llorando porque sus padres no están a su lado? ¿O un adulto gritando por falta de afecto, consuelo o mimos?
Incapaces de continuar con el mismo apoyo infantil —lo cual sería una actitud socialmente vergonzosa y absurda—, los seres humanos reemplazan el apoyo infantil con el apoyo "adulto", ya que este último está socialmente aprobado y ampliamente aceptado. Por lo tanto casi todo en nuestras vidas adquiere una función de apoyo, ayudándonos a superar o sobrellevar nuestro dolor y nuestras necesidades emocionales.
La sociedad está llena de apoyos. Y cada día se inventan más. El mercado constantemente crea cosas que simplemente no necesitamos pero satisfacen alguna necesidad psicológica, generalmente relacionada con la autoafirmación, trastornos del comportamiento o desequilibrios mentales, tales como: bienes de consumo, como novedades electrónicas, nuevos productos, nuevos alimentos, innovaciones informáticas o la industria automotriz, etc.
Además de nuevas técnicas de autoayuda, dietas, métodos revolucionarios y entrenamientos de vanguardia, todo puede funcionar como un apoyo. Lo importante es comprender que no hay nada intrínsecamente "malo" en el apoyo. Se convierte en algo malo según la dependencia o el uso excesivo del mismo.
Por ejemplo, el teléfono celular se considera un apoyo que satisface mi necesidad de aliviar la soledad. Sin embargo, si lo uso en los momentos adecuados, como herramienta de trabajo y comunicación, no hay problema. Pero si una persona tiene una dependencia extrema y neurótica del teléfono celular... Si no puedes vivir sin él, y estar sin él te causa sufrimiento psicológico, entonces tenemos un problema.
Consideremos por ejemplo el caso de las computadoras, internet, las redes sociales, los chats y los videojuegos. Si utilizo estas herramientas de forma sana, moderada y útil, de manera que no interfieran ni perjudiquen mi vida social, mi trabajo, mi familia, etc., no hay ningún problema. Sin embargo, si me aíslo del mundo para vivir solo para internet, descuidando mi vida social y perjudicando así mis relaciones familiares y profesionales, entonces tenemos un problema grave que requiere la atención de un profesional.
Lo mismo se aplica a otros ámbitos: el alcohol, el sexo, el tabaco, las drogas, el ejercicio, la religión, etc. En resumen, mientras sigamos el camino del medio, enseñado por Buda, que implica moderación y autocontrol en todo, no existe ningún problema grave ni ninguna neurosis.
Es fundamental mencionar que las sustancias químicas, como las drogas, el alcohol y el tabaco, representan un riesgo adicional debido a su alta capacidad adictiva y su potencial destructivo. Incluso pueden suponer graves riesgos para la salud física y psicológica.
Por ejemplo, beber en reuniones sociales no representa ningún problema. Sin embargo, el consumo social de alcohol puede derivar en una enfermedad más grave, en una dependencia química más severa. En este caso, entran en juego factores genéticos, psicológicos y emocionales, que deben evaluarse individualmente.
Por lo tanto, no es exagerado afirmar que algunas sustancias conllevan un mayor riesgo que otras, ya que esto varía de persona a persona. No obstante, también existen sustancias que no representan ningún riesgo directo para la salud y que incluso se consideran normales y saludables. Este es el caso, por ejemplo, de la religión, el ejercicio y los deportes.
Los pensamientos
También existe un mecanismo de amortiguación ampliamente aceptado que por lo general pasa desapercibido: los pensamientos. Como todos los demás mecanismos de amortiguación, los pensamientos no son intrínsecamente beneficiosos, pero se han vuelto útiles debido a su uso "abusivo" e incontrolado.
¿Y cuándo empiezan los pensamientos a funcionar como amortiguadores? Cuando se interponen entre el sujeto y la realidad, impidiendo que entren en contacto directo y objetivo con las sensaciones, las emociones y las reacciones.
Experimentamos pequeñas crisis constantemente, pero ¿por qué no las notamos?
Porque vivimos continuamente bajo el dominio de pensamientos automáticos y reactivos que actúan como un filtro entre nosotros y la realidad.
Si pudiéramos oír y sentir todos los sonidos, todas las impresiones visuales, olfativas, sensoriales y táctiles directamente, sin la mediación de los pensamientos, ¿qué pasaría?
Cada "crisis" sería percibida, comprendida y resuelta en el momento de la percepción, evitando la acumulación de residuos en la mente. Estos residuos de experiencias pasadas se acumulan en la conciencia con el tiempo, generando la falsa noción de una entidad permanente que llamamos EGO.
Los pensamientos tienen funciones claras y apropiadas, y deben usarse de manera útil y funcional, como todo en la vida. Pero cuando el pensamiento se descontrola, se vuelve reactivo y caótico, crea una persona neurótica y desequilibrada.
Esto también contribuye al mantenimiento de un mundo cada vez más descontrolado y caótico. Pero al poner el pensamiento en su lugar, organizamos nuestro mundo interior y deja de funcionar como un apoyo o amortiguador.
Como un instrumento más, el pensamiento puede ser extremadamente útil e importante para asuntos prácticos relacionados con la comunicación, la lógica y el razonamiento. Sin embargo, como amortiguador, nos impide vivir la vida de forma directa, plena y completa.
Conclusión
En resumen, necesitamos comprender qué aspectos de nuestro interior no funcionan correctamente. Dado que solemos ser extremadamente dependientes e inmaduros, tendemos a convertir cualquier cosa en una muleta. Nos basta con que algo, persona, situación o actividad nos proporcione un poco de paz, consuelo y placer, todo lo que busca una mente emocionalmente inmadura. Pero las muletas siempre son muletas, sean cuales sean.
La pregunta es: ¿podemos vivir sin ellas, o la sociedad se fundamenta en ellas? ¿Nos liberaremos alguna vez de las muletas, psicológicamente hablando? Lo cierto es que todos necesitamos conocer nuestras muletas y comprender qué necesidades emocionales o psicológicas satisfacen. De esta forma, podremos saber si alguna nos perjudica o no.
La psicología, el psicoanálisis, el autoconocimiento y la meditación pueden sin duda ayudarnos en este sentido. Al profundizar en nuestro autoconocimiento y descubrir nuestras fortalezas y debilidades emocionales, iluminamos nuestro ser interior, y esta luz establece orden, equilibrio y autonomía en relación con él. Solo así podremos convertirnos en seres humanos más sanos y equilibrados. De este modo, contribuiremos a construir una sociedad más humana, plena y feliz.
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