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¿CÓMO ES EL HUMANO QUE SE CONOCE A SI MISMO?


(Este artículo fue escrito por Alsibar quien ha estudiado mucho a los guías espirituales, y el texto original en portugués lo pueden leer en este link.)




¿Qué es el autoconocimiento? ¿Cómo vive y actúa una persona que se conoce a sí misma? ¿Qué relación existe entre el autoconocimiento y las necesidades psicológicas y biológicas del individuo? ¡Investiguémoslo juntos!

El autoconocimiento no es un proceso con principio, desarrollo y fin. No es un curso ni una habilidad que se aprende, se domina y luego se olvida. «Quien se conoce a sí mismo» es simplemente una expresión para referirse a quien ha alcanzado un conocimiento profundo de los límites, funciones, artimañas e ilusiones del ego, y ha logrado trascenderlo todo.

La verdad es que el autoconocimiento nunca termina, es un proceso dinámico, ilimitado e infinito. Vivimos en constante mutación. Nuestros pensamientos, actitudes, emociones y reacciones están en continuo movimiento. Las situaciones, las percepciones y todo lo que atraviesa nuestra conciencia —un universo infinito— se renuevan y se recrean constantemente. Y es en este mundo de relaciones variadas e infinitas donde se alcanza el autoconocimiento.

Quien ha alcanzado este estado es plenamente consciente de sí mismo. Sus acciones están en completa armonía con lo que predica y enseña, sin las famosas contradicciones e inconsistencias que caracterizan a gran parte de la humanidad. Por lo tanto no es hipócrita; no puede serlo. Existe armonía en su interior, una conexión perfecta entre mente, cuerpo y espíritu.

Pero esta integración no se logra mediante el pensamiento, pues este no integra, sino que desagrega, desune y fragmenta. Por eso, esta persona se ha convertido en un verdadero individuo en el sentido más amplio de la palabra: indiviso, en sí mismo.

Quien se conoce a sí mismo es humilde, no de forma consciente ni forzada. No busca la humildad para obtener la aprobación de los demás ni las bendiciones divinas; su humildad es un fenómeno natural, el resultado de su liberación del ego. En su interior reside una dimensión desconocida e inexplorada, y es desde esta perspectiva que percibe el mundo que le rodea.

El hombre consciente de sí mismo vive en dos dimensiones distintas: la interior y la exterior. Exteriormente, lleva una vida ordinaria, trabaja, estudia, ama, come, bebe, duerme, lee, se divierte; hace todo lo que hace una persona normal. Pero dado que su mundo interior es de silencio, paz y armonía, esto se manifiesta en su forma de tratar a las personas, la vida y las cosas en general.

Sin embargo es imposible describirlo o predecir sus acciones, porque no se basan en lo conocido ni en lo predecible. Son como el río, como el viento, como la naturaleza: a veces salvajes, a veces ordenadas. A veces cosmos, a veces caos. A veces creación, a veces destrucción. Nuestro pensamiento —lógico y racional— no puede comprenderlo ni seguirle el ritmo.

Pero una cosa es segura: el hombre consciente de sí mismo se libera del conflicto, el dolor, la angustia, la duda, la arrogancia, el orgullo y el egoísmo. Los deseos biológicos y las necesidades humanas aún lo acompañan, pero los percibe como fenómenos fugaces, al igual que sus pensamientos, sus emociones y todo lo que existe en el universo.

Libre de la ignorancia y la ceguera, no desea ser mejor ni superior a nadie, pues ya no anhela ser "más" o mejor. Se siente feliz y satisfecho consigo mismo, independientemente de cualquier situación o circunstancia.

 Este hombre es un verdadero espiritualista. Jamás afirmará poseer la Verdad, ni nada más, pues está libre de los pensamientos de "yo" y "mío". Por lo tanto acepta opiniones opuestas, ya que está libre de la ilusión de que existe una verdad absoluta. No necesita "demostrarle nada a nadie". No aspira a nada, ni desea acumular nada en el cielo.

Así pues, no quiere ser un santo, en el sentido en que la sociedad lo entiende. Sabe que mientras exista el ego, no puede haber paz ni paraíso, ni en este mundo ni en ningún otro. Por consiguiente, su cielo y sus tesoros son una paz abundante e ilimitada, que ningún dinero puede comprar ni pagar.

El hombre consciente de sí mismo ha superado sus necesidades psicológicas, no las biológicas. Por lo tanto no se opondrá al placer, pues forma parte de la vida y de las necesidades del cuerpo. Sabe que el cuerpo tiene sus propias necesidades y su propio ritmo de desarrollo.

Liberarse del dominio del pensamiento y del ego no significa negar el cuerpo. El cuerpo debe considerarse un instrumento, un vehículo o un animal del que nos beneficiamos y que, por consiguiente, debemos cuidar y proteger para que no se rompa, no se deteriore, no enferme ni muera.

Quienes se conocen a sí mismos continuarán actuando, cumpliendo su parte y su misión. Pero sus mentes estarán completamente libres del ego o del «falso yo», como dice el Bhagavad Gita. Vivirán en la consciencia, en la clara percepción del aquí y ahora, que es atemporal, eterno e insondable. Son libres, no porque lo crean, sino porque han superado los límites del pensamiento mediante el verdadero autoconocimiento.