Aquí les transcribo lo que Annie Besant escribió en su Autobiografía acerca de la manera como ella conoció a Blavatsky y el periodo de los dos años siguientes en donde ella convivió con Blavatsky hasta que ésta falleció el 8 de mayo de 1891; añadí subtítulos para facilitar la lectura y puse mis comentarios en morado.
Desde 1886 había ido creciendo poco a poco en mí la convicción de que mi filosofía [socialista] no era suficiente; de que la vida y la mente eran distintas, más de lo que había soñado.
La psicología avanzaba a pasos agigantados; los experimentos hipnóticos revelaban complejidades insospechadas en la conciencia humana, extraños enigmas de personalidades múltiples, y lo más sorprendente de todo, vívidas intensidades de actividad mental cuando el cerebro que debería ser el generador del pensamiento, se encontraba en estado de coma.
Hecho tras hecho me asaltaban, exigiendo una explicación que yo era incapaz de dar.
Estudié los aspectos más oscuros de la conciencia: sueños, alucinaciones, ilusiones, locura. En la oscuridad se iluminó un rayo de luz: el libro "El Mundo Oculto" de A.P. Sinnett, con sus letras maravillosamente sugerentes, que exponían no lo sobrenatural, sino una naturaleza sujeta a leyes, más amplia de lo que me había atrevido a concebir.
Incorporé el espiritismo a mis estudios, experimentando en privado, y encontrando los fenómenos indudables, pero su explicación espiritista, increíble.
Los fenómenos de la clarividencia, la clariaudiencia y la lectura del pensamiento resultaron ser reales.
Bajo el ajetreo de la vida exterior, ya esbozada, estas preguntas me daban vueltas en la cabeza, buscando diligentemente sus respuestas. Leí diversos libros, pero no encontré nada que me satisficiera. Experimenté de las diversas maneras que sugerían y obtuve resultados (para mí) curiosos. Finalmente me convencí de que había algo oculto, un poder oculto, y decidí buscar hasta encontrarlo.
A inicios de la primavera de 1889, yo estaba desesperadamente decidida a encontrar a toda costa lo que buscaba. Por fin, sentada sola, sumida en profundas reflexiones (como solía hacerlo después de la puesta del sol) llena de un intenso pero casi desesperado anhelo de resolver el enigma de la vida y la mente, oí una voz que más tarde se convertiría para mí en el sonido más sagrado de la tierra, invitándome a tener ánimo, pues la luz estaba cerca.
Pasaron dos semanas, y entonces el Sr. Stead [quien en ese entonces era el editor de la revista "The Pall Mall Gazette"] me entregó dos grandes libros y me dijo:
- "¿Puedes reseñarlos? Mis jóvenes los rehúyen, pero tú eres lo suficientemente experta en estos temas como para sacarles provecho."
(En realidad Annie Besant fue bastante ignorante en temas esotéricos durante toda su vida.)
Tomé los libros; eran los dos volúmenes de "La Doctrina Secreta", escrita por H.P. Blavatsky.
Llevé mi carga a casa y me senté a leer. A medida que pasaba página tras página, el interés se volvía absorbente; pero ¡qué familiar me parecía! ¡Cómo mi mente se lanzaba a presagiar las conclusiones! ¡Qué natural, qué coherente, qué sutil, y sin embargo, qué inteligible!
Estaba deslumbrada, cegada por la luz en la que los hechos inconexos se veían como partes de un todo poderoso, y todos mis enigmas, acertijos, problemas, parecían desaparecer.
El efecto era parcialmente ilusorio en cierto sentido, ya que todos tenían que ser desentrañados lentamente después, mientras el cerebro asimilaba gradualmente lo que la rápida intuición había captado como verdad.
Pero la luz había sido vista, y en ese destello de iluminación supe que la fatigosa búsqueda había terminado y que la Verdad misma había sido encontrada.
Su primer encuentro con Blavatsky
Escribí la reseña y le pedí al Sr. Stead que me presentara a la escritora, y luego envié una nota solicitando permiso para visitarla.
Recibí la más cordial de las notas, invitándome a ir, y en la suave tarde de primavera, Herbert Burrows y yo (pues sus aspiraciones eran las mías en este asunto) caminamos desde la estación de Netting Hill, preguntándonos con quién nos encontraríamos, hasta la puerta del número 17 de Lansdowne Road.
Una pausa, un rápido paso por el vestíbulo y la sala exterior, a través de puertas plegables abiertas, una figura en un gran sillón frente a una mesa, una voz vibrante, imperiosa me dijo:
- "Mi querida Sra. Besant, hacía tiempo que deseaba verla."
Yo estaba de pie, con mi mano en su firme apretón, y mirando por primera vez en esta vida directamente a los ojos de «HPB».
Sentí un repentino vuelco en mi corazón —¿era reconocimiento?— y luego —me avergüenza decirlo— una feroz rebelión, una feroz retirada, como la de un animal salvaje al sentir una mano dominante.
Me senté, y tras unas presentaciones que no me transmitieron ninguna idea, la escuché.
Ella habló de viajes por diversos países, con una charla relajada y brillante, con sus ojos velados, y sus dedos exquisitamente moldeados liando cigarrillos sin parar.
Pero no dijo nada especial que contar, ni una palabra de ocultismo, nada misterioso, una mujer de mundo charlando con sus visitantes vespertinos.
Nos levantamos para irnos, y por un instante el velo se levantó, y dos ojos brillantes y penetrantes se encontraron con los míos, y con un latido anhelante en la voz ella me dijo:
- "¡Oh, mi querida Sra. Besant, si tan solo viniera con nosotros!"
Sentí un deseo casi incontrolable de inclinarme y besarla, bajo la compulsión de esa voz anhelante, esos ojos irresistibles, pero con un destello del viejo orgullo inquebrantable y una burla interior por mi propia locura, me despedí con una cortesía usual y me di la vuelta con un comentario evasivo y descortés.
- "Hija", ella me dijo mucho después, "tu orgullo es terrible; eres tan orgullosa como el mismísimo Lucifer."
Pero en verdad, creo que nunca volví a demostrárselo después de aquella primera noche, aunque brotó con furia en su defensa muchas veces, hasta que aprendí la mezquindad y la inutilidad de toda crítica, y supe que los ciegos eran objeto de compasión, no de desprecio.
(Eso es falso porque los datos históricos muestran que Annie Besant si era tremendamente orgullosa, y su orgullo se incremento aún más con el tiempo.)
Annie Besant se afilia a la Sociedad Teosófica
Una vez más fui a ese lugar y pregunté por la Sociedad Teosófica, deseosa de unirme a esa organización, pero luchando contra ello. Porque veía, clara y nítidamente —con dolorosa claridad, de hecho— lo que significaría esa unión.
Había ya superado en gran medida el prejuicio público contra mí gracias a mi trabajo en la Junta Escolar de Londres, y se extendía ante mí un camino más llano, donde el esfuerzo por ayudar debía ser elogiado, no censurado.
¿Iba a sumergirme en un nuevo torbellino de conflicto, y convertirme en blanco del ridículo —peor que el odio— y librar de nuevo la agotadora lucha por una verdad impopular?
¿Debía volverme contra el materialismo y afrontar la vergüenza de confesar públicamente que me había equivocado, y que el intelecto el intelecto me había engañado para ignorar el alma?
¿Debía abandonar el ejército que había luchado por mí con tanta valentía, los amigos que a pesar de toda la brutalidad del ostracismo social, me habían considerado un ser querido y fiel?
Y él, el amigo más fuerte y fiel de todos, cuya confianza había quebrantado por mi socialismo, ¿debía sufrir la angustia de ver a su compañera de trabajo, su compañera de lucha, de la que se había sentido tan orgulloso, con quien había sido tan generosa, pasarse al bando contrario y abandonar las filas del materialismo?
¿Qué mirada vería Charles Bradlaugh cuando le dijera que me había hecho teósofa?
La lucha en mi interior fue intensa y encarnizada, pero sin la angustia de antaño, pues la guerrera ya había librado muchas batallas y estaba curtida por muchas heridas.
Y así fue como volví a Lansdowne Road a preguntar por la Sociedad Teosófica.
HP Blavatsky me miró fijamente por un momento y me preguntó:
- "¿Has leído el informe sobre mí de la Sociedad para la Investigación Psíquica?"
Yo le contesté:
- "No; nunca he oído hablar de ella, que yo sepa."
Y entonces Blavatsky me respondió:
- "Ve a leerlo, y si después de leerlo vuelves, bien."
Y no dijo nada más sobre el tema, sino que desvió la conversación hacia sus experiencias en muchos países.
Tomé prestada una copia del Informe, la leí y releí. Rápidamente vi lo frágiles que eran los cimientos sobre los que se construía la imponente estructura. Las constantes suposiciones en las que se basaban las conclusiones; el carácter desconcertante de las acusaciones; y —lo más incriminatorio de todo— la vil fuente de la que se derivaban las pruebas. Todo dependía de la veracidad de los Coulomb, y ellos se auto-declaraban cómplices de los presuntos fraudes.
¿Podía comparar esto con la naturaleza franca e intrépida que había vislumbrado, con la orgullosa y ardiente veracidad que me brillaba desde sus ojos azules, honestos e intrépidos como los de un niño noble?
¿Podía la autora de La Doctrina Secreta ser ese miserable impostor, ese cómplice de embaucadores, ese vil y repugnante embustero, ese mago con trampillas y paneles corredizos?
(Quienes han investigado profundamente a Blavatsky y a los Maestros tienen ese mismo desconcierto porque saben que esas acusaciones son calumnias. Y yo he examinado ese informe y les puedo asegurar que es pésimo debido a que su autor descartó sistemáticamente todo lo que está a favor de Blavatsky y solo aceptó las acusaciones que le hicieron sus enemigos.)
Me reí a carcajadas ante lo absurdo y descarté ese Informe con el desprecio moral de una naturaleza honesta que conocía a sus semejantes cuando los encontraba, y se encogía ante la vileza y bajeza de una mentira.
Al día siguiente me encontraba en la oficina de la Editorial Teosófica, en el número 7 de Duke Street, Adelphi, donde trabajaba la condesa Wachtmeister, una de las amigas más leales de HPB, y firmé una solicitud de admisión como miembro de la Sociedad Teosófica.
Annie Besant se vuelve alumna de Blavatsky
Al recibir mi diploma, me dirigí a Lansdowne Road, donde encontré a HPB sola. Me acerqué a ella, me incliné y la besé, pero no dije palabra.
Ella me preguntó:
- "¿Te has unido a la Sociedad?"
Yo le contesté:
- "Sí."
Entonces me preguntó:
- "¿Has leído el informe?"
Yo le contesté:
- "Sí."
Y entonces ella me inquirió:
- "¿Y qué opinas al respecto?"
Yo me arrodillé ante ella y estreché sus manos entre las mías, mirándola fijamente a los ojos, y le dije:
- "Mi respuesta es: ¿me aceptarás como tu alumna y me concederás el honor de proclamarte mi maestra ante el mundo?"
Su rostro severo y serio se suavizó, un brillo inusual de lágrimas asomó a sus ojos; entonces con una dignidad más que regia, ella puso su mano sobre mi cabeza y me dijo:
- "Eres una mujer noble. Que el Maestro te bendiga."
Desde aquel día, el 10 de mayo de 1889, hasta ahora —dos años y tres meses y medio después de que Blavatsky dejara su cuerpo el 8 de mayo de 1891—, mi fe en ella nunca ha flaqueado, mi confianza en ella jamás se ha visto quebrantada.
(Desafortunadamente poco tiempo después varios bribones, principalmente Chakravarti y Leadbeater, le hicieron perder a Besant su confianza en Blavatsky.)
Yo le di mi fe con una intuición imperiosa, demostré su fidelidad día tras día en la más íntima intimidad viviendo a su lado; y hablo de ella con la reverencia debida de una alumna a una maestra que nunca le falló, con la gratitud apasionada que en nuestra Escuela, es la recompensa natural de quien abre la puerta y señala el camino.
(Annie Besant le falló completamente a Blavatsky en los siguientes años.)
Besant defiende la Teosofía
"¡Locura! ¡Fanatismo!", se burla el inglés del siglo XIX. Pues que así sea. Lo he visto, y puedo esperar.
También me han dicho que me lancé de cabeza a la Teosofía y me dejé llevar por el entusiasmo.
Creo que la acusación es cierta, en la medida en que la decisión fue tomada rápidamente; pero había sido largamente guiada hacia, y realizó, los sueños de la infancia en los planos superiores de la feminidad intelectual.
Y permítanme decir aquí que he logrado más de lo que esperaba en esa primera inmersión, y he obtenido la certeza del conocimiento sobre doctrinas consideradas tan verdaderas como ese rápido destello de iluminación.
Sé, por experiencia personal, que el alma existe, y que mi Alma, no mi cuerpo, soy yo misma; que el alma puede abandonar el cuerpo a voluntad; que puede, estando incorpórea, alcanzar y aprender de maestros humanos vivos, y traer de vuelta e imprimir en el cerebro físico lo que ha aprendido.
Que ese proceso de transferir la conciencia de un rango de ser (por así decirlo) a otro, es un proceso muy lento durante el cual el cuerpo y el cerebro se correlacionan gradualmente con la forma más sutil que es esencialmente la del Alma, y que mi propia experiencia de ella, aún tan imperfecta, tan fragmentaria, comparada con la experiencia de los altamente entrenados, es como las primeras luchas de un niño aprendiendo a hablar comparadas con la oratoria perfecta del orador experto.
Que la conciencia, lejos de depender del cerebro, es más activa cuando se libera de las formas burdas de la materia que cuando está encerrada en ellas.
Que los grandes Sabios mencionados por H.P. Blavatsky existen; que poseen poderes y conocimientos ante los cuales nuestro control de la Naturaleza y el conocimiento de sus caminos son un juego de niños.
Todo esto y mucho más he aprendido, y soy solo una alumna de bajo nivel, como si estuviera en la clase infantil de la Escuela Oculta; por lo tanto, el primer paso ha sido exitoso, y la intuición ha sido justificada.
Este mismo camino de conocimiento que estoy recorriendo está abierto a todos los demás que paguen el precio que se exige en la puerta, y ese precio es la disposición a renunciar a todo por el bien de la verdad espiritual y la disposición a entregar toda la verdad adquirida al servicio del hombre, sin reservar nada para sí mismo.
Su reseña de la Doctrina Secreta en el National Reformer
El 23 de junio de 1889, en una reseña de La Doctrina Secreta en el "National Reformer", aparecen los siguientes pasajes que muestran la rapidez con la que se habían comprendido algunos de los puntos principales de la enseñanza.
(Hay un error al afirmar que de las siete modificaciones de la Materia, la Ciencia solo conoce cuatro, y hasta hace poco solo conocía tres; estas cuatro son solo subestados, subdivisiones del plano inferior.)
(No hay un error, y más abajo lo aclaro.)
Tras decir que el hombre inglés del siglo XIX probablemente se sentiría repelido si tan solo hojeara el libro, continué diciendo:
« Con telescopio y microscopio, con bisturí y con batería, la ciencia occidental interroga a la naturaleza, añadiendo hecho tras hecho, acumulando experiencia tras experiencia, pero llegando siempre a abismos insondables con sus plomadas, cuando llega a alturas inalcanzables con sus escaleras. Amplia y magistral en sus respuestas al ¿Cómo? y el ¿Por qué?, siempre la elude, y las causas permanecen envueltas en la oscuridad.
La ciencia oriental utiliza como instrumento científico únicamente las facultades penetrantes de la mente, y considerando el plano material como Maya (ilusión), busca en los planos mental y espiritual del ser las causas de los efectos materiales. Allí también está la única realidad; allí la verdadera existencia de la cual el universo visible es solo la sombra.
Es evidente que tales investigaciones requieren un equipamiento mental superior al que normalmente ofrece el cuerpo humano. Y aquí se produce la separación de Oriente y Occidente.
Para el estudio del universo material, nuestros cinco sentidos, con la ayuda de los instrumentos inventados por la ciencia, pueden ser suficientes. Para todo lo que podemos oír, ver, saborear y tocar, estos servidores habituales, aunque a menudo torpes, son las mejores guías disponibles para el conocimiento.
Pero es inherente a la naturaleza del caso que resultan inútiles cuando la investigación se centra en modos de existencia que no pueden imprimirse en nuestras terminaciones nerviosas.
Por ejemplo, lo que conocemos como color es la frecuencia de vibración de las ondas etéricas que inciden en la retina del ojo, entre ciertos límites definidos —759 billones de golpes del máximo, 436 billones del mínimo— estas ondas dan lugar en nosotros a la sensación que el cerebro traduce en color.
(No sabemos por qué los 436 billones de golpes en un extremo de un nervio se vuelven «rojos» en el otro; lo registramos, pero no puedo explicarlo.)
Pero nuestra capacidad de responder a la vibración no puede limitar la capacidad vibratoria del éter; para nosotros, las frecuencias de vibración más altas y más bajas no existen, pero si nuestro sentido de la vista fuera más sensible, veríamos donde ahora estamos ciegos.
Siguiendo esta línea de pensamiento, nos damos cuenta de que la materia puede existir en formas desconocidas para nosotros, en modificaciones a las que nuestros sentidos son incapaces de responder.
Ahora interviene el Sabio Oriental y dice:
"Lo que dices que puede ser, es; hemos desarrollado y cultivado sentidos tan superiores a los tuyos como tu ojo es superior al de la medusa; hemos desarrollado facultades mentales y espirituales que nos permiten investigar en los planos superiores del ser con tanta certeza como tú investigas en el plano físico; no hay nada sobrenatural en esto, como tampoco lo es tu conocimiento, aunque muy superior al accesible a los peces; no especulamos sobre estas formas superiores de existencia; las conocemos por estudio personal, al igual que tú conoces la fauna y la flora de tu mundo.
Los poderes que poseemos no son sobrenaturales, están latentes en cada ser humano y... evolucionarán a medida que la raza progresa. Todo lo que hemos hecho es desarrollarlas más rápidamente que nuestros vecinos, mediante un procedimiento tan accesible para ustedes como lo fue para nosotros.
La materia está en todas partes, pero existe en siete modificaciones, de las cuales ustedes solo conocen cuatro, y hasta hace poco solo conocían tres; en esas formas superiores residen las causas cuyos efectos ven en las inferiores, y para conocer estas causas deben desarrollar la capacidad de comprender los planos superiores.
(Aquí Besant se está refiriendo a los siete principales estados de la materia que enseña Blavatsky, basándose en la antigua sabiduría oriental:
ESTADOS DE LA MATERIA | ELEMENTO AL QUE SE LE ASOCIA | TATTVAS (EN SANSKRITO) |
aún desconocido en occidente | materia primordial o suprema (aether) | adi |
aún desconocido en occidente | materia “sin padres” auto-existente | anupadaka o aupapaduka |
etéreo | éter | akasha o alaya |
incandescente | fuego | taijasa o tejas |
gaseoso | aire | vayu |
liquido | agua | apas |
solido | tierra | prithivi |
Pero luego Besant añade que antes los científicos solo conocían tres, lo que me hace sospechar que ella ya estaba siendo mal influenciada por Charles Leadbeater, quien pretendió que por medio de su falsa clarividencia, él percibió cuatro diferentes tipos de éteres –que en realidad esos éteres no existen– y para incorporarlos dentro de la clasificación septenaria, quitó el estado incandescente:
- Primer tipo de éter
- Segundo tipo de éter
- Tercer tipo de éter
- Cuarto tipo de éter
- Gaseoso
- Líquido
- Físico
Pero hacer eso es absurdo porque el fuego es un elemento incuestionable que existe en la naturaleza.
Y este es un ejemplo que muestra que Annie Besant era bastante ignorante en asuntos de esoterismo, y ese es uno de los motivos por los que ella se dejó embaucar por Leadbeater.)
Luego siguió un breve resumen del ciclo de la evolución, y continué escribiendo:
¿Qué papel desempeña el hombre en este vasto drama del universo?
Sobra decir que no es la única forma viviente en un cosmos, que en su mayor parte es inhabitable para él.
Así como la ciencia ha mostrado formas vivientes por doquier en el plano material, razas en cada gota de agua, vida palpitando en cada hoja y brizna, así también La Doctrina Secreta señala formas vivientes en planos superiores de existencia, cada una adaptada a su entorno, hasta que todo el espacio vibra de vida, y en ninguna parte hay muerte, sino solo cambio.
Entre estas miríadas, algunas evolucionan hacia la humanidad, otras se alejan de la humanidad tal como la conocemos, despojándose de sus partes más burdas.
Porque el hombre es considerado un ser séptuple, cuatro de estas partes pertenecen al cuerpo animal y perecen con la muerte o poco después; mientras que tres forman su yo superior, su verdadera individualidad, y estas persisten y son inmortales.
Estas forman el Ego, y es este el que pasa por muchas encarnaciones, aprendiendo la lección de la vida a medida que va obrando su propia redención dentro de los límites de una ley inexorable, sembrando semillas de las cuales siempre cosecha, construyendo su propio destino con dedos incansables y no encontrando en ningún lugar del tiempo y espacio inconmensurables que lo rodean a nadie que pueda levantar para él un peso que ha creado, una carga que ha reunido, desenredar para él un enredo que ha retorcido, cerrar para él un abismo que ha cavado.
Luego, tras observar los acercamientos de la ciencia occidental a la oriental, llegaron las palabras finales:
Es de curioso interés observar cómo algunas de las teorías más recientes parecen vislumbrar las doctrinas ocultas, como si la ciencia se encontrara en el umbral mismo del conocimiento que hará que todo su pasado parezca pequeño.
Su mano ya tiembla ante el dominio de fuerzas ante las cuales todos los que ahora están a su disposición son insignificantes. ¿Cuándo las dominará?
Esperemos que no hasta que el orden social se haya transformado, no sea que solo den más a quienes tienen y dejen a los desdichados aún más desdichados por la fuerza del contraste.
El conocimiento utilizado por el egoísmo ensancha el abismo que divide al hombre del hombre y a la raza de la raza, y bien podríamos rehuir la idea de que nuevos poderes de la naturaleza estén ligados al carro de la codicia.
De ahí que la sabiduría de esos «Maestros», en cuyo nombre habla Madame Blavatsky, haya negado siempre el conocimiento que es poder hasta que se haya aprendido la lección del amor, y haya entregado solo a las manos de los desinteresados el control de esas fuerzas naturales que "un mal uso destruiría la sociedad". »
Esta reseña, y el anuncio público, exigido por la honestidad, de mi ingreso a la Sociedad Teosófica, naturalmente suscitaron una oleada de críticas, y el National Reformer [que era un periódico secularista británico radical y ateo, liderado por Charles Bradlaugh] del 30 de junio de 1889 publicó la siguiente:
« La reseña del libro de Madame Blavatsky en el último National Reformer y un anuncio en el Star me han traído varias cartas sobre la Teosofía.
Me piden una explicación sobre qué es la Teosofía y sobre mi propia opinión al respecto: la palabra 'teósofo' es antigua y se usaba entre los neoplatónicos. Según el diccionario, su nuevo significado parece ser "alguien que afirma tener conocimiento de Dios o de las leyes de la naturaleza mediante la iluminación interna".
Un ateo ciertamente no puede ser teósofo. Un deísta puede ser teósofo. Un monista no puede ser teósofo. La teosofía debe al menos implicar dualismo.
La teosofía moderna, según Madame Blavatsky, como se expuso en el número de la semana pasada, afirma mucho en lo que no creo y alega algunas cosas que, para mí, son ciertamente falsas. No he tenido la oportunidad de leer los dos volúmenes de Madame Blavatsky, pero sí he leído durante los últimos diez años muchas publicaciones de su pluma, la del coronel Olcott y la de otros teósofos.
Me parece que han buscado rehabilitar una especie de espiritualismo en la terminología oriental. Considero que muchas de sus alegaciones son completamente erróneas y sus razonamientos completamente falsos.
Lamento profundamente que mi colega y colaboradora, con cierta rapidez y sin ningún intercambio de ideas conmigo, haya adoptado como hechos, asuntos que me parecen tan irreales como cualquier ficción puede serlo.
Mi pesar es mayor. Conozco la devoción de la Sra. Besant por cualquier camino que considere verdadero. Sé que siempre defenderá con fervor cualquier punto de vista que se proponga, y contemplo con profunda preocupación el posible desarrollo de sus ideas teosóficas.
La línea editorial de este periódico no ha cambiado y se opone abiertamente a todas las formas de teosofía. Habría preferido guardar silencio sobre este tema, pues el desacuerdo público con la Sra. Besant sobre su adopción del socialismo ha causado dolor a ambos; pero al leer su artículo y al conocer el anuncio público de su adhesión a la organización teosófica, debo decir esto con claridad a quienes me buscan como guía.
CHARLES BRADLAUGH »
Mi contestación fue:
« No me es posible explicar aquí con detalle mis razones para unirme a la Sociedad Teosófica, cuyos tres objetivos son: fundar una Hermandad Universal sin distinción de raza ni credo; promover el estudio de la literatura y la filosofía arias; e investigar las leyes inexplicables de la naturaleza y los poderes físicos latentes en el hombre.
En materia de opinión religiosa, los miembros son absolutamente libres. Los fundadores de la sociedad niegan un Dios personal, y se enseña una forma algo sutil de panteísmo como la visión teosófica del universo, aunque ni siquiera esto se impone a los miembros de la sociedad.
No pretendo ocultar que esta forma de panteísmo me parece que promete la solución de algunos problemas, especialmente problemas de psicología, que el ateísmo deja intactos.
ANNIE BESANT »
L La Teosofía, como bien saben sus estudiantes, lejos de implicar dualismo, se basa en el Uno, que se convierte en Dos al manifestarse; así como el ateísmo postula una sola existencia, solo cognoscible en la dualidad de fuerza y materia, y el teísmo filosófico —aunque no popular— enseña una sola Deidad, de la cual son espíritu y materia.
(En realidad el Uno se convierte en Tres al manifestarse, debido a que Dos genera dualidad y se requiere Tres para lograr el equilibrio; y esos tres aspectos de lo Divino son simbolizados por la Santísima Trinidad del cristianismo, la Trimurti del hinduismo, los tres colores primarios, los tres primeros rayos de la creación, etc.)
Breve estancia en Francia
La moderada desaprobación del Sr. Bradlaugh no fue imitada en su moderación por otros líderes del librepensamiento, y el Sr. Foote se distinguió especialmente por la acritud de sus ataques.
En medio del torbellino, fui llamada a París para asistir, con Herbert Burrows, al gran Congreso Laborista celebrado allí del 15 al 20 de julio de 1889, y pasé un par de días en Fontainebleau con H.P. Blavatsky, quien había salido de vacaciones unas semanas.
Allí la encontré traduciendo los maravillosos fragmentos de "El Libro de los Preceptos Dorados", ahora tan conocido como "La Voz del Silencio".
Lo escribió con rapidez, sin ningún material de apoyo, y por la noche me hizo leerlo en voz alta para comprobar si el inglés era correcto.
Herbert Burrows, la Sra. Candler (una teósofa estadounidense acérrima) y yo nos sentamos alrededor de HPB mientras leía. La traducción estaba en un inglés perfecto y hermoso, fluido y musical; solo pudimos encontrar una o dos palabras para modificar, y ella nos miró como una niña asustada, maravillada por nuestros elogios; elogios que cualquier persona con sentido literario aprobaría si leyera ese exquisito poema en prosa.
Un poco antes, ese mismo día, le había preguntado sobre los agentes que producían los golpes que tan constantemente se escuchaban en las sesiones espiritistas.
"No se usan espíritus para producir golpes", dijo; "mira".
Me puso la mano sobre la cabeza, sin tocarla, y oí y sentí ligeros golpes en el hueso del cráneo, cada uno de los cuales me enviaba una pequeña descarga eléctrica por la columna.
Luego me explicó cuidadosamente cómo dichos golpes se podían producir en cualquier punto que el operador deseara, y cómo la interacción de las corrientes a las que se debían podía ser causada de forma distinta a la voluntad humana consciente.
De esta manera ilustraba sus enseñanzas verbales, comprobando experimentalmente las afirmaciones sobre la existencia de fuerzas sutiles controlables por una mente entrenada.
Todos los fenómenos pertenecían al aspecto científico de su enseñanza, y nunca cometió la locura de atribuirse la autoridad de sus doctrinas filosóficas alegando ser una hacedora de milagros.
Y constantemente nos recordaba que no existían los "milagros", que todos los fenómenos que ella había producido se debían a un conocimiento de la naturaleza más profundo que el de la gente común, y a la fuerza de una mente y una voluntad bien entrenadas.
Algunos eran lo que ella describiría como "trucos psicológicos", la creación de imágenes mediante la imaginación, y al imponérselas a otros como una alucinación colectiva. Otros fenómenos, como el movimiento de objetos sólidos, se lograban ya sea mediante una mano astral proyectada, o mediante un elemental. Otros mediante la lectura en la Luz Astral, etc.
Pero la prueba de la realidad de su misión, por parte de aquellos a quienes ella llamaba Maestros, no residía en estos fenómenos físicos y mentales comparativamente triviales, sino en el esplendor de su heroica resistencia, la profundidad de su conocimiento, la abnegación de su carácter, la elevada espiritualidad de su enseñanza, la incansable pasión de su devoción, el incesante ardor de su trabajo por la iluminación de los hombres.
Fueron estos, y no sus fenómenos, los que ganaron para ella nuestra fe y confianza —nosotros que vivíamos a su lado, conociendo su vida cotidiana— y aceptamos agradecidos su enseñanza no porque ella pretendiera tener autoridad alguna, sino porque despertaba en nosotros poderes, cuya posibilidad en nosotros mismos no habíamos soñado, energías del Alma que demostraban su propia existencia.
Eventos que sucedieron en Londres en la segunda mitad de 1889
Al regresar a Londres desde París, me vi en la necesidad de presentar de forma muy clara y concisa mi cambio de opinión, y en el National Reformer del 4 de agosto de 1889 encuentro lo siguiente:
« Se están haciendo muchas afirmaciones sobre mí y mis creencias, algunas absurdas y otras maliciosamente falsas. Debo pedir a mis amigos que no les den crédito.
No sería justo para mi amigo, el Sr. Bradlaugh, pedirle que abra las columnas de esta revista a una exposición de Teosofía escrita por mí, y así provocar una larga controversia sobre un tema que no interesaría a la mayoría de los lectores del National Reformer. Por ello, no puedo responder aquí a los ataques que se me han hecho.
Sin embargo considero que el partido con el que he trabajado durante tanto tiempo tiene derecho a exigirme una explicación del paso que he dado, y por lo tanto estoy preparando un panfleto que aborda a fondo esa cuestión.
Además, he acordado con el Sr. R.O. Smith que el tema de las conferencias que impartiré en el Hall of Science el 4 de agosto... 4.º y 11.º sea "¿Por qué me hice teósofa?".
Mientras tanto, creo que mis años de servicio en las filas del partido librepensador me dan derecho a pedir que no se me condene sin ser escuchada, e incluso me atrevo a sugerir, en vista de los elogios que me han dispensado los librepensadores en el pasado, que es posible que haya algo que decir desde un punto de vista intelectual, a favor de la Teosofía.
Las caricaturas que han surgido de la pluma de algunos librepensadores la representan con tanta precisión como las caricaturas del ateísmo de la Evidencia Cristiana representan esa digna filosofía de vida; y recordando lo tergiversadas que están, les pido que esperen antes de juzgar. »
Las conferencias se impartieron y se condensaron en un folleto con el mismo título, que ha tenido una gran circulación. Concluía así:
« Existe un gran obstáculo en la mente de muchos librepensadores, que sin duda los predispone contra la Teosofía y que ofrece a sus oponentes un tema fácil de sarcasmo: la afirmación de que existen otros seres vivos además de los hombres y animales que habitan nuestro planeta.
Conviene que quienes se alejan de inmediato ante tal afirmación se detengan y se pregunten si realmente creen que en todo este poderoso universo, en el que nuestro pequeño planeta no es más que una pequeña partícula de arena en el Sahara, solo este planeta está habitado por seres vivos.
¿Acaso todo el universo es mudo salvo para nuestras voces? ¿Ciego salvo para nuestra visión? ¿Muerto salvo para nuestra vida?
Una creencia tan absurda era bastante válida en la época en que el cristianismo consideraba nuestro mundo como el centro del universo, a la raza humana como aquella por la que el Creador se dignó morir.
Pero ahora que estamos en nuestra posición adecuada, uno entre innumerables miríadas de mundos, ¿qué fundamento hay para la absurda presunción que se arroga como nuestra toda la existencia sensible?
La tierra, el aire, el agua, todo rebosa de seres vivos adaptados a su entorno; nuestro planeta rebosa de vida. Pero en el momento en que trascendemos nuestra atmósfera, todo cambia. Ni la razón ni la analogía respaldan tal suposición.
Uno de los crímenes de [Giordano] Bruno fue atreverse a enseñar que otros mundos además del nuestro estaban habitados; pero fue más sabio que los monjes que lo quemaron.
Los teósofos solo afirman que cada fase de la materia tiene seres vivos adaptados a ella, y que todo el universo late con vida.
¡Superstición! ¡Gritan los intolerantes! No es más superstición que la creencia en bacterias o en cualquier otro ser vivo invisible al ojo humano común.
"Espíritu" es una palabra engañosa, pues históricamente connota inmaterialidad y una existencia sobrenatural, y el teósofo no cree ni en uno ni en otro. Para él, todos los seres vivos actúan en y a través de una base material, y la materia y el espíritu no se encuentran disociados. Pero alega que la materia existe en estados distintos a los conocidos actualmente por la ciencia.
Negar esto es tan sensato como lo fue el príncipe hindú que negó la existencia del hielo porque el agua, en su experiencia, nunca se solidificó.
Negarse a creer hasta que se presenten pruebas es una postura racional; negar todo lo que esté fuera de nuestra limitada experiencia es absurdo.
Una última palabra a mis amigos secularistas. Si me dicen: "Abandone nuestras filas", las abandonaré; no me impongo a ningún partido, y en cuanto me sienta inoportuno, me iré.
(Nota de Besant: dejo estas palabras tal como fueron escritas en 1889. Renuncié a mi cargo de la NSS en 1890, sintiendo que la NSS estaba tan identificada con el materialismo que ya no tenía lugar para mí.)
Me ha costado bastante dolor admitir que el materialismo del que todo lo esperaba me ha fallado, y con tal admisión acarrearme la desaprobación de algunos de mis amigos más cercanos. Pero aquí, como en otros momentos de mi vida, no me atrevo a comprar la paz con una mentira.
Una imperiosa necesidad me obliga a decir la verdad, tal como la veo, ya sea que el discurso me agrade o me desagrade, ya sea que me traiga elogios o censura. Esa única lealtad a la Verdad debo mantenerla intachable, independientemente de si las amistades me fallan o los lazos humanos se rompen.
Puede que me lleve al desierto, pero debo seguirla; puede que me despoje de todo amor, pero debo perseguirla; aunque me mate, confiaré en ella; y no pido otro epitafio para mi tumba que: "ELLA TRATÓ DE SEGUIR LA VERDAD." »
Mientras tanto, con esta nueva controversia entre manos, el trabajo de la Junta Escolar continuó, posible debo decir, gracias a la generosa ayuda de amigos desconocidos, quienes me enviaron 150 libras al año durante el último año y medio.
Así también prosiguió la vigorosa labor socialista y el continuo apoyo a los movimientos obreros en apuros, destacando la organización de los peleteros del sur de Londres en un sindicato y el apoyo al movimiento para acortar el horario de los conductores de tranvías y autobuses, cuyas reuniones debían celebrarse después de la medianoche.
La alimentación y el vestido de los niños también ocupaban mucho tiempo y atención, pues los pequeños de mi distrito eran miles, desesperadamente pobres.
Estudié como pude, leyendo en vagones de tren, tranvías y autobuses, y robando horas para escuchar a HPB acortando las noches.
En octubre, las fuerzas debilitadas del Sr. Bradlaugh recibieron un golpe mortal, aunque aún le quedaban quince meses de vida. Sufrió un colapso repentino debido a una congestión severa y se encontraba en peligro inminente, cuidado con devoción por su única hija, la Sra. Bonner, ya que su hija mayor había fallecido el otoño anterior.
Poco a poco, resucitó tras cuatro semanas en cama, y tras recibir instrucciones de su médico de descansar y de ser posible de emprender un viaje por mar, zarpó hacia la India el 28 de noviembre para asistir al Congreso Nacional donde fue aclamado con entusiasmo como "Miembro por la India".
En noviembre, presenté una demanda por difamación contra el reverendo Sr. Hoskyns, vicario de Stepney, quien había seleccionado pasajes viles de un libro que no era mío y los había hecho circular como si representaran mis opiniones durante las elecciones de la Junta Escolar de 1888.
Tenía en mi contra al Procurador General, Sir Edward Clarke, en el estrado, y al Barón Huddleston en el tribunal. Tanto el abogado como el juez hicieron todo lo posible por intimidarme y usar el lenguaje más grosero, intentando demostrar que al defender la limitación de la familia, había condenado la castidad como un delito.
Cinco horas de brutal interrogatorio mantuvieron mi negación de tales enseñanzas inquebrantable, e incluso los alegatos del juez a favor del clérigo, defendiendo a sus feligreses contra un infiel y estableciendo como ley que la declaración era privilegiada, no lograron obtener un veredicto.
El jurado discrepó, no como me comentó uno de ellos después, sobre la cuestión de la difamación, sino por la opinión de algunos de que un clérigo no debía ser multado con una indemnización por su excesivo celo en la defensa de su fe contra el lobo voraz de la incredulidad; mientras que otros, considerando la difamación muy cruel, no aceptaron un veredicto que no conllevara una indemnización sustancial.
No llevé el caso a un nuevo juicio, pues consideré que no valía la pena perder más tiempo en ello, tras haber quedado plenamente demostrada mi inocencia de la acusación.
La generosidad de Blavatsky
Los meses transcurrieron con ajetreo, y a inicios de 1890, le habían donado a H.P. Blavatsky mil libras para que las usara, a su discreción, en servicio social, y si le parecía bien, en servicio a las mujeres.
Tras largas conversaciones, ella decidió fundar una asociación en el este de Londres para jóvenes trabajadoras, y con su aprobación, la señorita Laura Cooper y yo buscamos un lugar adecuado.
Finalmente, nos decidimos por una casa muy grande y antigua, en el número 193 de Bow Road, y su renovación completa y la construcción de un salón anexo llevaron varios meses.
El 15 de agosto de 1889, Madame Blavatsky la inauguró y la dedicó a mejorar la situación de las jóvenes trabajadoras y mal pagadas. Y esa organización ha cumplido con nobleza su misión durante los últimos tres años.
La compasión de H.P.B. por el sufrimiento humano, especialmente el de las mujeres y los niños, era muy notable.
Ella era muy pobre al final de su vida terrenal, pues lo había gastado todo en su misión y se negaba a dedicar tiempo de su trabajo teosófico a escribir para los periódicos rusos, que estaban dispuestos a pagarle caro por su pluma.
Pero su escaso bolsillo se vació rápidamente cuando cualquier dolor humano que el dinero pudiera aliviar se interpuso en su camino.
Un día escribí una carta a una compañera que le mostraron, sobre unos niños pequeños a quienes les había llevado muchas flores del campo, y les había hablado de sus rostros contraídos por la necesidad.
Me vino a la mente la siguiente nota característica que ella me envió:
« MI QUERIDÍSIMA AMIGA,
Acabo de leer tu carta y me duele el corazón por los pobres pequeñitos. Mira, solo tengo 30 chelines de mi propio bolsillo (pues como sabes, soy pobre y estoy orgullosa de ello), pero quiero que los aceptes y no digas ni una palabra.
Con esto podrías comprar treinta cenas para treinta pobres hambrientos, y puede que me sienta más feliz durante treinta minutos con solo pensarlo.
Ahora, no digas ni una palabra, y hazlo; llévaselos a esos desafortunados bebés que amaban tus flores y se sentían felices.
¡Perdona a tu vieja amiga grosera, inútil en este mundo!
Siempre tuya,
HPB »
Fue esta ternura suya la que nos llevó, después de su partida, a fundar el "Hogar HPB para niños pequeños", y un día esperamos cumplir su deseo expresado de que se abriera un refugio grande pero hogareño para niños marginados bajo los auspicios de la Sociedad Teosófica.
El grupo se muda a otra casa
Al expirar el contrato de arrendamiento del número 17 de Lansdowne Road a principios del verano de 1890, se decidió que el número 19 de Avenue Road se convertiría en la sede de la Sociedad Teosófica en Europa.
Se construyó un salón para las reuniones de la Logia Blavatsky —la logia fundada por ella— y se realizaron diversas reformas.
En julio, su equipo de trabajadores se reunió bajo un mismo techo; allí acudieron Archibald y Bertram Keightley, quienes se habían dedicado a su servicio años antes.
La condesa Wachtmeister, quien había dejado de lado todos los lujos de la riqueza y el alto rango social para entregarlo todo a la causa a la que servía y a la amiga a la que amaba con profunda y fiel lealtad.
George Mead, su secretario y ferviente discípulo, hombre de mente y carácter firmes, un erudito destacado y un trabajador incansable.
Claude Wright, el más encantador de los irlandeses, con una aguda perspicacia que subyacía en una naturaleza radiante y alegre, aunque aparentemente despreocupado.
Walter Old, soñador y sensible, un psíquico nato y, como muchos otros, fácilmente influenciable por quienes lo rodeaban.
Emily Kislingbury, también una mujer estudiosa y seria.
Isabel Cooper Oakley, intuitiva y estudiosa, una combinación excepcional, y una alumna devota de los estudios ocultistas.
James Pryse, un estadounidense, que nadie es más dedicado que él, aportó conocimientos prácticos para apoyar la obra e hizo posible el gran desarrollo de nuestro departamento de impresión.
Estos, junto conmigo, fueron inicialmente el personal residente, mientras que la señorita Cooper y Herbert Burrows, quienes también estaban vinculados con la obra, pero no podían vivir siempre en el hogar debido a otras obligaciones.
Las reglas de la casa eran —y son— muy sencillas, pero HPB insistía en una vida muy regular: desayunábamos a las 8 de la mañana, trabajábamos hasta la comida a la 1 y luego hasta la cena a las 7.
Después de cenar, el trabajo externo para la Sociedad Teosófica se dejaba de lado y nos reuníamos en la habitación de HPB, donde nos sentábamos a hablar de planes, recibir instrucciones y escuchar sus explicaciones sobre los puntos difíciles.
A las 12 de la noche todas las luces tenían que apagarse.
Mi trabajo público me llevaba muchas horas — por desgracia para mí— pero así era la rutina de nuestras ajetreadas vidas. HPB escribía sin cesar; siempre sufriendo, pero con una voluntad indomable, impulsaba su cuerpo a cumplir con sus tareas, implacable con sus debilidades y dolores.
Blavatsky trataba a sus alumnos de forma muy diversa, adaptándose con la mayor precisión a sus diferentes naturalezas; como maestra era maravillosamente paciente, explicando las cosas una y otra vez de diferentes maneras, hasta que a veces, tras un fracaso prolongado, se dejaba caer en su silla y exclamaba:
- "¡Dios mío!" (el sencillo "Dios mío" del extranjero) "¿Soy tonta para que no me entiendas? Mira a Fulano" (refiriéndose a alguien en cuyo rostro se vislumbraba un leve atisbo de comprensión) "Tú dile a estos idiotas lo que quiero decir."
En cambio con la vanidad, la presunción y el fingimiento de conocimiento, ella era despiadada si el alumno era prometedor; agudas flechas de ironía perforaban la farsa.
Con algunos de sus discípulos se enfadaba mucho, sacándolos de su letargo con ardiente desprecio; y en realidad se convertía en un mero instrumento para la formación de sus alumnos, sin importarle lo que ellos o cualquier otra persona pensaran de ella, siempre que el beneficio resultante estuviera asegurado.
Y nosotros, que vivimos a su alrededor, quienes la observábamos en la más íntima intimidad día tras día, damos testimonio de la generosa belleza de su vida, la nobleza de su carácter, y depositamos a sus pies nuestra más reverente gratitud por el conocimiento adquirido, las vidas purificadas y la fuerza desarrollada.
Oh alma noble y heroica, a quien el mundo exterior, ciego, juzga mal, pero a quien tus alumnos vieron parcialmente, nunca a través de vidas y muertes pagaremos la deuda de gratitud que te debemos.
Y así, a través de la tormenta, llegué a la paz, no a la paz de un mar sereno de vida exterior, que ningún alma fuerte puede anhelar, sino a una paz interior que las dificultades externas no pueden perturbar; una paz que pertenece a lo eterno, no a lo transitorio, a las profundidades, no a los bajíos de la vida.
Me sostuvo sin heridas durante la terrible primavera de 1891, cuando la muerte abatió a Charles Bradlaugh en la plenitud de su utilidad y abrió la puerta al descanso para H.P. Blavatsky.
Me ha sostenido a través de ansiedades y responsabilidades pesadas y numerosas; cada tensión la fortalece; cada prueba la serena; cada asalto la deja más radiante. Una tranquila confianza ha reemplazado a la duda; una fuerte seguridad, al temor ansioso.
En vida, a través de la muerte, a la vida, no soy más que la sirvienta de la gran Hermandad, y aquellos en cuyas cabezas, aunque sea por un instante, el toque del Maestro ha reposado en bendición, nunca más podrán volver a mirar el mundo salvo con ojos iluminados por el resplandor de la Paz Eterna.
PAZ A TODOS LOS SERES.
(Annie Besant creía sinceramente que ella estaba sirviendo a los Maestros y no se dio cuenta que en realidad ella solo estaba siendo manipulada por el embustero Charles Leadbeater; y el resultado fue que ella hizo mucho daño al movimiento teosófico.)
(Capítulo 14)
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