(Este artículo fue escrito por Alsibar quien ha estudiado mucho a los guías espirituales, y el texto original en portugués lo pueden leer en este link.)
Los libros de autoayuda nos enseñan a nunca rendirnos, ¿pero es la obstinación excesiva una buena cualidad? ¿No deberíamos, a veces, reflexionar y cambiar el rumbo de nuestras metas? ¿Hasta qué punto es saludable la terquedad y cuándo se convierte en una obsesión peligrosa? De eso hablaremos en este siguiente artículo.
Los límites de la fe
A lo largo de la vida, cuando nos enfrentamos a dificultades y problemas, solemos recurrir a libros de autoayuda que nos ilustran sobre la importancia de la perseverancia, la lucha por nuestros ideales y "nunca renunciar a nuestros sueños".
Sin duda, estas son sugerencias y consejos importantes para aumentar nuestra autoestima, confianza en nosotros mismos y fe en los poderes y fuerzas que existen en el Universo.
Jesús dijo una vez que si tuviéramos una fe del tamaño de un grano de mostaza, podríamos mover montañas. Obviamente, no hablaba literalmente, pues tal hazaña nunca se ha oído, sobre todo viniendo de mortales comunes como nosotros. Pero con estas palabras él buscó encender en nosotros la llama de la fe en Dios y en su poder para superar cualquier obstáculo que se interponga entre nosotros y nuestras metas.
Sin embargo, el propio maestro nos advirtió varias veces que siempre debemos dejar que se haga la voluntad del Padre, una frase que repetimos como una flauta al final del Padrenuestro. Pero incluso si no quisiéramos, todo en el Universo está controlado por la voluntad del Padre.
Cuando Jesús afirmó que "hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados, y ni un solo cabello ni una sola hoja cae del árbol sin su voluntad", dejó muy claro que Dios controla y sustenta todas las cosas.
Esta afirmación también está corroborada por la tradición hindú, cuando Krishna, quien representa a Dios, afirma en el Bhagavad Gita: "Sostengo todas las cosas con tan solo una chispa de mi esplendor".
Ahora bien nos enfrentamos a un dilema difícil y complejo que muchas personas no saben cómo resolver y termina causando un gran daño a sus vidas: ¿cuáles son los límites de las acciones humanas? ¿Hasta qué punto tengo control sobre mi vida? ¿Cuáles son los límites de la fe y la perseverancia? ¿Cuándo debemos seguir esforzándonos y cuándo debemos detenernos, o quizás, cambiar de rumbo?
Nos enfrentamos a dos perspectivas aparentemente opuestas: la fe y la entrega. ¿Pero son realmente mutuamente excluyentes?
Primero, analicemos en qué no puede convertirse la fe de ninguna manera. La fe nunca se impone. Dios no es nuestro felpudo, nuestro sirviente, ni nuestro "compañero", como decían los antiguos. No podemos acercarnos a Él suplicando, implorando, como un niño terco y llorón que llora por un juego, un juguete, o incluso una salida que su padre le prohíbe.
Los padres, a veces o con frecuencia, no conceden las peticiones de sus hijos. No es porque no los amen, sino porque quieren protegerlos, porque desean lo mejor para ellos, o por alguna otra razón que el niño desconoce.
Así nos parecemos a los niños cuando para dar rienda suelta a nuestros deseos egoístas "presionamos" al Ser Supremo, esperando que nos responda según la intensidad de nuestra insistencia.
Presta atención ahora, pues esto es de suma importancia y malinterpretarlo podría causarnos muchos problemas: No todos los deseos que formulamos son buenos para nosotros. Si la Vida por alguna razón, no cumplió las expectativas y anhelos de tu corazón, es porque no era el momento adecuado, o porque no tenías la madurez suficiente para esa experiencia, o quizás ese no era tu camino.
La inflexibilidad y lo impredecible
Pero hay otro aspecto muy importante que solemos olvidar: muchas veces nosotros mismos impedimos que la felicidad nos alcance debido a nuestra rigidez o inflexibilidad. A menudo, alimentamos expectativas excesivamente altas o establecemos criterios muy rígidos en nuestros planes, y no queremos ceder ni un milímetro.
Ahora bien, si no cambiamos, estamos siendo intransigentes con el universo, y como este nos responde como un eco o un espejo, tampoco cede ni cambia. La matemática es simple: si yo cambio, el universo cambia y altera los patrones que están calcificando y paralizando mi vida.
Si no cambio, nada cambia, y generalmente, llegamos al final de la vida frustrados, decepcionados, culpando a Dios y a los demás de nuestra infelicidad y desgracia.
Además, existe el factor de la IMPREDECIBILIDAD al que nunca prestamos atención ni recordamos. Es decir, cuando tememos al cambio, tememos lo desconocido, lo que creemos que nos causará daño o carencia. Pero olvidamos que la vida es infinita , y como tal, siempre está creando cosas nuevas, nuevas posibilidades que a menudo ni siquiera imaginamos.
Lo impredecible actúa de muchas maneras en nuestras vidas: aparecen nuevas oportunidades laborales, surgen oportunidades de negocio donde menos las esperamos, ascensos, cursos y capacitaciones que abren nuevas perspectivas en nuestra vida profesional, y dinero —sí, dinero— que aparece de repente en tu vida, como de la nada. Yo mismo he experimentado varias de estas situaciones.
En la vida personal, conocemos gente nueva en lugares a menudo extraños o inusuales, por ejemplo un amigo mío conoció a su esposa en un accidente de coche. En otras palabras, el poder creativo del universo tiene en lo impredecible una de sus formas de expresión más fantásticas y fascinantes, y debemos estar abiertos a él. Pero para eso, necesitamos la valentía de aceptar y vivir con los cambios.
Ser inflexible no nos llevará al universo mágico de lo impredecible, sino que nos mantendrá atrapados y complacientes en la seguridad malsana de lo conocido y lo predecible.
Saber cuándo cambiar
Algunos ejemplos muy prácticos nos dan una idea del daño que puede causar la obstinación: por ejemplo, cuando alguien se mete en la cabeza que solo tendrá éxito si se dedica a una profesión específica.
Ahora bien, ¿esa profesión elegida realmente es la mejor para él, por muy bonita y glamurosa que sea?
Además, elegir una profesión solo por estatus, dinero o "glamour" no es nada inteligente. ¿No deberíamos cambiar, sobre todo cuando nos damos cuenta de que no es nuestro camino?
Debemos estar atentos para saber cuándo soltar. Si algo —un proyecto, una meta o incluso una relación— ya ha demostrado ser un fracaso y sentimos una fuerte necesidad de cambiar, es porque es hora de cambiar. No tiene sentido insistir, gritar ni comportarse como un niño quejoso.
Hay un tiempo para todo en esta vida: un tiempo para avanzar, para retroceder, para detenerse y también para cambiar. Es parte del proceso de aprendizaje humano percibir en qué momento o fase se encuentra nuestra vida.
La existencia nos revelará la mejor actitud para ese momento, sólo debemos prestar atención a las señales internas y externas que nos indican el mejor curso de acción en ese momento.
Relaciones destructivas
Otro ejemplo clásico de frustración es cuando queremos tener una relación con una persona específica. Incluso hay casos en los que la persona ya sabe que esa relación es destructiva, pero aun así insiste en ella por alguna razón: miedo, inseguridad, vanidad o cualquier otra cosa.
Cuando esto sucede, Dios nos da la libertad de continuar por ese camino, y solo más tarde nos damos cuenta del error de nuestra actitud insensata. Entonces, al caer en la cuenta, recordamos que tuvimos la oportunidad de liberarnos de ese camino doloroso, pero no quisimos verla ni aceptarla.
Es importante entender que Dios no fuerza nada; si percibimos la señal y actuamos, Él nos apoya y nos protege. Pero si por el contrario insistimos y nos obstinamos, Él no interfiere y nos permite vivir esa experiencia como una forma de aprendizaje, maduración y crecimiento espiritual.
Fe en la entrega
¿Entonces cuál sería la actitud más correcta y sabia respecto a los planes y objetivos de la vida? Es tener FE EN LA ENTREGA. Esta, me parece, es la actitud más correcta y sabia. Cuando nos entregamos a la voluntad de Dios, con la fe de que el Universo nos cuida, todo fluye sin gran esfuerzo por nuestra parte.
No podemos pensar que movemos el Universo. Este existe independientemente de nosotros. Es el Universo quien nos mueve y guía nuestras vidas. Cuando comprendemos que nuestros planes y objetivos no son nuestros, sino que fluyen a través de nosotros, entonces no nos preocupamos, porque no podemos, con nuestras ansiedades, preocupaciones e impaciencia, añadir "ni un codo a nuestra estatura", como nos recordó el maestro Jesús.
Cuando nuestros sueños y proyectos se basan en algo superior a nosotros mismos, podemos estar seguros de que todo se logrará sin gran esfuerzo. De hecho, debes mantenerte sereno y confiado, observando el desarrollo de los acontecimientos y actuando cuando la situación lo requiere; esta acción fluirá fácilmente porque está en consonancia con el Tao.
Y entonces nos daremos cuenta de que no somos nosotros quienes actuamos, sino el Universo o Dios quien actúa a través de nosotros. De esta manera establecemos equilibrio en nuestras vidas. Comenzamos a vivir en un estado de paz y dicha, y la abundancia comienza a fluir como "ríos de agua viva", reflejándose en todas las áreas de nuestra vida: personal, profesional y espiritual.
Obviamente, no me refiero al esfuerzo invertido en el trabajo y los estudios; hablo de los esfuerzos que se realizan para forzar el logro de algo que claramente sentimos inviable.
El Reino de Dios Primero
Alguien podría argumentar: “¿Pero acaso no dijo Jesús, en varios pasajes del Evangelio: "Toquen y se les abrirá"? ¿Pero se refería realmente a cosas materiales, a personas y logros mundanos? ¿O se refería a la búsqueda espiritual? ¿A nuestra búsqueda de Dios, la Iluminación, la Verdad?
Seguramente, Jesús no sería tan insensato como para fomentar actitudes mezquinas y egoístas en nosotros. Por eso él mismo aclara: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas".
Con esta frase él explicó que la prioridad de nuestra búsqueda debe ser la sabiduría, el Reino de Dios que habita en nosotros, y porque, al encontrarlo, todo lo demás nos llegará de forma natural y abundante.
Es claro, entonces, que nuestra perseverancia, insistencia y terquedad no deben ser por cosas materiales de ningún tipo. Jesús, el más grande de todos los seres sabios e iluminados, jamás alentaría el veneno del deseo, un sentimiento infantil y egoísta que alimenta ilusiones.
Los buscadores hemos sabido durante siglos que el deseo es poderoso. Es a la vez creativo y venenoso, porque nos atrapa en nuestras propias redes, también conocidas como karma. El karma es el resultado de nuestros deseos, pensamientos, sentimientos y acciones. Es el retorno de nuestras propias vibraciones, pero esta fuerza puesta en marcha por nosotros mismos, nos aprisiona cada vez más en la mente, el ego, la ilusión, y en consecuencia, el sufrimiento.
La terquedad no es perseverancia
Para concluir quiero compartir la definición de obstinación de Aurélio. Según el reconocido lingüista, una persona obstinada puede ser "perseverante y firme", pero también puede significar «terca e inflexible".
Uno de los mayores desafíos para la humanidad es identificar cuándo la sana perseverancia se convierte en una terquedad estúpida o en una obsesión peligrosa.
Que Dios esté contigo y gracias por leer.
OBSERVACIONES
Concuerdo con Alsibar que a veces la obstinación se vuelve dañina, pero es difícil saber cuándo hay que hacer un giro en nuestros proyectos. Por ejemplo yo fracasé muchas veces antes de tener éxito. Si me hubiera rendido antes (y varias veces estuve a punto de hacerlo) entonces no hubiera logrado mis objetivos. Pero también haber logrado mis metas no me dio la satisfacción que yo anhelaba.
Mi consejo es que traten de tener mucho discernimiento para saber qué tanto hay que intentar vuestros objetivos, y si realmente vale la pena lograrlos.
Y estén conscientes que la necedad puede volverse perjudicial y hasta mortal, como fue el caso de la tragedia que el gurú James Arthur Ray provocó por estarle diciendo a sus seguidores que no se rindieran, lo cual ocasionó que tres de ellos fallecieran dentro de un temazcal.
Y he escuchado a varios guías que dicen que hay que confiar en Dios y en la Vida (incluyendo al maestro Pastor) pero yo soy muy desconfiado y no me atrevo a recomendar eso.
Prefiero decirles que sean precavidos y no confíen ciegamente de que el futuro va a ser positivo. Como dice el dicho: "Deseen lo mejor, pero prepárense para lo peor".
No hay comentarios.:
Publicar un comentario