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LA ELABORACIÓN DE ISIS DESVELADA CONTADA POR EL CORONEL OLCOTT




Veamos un poco lo que nuestra memoria pueda hallar en materia de recuerdos con respecto a la obra “Isis Desvela”.

Si algún libro ha hecho época, puede decirse que ha sido este. Sus resultados han sido tan importantes en un sentido como los de la primera gran obra de Darwin en el otro. Son dos grandes mareas del pensamiento moderno que tienden ambas a barrer las tonterías teológicas y a reemplazar la creencia en el milagro por la creencia en las leyes naturales.

Y sin embargo, nada tan carente de elevación y menos brillante que los comienzos de Isis Desvela. Un día de verano en 1875, Blavatsky me mostró algunas cuartillas manuscritas que había escrito y me dijo:

-      “La noche pasada escribí esto por orden, pero no sé qué diablo será esto. Tal vez un articulo de periódico, tal vez un libro, tal vez nada. En todo caso, yo obedezco.”

Lo guardó en un cajón, y durante un cierto tiempo no se habló más de ello. Pero en el mes de septiembre (si la memoria me sirve bien) ella fue a Syracusa en Nueva York a visitar a sus nuevos amigos, el profesor y la señora Corson, de la Universidad de Cornell, y ahí continuó con ese trabajo literario.

Me escribió que sería un libro sobre la historia y la filosofía de las escuelas orientales y su relación con las de nuestros tiempos. Elle me mencionó que estaba escribiendo sobre temas que jamás había estudiado, y que hacía citas de libros que jamás en su vida había leído. Y que el profesor Corson para comprobar su exactitud, verificó esas citas en las obras clásicas de la biblioteca de la Universidad y el profesor las encontró exactas.

Blavatsky no trabajó mucho en esa obra cuando volvió a la ciudad, y escribía con intermitencias. Lo mismo hizo cuando residió en Filadelfia, pero un mes o dos después de la fundación de la Sociedad Teosófica, alquilamos dos pisos en la misma casa: calle 34 Oeste, núm. 433; ella en el primer piso, yo en el segundo, y en adelante Isis Desvela se continuó sin interrupción hasta que estuvo terminada en 1877.

En toda su vida ella no había hecho el equivalente a la décima parte de semejante trabajo literario, y a pesar de eso, nunca conocí a nadie, ni siquiera al redactor jefe de algún diario que pudiera comparársele en lo tocante a la resistencia determinada o a la facultad de trabajo incesante. De la mañana a la noche estaba en su mesa y era muy raro que uno de nosotros se acostase antes de las dos de la mañana.

Durante el día, yo me ocupaba de mi profesión, pero después de cenar temprano, nos instalábamos juntos en un gran escritorio y trabajábamos como rabiosos hasta que la fatiga física nos forzaba a detenernos.

¡Qué experiencia!

Durante ese tiempo de menos de dos años, concentré toda la educación de una vida ordinaria de lectura y pensamiento: y yo no le servía tan sólo de secretario y corrector de pruebas, sino que ella me hacía colaborar utilizando según me parecía, todo lo que alguna vez había podido leer o pensar.

Ella estimulaba mi espíritu con nuevos problemas que resolver, ocultos o metafísicos, para los que mi educación no me había preparado y que no llegaba a concebir sino a medida que mi intuición se desarrollaba en esa cultura forzada.

Ella no trabajaba siguiendo un programa trazado, pero las ideas manaban de su cerebro como una fuente viva que se desborda sin cesar. Por ejemplo, tan pronto hablaba de Brahma como del gato meteoro eléctrico de Babinet; y citaba respetuosamente a Porfirio o al periódico de esa mañana o a un folleto nuevo que yo acababa de traerle. O salía de los abismos de la adoración al Adepto ideal para entrar a luchar violentamente con el profesor Tíndall o cualquier otro de los que tenía entre ojos.

Esto se presentaba como por saltos o brincos, unas cosas tras otras, formando cada párrafo un todo susceptible de ser quitado sin perjudicar al precedente ni al siguiente. Y aún ahora, si se examina ese libro sorprendente, se verá eso a pesar de las numerosas refundiciones que ha sufrido.

Y si a pesar de toda su ciencia, ella trabajaba sin plan fijo,

¿No tiende esto a probar que ella no escribía por sí misma y que por lo tanto ella no era más que el canal a través del cual esa ola de viviente esencia vital se volcaba en el pantano estancado del pensamiento espiritualista moderno?


A veces, con un fin de educación y adiestramiento, me pedía que escribiese sobre un tema indicado, ya fuese sugiriéndome los puntos principales que había que aclarar, o bien abandonándome al esfuerzo de mi intuición.

Y terminado mi original, si no le satisfacía, se enojaba seriamente y me trataba de todos los modos capaces de hacer hervir la sangre. Pero si yo hacía ademán de romper el infortunado trabajo, entonces me lo arrancaba de las manos y lo ponía de lado para servirse de él oportunamente después de un pequeño arreglo; y yo volvía a empezarlo.

Era menester ver a veces su propio manuscrito: cortado, pegado y vuelto a cortar, en fin, reconstituido, tanto y tan bien que observando una hoja por transparencia se veía que estaba compuesta por seis, ocho y hasta diez recortes extraídos de diferentes páginas, unidos unos con otros con algunas líneas de texto para ligar el conjunto. Y ella adquirió tal habilidad en este ejercicio, que con frecuencia se alababa de ello ante sus amigos.

Nuestros libros de referencia no dejaron de sufrir con este motivo, porque a veces pegaba los recortes sobre sus páginas abiertas y no faltan volúmenes en la biblioteca de Adyar o en las de Londres, para mostrar aún las señales.



A partir del día de su primera publicación en el Daily Graphic en 1874 y durante todo su período americano, ella se vio sin cesar asediada de visitas, y si entre ellas había alguna que poseía algún conocimiento especial en cualquiera especialidad que fuese y que tuviera relación con su obra, ella le hacía decir, y cuando era posible, escribir sus opiniones o recuerdos, para insertarlos más tarde en su libro.

Entre otros ejemplos, el relato hecho por el señor O'Sullivan, de una sesión de magia en París, el interesante ensayo del Sr. Rawson sobre las iniciaciones secretas entre los drusos del Líbano, las numerosas notas y párrafos enteros del doctor Alejandro Wilder en la introducción y esparcidos en la obra. Y también otros más que han contribuido al interés y valor de la obra.

He visto a un rabino judío, pasar noches enteras discutiendo con ella de Kábalah y le he oído decir que, a pesar de haber estudiado durante treinta años las enseñanzas secretas de su religión, ella le había enseñado cosas en las que él nunca había pensado, y aclarado partes que sus más sabios maestros no habían podido comprender.

¿De dónde sacaba ella esta ciencia?

Es imposible negar que Blavatsky la poseía.

¿De dónde la adquirió?

Ni de su educación en Rusia, ni de ninguna fuente conocida de su familia o de sus amigos íntimos. No podía haber sido en los ferrocarriles o barcos en los que había pasado su juventud recorriendo el mundo, ni en universidad alguna, puesto que no las había frecuentado y tampoco en las grandes bibliotecas públicas.

A juzgar por su conversación y sus costumbres, nunca había hecho los estudios necesarios para adquirirla antes de principiar su laboriosa tarea, pero en el momento necesario ella se encontraba en posesión de los conocimientos requeridos; y en los momentos más inspirados —si puede decirse así— sorprendía tanto a los eruditos por su ciencia, como deslumbraba a los oyentes por su elocuencia o los encantaba con la vivacidad de su espíritu y la ironía de sus críticas.


Viendo las numerosas citas de Isis Desvelada, podría creerse que ella lo escribió en un rincón del British Museum, o de la Astor Library de Nueva York, pero lo cierto es que nuestra biblioteca no contenía más que un centenar de volúmenes de referencias. Y de tiempo en tiempo, los señores Sotheran, Marble, o cualquier otro amigo, le traían un libro, y al terminarlo pidió algunos prestados al señor Bouton.

Ella hizo gran uso de algunas obras como de: The Gnostics de King, The Rosicrucians de Jennings, The Sod y The Spirit History of Man de Dunlop, The Hindu Pantheon de Moor, los furiosos ataques des Mousseaux contra la magia, el magnetismo, el ocultismo, etc., a los que trataba de diabólicos; las diversas obras de Eliphas Levi, los 27 volúmenes de Jacolliot, las obras de Max Muller, de Huxley, de Tyndall, de Heriberto Spencer y otras de autores más o menos célebres, pero que no excedían de un centenar de volúmenes.

Entonces,

¿Qué biblioteca frecuentó y qué libros pudo haber consultado?


El señor W. H. Burr preguntó al doctor Wilder, en una carta publicada por el Truth-Seeker, si era cierto el rumor que corría de que él había escrito Isis Desvelada para Blavatsky, y nuestro antiguo amigo respondió sinceramente que eso era un rumor falso y que él sólo había hecho para ella lo que más arriba dije, que le había dado excelentes consejos y que mediante una remuneración había preparado un gran índice de unas cincuenta páginas, de acuerdo con las buenas cuartillas que se le entregaron con ese objeto. Eso era todo.

Y la creencia igualmente muy difundida de que yo había escrito el libro y que ella lo había retocado, era igualmente desprovista de fundamento. Lo cierto es enteramente lo contrario.

Yo corregí varias veces todas las páginas de su manuscrito y todas las pruebas; escribí para ella muchos párrafos según sus ideas, que no siempre podía entonces (quince años antes de su muerte y casi sin haber hasta ese tiempo escrito nada en inglés) expresar en inglés según su voluntad; le ayudé a encontrar citas, e hice otros trabajos auxiliares de la misma clase; pero su libro le pertenece por entero, por lo menos si no se considera más que los colaboradores del plano físico, y a ella deben dirigirse los elogios y las críticas.

Su libro hizo época, y al escribirlo me capacitó a mí (su discípulo y auxiliar) en la medida que pude serlo, para todo el trabajo teosófico llevado a cabo desde hace veinte años.

En resumen,

¿De dónde sacó Blavatsky los materiales de Isis que no proceden de ninguna fuente literaria conocida?


De la luz astral y por medio de sus sentidos espirituales y de sus instructores, los “Hermanos”, los “Adeptos”, los “Sabios”, los “Maestros”, según los diversos nombres que se les ha dado.

¿Cómo puedo saberlo?

Porque trabajé con ella en esa obra durante dos años, y mucho tiempo también más tarde en otras publicaciones.



Era una cosa curiosa e inolvidable verla trabajar. Frecuentemente nos poníamos a lado opuestos de una gran mesa y yo podía seguir todos sus movimientos. Su pluma volaba sobre la cuartilla y de pronto se detenía, miraba en el espacio con la vaga fijeza de los clarividentes, y en seguida parecía leer algo invisible en el aire ante ella y se ponía a copiarlo. Terminada la cita, sus ojos recobraban su habitual expresión y volvía a escribir normalmente hasta una nueva repetición.

Recuerdo bien dos circunstancias en las que yo también pude ver y tocar libros en sus dobles astrales, de los que ella había copiado notas y que tuvo que materializar para probarme la exactitud del texto porque yo me negaba a dejar pasar las pruebas sin verificación.

Uno de esos libros era una obra francesa de fisiología y psicología, mientras que el otro libro (francés también) trataba de una rama de la neurología. El primero de ellos, en dos volúmenes, estaba encuadernado en media pasta, el otro en rústica. Era cuando habitábamos la famosa “Lamasería”, calle 47 Oeste, número 302, el cuartel general ejecutivo de la Sociedad Teosófica.

Yo le dije:

-      “No puedo dejar pasar esa cita; estoy seguro de que no es exacta.”

A lo que ella me contestó:

-      “¡Oh!, déjelo, la cita está bien, siga adelante.”

Pero yo insistí y ella terminó por decir:

-      “Bueno, está bien, quédese tranquilo un momento y trataré de obtenerlo.”

Entonces sus ojos adquirieron esa mirada lejana, y al cabo de un instante ella me señaló al extremo de la sala una repisa donde poníamos adornos, diciendo con voz cavernosa:

-      “Allí.”

Después recobró su aspecto usual y me dijo:

-      “Allí, allí, vaya a ver allí.”

Entonces fui y encontré los dos volúmenes pedidos a pesar que yo sabía que esos libros nunca habían estado en la casa hasta ese momento. Comparé el texto con la cita de Blavatsky y le hice ver que había adivinado su error, hice la corrección en la prueba y a indicación suya coloqué otra vez los volúmenes sobre la repisa en el sitio en que los encontré. Volví al trabajo, y cuando después de cierto tiempo miré en esa dirección, ¡los dos volúmenes habían desaparecido!

Y después de este verídico relato, se permite a los escépticos que duden de mi razón. Que les haga buen provecho. Lo mismo sucedió con el segundo aporte de libros, pero este último quedó en nuestro poder y aún lo conservamos.



El manuscrito original de Blavatsky presentaba, según las ocasiones, los más diversos aspectos, no obstante que la escritura conservaba siempre su carácter, de modo que cualquiera que la conozca bien puede siempre reconocer una página escrita por ella. Sin embargo un atento examen mostraba por lo menos dos o tres variantes en el mismo estilo, y el cual se mantiene durante varias páginas seguidas y se ceden unas a otras.

Es decir que no se encontraba nunca más de dos variantes en la misma página, y ni una solamente, sino cuando la que había servido toda la noche o la mitad de la noche, cedía de pronto su lugar a otra que a su vez duraba todo el resto de la noche o del día siguiente, o de toda la mañana.

Una de las escrituras de Blavatsky era muy pequeña pero sencilla; otra era libre y osada; otra era sencilla, mediana y muy legible; y otra era garabateada y difícil de descifrar con las “a”, las “e” y las “x”, las cuales eran raras y singulares. Y el inglés de esas diferentes escrituras variaba también por completo al grado que tan pronto tenía yo que hacer varias correcciones por línea, como con otro estilo podía dejar pasar varias páginas seguidas casi sin ninguna falta gramatical o de ortografía.

Los más perfectos de sus manuscritos eran los que escribían para ella durante su sueño. Así, por ejemplo, el comienzo del capítulo XIV del volumen I sobre la civilización del antiguo Egipto. Dejamos de trabajar hacia las dos de la mañana ya que nos encontrábamos demasiado fatigados para ese momento como ya se había vuelto costumbre, y fuimos a fumar y conversar un rato antes de separarnos.

Ella se caía de sueño en su silla y me dio las buenas noches, de modo que yo me fui enseguida a mi habitación. Pero al día siguiente, cuando bajé a desayunar, ella me mostró una pila de 30 ó 40 páginas manuscritas, de su mejor escritura, y me dijo que un Maestro cuyo nombre no había sido tan manoseado como el de otros, lo había escrito para ella. El original era perfecto en todo sentido y fue a imprimirse sin ser retocado.

Lo curioso es que antes de cada cambio de escritura y de estilo, Blavatsky salía un momento del salón o pasaba por un trance o estado de abstracción, durante el cual sus ojos miraban al espacio por encima de mí y volvían casi inmediatamente al estado normal. Y al mismo tiempo se producía un visible cambio en su personalidad, o mejor dicho, en su idiosincrasia, su porte, el timbre de la voz, la vivacidad de sus modales y sobre todo en su carácter.

Los que han leído su libro “Grutas y Selvas del Indostán”, recordarán la pitonisa que desaparecía como un torbellino para volver diciéndose poseída por un nuevo dios. Pues bien, así era también Blavatsky, salvo en lo que concierne a la hechicería y a la danza vertiginosa.

Entonces ella salía de la sala y era otra persona la que volvía, no en cuanto al cuerpo físico en sí, pero con otros movimientos, otros modales y otro lenguaje; con una mentalidad diferente, otra manera de ver las cosas, un diferente manejo de la gramática, del vocabulario y de la ortografía, y sobre todo, ¡oh! sobre todo, un humor variable que recorría desde la dulzura angelical hasta su opuesto absoluto.

A veces soportaba con la más benevolente paciencia mi más estúpida incapacidad para expresar sus ideas por escrito, pero otras veces el más ligero error la ponía rabiosa y se hubiera dicho que iba a hacerme pedazos. Sin duda que esos accesos de violencia podían a veces depender de su salud, y por lo tanto no tener nada del anormal, pero esta teoría no puede bastar para explicar todo sus cambios de carácter.


El Señor Sinnett la ha descrito admirablemente en una carta privada, como una mezcla mística de diosa y de tártaro. Y a propósito de sus modales en esos diferentes estados, él dice:

« Ciertamente que no se veían en ella los atributos superficiales que podrían esperarse de un maestro espiritual y por mucho tiempo fue para nosotros un misterio el hecho de que a la vez ella fuese capaz de renunciar al mundo para buscar su adelanto espiritual y de encolerizarse en forma tan violenta a propósito de la menor molestia, etc. »
(Incidentes en la vida de Madame Blavatsky, p.224)

Sin embargo, si se admite que cuando su cuerpo estaba ocupado por un sabio, ella obraba de manera elevada, y cuando ese sabio se ausentaba, ella se comportaba de modo muy diferente, entonces el problema está resuelto.

Su querida tía, la señora N.A. Fadeef, que la quería y a quien ella quiso siempre entrañablemente hasta su último día, le escribió al señor Sinnett que desde su primera juventud había mostrado ese temperamento excitable, que conservó como una de sus mayores características. En ese entonces ya estaba sujeta a accesos de violencia indomable y rebelde a toda clase de autoridad o de vigilancia. La menor contradicción traía una crisis de cólera y a veces convulsiones.


Blavatsky ella misma ha contado en una carta a su familia (op. cit., pág. 205) las experiencias psicológicas por las que pasó, escribiendo en su libro:

« Cuando yo escribía Isis, lo hacía tan fácilmente que no era un trabajo, sino un placer. ¿Por qué habrían de alabarme?

Cuando mis guías me dice que escriba, me siento y obedezco, pudiendo entonces escribir con igual facilidad casi sobre cualquier tema: metafísica, psicología, filosofía, antiguas religiones, zoología, ciencias naturales, ¿qué sé yo?

Nunca me pregunto ¿Puedo escribir sobre eso? o ¿soy capaz?, sino que me siento a mi mesa y escribo. ¿Por qué? Porque alguien que sabe todo me dicta, mi Maestro, y a veces otros que he conocido en mis viajes.

Os ruego que no me creáis loca; ya os lo he dado a entender varias veces... y os lo digo con franqueza: cuando escribo sobre un tema que conozco mal o nada, me dirijo a ellos y uno de ellos me inspira, es decir me deja copiar sencillamente manuscritos o impresos que veo pasar en el aire ante mis ojos, sin que por un solo instante pierda conciencia de la realidad. »


Y en otra ocasión Blavatsky escribió a su hermana Vera, respecto a sus obras:

« Puedes no creerme, pero te aseguro que no digo más que la verdad; estoy únicamente ocupada, no de escribir Isis, sino con Isis misma. Vivo en una especie de continuo encanto, una vida de visiones y de sueños en vigilia.

Ahí estoy y veo sin cesar a la hermosa diosa. Y a medida que me revela el oculto sentido de sus secretos por tanto tiempo perdidos, y que su velo, haciéndose sin cesar más transparente, cae poco a poco ante mis miradas, contengo mi aliento y apenas puedo creer a mis ojos.
. . .
Desde hace varios años, con el fin de que no olvide lo que aprendí en otros sitios, hacen que conserve sin cesar ante los ojos todo lo que es necesario que sepa. De este modo, día y noche, mi vista interior pasa revista a todas las imágenes del pasado. Lentamente, como un silencioso y encantado panorama, los siglos se despliegan ante mí... y se me hace identificar esas imágenes con ciertos acontecimientos históricos, y sé que no hay error posible. Razas y naciones aparecen durante ciertos siglos, después desaparecen en otro cuya fecha exacta se me dice.
. . .
La antigüedad prehistórica cede el lugar a los períodos históricos; los mitos se explican viendo acontecimientos y personajes que en realidad existieron, y todos los acontecimientos importantes, así como otros varios, todas las revoluciones, todas las páginas que se suceden en la historia de las naciones, todo esto, con las causas latentes y los subsiguientes resultados naturales, queda fotografiado en mi espíritu, como impreso en colores indelebles
. . .
Cuando pienso y miro mis pensamientos, los veo como esos pequeños trozos de madera, de diferentes formas y colores, de los juegos de paciencia o rompecabezas; los tomo uno a uno y trato de acomodarlos, poniendo de lado alguno hasta hallar su vecino, y esto concluye siempre por formar un dibujo geométrico correcto
. . .
Rehúso en absoluto atribuir mi ciencia a mi memoria, porque sería incapaz de llegar sola a tales premisas y a tales conclusiones... te lo digo seriamente: soy ayudada, y el que me ayuda es mi Gurú [el Maestro Morya]. »
(Op. cit., p.207)


Y Blavatsky le dice también a su tía que cuando su Maestro está ausente y ocupado, sucede esta otra cosa:

« El despierta en mí su sustituto en ciencia... Entonces no soy yo quien escribe, sino mi Ego interno, mi yo luminoso que piensa y escribe por mí. Piense un poco, usted que me conoce... ¿Cuándo he sabido todas esas cosas? ¿De dónde me viene toda esa ciencia? »


Los lectores que quieran estudiar a fondo un fenómeno psíquico tan único, no deberán dejar de comparar las explicaciones dadas más arriba acerca de sus estados de conciencia, con una serie de cartas a su familia, cuya publicación se efectuó en la revista The Path de diciembre de 1894.

En esas cartas ella reconoce formalmente que en esos momentos de que se ha hablado, su cuerpo se encontraba materialmente ocupado por otras entidades que hacían su obra y enseñaban por su boca cosas de las que ella no tenía el más superficial conocimiento en su estado normal.

Y esta explicación no es enteramente satisfactoria si se la toma al pie de la letra, porque si todos los trozos separados de su rompecabezas psicológico se hubiesen reunido siempre tan bien para formar un dibujo geométrico, sus obras literarias estarían exentas de error, y sus temas seguirían un plan lógico y regular. Pero es inútil decir que sucedía de un modo muy diferente y que hasta cuando Isis Desvelada salió de las prensas de Trow, después de que Bouton hubiese gastado 600 dólares en correcciones y cambios en las formas, las páginas y las pruebas, aún así no tenía un plan a seguir y no lo tiene aún definido.

Se supone que el primer volumen trata de las cuestiones científicas y el segundo de las religiosas (la edición inglesa consta de dos volúmenes, N. del T.), pero hay en cada tomo cuestiones que invaden el tema del otro. Y la señorita Kislingbury, que preparó el índice del segundo volumen, la misma noche que yo preparaba el del primero, podría certificar el trabajo que tuvimos para trazar las líneas generales de un plan para nuestros tomos respectivos.

Después, cuando el editor rehusó perentoriamente arriesgar más capital en la empresa, teníamos en nuestro poder suficiente original suplementario para hacer un tercer volumen, y todo fue destruido sin piedad antes de partir para la India, porque Blavatsky no se imaginó que eso pudiese utilizarse allá, ni había soñado nunca con la revista que posteriormente fundaríamos The Theosophist, más La Doctrina Secreta y otras que había de hacerse.

¡Y cuántas veces nos lamentamos por haber destruido tan desconsideradamente esa cantidad de preciosos materiales!



Y para terminar, quisiera contarles una anécdota: ya llevábamos trabajando en el libro varios meses, y llevaríamos escritas como unas 870 páginas manuscritas, cuando una buena noche ella me preguntó que si para dar gusto a nuestro Paramagurú [El Chohan Serapis], ¡yo consentiría en recomenzarlo!

Me acuerdo de la conmoción que sentí al pensar que todas aquellas semanas de trabajo forzado, de tormentas psicológicas y de enigmas arqueológicos que daban dolores de cabeza, no habían servido para nada. Al menos era lo que yo creía en mi infantil ignorancia.

No obstante, como mi amor y respeto y mi reconocimiento hacia ese Maestro y hacia todos los otros que me habían acordado el privilegio de participar de sus trabajos, no tenían límites, acepté y empezamos todo de nuevo.

Lo cual al final resultó muy felizmente para mí porque habiendo así probado mi fidelidad y la firmeza de mi resolución, recibí una amplia recompensa espiritual. Se me explicaron fundamentos, se me dio un gran número de ejemplos por medio de fenómenos psíquicos, se me ayudó a que yo mismo hiciese experimentos, se me hizo conocer a diversos Adeptos y de un modo general fui puesto en condiciones (en la medida que tenían a bien permitírmelo mi nativa testarudez y mi suficiencia de hombre del mundo práctico) para la obra pública aún insospechada que había de cumplirse en el porvenir y que llegaría a ser histórica.


(Extraido del libro "Las Viejas Hojas de un Diario", vol. I, cap. XIII)





5 comentarios:

  1. Según el testimonio de William Judge y Damodar Mavalankar en ocasiones ese cuerpo era habitado por un gran adepto.

    "...estaba en lo cierto (como he comprobado posteriormente) en mi concepción original de que ella es un gran Adepto indio" (Damodar K. Mavalankar, carta a William Quan Judge).

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  2. Buenas señor Cid le quería hacer una pregunta. Que son los Arcontes? No se ese tipo de entidades no se me suena como a fantasía yo no encuentro ningún libro esotérico genuino que hable de dichas entidades y solo lo leí una vez en una web de la new Age. Creo que es más invento que realidad no me suena como a fantasía. Me podrías sacar de dudas te estaría agradecido.

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    1. En la antigüedad los arcontes eran sinónimo de “potestades” y recientemente hay una corriente de escritores “neo-gnósticos” que retomaron el tema de los arcontes, pero cuyas explicaciones están muy distorsionadas.

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  3. Mil gracias por la respuesta

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